miércoles, 29 de julio de 2020

¿Qué demonios?

Publicado por 
La caída de Satán, por Gustave Doré.
El osculum infame es una formalidad utilizada durante siglos como elegante protocolo oficial a la hora de realizar meetings con criaturas de naturaleza diabólica. Un gesto de sumisión que conserva el espíritu romántico del juego de la seducción: consiste en besarle el esfínter a Satán, literalmente. Este acto, inexplicablemente bien documentado a lo largo de la historia, tiene además el honor de ser la única cosa por la que centenares de brujas y brujos han hecho cola en algún momento de manera educada. Y tanta dedicación a la hora de respetar la etiqueta se debía a que el acto de hacerle ventosa al Maligno en el tubo de escape era realmente el precalentamiento reglamentario de todo aquelarre oficial: ese ósculo tenía lugar justo después de que la figura demoniaca pasase lista de los asistentes a la bacanal concertada e instantes antes del momento en el que todo el mundo empezaba a poner cara de ser figurante en un cuadro de El Bosco y comenzaba a discutir sobre la posición que debería ocupar en el inminente ferrocarril de carne. 
El problema actual con el que se suelen encontrar los recién llegados al mundo de los demonios se presenta cuando la mitificación glamurosa choca de frente y sin cinturón de seguridad contra la insipidez de la realidad. Lo cierto es que siempre ha acabado resultando bastante más engorroso de lo esperado preparar una misa negra o cualquier tipo de invocación demoniaca por culpa de las complicaciones logísticas obvias: la necesidad de combinar bien las túnicas, la dificultad para encontrar a una persona virgen en la era del Tinder o el tedio de tener que seleccionar los pasajes de Paulo Coelho que van a recitarse sobre la base de electro latino. Pero el verdadero desengaño acontecía inevitablemente a la hora de contemplar la auténtica encarnación física del mal, porque la mayoría de la gente que había decidido recorrer esa senda lo hacía empujada por la ilusión perversa de practicarle el beso negro a una cabra roja de dos metros, perilla afilada, inmensos cuernos y tridente. Y realmente la Biblia no mencionaba pies de cabra, ni colas con forma de flecha, ni tridentes ni pieles rojas, ni siquiera cuernos gigantescos más allá de los de los que corresponden al gremio de los carpinteros. Una quedada con el señor de los infiernos solía empezar como el primer encuentro entre dos personas que se han conocido en un chat: el aspecto del individuo que se presentaba en el lugar distaba bastante del que se nos vendió en las fotos promocionales.
Satán
A Satanás le gusta que entre amigos lo llamen por el diminutivo pero también acepta, según a quién preguntes y cuál sea la traducción de la Biblia que atesore en su mesilla de noche, que se dirijan a él como Lucifer, Señor de las Moscas, Príncipe de las Tinieblas, Belcebú (o la variante colorida y regada de apostrofes de Ba‘al Z’vûv), Belial, el Maligno, o cualquier otro nombre de entre toda una muralla de denominaciones exóticas. El currículum oficial del diabólico individuo aseguraba que había liderado el bando de los ángeles más guapos en los terrenos celestiales y también ocupado el puesto de encargado del peloteo non-stop hacia Dios. Todo con bastante dedicación hasta que en algún momento acabó harto del asunto y decidió rebelarse contra el jefe de la empresa para dedicarse a la mucho más interesante labor de conducir almas hacia la piscina del pecado, una actitud que gustó tan poco como para convertirse en motivo de despido inmediato. 
Lo que nunca se llegó a concretar del todo sobre el ángel caído sería su apariencia, porque más allá de aquel cameo en forma de serpiente durante todo el asunto de Adán y Eva y de la insinuación del Libro de las Revelaciones de que el caballero también podría tener forma draconiana, las escrituras en ningún momento se molestaron en describir su apariencia física con la calma necesaria. William Blake pintó a Satán para el Paraíso perdido de John Milton como un chulo de gimnasio, y Gustave Doré lo dibujó con cuerpo humano, alas de murciélago y pose de attention whore en su Satán, el antagonista. Pero de darle forma con alegría y establecer su versión más popular se encargaron con muchísimo éxito un puñado de artistas medievales que convirtieron al personaje bíblico en la diana de varias brainstorming creativas. La némesis de Dios sería imaginada como un macho cabrío de portentosos cuernos y graciosa cola pero también como una mula o una gallina, algunas revisiones le chewbaccarizarían recubriendo todo su cuerpo con pelo, otras le añadirían rostros atormentados sobre la piel o lo presentarían como un mutante monstruoso y deforme. 
Casi todas las creaciones eran un ejercicio de cortapega inspirado por lo que el artista tenía más a mano o por otras deidades de las coloridas religiones paganas: los muy cornudos Cernunnos de la mitología celta, el Moloch de los fenicios y su fuego purificador, la diosa lunar Selene, el dios de las vendimias Dioniso, o el mismísimo Pan, ese famoso semidiós fauno que trota entre la flora con el único objetivo vital de montar cualquier cosa que se agache en el bosque, un personaje que en el fondo funciona como boceto de la figura pop de Satán. En el campo de los complementos y accesorios también se continuó ejerciendo el apropiacionismo de lo ajeno, alguien pensó que la horca que tenía en el granero le iría muy bien a un ángel rechazado para picar nalgas pecadoras y otro alguien pulió el concepto al reinventarlo como un tridente porque Poseidón había demostrado que la herramienta tenía tirón. También existía gente como el austriaco Michael Pacher, un adelantado a su tiempo que tuvo el valor necesario para retratar a su malignidad en la obra San Agustín y el Diablo como un marciano verde que además lucía una segunda cara en el culo, un detalle esto último que quizás hasta podría hacer más llevadero todo el asunto aquel del osculum infame.
Lucifer llamando a los ángeles a la rebelión, por William Blake.
¿Qué demonios?
A lo largo de la historia se ha intentado clasificar de un modo u otro a las legiones de demonios que acompañaban a Satanás en sus desventuras. Con dicho propósito en mente varios eruditos se dedicaron a elaborar listas que agrupaban a las criaturas según el pecado en el que se especializaban, sus características especiales o incluso los santos contra los que arremetían, pero las selecciones resultantes variaban en exceso de un autor a otro y formaban un panorama demonológico demasiado difuminado. En 1863 Louis Le Breton ilustró un libro escrito por Jacques Auguste Simon Collin de Plancy que había sido publicado varias décadas atrás. Aquel texto era el Dictionnaire Infernal, una meticulosa guía demonológica que, con el añadido de las ilustraciones, se convertía en la Pokédex definitiva de lo satánico al describir la apariencia de más de sesenta demonios diferentes. 
El escaparate de criaturas sobrenaturales que proponía aquel diccionario era tan variado como para que resultase especialmente difícil decantarse por un ejemplar concreto en caso de planear una invocación durante una tarde aburrida, porque entre sus páginas se podía encontrar a lo mejor de cada casa: Baal, un elemento que se presentaba como un rey demonio, situado una butaca por debajo de Satanás en el auditorio del Hades, capaz de conceder la invisibilidad como power-up y con la capacidad de presentarse en sociedad adoptando tanto el aspecto humano como el de un sapo o un gato (en el Dictionnaire Infernal el dibujante se abstuvo de tener que elegir y perpetró un olé-mis-huevos: su ilustración incluía las tres cabezas reposando sobre un cuerpo de araña). Caim era un elegante demonio con forma de pájaro, pose distinguida y cinto con espada que ostentaba el título de presidente del Infierno y otorgaba a los hombres que lo invocasen la capacidad de poder entender a los pájaros, los perros, los bueyes y varias criaturas más de las que interesa mucho saber de qué están hablando en todo momento. 
El demonio Paimon tenía la capacidad de resucitar a los muertos, provocar visiones en la mente del hombre, invocar a otros espíritus e incluso adiestrar al más analfabeto sobre todas las artes conocidas al ser una especie de Wikipedia andante, pero ante todo era un diablillo capaz de molar más que el resto solamente por el hecho de ir a todos lados cabalgando sobre un camello. Forneus se presentaba con su aspecto de monstruo marino como uno de los grandes marqueses de los parajes infernales y entre sus virtudes destacaban unas espléndidas capacidades para la retórica y los idiomas, algo sorprendente para una criatura criada entre azufres. El caso de Vepar era inusual por transgénero: un demonio varón que se identificaba como una femenina sirena acuática con la capacidad de controlar tormentas u oleajes a gran escala pero también de hacer crecer a voluntad gusanos en el cuerpo de las personas o pudrir directamente los órganos internos ajenos. Zepar vendría enlatado en la armadura de un soldado alardeando del superpoder de ser capaz de conquistar y encamar a cualquier persona que se le antoje para hacerla receptora de una tanda de empujones diabólicos. El demonio Gäap era un príncipe alado de aspecto humanoide que a pesar de gozar de unas cuantas virtudes y superpoderes de carácter bastante práctico solía ser invocado con el mismo objetivo de quien llama a Teletaxi: para utilizarlo como medio de transporte y salvar grandes distancias volando en sus brazos.
El infierno
Observad este espectáculo lamentable. El niño está dentro de este horno al rojo vivo. Escuchad cómo grita suplicando por salir, contemplad cómo se gira y retuerce en el fuego, cómo golpea su cabeza contra el techo del horno y patea con sus piececitos el suelo. Podéis encontrar en la cara de este pequeñín lo mismo que veréis es la cara de todos los habitantes del infierno: una angustia horrible y desesperada. […] Dios ha sido muy bueno con este niño. (La visión del infierno de John FurnissXXVIII. La quinta mazmorra. El horno al rojo vivo).
Este texto es un extracto de La visión del infierno, un libro del siglo XIX obra del sacerdote católico John Furniss cuya lectura está presuntamente destinada a los más pequeños de la casa. O lo que vendría a ser una especie de Teo se va al infierno de la época para aquellos padres que consideraban que el mejor sistema educativo posible era amenazar a los infantes con cocinarlos vivos durante toda la eternidad. Furniss se pasaba de intenso pero caminaba al mismo ritmo que todas aquellas creencias populares que decorarían el infierno como un lugar dominado por las llamas, los ríos de lava, las setas y los instrumentos de tortura que utilizaban los demonios para hacer sufrir eternamente a los pecadores. 
De nuevo se dibujaba un cuadro bastante llamativo pero carente de cualquier tipo de base, porque la Biblia solo mencionaba el lugar de la condena eterna de refilón haciendo alusión a un lago de fuego y obviando describir el resto de las instalaciones. La visión del infierno como una caldera donde los pecadores eran atormentados con horribles castigos en realidad había sido exportada de la Divina comedia de Dante Alighieri, aquella obra de ciencia ficción de la época que dividía el infierno en nueve círculos de los cuales tan solo un par se encontraban realmente regados por las llamaradas, mientras que el resto no solo no tenían la estufa elevada a once sino que presentaban temperaturas mucho más gélidas, con los grados en descenso cuando la profundidad de los círculos iba en aumento, hasta el punto de propiciar un peligroso paraje congelado en el último de ellos. Y justamente en aquellas profundidades era donde se encontraba el Satanás de Dante atrapado en el hielo con cara triste, rodeado de los cuerpos conscientes y congelados de cientos de pecadores, y sufriendo un castigo concebido con cierto recochineo irónico: cada vez que ese Lucifer agitaba sus alas para zafarse del abrazo helado que lo aprisionaba solo obtenía como resultado el generar un viento que congelaba todavía más todo lo que le rodeaba. Alighieri era muy fan de ese tipo de putadas, él mismo fue uno de los virtuosos a la hora de juguetear con conceptos tan cabrones como toda la idea del contrapasso
La llamada «ley del contrapaso» era una innovadora técnica de penitencia que suponía condenar al reo basándose en la ironía antes de que esta fuese tendencia entre la mugre moderna: el castigo reflejaba el delito con guasa o implicaba tortura mediante una idea antagónica al pecado. Bajo dicha ley los astrólogos y futurólogos eran condenados a afrontar la eternidad con el cuello girado ciento ochenta grados, un ajuste que no solo les obligaba a caminar de espaldas o a convertir las visitas al lavabo en una odisea, sino que además servía como castigo poético: en aquella posición los pecadores no podrían nunca más enfocar la mirada hacia el futuro. Culpa del contrapaso sería también la ocurrencia de castigar la actitud fogosa de los lujuriosos bendiciéndoles con una lluvia de azufre ardiente que agradecían a regañadientes. Y también alguna que otra reprimenda creativa sobre ciertas figuras públicas: Bertran de Born, un trovador y soldado occitano acusado de separar con sus malas artes y peores consejos a un padre de un hijo, vagaba por el infierno con su propia cabeza bajo el brazo como resultado de una condena que le había obligado a separarse a sí mismo en dos partes.
Satanás en el Infierno de Dante, por Gustave Doré.
Todo lo que usted sabe sobre el infierno es mentira
Una de las grandes cuestiones que suele acarrear la representación popular del infierno es el rol que desempeñan en el mismo los distintos demonios, porque aunque tradicionalmente a estos seres se les atribuye la función de torturadores de almas esa misma afirmación los convertía en funcionarios a las órdenes de Dios, y no en los espíritus antisistema que abandonaron el regazo del Todopoderoso jurando rebelarse eternamente. Ese es quizás otro de los equívocos más comunes de la visión moderna del Hades, ya que según las escrituras los demonios no ejercían de verdugos en el infierno sino que en caso de visitarlo lo hacían a nivel usuario para sufrir el mismo destino que cualquier otro condenado. En el fondo gran parte de lo que todo el mundo considera sentenciado por la Biblia ni siquiera llegaba a ocurrir entre sus páginas: en ningún momento se mencionaba que en Sodoma algún habitante tuviese pluma, y aquellos famosos siete pecados capitales ni siquiera eran mencionados como tales durante todo el tomo. Y a lo mejor la peor parte se la han llevado los propios ángeles celestiales, porque, tras años de establecerse con una imagen de marca centrada en eunucos alados tocando liras entre mucha nube, la realidad bíblica era que el aspecto físico de aquellos seres resultaba bastante más jodido y retorcido. ¿Y esos encantadores querubines de mofletes sonrojados? Ezequiel tenía algo muy específico que decir sobre ellos:
Cada uno de los querubines tenía cuatro caras. La primera cara era la cara de un querubín, la segunda, la cara de un hombre, la tercera, la cara de un león y la cuarta, la cara de un águila. (Ezequiel 10:14).
San Agustín y el diablo, de Michael Pacher.

No hay comentarios: