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miércoles, 5 de noviembre de 2025

 La pérdida no solo hiere: desordena el mundo. Después de una muerte, no desaparece solo una persona, sino el entramado de gestos y significados que sostenían la vida. El duelo es ese proceso que intenta recomponer el sentido.

Desde hace décadas, la psicología cultural ha mostrado que el duelo no es “superar”, sino reconstruir. En lugar de cerrar el vínculo, muchas culturas buscan seguir conversando con los muertos, mantenerlos presentes en los relatos y los objetos. Las mediaciones culturales –una tumba, una foto, un canto, un perfil digital– son los puentes que permiten seguir en relación con lo ausente, rehaciendo la historia desde la fractura.

Las muchas formas de acompañar a los muertos

El mundo está lleno de lenguajes para el duelo. En Madagascar, las familias celebran el famadihana o “vuelta de los huesos”, un reencuentro festivo en el que se desenvuelven los cuerpos de los ancestros, se les cambia la mortaja y se baila con ellos. 


















Celebración de la famadihana en Antsirabe (Madagascar). Vladislav Belchenko/Shutterstock

En Japón, muchas familias conservan en casa un butsudan, un pequeño altar budista con las tablillas de los antepasados –los llamados ihai se colocan en el altar con el nombre y la fecha de la muerte del difunto–. Allí se ofrecen flores o incienso como forma de mantener viva su presencia.


















Un butsudan en Goshogawara (Japón). Wikimedia CommonsCC BY

En Ghana, los funerales pueden durar días y reunir a cientos de personas; los ataúdes se tallan con formas simbólicas –un pez, una herramienta– que representan la historia o el oficio de quien ha muerto. 

En México, el Día de Muertos celebra el regreso simbólico de los difuntos al mundo de los vivos. En casas y cementerios se levantan altares con flores, pan, velas y objetos personales, mientras las familias se reúnen entre música, comida y calaveras literarias que, con humor, conversan con la muerte.


En los Andes, entre comunidades quechuas y aymaras, la muerte se entiende como regreso al territorio. Los cuerpos se confían a la tierra o al agua que los vio nacer, porque el vínculo entre persona y paisaje se transforma. Las cosmologías, silenciadas por la colonización, recuerdan que morir también puede ser volver a la trama que nos sostiene.

Estas prácticas muestran algo esencial: no existe una sola manera de llorar. Cada cultura ha inventado herramientas para transformar la ausencia en relación y la memoria en cuidado.

Europa y la pérdida del lenguaje del duelo

En gran parte de Europa, el duelo se ha vuelto más íntimo y menos visible. La muerte suele tener lugar en instituciones, lejos de los espacios domésticos, y muchos de los rituales que antes acompañaban la pérdida se han ido diluyendo. 

La discreción ha sustituido en gran medida a las formas colectivas de despedida. En España, como en otros países europeos, aún cuesta hablar del duelo y la muerte sin incomodidad. Iniciativas como el Festival Vida al final de la vidainvitan a la ciudadanía a participar en actividades artísticas y conversaciones abiertas sobre ello. 

Pensar el duelo desde una mirada decolonial implica también reconocer que no todas las muertes pesan lo mismo, ni todas las culturas han tenido el mismo derecho a elaborarlas. 

Las historias coloniales de desplazamiento, racismo o violencia estructural han generado duelos sin reconocimiento: migraciones forzadas, desaparecidos, pueblos enteros privados de sus ritos.

La modernidad colonial no solo administró cuerpos, sino también muertes: decidió cuáles eran dignas de luto y cuáles podían ser olvidadas. Frente a ello, muchas comunidades han hecho del duelo una forma de resistencia. 

Las madres de los desaparecidos que marchan con las fotos de sus hijos o los altares improvisados en las fronteras encarnan una práctica afectiva que no busca cerrar la herida, sino sostenerla en común para reconocer la violencia que la produjo y recuperar la capacidad de cuidar más allá del marco colonial.

Mediaciones nuevas, memorias viejas

En el siglo XXI, el duelo también se ha desplazado a los espacios digitales. Las redes sociales albergan memoriales, perfiles donde los vivos siguen escribiendo a los muertos, y los llamados deathbots –programas que reproducen la voz o los mensajes de una persona fallecida– prolongan esas conversaciones más allá de la vida.

Las pantallas, los rituales, los cuerpos, los paisajes… todos median la continuidad entre vida y muerte. En esa diversidad de mediaciones –ancestrales o tecnológicas– se manifiesta la misma necesidad: seguir hablando con lo ausente, aunque el idioma cambie.

Mirar el duelo desde la diferencia cultural y desde la herida colonial no significa idealizar otras prácticas, sino recordar que llorar también es un acto de conocimiento y de justicia. 

Cada cultura encarna una forma de relación con el tiempo y con la memoria, y todas reconocen que el dolor, cuando se comparte, reconstruye comunidad.

En un mundo que acelera el olvido, el duelo puede ser una forma de resistencia: una práctica que devuelve lentitud, vínculo y sentido. Morir no es igual en todas partes. Tampoco lo es recordar. 

En los modos en que cada sociedad acompaña la pérdida se revela su idea de vida, de justicia y de mundo. El duelo, lejos de ser una enfermedad del alma, es una mediación entre la memoria y el porvenir, entre la ausencia y la continuidad de la vida.

jueves, 8 de septiembre de 2022

¿Cómo se refieren los médicos a la muerte?

Durante milenios, la mayoría de los humanos aceptamos la muerte como una parte natural del proceso vital. Estábamos reconciliados con ella y celebrábamos conjuntamente rituales que integraban este fenómeno biológico en la vida colectiva. En la Europa monoteísta medieval, por ejemplo, la muerte era un hecho cotidiano que se tendía a interpretar como una liberación de las cargas de la vida física. Tras ella, nuestra alma podría acceder a un estadio superior. 

Pero la perspectiva ha cambiado. El auge de las ideologías humanistas ha convertido al individuo en objeto de culto, en el centro del Universo tal y como ahora lo percibimos. En la sociedad occidental actual tendemos a ver la muerte como una interrupción inesperada de todo lo que la ha precedido, más que como una parte inexorable y previsible del ciclo vital.

La muerte, sobre todo si es repentina y no se trata de una persona muy anciana, suele considerarse como un acontecimiento trágico del que se habla poco o nada y, en todo caso, con una cautela especial.

Morimos en hospitales

La medicina, la higiene, el desarrollo científico en general y, sobre todo, la sanidad como institución intervienen decisivamente en nuestra percepción del final de la vida. La muerte desaparece de la vida cotidiana y se esconde detrás de las paredes de los centros sanitarios. Muchas personas mueren solas y abandonadas en los hospitales u otras instituciones y, en el mejor de los casos, sus cadáveres hacen una breve estancia en un aséptico tanatorio justo antes de ir al cementerio o al crematorio. 

Los miembros de las sociedades occidentales nos sentimos incómodos –en diferentes grados y de maneras diversas, claro está– a la hora de hablar sobre la muerte y, por tanto, tendemos a evitar las palabras que se relacionan directamente con ella y a desarrollar y usar eufemismos en cada una de nuestras lenguas.

Ni siquiera los ámbitos sanitarios, con una intensa especialización profesional y un alto grado de familiarización con el final de la vida, escapan a esa tendencia a suavizar el efecto que provoca hablar o escribir sobre la muerte. A menudo es el personal médico mismo quien, a pesar de su formación profesional, necesita recurrir a un lenguaje indirecto para poder asumir el impacto emocional de los pacientes que mueren estando a su cargo.

Los forenses dicen “morir”, los médicos dicen “expirar”

En nuestra investigación, además de los eufemismos generales que los profesionales sanitarios pueden usar en la comunicación con pacientes y familiares, hemos analizado el uso de léxico técnico para referirse a la muerte. Nos hemos centrado en los géneros de los casos clínicos académicos (dirigidos a un público profesional especializado) y de los casos clínicos literaturizados o cuentos clínicos (dirigidos al público general y con características literarias y de divulgación científica).

En los casos clínicos académicos, hemos encontrado un tratamiento diferenciado de la muerte entre aquellos que la tienen como objeto de estudio y los que estudian una enfermedad o un tratamiento y donde la muerte aparece como un acontecimiento más, pero no necesariamente el principal. 

Dentro del primer grupo de textos, a menudo pertenecientes a la medicina forense, predomina el uso sin eufemismos de la palabra muerte, que suele aparecer ya en el título. 

En el segundo grupo, en cambio, la muerte no es el objetivo de la presentación, sino una circunstancia sobrevenida que no aparece nunca en el título y a la que se refiere con eufemismos como “expirar”. 

Este eufemismo no tiene ningún significado específico, ni aporta ninguna información extra, aparte de que el paciente haya muerto. En la mayoría de los textos en que se usa, no se trata de la muerte súbita de un paciente que acaba de llegar al hospital, sino más bien de casos seguidos de muy cerca y durante un tiempo por los profesionales sanitarios, que han estado haciendo pruebas, diagnósticos, medicaciones, operaciones u otros tratamientos. 

Por lo tanto, es un proceso de seguimiento y de lucha por la vida del paciente, durante el cual su estado empeora y, finalmente, acaba con la muerte.

Shutterstock / Photographee.eu











Exitus: ¿terminología o eufemismo?

Uno de los tecnicismos más recurrentes para representar la muerte en los casos clínicos es la palabra exitus (una abreviación de la locución latina exitus letalis). A primera vista, referirse a la muerte como exitus podría parecer únicamente un eufemismo sofisticado, sobre todo para un lector ajeno al mundo médico. Pero se trata de un latinismo que se refiere a la muerte como resultado de una enfermedad, especialmente cuando se produce en instalaciones de un hospital, que asume las responsabilidades legales que se derivan. 

Por tanto, el término, además de referirse a la muerte, también contiene en su significado una alusión a las circunstancias (en el transcurso de una enfermedad) y el espacio (el hospital) en que se ha producido, además del asunto de las repercusiones legales. Cuando la muerte se convierte en exitus es porque la ha presenciado y la describe un profesional sanitario.

Es difícil dibujar la frontera entre el uso eufemístico de los tecnicismos y la pulsión de emplearlos por exigencias del registro. Los casos clínicos son publicaciones en las que se espera de los médicos un registro formal y técnico. ¿Están empleando exitus por muerte de la misma manera que dicen xerostomía en lugar de boca seca? ¿O influye también el hecho de que se hable de una persona concreta, más o menos conocida, aunque quede escondida su identidad? Los dos factores se combinan en proporción variable para dar como resultado la práctica desaparición de la palabra muerte de estos textos. 

La muerte en la literatura divulgativa

Tanto cuando la mencionan como cuando se refieren a ella con eufemismos o tecnicismos, los casos clínicos académicos que hablan de la muerte no la cuentan sino que informan de ella. Es decir, que la abordan en términos lo más objetivos posible, sin concesiones literarias de ningún tipo. 

Obviamente, la estrategia utilizada en los casos clínicos literaturizados es totalmente diferente. Los pacientes se convierten en personajes –anónimos o disfrazados bajo nombres ficticios– que necesitarán todo tipo de caracterizaciones para dar vida a un texto literario. Y en este contexto, el autor no puede dejar pasar la muerte como un elemento que añadirá dramatismo al texto.

Cuando Oliver Sacks, por ejemplo, nos cuenta el caso de Bhagawhandi, una chica india de diecinueve años con un tumor maligno en el cerebro, nos encontramos ante una narración con profusión de recursos literarios y un estilo que podríamos calificar incluso de poético. En ella se reproduce una metáfora, utilizada por la paciente y continuada por los demás personajes, según la cual la muerte sería un viaje de regreso a la India. 

Sin duda, esta manera de contar la muerte quiere provocar emociones. Así, la muerte se convierte en un recurso al servicio de la estilística y de literatura, en un acontecimiento que se cuenta para causar un determinado efecto en los lectores. 

En definitiva, si los casos clínicos académicos tienden a informar de ella en un tono aséptico y evitan llamarla por su nombre, en los literaturizados este acontecimiento se convierte en un elemento de desarrollo dramático. Solo los forenses abordan explícitamente la muerte, a menudo ya desde el mismo título de sus informes, y no rehúyen llamarla por su nombre.