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martes, 4 de octubre de 2016

“Dios no aparece en ninguna parte en el universo descrito por la ciencia”


El divulgador científico francés Christophe Galfard, en Madrid. CARLOS ROSILLO
Afirmaba el nobel Richard Feynman que la física es a las matemáticas lo que el sexo es a la masturbación. Christophe Galfard, nacido en París en 1976, bromea y dice que primero se dedicó a la masturbación y después al sexo. Al sexo duro. Formado como matemático, se doctoró en física en la Universidad de Cambridge, bajo la tutela de Stephen Hawking. Durante siete años investigó con el científico más famoso del mundo los agujeros negros y el origen del universo, generando “más nuevas preguntas que respuestas”.
Pero aquella aventura intelectual acabó en 2006. Ahora, abandonada la vida académica, Galfard se ha convertido en uno de los divulgadores científicos más exitosos del mundo. Su último libro, El universo en tu mano (Blackie Books), lleva 100.000 ejemplares vendidos en Francia. El volumen es, según él mismo ofreció a su editora, “un libro fácil de leer de ciencia divulgativa sobre todo lo que sabemos del universo desde antes del Big Bang hasta hoy”.
Galfard consigue su titánico objetivo en poco más de 400 páginas, llevando al lector de la mano por un universo infinito del que la mayor parte de la población solo puede ver 200 estrellas en una noche clara. Su editorial española ha colocado una faja en su libro que sostiene que Galfard es “el discípulo más brillante de Stephen Hawking”. “Es mentira, no lo soy, los hay mucho más brillantes que yo”, reconoce entre risas.
"La humanidad no es consciente de su lugar en el universo"
Pregunta. La Agencia Espacial Europea acaba de publicar el mapa más completo de nuestra galaxia, la Vía Láctea, con 1.000 millones de estrellas. Pero la galaxia en realidad tiene 300.000 millones de estrellas como nuestro Sol, con innumerables planetas. Y hay unos 400.000 millones de galaxias visibles. Sin embargo, solo en nuestro planeta hay más de 4.000 religiones diferentes y la gente se mata por ellas. ¿Cree que la humanidad es consciente de su lugar en el universo?
Respuesta. No es consciente, en absoluto. Es una de las razones por las que he escrito este libro: ofrecer información sobre el universo extraordinario que habitamos y sobre el potencial que representa para nosotros. Solo ahora empezamos a descubrirlo, a acceder a ciertos lugares, a ciertas ideas, a cierta filosofía del conocimiento. Somos la única especie terrestre capaz de descubrir estas cosas. Las hormigas son geniales, pero no lo han conseguido.
Christophe Galfard y Stephen Hawking, en la Universidad de Cambridge.
P. Napoleón, según la tradición, le señaló al astrónomo Pierre-Simon de Laplace que no había mencionado ni una sola vez a Dios en su obra Exposición del sistema del mundo (1796). Y Laplace le respondió: “Nunca he necesitado esa hipótesis”. Usted tampoco menciona a ningún dios. ¿Tampoco necesita esa hipótesis?
R. No, pero el objetivo de la ciencia no es encontrar razones que sostengan que dios existe o lo contrario, sino descubrir cómo funciona la naturaleza. No tiene nada que ver. Para algunos, la religión puede ser una fuente de inspiración. Para otros es un bloqueo absoluto. Depende de la gente y eso es independiente de la investigación científica. Si aceptamos respuestas, no es ciencia. Si aceptamos preguntas, entramos en una metodología científica. De momento, solo la metodología científica nos ha permitido descubrir cosas que no conocíamos antes. Ese choque entre ciencia y religión me da igual. En mi departamento de Cambridge había colegas de muchas religiones, como cristianos, musulmanes e hindúes, pero intentábamos descubrir las mismas cosas. La religión no era un obstáculo. Si metes a Dios en la ecuación, entonces ya no es ciencia. Dios no aparece en ninguna parte en el universo descrito por la ciencia.
"Si metes a Dios en la ecuación, entonces ya no es ciencia"
P. El nobel Richard Feynman también dijo que "la física es como el sexo: seguro que da alguna compensación práctica, pero no es por eso por lo que la hacemos". ¿Está de acuerdo?
R. Totalmente. Las aplicaciones prácticas no forman parte de la ecuación en la ciencia teórica. Y no pasa nada. En general, las personas que descubren algo nuevo no son las que descubren sus aplicaciones prácticas. Llegan más tarde, cuando comprendemos el fenómeno. En el momento del descubrimiento, la aplicación tecnológica no existe. Toda la física cuántica, cuando fue descubierta hace un siglo, no tenía aplicaciones prácticas, más allá de entender nuestro mundo. Hoy en día no hay nada que no utilice la mecánica cuántica: ordenadores, teléfonos móviles, televisores… No hay que pensar en aplicaciones prácticas cuando se hace física teórica, porque no funciona así.
P. Usted confía mucho en la ciencia. En su libro sugiere que en el futuro podremos viajar por el universo a través de los llamados agujeros de gusano, atajos en el espacio-tiempo descritos en la teoría de la relatividad general de Albert Einstein.
R. Quién sabe. Puede ser, no lo sabemos. De la teoría de la relatividad general, que tiene un siglo como la mecánica cuántica, no tenemos casi aplicaciones. Tenemos el GPS y poco más. Quizá la teoría se descubrió demasiado pronto y todavía no hemos entendido cómo utilizarla. Pero estoy convencido de que llegarán las aplicaciones y de que algunas de ellas hoy no podemos ni imaginarlas.
P. El gran descubrimiento de los últimos tiempos es la confirmación de la existencia de las ondas gravitacionales descritas por Einstein, producidas por los cuerpos más violentos del cosmos y que deforman el espacio y el tiempo a su paso. Usted dice que es un nuevo ojo para ver el universo.
"Pueden existir formas de vida diferentes que todavía no hemos encontrado"
R. Sí, desde la aparición de la humanidad hasta hoy, todo lo que hemos sabido del universo ha sido a través de la luz. Ahora, por fin, tenemos otra cosa. De momento solo hemos abierto un poquito ese ojo y nos ha permitido detectar colisiones de agujeros negros. Veremos más cosas, espero. Y no sabemos qué serán.
P. Al final del libro, introduce esta reflexión: “Puede que te preguntes qué es lo que no nos esperamos. Si te digo la verdad, yo también. ¿Encontraremos pruebas de dimensiones adicionales? ¿Encontraremos algo en lo que nunca hemos pensado?”. ¿Qué espera usted? ¿Puede haber otras formas de vida diferentes?
R. Pueden existir formas de vida diferentes que todavía no hemos encontrado. Sería una revolución en la biología. Todavía no hemos encontrado nada vivo en la Tierra que funcione de manera diferente al resto. Conocemos una manera de hacer funcionar la vida, que es la que tenemos en la Tierra. ¿Hay otras maneras en el universo? Yo creo que sí, pero no sé a qué se parecerían ni cómo estarían fabricadas. Ni siquiera hemos conseguido crear la vida tal y como la conocemos. Estamos muy lejos de crear otra diferente.
P. El millonario ruso Yuri Milner patrocina un proyecto de 100 millones de dólares para buscar vida inteligente, la iniciativa Breakthrough, en la que participa Stephen Hawking. ¿Qué opina?
"Los políticos dicen tantos disparates... La verdad no es muy importante para ellos"
R. Me encanta. Es una iniciativa que busca vida inteligente que emita señales. Dependemos de la suerte. A lo mejor el universo está plagado de vida inteligente y no lo vemos. Como dice Hawking, primero habrá que encontrar vida inteligente en la Tierra.
P. Hay una brecha entre la ciencia y el público general. La gente vota sobre alimentos transgénicos, energía nuclear y muchísimos temas científicos sin el conocimiento necesario. ¿Cree que este divorcio afecta a la democracia?
R. Completamente. Por eso he escrito este tipo de libro: para que la gente pueda tener una opinión propia. Sin conocimiento científico, la democracia es más complicada. Los políticos dicen tantos disparates... La verdad no es muy importante para ellos, en general. En la investigación científica, en su conjunto, hay una honestidad. Los individuos siempre pueden decir tonterías, pero se puede confiar en el conjunto de la comunidad científica, porque hay un sistema de verificación. Hay una verdad actual, que puede evolucionar, pero que está ahí. Es agradable saber que hay una parte de la población mundial que sirve a la humanidad y no está ahí por el poder, sino por la alegría del descubrimiento.
P. Donald Trump ha dicho que el cambio climático es un invento de los chinos. Y parece que la mitad de EE UU le va a votar.
R. Sí, porque se lo creen, aunque no sea verdad. Esto no debería ser posible. La gente debería tener un mínimo conocimiento científico. Y no es su culpa, sino de las instituciones, que deberían mantener el contacto con el gran público. En Francia, Nicolas Sarkozy ha dicho hace dos semanas que el cambio climático ha existido desde siempre, lo que quiere decir que lo que ocurre ahora no es culpa de los humanos. No es responsable decir eso. No es verdad. Siempre ha habido variaciones climáticas, pero conocemos bien el origen del cambio climático actual: es humano.
P. El empresario estadounidense Elon Musk acaba de desvelar un plan para crear “una civilización autosuficiente” en Marte, con un millón de personas a lo largo de este siglo. ¿Es un brindis al sol?
R. Hoy no tenemos la tecnología, pero necesitamos locos como Elon Musk para acelerar este tipo de cosas. Él tiene los científicos, la potencia financiera y la locura para intentarlo. A mí me parece genial.
P. ¿Usted se ofrece como voluntario para ir a vivir a Marte?
R. No, pero hay muchísimos.
Manuel Ansede para el PAIS.es

martes, 23 de agosto de 2016

Cuatro científicos condenados por la Inquisición

La Iglesia católica, representada en los tribunales inquisitoriales, se encargó de perseguir, castigar, torturar y condenar a pena de muerte a todo aquel que considerara hereje. Bajo estos postulados, muchas de sus víctimas fueron hombres de ciencia, como estos cuatro:

Giordano Bruno (1548-1600) fue un fraile dominico italiano, filósofo, matemático y astrónomo. Presentó sus teorías en cosmología acerca del modelo de Copérnico, la concepción del Sol como una estrella y la existencia de infinitas cantidades de otros planetas en el Universo, donde habitaban seres inteligentes. Sus afirmaciones en teología y filosofía, así como sus obras poéticas, le valieron la condena a muerte por parte de las autoridades de Roma y la Inquisición, que dictaminaron enviarlo a la hoguera por herejía.
Giulio Cesare Vanini (1585-1619) fue un intelectual y librepensador del Renacimiento italiano. Realizó estudios de Física, Medicina y Astronomía, además de Teología y Filosofía en Roma. Entre otras teorías, Giulio había planteado la idea de que los hombres eran descendientes de los monos y que la inmortalidad del alma era algo poco plausible, creencia que lo hizo dirigirse directo a las llamas de las hogueras de la Inquisición en Toulouse, en 1619.
Pietro d’Abano (c.1250-1318), conocido como Petrus de Apono o Aponensis, fue médico y astrónomo; su formación y profundo interés en la Medicina y Filosofía de Medio Oriente lo animaron a difundir los ideales que luego le valieron acusaciones por parte de la Iglesia: herejía y nigromancia. Aponensis fue enviado a prisión, donde falleció años más tarde. Los inquisidores de Pietro d’Abano no pudieron dar con sus restos para quemarlos: sus leales amigos le habían dado sepultura secreta.
García de Orta (1501-1568) fue un médico y explorador renacentista de origen judío portugués. Se doctoró en Medicina en la Universidad de Lisboa y viajó a la India. Allí fue perseguido por las fuerzas inquisitoriales portuguesas, debido a su ascendencia judía y a sus creencias filosóficas y religiosas.
Maria Fernández Rei para Muy Interesante

miércoles, 23 de marzo de 2016

Manuel Toharia: “La ciencia va segando la hierba a la religión”



Este físico tiene una larga trayectoria como divulgador científico en prensa y televisión y ha dirigido instituciones como la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe. En Historia mínima del cosmos (Turner), Manuel Toharia (Madrid, 1944) explica cómo ha cambiado nuestra concepción del universo a lo largo de la historia pese a chocar una y otra vez con el prejuicio religioso.
PREGUNTA. Hawking concluyó que Dios no es necesario para explicar el universo. Dawkins ve la religión como una superstición más. ¿El avance de la ciencia hace retroceder a la religión?
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RESPUESTA. Mucho antes que Hawking, cuando Napoleón le preguntaba el papel de Dios en la mecánica celeste al importante astrónomo Laplace, éste le respondió: “Sire, esa hipótesis no es necesaria…”. La palabra superstición resulta agresiva, yo no la utilizaría. Las religiones se basan en creencias sin posibilidad alguna de demostración, lo que llamamos fe. La ciencia es otra cosa, se basa en las evidencias. A medida que la ciencia explica cosas que antes se atribuían a creencias, va segándole la hierba a la religión.
P. Algunos dicen que los científicos se exceden al entrar en el terreno de lo espiritual. Lo llaman “imperialismo científico”.
R. Un científico no debe entrar en el dominio de lo religioso; al menos no como científico (como persona, claro que tiene todo el derecho de hacerlo). Son planos completamente diferentes de pensamiento. En uno, la ciencia, se aplica la racionalidad y la lógica; en el otro, la religión, se cultiva el seguidismo acrítico de creencias indemostradas e indemostrables.
P. Usted describe la Edad Media como un periodo en que el poder de la Iglesia impidió cualquier avance científico durante todo un milenio. ¿Fue así?
R. La historia es la que es; quemar por hereje en la hoguera a Giordano Bruno, o encarcelar de por vida a Galileo sólo por decir que la Tierra no era el centro del universo (porque en ella había nacido el hijo de Dios) es un ejemplo brutal, de la sinrazón religiosa y los obstáculos que le ha puesto al pensamiento crítico y racional.
“Es cómico argumentar que Galileo o Copérnico no tenían las pruebas de lo que decían. ¿Es que la Iglesia sí las tenía?”
P. Ha escrito Alister McGrath que el caso de Galileo fue tergiversado, y que es un mito que la religión y la ciencia hayan estado siempre enfrentadas…
R. Hay tantos ejemplos que hasta suena ridículo, dicho así, que la ciencia y la religión no han estado enfrentadas. Otra cosa es que hasta tiempos recientes, y quizá todavía hoy, las religiones hayan ganado siempre por goleada. Resulta cómico ver a la Iglesia católica, o a gente como ­McGrath, decir que Galileo y Copérnico no tenían en sus manos todas las pruebas de lo que afirmaban. No es cierto, pero aunque lo fuese, ¿quiere eso decir que la Iglesia sí tenía pruebas de que la Tierra era el centro del universo? Suena a broma.
P. El darwinismo sigue siendo contestado desde sectores fundamentalistas. La teoría del diseño inteligente ¿es solo una cara más amable del creacionismo?
R. Lo del diseño inteligente es una creencia más que intenta adaptarse al progreso de la ciencia. Lo malo es que el diseño de las cosas más complejas de los seres vivos dista mucho de ser inteligente; lo más que puede decirse es que funciona. Pero a menudo de forma ineficiente, imperfecta, llena de fallos… Un ejemplo un poco básico: ¿de verdad alguien cree que la forma de conseguir descendencia humana mediante el parto es la más inteligente posible? Puestos a hacer bromas, me parece más inteligente lo de las aves: pones el huevo, y luego lo incubas fuera, en lugar de incubarlo dentro del organismo femenino…
P. ¿Le preocupa la persistencia de ideas anticientíficas en el siglo XXI?
R. Me asombra. No puedo comprender cómo tantas personas inteligentes pueden aceptar dogmas muchas veces absurdos que suelen conducir a comportamientos contradictorios. Alguien dijo, y estoy de acuerdo, que las religiones siempre consiguen lo contrario de lo que predican.
Ricardo de Querol - ELPais.com

¿Dios contra la ciencia? ¿La ciencia contra Dios?

En otros tiempos estas diferencias se ventilaban en tribunales inquisitoriales y, a menudo, en la hoguera. Cuatro siglos después de que Galileo tuviera que retractarse, todavía se producen encontronazos entre la ciencia y la religión. Es el caso de los distintos pleitos en torno a la enseñanza de la evolución que han forzado los creacionistas (o su evolución, valga la ironía, como defensores del “diseño inteligente”) en los tribunales de EE UU en pleno siglo XXI. Eso sí, a diferencia de los tiempos de Galileo, ahora la justicia tiende a ponerse del lado de la ciencia, en este caso, de Darwin.
La batalla se libra también en los estantes de las librerías, donde nuevos ensayos y algunas biografías traen munición para ambos bandos. El detonante es lo que se ha venido en llamar nuevo ateísmo, aunque sus promotores no creen que hagan nada muy distinto que algunos pensadores de la Ilustración: tratar la religión como una superstición enfrentada al conocimiento y el progreso. Entre 2004 y 2007, un grupo de intelectuales publicaron ensayos muy combativos que negaban a Dios en nombre de la ciencia y la razón. Eran los llamados cuatro jinetes: Richard Dawkins (El espejismo de Dios), Sam Harris (El fin de la fe), Dan Dennett (Romper el hechizo) y Christopher Hitchens (Dios no es bueno).
“Aunque en realidad no era demasiado nuevo, como etiqueta periodística el ‘nuevo ateísmo’ tiene su sitio, porque pienso que, en efecto, algo pasó en nuestra cultura” a partir de esos libros, recuerda Dawkins en su libro de memorias Una luz fugaz en la oscuridad, que edita en español Tusquets. “¿Acaso nuestros libros eran especialmente francos y desinhibidos? Puede que hubiera algo de eso”, se pregunta y responde el etólogo británico (Nairobi, 1941), experto en Darwin, profesor en Oxford y hoy el rostro más conocido del movimiento escéptico. Los factores para renovar el relato ateo estaban en el ambiente posterior al 11-S de 2001: por un lado, el discurso “teocrático” de George W. Bush (quien decía que Dios le pedía invadir Irak) y el auge del fundamentalismo cristiano en EE UU; por el otro, el desafío del terrorismo islamista.
No pertenece a este grupo, pero podría, el francés Michel Onfray, quien en esos mismos años firmó el explícito título Tratado de ateología (Anagrama, 2005). Ahora Onfray publica Cosmos. Una ontología materialista (Paidós). Su punto de partida no es la ciencia, sino la filosofía, pero el francés defiende la idea de que “la filosofía restablezca sus lazos con la tradición epicúrea del gusto por la ciencia”. La idea central: que las religiones monoteístas construyeron “una pantalla” entre el hombre y la naturaleza, rompiendo la armonía anterior. “Antes los hombres tenían relaciones directas con el mundo. Los libros asfixian la vida y los seres vivos. Los hombres dejan de mirar el mundo y elevar la mirada para bajarla a libros mágicos”, escribe. La obra es una reivindicación del paganismo, para el que el cosmos es un todo, y que “no tiene necesidad de un dios único, celoso y combativo”, frente a un cristianismo que “nos priva del cosmos real y nos instala en un mundo de signos”. “Los paganos buscaban lecciones de sabiduría en el cielo realmente existente. El cristianismo lo vacía de sus verdades”, es su rotundo dictamen. Onfray destaca que la ciencia nunca ha validado una sola de las hipótesis del cristianismo: Newton formuló las leyes de la física como las más poderosas; Copérnico y Galileo sacaron a la Tierra del centro del universo; Darwin hizo del hombre un animal más, otro producto de la evolución. “La ciencia digna de tal nombre socava la religión entendida como superstición, es decir, como creencia en falsos dioses. Los únicos dioses son materiales”, afirma.
El discurso “teocrático” de Bush, el auge del fundamentalismo y el islamismo dieron munición al ateísmo
En el nuevo siglo los nuevos ateos han encontrado un filón editorial. Pero el bando contrario no se calla. El más tenaz resistente proviene, como Dawkins, de la Universidad de Oxford: es el biofísico y teólogo Alister McGrath, que publica La ciencia desde la fe (Espasa). En inglés su título es menos obvio (Inventing the Universe),pero el mensaje es el mismo: no hay una contradicción inevitable entre lo religioso y lo científico, que son “mapas complementarios” de la identidad humana. Que nadie espere del libro de McGrath, quien también es pastor anglicano, mística ni beatería alguna. El irlandés replica al nuevo ateísmo desde la comprensión de la ciencia, que le permite manejarse con soltura en asuntos como la teoría de cuerdas, el bosón de ­Higgs, la evolución o el Big Bang. No trata de convencer de su fe: lo que sostiene es que la ciencia y la creencia no deben interferir entre sí. Y se sitúa en una equidistancia crítica entre el “fundamentalismo religioso”, que niega la ciencia, y el “imperialismo científico”, que niega la fe.
Lo más polémico del libro de Mc­Grath: que considera un “mito” que religión y ciencia hayan estado en conflicto perpetuo. “Sí, la religión y la ciencia pueden entrar en mutuo conflicto. Pero no tienen por qué estar en guerra la una con la otra y generalmente no lo han estado”. Esa versión de la historia “es una construcción social”, dice, impregnada de ideología. Y se están ignorando, por ejemplo, los “orígenes religiosos de la revolución científica” del Renacimiento. El autor explica cómo los grandes pensadores cristianos —Agustín de Hipona o Tomás de Aquino— apoyaron el conocimiento de la naturaleza por las únicas vías de la razón.
Una luz fugaz en la oscuridad, de Richard Dawkins. Traducción de Ambrosio García Leal. Tusquets, 2016. 440 páginas. 23 euros
La ciencia desde la fe, de Alister McGrath. Traducción de Albino Santos Mosquera. Espasa, 2016. 328 páginas. 19 euros
El autor dice respetar el ateísmo —elogia, por ejemplo, la “humildad” intelectual de Carl Sagan, otro conocido agnóstico—, pero advierte contra la arrogancia de los militantes contra la religión. Por ejemplo, descalifica la idea de Stephen Hawking (en El gran diseño) de que Dios no es necesario para explicar el universo, en lo que ve un “manifiesto autocomplaciente de imperialismo científico”. A Dawkins le acusa de escribir, en obras como El gen egoísta,“una pontificación metafísica, no un análisis científico”; de Hitchens dice que “es un propagandista, no un estudioso”. Porque ese “cienticismo” es dogmático, sectario.
Una réplica escéptica a este argumento puede encontrarse en Historia mínima del cosmos (Turner), del físico y divulgador Manuel Toharia. En la línea de Carl Sagan, Toharia trata de hacer accesible a todos el avance científico, pero en su ensayo abunda en la denuncia del oscurantismo como freno al conocimiento a lo largo de la historia. Toharia mira la Edad Media como un periodo de represión del conocimiento. “No se puede decir que hubiese progreso alguno de la ciencia durante todo ese largo periodo de más de 10 siglos; al contrario, el rechazo por las autoridades eclesiásticas del conocimiento racional fue generalizado”, afirma. “El esplendor grecorromano acabó sucumbiendo ante las creencias y conductas más burdas, amén del omnipresente poder de la Iglesia y sus instituciones más represivas”, escribe Toharia. “El conocimiento del medio natural quedó en manos de la charlatanería popular y, sobre todo, de la cada vez más poderosa religión cristiana”. Un ejemplo significativo: cuando en el siglo X llegó a España el uso del número cero en matemáticas, “la Iglesia lo tildó de mágico y demoniaco”.
McGrath recuerda que los grandes pensadores cristianos apoyaban el estudio de la naturaleza a través de la razón
Los ateístas están más que bregados en la polémica. En el segundo tomo de sus memorias, Richard Dawkins repasa una vida profesional marcada por dos causas: el darwinismo y el ateísmo. Y recuerda con nostalgia cuando acudía a congresos a debatir cuestiones científicas con sus iguales. Desde la publicación de El espejismo de Dios,cuenta, “me he convertido en una celebridad menor en los círculos secularistas, escépticos y no creyentes que convocan la clase de encuentros a los que me invitan ahora”. A quienes le acusan de intolerante, replica. “Aún hoy sigue habiendo confusión en torno al término ‘ateo’, que para unos significa alguien que está positivamente convencido de que no hay dios (…) y para otros significa alguien que no encuentra ninguna razón para creer en un dios, y por lo tanto vive su vida sin tenerlo en cuenta. Probablemente muy pocos científicos adoptarían la primera acepción, aunque podrían añadir que el resquicio que dejan para un dios apenas es más ancho que el que conceden a duendes o teteras en órbita o conejos de Pascua. (…) Darwin estaría de acuerdo conmigo en que el peso de la prueba recae sobre el teísta”, escribe Dawkins. Y defiende su derecho al sarcasmo, al que recurre a menudo. Por ejemplo, en 2009 escribió una sátira para la antología The Atheist’s Guide to Christmas donde parodiaba el Génesis o los Evangelios. “Espero no rebajarme nunca al insulto gratuito, pero sí pienso que la ridiculización humorística o satírica puede ser un arma efectiva”.
No solo desde el terreno científico está agitado el debate sobre la religión. Un ensayo cuando menos valiente es el del poeta sirio Adonis, seudónimo de Ali Ahmad Said Esber. En Violencia e islam (Ariel), Adonis dialoga con Houria Abdelouahed sobre la necesidad de “repensar los fundamentos” de la religión mahometana. Frente a otros pensadores (como Karen Armstrong, en Campos de sangre) que subrayan el carácter pacífico del auténtico islam, Adonis afirma que la violencia “es un fenómeno común a los tres monoteísmos” y que está presente en su forma más extrema en el Corán. El islam, dice, “no es una religión de conocimiento, de investigación, de cuestionamiento, de realización del individuo. Es una religión de poder”. Aún más, niega que la gran cultura árabe emane de la religión. “Los místicos y los filósofos utilizaron el islam como velo o como medio para escapar a las persecuciones”, afirma.
De Dios y Ciencia. La evolución de Francisco J. Ayala, de Susana Pinar García. Alianza, 2016. 432 páginas. 14,99 euros
Cosmos. Una ontología materialista, de Michel Onfray. Traducción de Alcira Bixio. Paidós, 2016. 496 páginas. 28,50 euros
Historia mínima del Cosmos.Manuel Toharia Turner, 2015. 300 páginas. 14,90 euros
Desde el lado de los teólogos cristianos, pero lejos de la ortodoxia, una aportación interesante al debate sobre el ateísmo es Dios sin Dios. Una confrontación (Fragmenta), del antropólogo y teólogo Javier Melloni y el filósofo José Cobo. Un diálogo entre los dos pensadores, vinculados a los jesuitas, no en torno a Dios sino al “silencio de Dios”, en las que brotan ideas sugerentes sobre transconfesionalidad, las fronteras entre creencia y agnosticismo, el porqué del mal (Auschwitz, Ruanda) y cómo interpretar hoy los mitos bíblicos (incluido el de la virginidad de María).
En este terreno, difícil ser tan transgresor como Michel Onfray, quien asegura que Jesús no existió y que la religión que lleva su nombre es obra de Pablo primero y del emperador Constantino después. Cristo es “el nombre de un collage”, la cristalización de viejos mitos, la “ficción sublimada”, “el nombre impuesto por Constantino y sus seguidores al sol invicto”.
¿Le parece demasiado agresivo el nuevo ateísmo? Compare con esta obra del siglo XVIII: la editorial Laetoli edita El buen sentido. Ideas naturales contra ideas sobrenaturales, de Holbach, publicada de forma clandestina y bajo otro seudónimo (Marc-Michel Rey) en 1772. Aunque su autoría es dudosa, se atribuye al ilustrado barón francoalemán Paul Heinrich Dietrich, colaborador de la Enciclopedia de Diderot. Que no anda con medias tintas: “La teología es la ignorancia de las cosas naturales reducida a sistema”. Los hombres no son más que “niños grandes”, escribe Holbach, y confían en un Dios “que no existe más que en su imaginación, y que se ha dado a conocer únicamente por los estragos, disputas y locuras que ha causado sobre la Tierra”. Visto así, tampoco Dawkins es tan ácido. Ni los nuevos ateos son tan nuevos.
Ricardo de Querol
ElPaís.com

UN PERITO DECISIVO EN EL JUICIO A DARWIN

El biólogo Francisco J. Ayala, que fue sacerdote dominico antes de convertirse en uno de los mayores expertos mundiales en evolución, ha repetido como perito en juicios a Darwin. Entre 1981 y 2010, los tribunales de EE UU tuvieron que resolver distintas demandas de sectores fundamentalistas para que en la enseñanza se explicara, en pie de igualdad con la evolución mediante selección natural, el creacionismo o su versión más amable, el “diseño inteligente”, que requiere la intervención de un ser superior (al que evitan referirse como dios). En el caso McLean contra Arkansas, en 1981 y 1982, se juzgaba la decisión de ese Estado de imponer en las escuelas ese “equilibrio”. Ayala recordó en su declaración que también Stalin obstruyó el estudio de la evolución, con resultados catastróficos para la biología soviética. Y afirmó que el debate sobre si Dios está detrás de la evolución era absurdo porque “la existencia de Dios no podía ser comprobada ni negada por la ciencia”. Por entonces el científico y teólogo había dejado de considerarse católico, aunque ha sido comprensivo con los creyentes, como explica la biografía De Dios y ciencia, de Susana Pinar. El veredicto dejó claro que el creacionismo no es ciencia, sino religión, por lo que introducirlo en las escuelas viola la separación Iglesia-Estado. Un intento similar, el caso del panda de Dover, sobre una escuela que introdujo el diseño inteligente en su currículo de biología, se resolvió en 2005 con más contundencia: declaró inconstitucional instruir en esa doctrina. Luego la Universidad de California fue demandada por “discriminación religiosa”, por no reconocer el temario creacionista de escuelas privadas cristianas. Ahí Ayala fue más provocador al afirmar que “si Dios había diseñado el sistema reproductivo humano, era un auténtico chapucero y el mayor abortista del universo”. Otra derrota de los creacionistas.
No hay debate entre los científicos, pero los enemigos de Darwin no se rinden. Manuel Bautista publica La paradoja de Darwin o el enigma del Homo sapiens (Guadalmazán) con el propósito de señalar las supuestas “inconsistencias” de la evolución, que tacha de construcción ideológica. Casi al final, se ve venir, el libro se apunta al diseño inteligente. Bautista es un ingeniero aeronáutico con afán divulgador que ha ocupado cargos en la Administración española. Dawkins no va a detenerse a replicarlo: ya vapuleó sin piedad esas posturas en Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra (2009), y antes en El relojero ciego (1986). “Es una futilidad manifiesta pretender resolver el problema de la complejidad de la vida postulando la existencia de otra entidad compleja llamada Dios”, escribe en Una luz fugaz en la oscuridad. “Cuanto más abunda un creacionista en la improbabilidad estadística, más se dispara en el pie”.