M Tras la tragedia vivida en estos días, se hace inevitable detenerse y reflexionar sobre lo frágil que es la vida y lo poco conscientes que somos, muchas veces, del valor real de cada instante.
Los acontecimientos nos recuerdan que nada está garantizado y que el tiempo, aunque parezca infinito, es profundamente limitado.
Hoy, al salir de un examen, sentí el impulso de llamar a mis abuelos para tomar un café con ellos.
Un gesto sencillo, casi cotidiano, que terminó convirtiéndose en el mejor momento de mi día.
En esa conversación, en sus palabras y en su manera de estar presentes, encontré una calma difícil de describir.
A menudo olvidamos la grandeza que tenemos en nuestras vidas.
No solo en los grandes logros, sino en las personas que nos acompañan y nos enseñan sin darse cuenta: sus historias, su sabiduría, su forma de afrontar el dolor y el duelo, incluso después de haber perdido a una gran amiga en la gran tragedia del domingo.
Su fortaleza, su serenidad y su amor silencioso son lecciones que no aparecen en ningún libro.
Todo esto me ha recordado la importancia de vivir con más conciencia, de abrazar más, de decir lo que sentimos y de agradecer lo que tenemos mientras lo tenemos. De valorar lo sencillo, lo cercano y lo verdadero.
Belén Pérez Rodríguez