martes, 18 de febrero de 2020

El Buen Ladrón


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Detalle de Diógenes, por John William Waterhouse, 1882.
Con el gesto pedía clemencia, o eso dijeron algunos periodistas. Otros aseguraron que aquello (las palmas juntas, reverencia con la cabeza) fue un saludo a la japonesa. Seguro que recuerda usted la escena, como para no. Coletita respingona, desaliño riguroso, accesorios new age, barba blanca de proporciones victorianas. «Me he llevado de todo», anunció a los reporteros congregados ante el Juzgado de Instrucción número 6 de Valencia. «De todo: dinero, caja y comisiones». Se llama Marcos Benavent, pero eso qué más dará. Usted y la posteridad le recordarán como el «yonqui del dinero», porque así se denominó a sí mismo. Pero ya no más. Ni corrupto, ni plutócrata, ni del Opus. De la gomina, ni gota; del Porsche Cayenne, ni el rastro. Después de abandonar el país, el exgerente de Imelsa, empresa pública de la Diputación valenciana, pasó por el Amazonas, Japón y Ámsterdam y así regresó a España: iluminado y arrepentido, por ese orden de importancia. Con el semblante beatífico del Buen Ladrón en los pasos de Semana Santa y los aires flipados de quien ha cambiado el ron cola por la ayahuasca. Y presto a colaborar con el juez y a sacar «mierda a punta pala», citando de nuevo sus palabras. «He hecho un viaje hacia fuera, lo he perdido todo para ganarme a mí mismo», explicó más tarde a los periodistas. «La revolución está dentro de uno mismo, no está fuera», añadió. Entre sus nuevas aficiones citó «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos». Entre sus proyectos de futuro, «biodinámicas conectadas con el cosmos» y el tantra.
Con Diógenes de Sinope le pasará más o menos igual, que por su nombre le sonará poco. Quizá más por el síndrome que lo lleva, aunque no debería llevarlo: Diógenes solo poseía cuatro objetos (un bastón, un zurrón, un manto y una escudilla) y la escudilla la tiró, por innecesaria, un día que vio a un muchacho sorber lentejas directamente de las manos. Pero si decimos «el de la tinaja», entonces sí. Ha pasado a la posteridad por eso, por vivir en una tinaja, y porque un día Alejandro Magno tuvo la deferencia de visitarlo en persona y ofrecerle lo que quisiera, y Diógenes solo le pidió que se apartase, que le estaba dando sombra. Seguramente no es cierto, pero da igual. De Diógenes ha perdurado esa imagen: la de antisistema mendicante, la de fucker insobornable, la de azote por igual de reyes, sabios y legisladores. En suma: la de gran crac.
Pero Diógenes fue un corrupto, un chupóptero de la peor calaña. No se eche las manos a la cabeza, que esto lleva veinticinco siglos publicado. Su principal biógrafo, su tocayo Diógenes Laercio, explica en sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres que Diógenes tuvo que abandonar Sinope, su ciudad natal, después de que le pillaran con las manos en la masa. «Habiendo sido hecho director de la Casa de Moneda [por su padre, Icesio, que era banquero y acuñador], Diógenes se dejó persuadir por los oficiales para fabricar moneda falsa». No se sabe con seguridad si Diógenes fue juzgado y desterrado o si huyó por miedo a eso mismo, que parece lo más probable (1); también lo es que aquellos tejemanejes fueran cosa familiar y que su padre estuviera en el ajo. Sí se puede concluir que ocurrió, pues el propio Diógenes lo reconocía (2), y que el fraude seguramente fue significativo, infligiendo un daño devastador a la economía local. Dos mil quinientos años después, todavía se siguen desenterrando dracmas con el sello de IKEΣIO en la antigua Sinope, hoy en Turquía.
A nosotros no nos ha llegado el libro en el que Diógenes confesaba, el Pordalo, ni ningún otro de los que se le atribuyeron en la Antigüedad. Solo sabemos de él lo que cuentan sus cronistas, principalmente Diógenes Laercio, y a partir de que llegase a Atenas, donde acabó pernoctando en la famosa tinaja durante una buena temporada. Recordemos: ni una cosa ni la otra fueron por voluntad. Lo primero fue para escapar de la justicia de Sinope y lo segundo porque estaba arruinado y no le quedaba otra (3). Aun así, se dedicó entonces a pontificar y estableció que aquella vida que él llevaba (como de perro, kyon, en griego; de ahí la palabra «cínico») era la virtuosa.
Diógenes fue filósofo porque lo decidió la posteridad y gran patriarca de la escuela cínica porque ninguno de los demás lo superó en mamarrachería; pero si algo se lee entre líneas es que sus coetáneos le tenían por friki, poco más (4). Y Platón, en particular, le acusaba de escenificar su miseria, de vacuidad intelectual y de ser un cantamañanas, en resumidas cuentas. «Una vez le daba encima un canal de agua», escribe Laercio, «y como muchos se compadeciesen, Platón, que también estaba presente, dijo: «Si queréis compadeceros de él, idos». Con esto quiso significar su gran deseo de gloria».
No juzgue usted a Platón con severidad, esto se entiende mejor con contexto. El contexto es como sigue. Este señor se la cascaba en público:
Solía hacer todas las cosas en público, tanto las de Ceres como las de Venus (5). Ejecutando a menudo operaciones torpes con las manos a la vista de las gentes, decía: «¡Ojalá que frotándome el vientre se me fuera también el hambre!».
Te faltaba porque sí:
Clamando una ocasión y diciendo: «¡Hombres, hombres!», como concurriesen varios, los ahuyentaba con el báculo diciendo: «¡Hombres he llamado, no heces!».
Si le invitabas a cenar, te escupía:
Habiéndolo uno llevado a su magnífica y adornada casa y prohibiéndole que escupiese en ella, arrancando una buena flema se la escupió en la cara diciendo que no había hallado lugar más inmundo.
No le podías dejar dinero:
Cuando necesitaba de dinero se lo pedía a sus amigos, no como prestado, sino como debido.
Y le daba igual ocho que ochenta, en resumen:
Preguntado qué vino le gustaba más, respondió: «El ajeno».
Para colmo, les decía cosas chunguísimas a los niños:
Viendo al hijo de una meretriz que tiraba una piedra a la gente, le dijo: «Mira no des a tu padre».
Más que cualquier otra cosa, Diógenes quería atención y la obtenía a cualquier precio. Laercio reseña ocasiones en las que lo hizo cantando por la calle, caminando al contrario de las multitudes y haciendo grafitis en las puertas. También una vez se dedicó a comer altramuces a puñados y con la boca abierta, como el monstruo de las galletas, obteniendo la atención mediante el método de dar muchísimo asco. En este punto, un experto en filosofía dirá que forma parte del método, que los cínicos no solían legar palabra escrita y que recabar la atención era la manera de emprender el diálogo, única forma verdadera de impartir sabiduría. Bueno, vale. Estas tonterías las hacen igual los youtubers de catorce años (6), pero aceptemos pulpo como animal de compañía. Cuesta ver más, se mire por donde se mire, que lo que Diógenes impartiese a continuación fuera verdadera sabiduría. Empezando por su misoginia ferocísima, con mucho, peor que la de cualquiera en la escuela socrática:
Habiendo visto una vez unas mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá que todos los árboles trajesen este fruto!».
También era un viejo verde:
Habiendo visto a un joven muy hermoso que dormía sin que nadie lo cuidase, lo despertó diciéndole: «Levántate, no sea que durmiendo por detrás con su dardo alguien te hiera».
Hacía victim blaming:
A un mozo que se quejaba de la turba popular que lo perturbaba, le dijo: «Deja tú también de dar indicio de lo que deseas».
Hacía body shaming:
Habiendo ido a ver al retórico Anaxímenes, que era muy recio de cuerpo, dijo: «Danos también a nosotros pobres un poco de tripa, y con eso tú te aligerarás y a nosotros nos serás útil».
Hacía slut shaming:
A un joven hermoso que iba a un banquete, le dijo: «Peor volverás». Como este volviese al día siguiente y le dijese: «Fui y no volví peor», le respondió: «Si peor no, más laxo sí».
Hacía bullying:
Viendo a un arquero inhábil, se sentó junto al blanco diciendo: «No sea que me hieras».
Ponía motes:
A un citarista y cantor a quien siempre desamparaban los oyentes, lo saludaba así: «Dios te guarde, gallo». Preguntándole él la causa de esto, respondió: «Porque cantando haces levantar a todos».
Era homófobo:
Como dos muy afeminados se escondiesen de él, les dijo: «No temáis, que el perro no come acelgas».
Era tránsfobo:
Viendo una vez que cierto joven se afeminaba mucho, le dijo: «¿No te afrentas de hacerte peor de lo que la naturaleza te hizo? ¡Ella te hizo hombre, y tú te esfuerzas a ser mujer!».
Y era un machista cavernario:
Visto un mocito que se adornaba mucho, le dijo: «Si lo haces por los hombres, es inútil; si por las mujeres, malo».
De nuevo dirá nuestro experto hipotético que no se puede juzgar a un hombre por compartir los valores de su época, y tiene razón. Pero Platón, hagámonos una idea, defendió en el libro V de La República ideas acerca de la mujer que resultaban radicales en su tiempo y que todavía hoy desafían las convenciones de medio mundo, si no del mundo entero. Entre otras, la igualdad fundamental de los sexos —con la excepción de sus roles desiguales en la procreación y su fortaleza física diferente, y hasta eso se ocupó de matizar que con excepciones (7)—, la idoneidad de impartir la misma educación a las mujeres y los hombres (8) y la incorporación de las mujeres a todos los oficios —a todos, incluyendo la guerra y el gobierno(9)—. A Diógenes se le conocen varias menciones a las mujeres e invariablemente son descalificaciones (10), cuando no auténticas salvajadas.
En fin. Diógenes acabó perdiendo su condición de hombre libre y fue subastado como esclavo. Aunque Laercio lo atribuye a un encuentro con piratas, es más probable que tuviera que ver con su negativa a pagar impuestos en Atenas (11). Laercio escribe que «habiéndosele una vez pedido cierto impuesto público, le dijo al recaudador: «A los otros desnuda, pero de Héctor apartarás tus manos»» (esta última frase es un verso de Homero, por lo visto; así era él de estupendo con las referencias). O quizá fuesen sus ataques a los políticos, algo que suena muy bien hasta que te acuerdas de que vienen de uno caído en desgracia que incurrió en nepotismo, fraude, evasión fiscal y huida de la justicia. «En una ocasión, habiendo visto a los diputados llamados hieromnémones que llevaban preso a uno que había robado una taza del erario, dijo: «Los ladrones grandes llevan al pequeño»». O seguramente fuesen ambas y alguna más de la que no tenemos constancia. Los poderosos de Atenas estaban de aquel señor hasta el mismísimo gorro.
Lo compró un tal Jeníades, de Corinto, que lo empleó como tutor de sus hijos. Y cuando algunos quisieron recomprarlo y devolverle la libertad, Diógenes dijo que no, que a santo de qué, que allí estaba él, ya ves, como un marqués. Así que también de aquello acabó diciendo que constituía la verdadera vida virtuosa e improvisó una nueva visión del mundo en la que él, de alguna manera, acababa siendo de nuevo la hostia en patinete: «Los leones no son esclavos de los que los mantienen, sino que estos lo son de los leones, pues es cosa de esclavos el temer, y las fieras son temidas por los hombres». Laercio explica que existen versiones contradictorias acerca de su muerte, y que solo es cierto que «en la olimpiada 112 era ya viejo». Probablemente murió en el año 323 antes de Cristo, con cerca de noventa años. Casi (casi) a la vez que Alejandro Magno, por cierto.
¿Qué lecciones podemos extraer de esta historia? Para qué mentirle, no lo tenemos claro. Pero sí le diremos que ahora juzgamos al «yonqui del dinero» con mucha menos severidad: al menos él se arrepintió, aportó al proceso judicial grabaciones imprescindibles para encausar a los cabecillas de la trama de corrupción y se puso a disposición de la justicia. No descarte que entre sus proyectos de futuro (recordemos: «mis talleres», «mis historias», «mis animalitos» y «mis rollos») esté también la filosofía. Y que dentro de veinticinco siglos (año 4500, hágase una idea) se le recuerde como gran profeta de alguna doctrina llamada «yonquismo» o algo así. Parecido hizo Diógenes al llamarse a sí mismo kyon: conseguir que a lo suyo lo llamásemos «cinismo». Aunque fuera solamente un buen ladrón.
***
Ahora en serio. Es evidente que desconocemos la doctrina de Diógenes de Sinope, y que por principio se deben poner en duda todas las palabras que se le atribuyen. Sus textos no han llegado a nuestra época y Diógenes Laercio, el principal cronista de su vida, nos legó principalmente anécdotas, muchas con tono de parábola, y en varios puntos advierte sobre la incompatibilidad de las diferentes versiones de las historias que relata. Por añadidura, Laercio vivió en el siglo III de nuestra era, ochocientos años después que Diógenes. Sí consta por otras fuentes la continuidad del pensamiento de Diógenes con el de Antístenes, su mentor; y que sus enseñanzas encontraron predicamento, al menos en su vejez. También resulta evidente que Diógenes criticó, sobre todo, las convenciones sociales, y que ponía en valor el pragmatismo, el naturalismo, el ascetismo y, en cierto grado, el antiintelectualismo, en particular contra la escuela socrática. Era también antiestatista, y en esto sí fue pionero. Si desea conocerlo, ahí tiene las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, que es una lectura divertidísima. Eso sí, permítanos un consejo: si solo va a leer una cosa, entonces lea La República.

(1) En las polis griegas la jurisdicción alcanzaba la metrópolis y sus colonias, y solamente intramuros. Si un acusado lograba escapar de la ciudad, eludía el procesamiento. Era habitual que los culpables de crímenes menores, cuya pena máxima era el destierro, eligiesen someterse a un juicio y exiliarse solo si se les condenaba a ello; los culpables de crímenes graves, en cambio, frecuentemente escapaban de la ciudad antes de llegar a juicio. En la práctica aquello era igual que sufrir destierro, pero evitaban exponerse a una condena más severa, como la esclavización o la ejecución.
(2) Diógenes Laercio especifica que «incluso él mismo dice de sí en su Pordalo que se dedicó a falsificar moneda».
(3) Sobre esto Laercio escribe: «Habiendo escrito a uno que le buscase un cuarto para habitar, como este fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la cuba del metroo, según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas».
(4) Una manera licenciosa de decir que, al menos en su juventud, Diógenes no gozó de popularidad. Antes de pedir nuestra cabeza lea la nota al final del artículo.
(5) Las de Ceres es hacer caca. Las de Venus es hacerse pajas.
(6) Busque en YouTube «chubby bunny challenge». Buena suerte.
(7) Platón escribe: «No existe en el regimiento del Estado ninguna ocupación que sea propia de la mujer como tal mujer ni del varón como tal varón, sino que las dotes naturales están diseminadas indistintamente en unos y otros seres, de modo que la mujer tiene acceso por naturaleza a todas las labores, y el hombre también a todas; únicamente que la mujer es en todo más débil que el varón».
(8) Platón escribe en su diálogo con Glaucón:
—Démosles [a ambos sexos] generación y crianza semejantes y examinemos si nos conviene o no.
—¿Cómo? —preguntó.
—Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto a ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajan y tienen todo el cuidado de los rebaños?
—Harán todo en común —dijo—; solo que tratamos a las unas como a más débiles y a los otros como a más fuertes.
—¿Y es posible —dije yo— emplear a un animal en las mismas tareas si no le das la misma crianza y educación?
—No es posible.
—Por tanto, si empleamos a las mujeres en las mismas tareas que los hombres, menester será darles también las mismas enseñanzas.
—Sí.
—Ahora bien, a aquellos les fueron asignadas la música y la gimnástica.
—Sí.
—Por consiguiente, también a las mujeres habrá que introducirlas en ambas artes, e igualmente en lo relativo a la guerra; y será preciso tratarlas de la misma manera.
—Así resulta de lo que dices —replicó.
—Pero quizá mucho de lo que ahora se expone —dije— parecería ridículo, por insólito, si llegara a hacerse como decimos.
—Efectivamente —dijo.
—¿Y qué es lo más risible que ves en ello? —pregunté yo—. ¿No será, evidentemente, el espectáculo de las mujeres ejercitándose desnudas en las palestras junto a los hombres, y no solo las jóvenes, sino también hasta las ancianas, como esos viejos que, aunque estén arrugados y su aspecto no sea agradable, gustan de hacer ejercicio en los gimnasios?
—¡Sí, por Zeus! —exclamó—. Parecería ridículo, al menos en nuestros tiempos.
—Pues bien —dije—, una vez que nos hemos puesto a hablar, no debemos retroceder ante las chanzas de los graciosos por muchas y grandes cosas que digan de semejante innovación aplicada a la gimnástica, a la música, y no menos al manejo de las armas y la monta de caballos.
—Tienes razón —dijo.
—Al contrario, ya que hemos comenzado a hablar, hay que marchar en derechura hacia lo más escarpado de nuestras normas, y rogar a esos que, dejando su oficio, se pongan serios y recordarles que no hace mucho tiempo les parecía a los griegos vergonzoso y ridículo lo que ahora se lo parece a la mayoría de los bárbaros, el dejarse ver desnudos los hombres, y que, cuando comenzaron los cretenses a usar de los gimnasios y les siguieron los lacedemonios, los guasones de entonces tuvieron en todo esto materia para sus sátiras. ¿No crees?
—Sí, por cierto.
(9) Platón escribe: «Pero si aparece [después de dispensar a los dos sexos la misma educación] que solamente difieren en que las mujeres paren y los hombres engendran, en modo alguno admitiremos como cosa demostrada que la mujer difiera del hombre en relación con aquello de que hablábamos [su idoneidad para incorporarse a los oficios que tradicionalmente ocupan los hombres]».
(10) Laercio escribe: «Habiendo una vez visto que una cierta mujer se postraba ante los dioses indecentemente, queriéndola corregir, le dijo: «¿No te avergüenzas, oh mujer, de estar tan indecente teniendo detrás a Dios, que lo llena todo?»».
(11) En Atenas, el impago de impuestos comportaba la pérdida de la ciudadanía, y a menudo se saldaba con la esclavización del deudor. Dejó de estar permitido con las reformas de Solón, en el siglo VI antes de Cristo, pero siguió practicándose cuando el deudor lo aceptase voluntariamente. Tampoco debe descartarse que Diógenes accediese por su propia voluntad al estatus de esclavo, algo frecuente entre los indigentes. Tal se consideraba indigno y comportaba humillación: habría sido normal que un dato así desapareciese pronto de las leyendas apologéticas sobre su persona y que se contase, en su lugar, una historia como la de los piratas.

La oreja de oso, una joya del Pirineo que guarda el secreto de la resurrección

Según la mitología griega, Orfeo, hijo de Apolo y Calíope, intentó rescatar a su amada Eurídice de la muerte. Aunque él logró escapar del inframundo, ella desapareció para siempre. Lamentablemente, Orfeo también murió: fue asesinado y despedazado por las Ménades. 
Producto de la combinación de la mitología clásica con la tradición más reciente, se cuenta que de las gotas de sangre de Orfeo brotó una planta, que guardó el recuerdo de su esencia más pura en la capacidad de volver a la vida después de muerta. 
Esta planta se conoce hoy en día como flor de Orfeo (Haberlea rhodopensis) y es una de las cinco especies europeas que se incluyen en la familia de las Gesneriáceas. 
Todas ellas se localizan en el sur del continente (montañas de Grecia, Macedonia y Bulgaria) y, como describe la mitología, presentan la sorprendente capacidad de volver aparentemente a la vida después de muertas. 
Son lo que se denomina “plantas resurrección”. En todo el mundo hay unas 300 plantas resurrección. La mayoría tienen una distribución tropical y subtropical, con la excepción de las Gesneriáceas europeas.

Una planta tropical perdida en el Pirineo

En el Pirineo, tanto en su vertiente norte como sur, tenemos la suerte de contar con una de estas escasísimas plantas resurrección: la emblemática oreja de oso (Ramonda myconi). Es la única especie con estas características de la península ibérica. 
El género Ramonda recibe su nombre en honor al botánico y explorador francés Louis Ramond de Carbonnières que, entre otras hazañas, fue el primero en ascender oficialmente al Monte Perdido. 
‘Ramonda myconi’. José Ignacio García PlazaolaAuthor provided
Además de su singularidad como planta resurrección, R. myconi y el resto de Gesneriáceas europeas tienen otra característica muy especial: son plantas de origen tropical, reliquias de un periodo pasado mucho más cálido que el actual. Por eso son denominadas técnicamente “paleotropicales”. 
La observación de su morfología y aspecto nos revelará de inmediato ese carácter tropical y fácilmente las asociaremos a la muy conocida violeta africana (género Saintpaulia), planta ornamental de interior. 
Siendo una especie de vocación tropical, resulta sorprendente que haya podido adaptarse con éxito al enfriamiento del clima en Europa, muy especialmente en el adverso entorno del Pirineo. Aunque encuentra su óptimo en barrancos calcáreos a mediana altitud, ha llegado a observarse incluso a casi 2 500 m en el entorno del Parque Nacional de Ordesa. 
Dado que es una planta de hojas longevas y perennes, su exitoso desarrollo en la alta montaña implica que estas deben ser capaces de sobrevivir a temperaturas extremadamente bajas, algo especialmente llamativo en una especie paleotropical. 
Hemos constatado recientemente que sus hojas soportan temperaturas por debajo de cero, e incluso la formación de hielo en su interior, sin sufrir lesiones irreversibles. 
La combinación de su carácter de planta resurrección y su destacable tolerancia al frío extremo la convierte en una de las escasísimas plantas capaces de enfrentarse exitosamente tanto a las bajas temperaturas como a la desecación. ¿Cuál es pues su secreto?

Secarse, congelarse, y no morir en el intento

La respuesta probablemente no es única. Más bien al contrario, es un conjunto de características lo que permite a esta planta convertirse en una campeona de resistencia. 
Aunque parezca contraintuitivo, las consecuencias biológicas de desecarse o congelarse son parecidas en esencia. Esto justifica en cierto modo que su preadaptación a la desecación ha sido la clave para su supervivencia en el Pirineo. 
Básicamente, la planta evita las lesiones celulares reforzando sus membranas para evitar los daños estructurales y oxidativos. Pero la protección no solo debe actuar a nivel celular. Las hojas al deshidratarse deben plegarse siguiendo un patrón bien definido y ordenado de forma similar a como se produce el cierre de un paraguas. 
Plegamiento de las hojas de la oreja de oso. Beatriz Fernández-MarínAuthor provided
De este modo, durante el letargo y aparente muerte, los tejidos se mantienen latentes y sin sufrir daños irreparables. Puede incluso llegar a alcanzarse el denominado estado vítreo, en el que la movilidad de las moléculas es muy reducida. Así, los tejidos pueden mantenerse latentes sin apenas acumular daños durante mucho tiempo. 
Cuando el agua vuelve a estar disponible, todo el proceso se revierte y las hojas recuperan en unos pocos días su aspecto más lozano. Este momento, el de la resurrección, es el más delicado. Un error en la precisa secuencia de activación del metabolismo puede resultar fatal para la planta.
El aspecto de la oreja de oso cambia durante las estaciones. José Ignacio García PlazaolaAuthor provided
Hoy en día, las plantas resurrección son objeto de estudio en algunos de los mejores laboratorios de Fisiología Vegetal del mundo. De su espectacular capacidad de volver a la vida podremos aprender muchas lecciones útiles para conseguir una agricultura más sostenible y segura y para desarrollar plantas casi indestructibles. 
Curiosamente, algo así intuyó Salvador Dalí. En 1982 estuvo a punto de morir al intentar deshidratarse. Creía que de este modo podría alcanzar la inmortalidad, pues había observado que los microorganismos secos podían volver a la vida con una gotita de agua.
Quién sabe. Quizás las gotas de sangre de Orfeo nos sirvan para desentrañar los secretos de la vida eterna.

los enanos del faraón

no sólo en las cortes europeas en la Edad Media y el Renacimiento era habitual la presencia de personas con enanismo o con algún tipo de malformación congénita cuyo cometido era deleitar a los monarcas con sus ocurrencias –a veces rayanas en el desacato, pero aún así aceptadas por todos–. La práctica de entretener a los poderosos de esta guisa es muy antigua, milenaria. Ya en Grecia y Roma estos personajes gozaron de gran popularidad. En las casas nobles constituían un símbolo de estatus, y amenizaban fiestas y banquetes. En época de Domiciano, en el siglo I d.C., algunas fuentes hablan de enanos vestidos de gladiadores que simulaban duelos para distracción de sus amos.
En el antiguo Egipto, también personas que sufrían de enanismo jugaron un papel especial en la corte y animaban las veladas del faraón con su ingenio. Pero los enanos egipcios no sólo divertían a la corte. También podían ayudar a los sacerdotes en sus rituales religiosos, por ejemplo ejecutando danzas sagradas. De la importancia de este tipo de personajes en Egipto desde el inicio de su historia dan testimonio las tumbas de enanos erigidas junto a los complejos funerarios de algunos faraones de las dinastía I (2900-2730 a.C.) como Djer, Den y Semerkhet.

DIFERENCIADOS POR FUNCIONES

Los enanos que atendían faraón estaban divididos en dos grupos, cada uno de los cuales se ocupaba de tareas muy concretas: por una parte estaban los nmiu, que cuidaban de los animales domésticos reales, de la comida y la ropa del rey, e incluso fabricaban joyas (uno de los relieves que decoran la mastaba del noble Mereruka, de la dinastía VI, muestra a unos enanos trabajando en un taller de joyería). En cambio los dng no eran personas con enanismo, sino pigmeos, un grupo humano procedente del centro de África, de baja estatura. Éstos también eran muy apreciados por los faraones. Por ejemplo, ha llegado hasta nosotros el caso de un pigmeo bailarín que iba a ser entregado al rey Pepi II (2216-2153 a.C.) cuando éste todavía era un niño. El pigmeo viajaba a bordo de una barca desde Nubia y el rey sufría porque pudiera ocurrirle alguna desgracia. Así, el faraón-niño escribió a Harkhuf, el comandante de la expedición: "Apresúrate y trae contigo a este pigmeo para deleitar mi corazón. Cuando esté contigo en la embarcación haz que siempre haya hombres de valía a su alrededor en cubierta para evitar que pueda caer al agua".
Un grupo importante de enanos eran los nmiu, que cuidaban de los animales domésticos reales, de la comida y la ropa del rey, e incluso fabricaban joyas.

ENANOS Y ENANAS DE ALTO RANGO

Muchos enanos lograron llegaron a lo mas alto del escalafón social egipcio. Se casaron y fundaron una familia, ostentaron altos cargos y lograron ser enterrados en una tumba cerca de la de su señor, como es el caso de Seneb, que vivió durante la dinastía IV (2543-2436 a.C.) y ostentó nada menos que veinte cargos de importancia, entre los cuales destacan los de superintendente de tejedurías de palacio, guardián del sello del dios de la barca Unherbau, amado de su señor... y también algunos cargos sacerdotales como responsable del culto de los faraones Keops y DidufriEn su tumba de Gizeh se localizó una hermosa estatua que muestra al personaje sentado con las piernas cruzadas y acompañado de su esposa Senetefes, que lo abraza, y sus dos hijos pequeños. En el caso de Seneb queda claro, así, que su físico no le impidió prosperar socialmente.
Algunos enanos alcanzaron un elevado estatus social, como es el caso de Seneb, que vivió durante la dinastía IV (2543-2436 a.C.) y ostentó nada menos que veinte cargos de importancia.
Pero no sólo hubo enanos varones en puestos de relevancia. También algunas mujeres lo lograron, como es el caso de una dama con enanismo representada en una escena de la tumba de la reina Nebet, esposa del faraón Unas, de la dinastía V (2435-2306 a.C.), y que aparece entre las damas de compañía de la soberana. Durante el Reino Nuevo (1539-1292 a.C.) también vemos mujeres con enanismo actuando como damas de compañía. Es el caso de dos damas de la reina Mutnedjemt, hermana de Nefertiti y esposa del faraón Horemheb, que aparecen mencionadas como "el visir de la reina, el Sol" y "el visir de su madre, para siempre", títulos que posiblemente indiquen que su labor era actuar como consejeras de la reina.
De hecho, que los egipcios no sintieron rechazo por los enanos queda demostrado en el caso de Bes, una popular divinidad en forma de enano grotesco, cuyo culto estaba muy extendido, sobre todo entre las parturientas, ya que esta divinidad benéfica se asociaba con la protección a la maternidad y a la infancia.

Reforzar la transparencia, compromiso de la Iglesia con la sociedad

Reforzar la transparencia está entre los objetivos más inmediatos de la Iglesia y por ello la Conferencia Episcopal Española (CEE) ha organizado una jornada para compartir y potenciar las mejores prácticas puestas en marcha en los obispados, diócesis y parroquias españolas para trasladar a los ciudadanos de forma clara y detallada su misión, sus actividades y sus cuentas.
“Transparencia en el caso de la iglesia es servicio. No es decir mira que bien lo hago sino que es una manera de hacer las cosas, incluso de evangelizar en una época nueva que requiere de nuevos planteamientos” aseguraba como conclusión Fernando Giménez Barriocanal, vicesecretario para asuntos económicos de la CEE.
Al frente de la oficina de Transparencia en la CEE está Ester Martin quien explicaba COPE que “la transparencia forma parte de la misión de la Iglesia, es lo que permite darse a conocer y aportar luz sobre lo que hace ante la sociedad más alla de los requisitos legales”.
Hacer posible el compromiso de la Iglesia de trasladar una información clara y detallada de su actividad a la ciudadanía es todo un proceso constante que requiere de una adecuada comunicación.
Y por ello la Primera Jornada de Transparencia y Buen Gobierno en la Iglesia, diocesis y otras instituciones, organizadas por la Oficina de Transparencia de la CEE, ha contado con una mesa redonda en la que tres periodistas han compartidos sus mejores fórmulas ante el secretario general de la CEE Luis Argüello y los responsables de las cuentas y de la comunicación de distintos obispados, diócesis y parroquias.
Para el director de la Linterna de COPE Angel Expósito la clave es “ser proactivos, valientes, inteligentes, preparar previamente lo que uno quiere comunicar y partir de una máxima lo que no cuentes tú lo va a contar otro por tí y va a ser peor”.
Para María Solano, decana de la facultad de Humanidades y Comunicación de la Universidad CEU San Pablo, lo esencial es la formación para saber qué queremos decir y cómo queremos que los demás lo entiendan ya que según subrayaba “no es lo mismo comunicar que saber comunicar”.
Se trata señalaba de construir un puente entre nuestro mensaje y la sociedad y el reto cotidiano es convertir algo difícil y complejo en algo al alcance de cualquiera contextualizándolo y presentándolo de forma atractiva. Se puede poner el énfasis añadía en la autoridad de la persona que habla, en el hecho o en el argumento más emotivo.
Para Antonio San José “la transparencia es un valor” que impacta sobre la reputación de una organización y sobre su credibilidad y la confianza que genera. La premisa subrayaba ir con la verdad por delante lo que no equivale explicaba a contarlo todo, sino “en abrir una organización a la sociedad y mostrar sus aspectos esenciales”.
Toda una necesidad que no tiene marcha atrás y que es un derecho de la sociedad y que según añadía debe hacerse también de puertas para adentro “con complicidad y confianza para que nos pongamos juntos la camiseta y sentir que la transparencia empieza en nuestra propia casa”.
Se trata en definitiva de reforzar la apuesta por brindar a la ciudadanía la posibilidad de que conozca mejor y pueda apreciar la labor de la Iglesia por medio de la publicación de informaciones sobre su organización, actividades y cuentas, presupuestos y estadísticas.

Ay, Dios!!


Publicado por 
Ilustración de Tau Diseño.
Dios es un tipo carismático. Tiene flow. Esas cosas se notan. Hay gente así, con un determinado tipo de atractivo del que uno se da cuenta enseguida. Se trata de cierto magnetismo personal que nunca pasa desapercibido. Entre lo singular y lo chocante. Entre lo clandestino y lo manifiesto.
En el caso de Dios podría decirse que lo rodea un aura extraordinaria. Prácticamente divina. Ese gesto adusto, esa barba y esa túnica, al fin y al cabo, solo están al alcance de personajes magníficos como Rasputín, El Nota o Pai Mei, el monje chino que adiestra a Beatrix Kiddo en Kill Bill: Volumen 2 y le enseña la técnica de los cinco puntos de presión para reventar el corazón. Mucho nivel.
Ya nos fijemos en su aspecto o en su conducta —basta con verlo hecho hombre en el cuadro de la última cena, con los brazos abiertos en el medio de todos los demás, descartando la modestia y el retraimiento e incluso el anonimato—, el carisma de Dios resulta indiscutible. No en vano, son millones los que lo siguen. Y uno no acumula tantos seguidores por simple casualidad. Tiene una gran cantidad de fieles que lo adoran ocurra lo que ocurra. Haga lo que haga. Más o menos como Arcadi Espada.
Y eso resulta especialmente llamativo. Porque en realidad Dios nunca ha hecho gran cosa por nadie —salvo crear el mundo y un par de pijadas más—. No se digna a evitar una catástrofe. No erradica el hambre, ni el sufrimiento ni la enfermedad. No detiene el cambio climático. No castiga a la gente que se inventa gerundios ingleses a partir de verbos castellanos: «Estoy aquí, desayunanding», «me pasé la noche sobanding», etcétera. Qué hostia tiene esa gente…
Pero a pesar de ello, la multitud lo venera. Es adorado de forma incondicional aunque nunca haya hecho demasiado para merecérselo. Porque resucitar a Lázaro o multiplicar los panes y los peces pueden parecer actos admirables, de una generosidad pasmosa. Pero lo cierto es que para alguien todopoderoso no requieren de ningún esfuerzo. Es como si Amancio Ortega dejase diez euros de propina por un café. Convertir el agua en vino es un efecto visual que podría ejecutar incluso Anthony Blake. Pero a Dios no le importa racanear con los milagros.
Y no le importa porque no necesita hacer más. La gente lo sigue igual y él se ha venido arriba. Tiene el guapo subido. Con un par de trucos le basta para ir por ahí en plan omnipotente. Tanto se ha crecido que hasta se ha atrevido a establecer una lista de diez reglas y a castigar a todo aquel que no las cumpla. ¿Que te ha dado por no santificar las fiestas? Al infierno. ¿Que últimamente estás teniendo algún que otro pensamiento impuro? A chamuscarte en el fuego eterno. Menudo bravucón.
Aunque es justo reconocer que apuntaba maneras desde el principio. El tío necesitaba sentir que sus órdenes eran obedecidas. Aunque resultasen de lo más arbitrario. «Vamos a colocar al hombre y a la mujer en una especie de Cabárceno nudista para ellos solos. Que haya praderas y fuentes y árboles y animales. A todo tren. Pero que no se les ocurra probar ni una sola de las manzanas. Que hagan lo que les plazca, pero por sus ancestros —es un decir— que como muerdan una manzana se van a enterar».
Que alguien me explique cómo es posible que por comerte una manzana te echen del Cabárceno. Y que además te obliguen a parir con dolor y a ganarte el pan con el sudor de tu frente. ¿Dónde queda el principio de proporcionalidad? Es de una prepotencia injustificable. Claro que, si tenemos en cuenta que la decisión proviene del mismo tipo que, para alardear, creó el universo en seis días y el séptimo se echó a descansar, como queriendo subrayar lo mucho que se estaba sobrando, a nadie debería extrañarle.
Hay que perder un poco el norte para ir por la vida en modo hippie y luego ser un cabrón vengativo, pero suele ocurrir con algunos cargos no democráticos. Y ese es el problema, en el fondo: Dios sabe que difícilmente se le puede echar de su puesto y actúa en consecuencia. Por eso se atreve a exigir que creamos en su naturaleza divina sin aportar ni una sola prueba de ello. Es una cuestión de fe. Qué fácil es ser Dios e ir por ahí diciendo que no necesitas demostrarlo. Tampoco Nicolás Maduro necesita demostrar que manda él. No te jode.
Sin embargo, los suyos no dejan de ensalzarlo. No importa que a cambio solamente haya hecho un par de trucos hace dos mil años. Y, a fin de cuentas, puede que sea precisamente esa devoción inquebrantable y absoluta la causante de una conducta tan consentida. Puede que ahí resida la raíz del problema. Porque en su situación, a ver quién es el chulo que no se crece. Que no se envalentona. Que no termina creyéndose mejor de los demás. Somos nosotros los que hemos conseguido, a base de malcriarlo, que Dios esté irremediablemente endiosado