lunes, 18 de septiembre de 2023

harun al-rashid: el verdadero califa de las "mil y una noches"

 uno de los personajes más memorables de los cuentos de las Mil y una noches es un califa de fines del siglo VIII y principios del IX: Harun al-Rashid. En los relatos se le ve paseándose por Bagdad disfrazado de mercader, curioseando en el zoco o acudiendo a fiestas nocturnas animadas por la música y el vino acompañado por su íntimo amigo Yafar, su portalfanje Masrur y el poeta Abu Nuwas. Es un monarca todopoderoso, cuyos arranques de ira aterrorizan a todos, pero que se muestra siempre justiciero y hasta tolerante y humano. Se trata de una imagen muy idealizada del califa, puesto que los cuentos de las Mil y una noches se escribieron mucho después, en torno al siglo XII. Pero en ellos se refleja la aureola mítica que enseguida rodeó a un califa cuyo reinado se recordó como una época de esplendor y prosperidad sin igual.

Harun al-Rashid fue el quinto califa de la dinastía abbasí. Los abbasíes, una familia árabe descendiente de un tío de Mahoma, vivieron en la sombra durante el califato de los omeyas, hasta que en 750 una oscura conspiración contra la dinastía reinante los encumbró a lo más alto. Harun nació cuando todavía reinaba su abuelo, al-Mansur, verdadero artífice del Estado abbasí.

Rudo y con fama de tacaño, Mansur guardaba las costumbres beduinas hasta el punto de que vivía en una tienda colocada en medio de la residencia real. Su hijo, al-Mahdi, y más aun sus nietos se criaron en los palacios cada vez más refinados que la dinastía estaba construyendo en Bagdad, erigida en capital del califato. Un abigarrado mundo de soldados, ministros, poetas y esclavos de ambos sexos rodeó la infancia de los príncipes abbasíes.

UN CALIFA DE LEYENDA

Las historias presentan a Harun como un adolescente temeroso y de aspecto poco imponente. Cuando, a los 15 o 16 años, marchó por primera vez en una expedición militar contra Bizancio, muchos se burlaban de su aire poco marcial. Sin embargo tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de una poderosa familia de origen persa, los barmakíes, encabezada por Yahya, hombre de confianza del califa al-Mahdi.

Durante largo tiempo, Harun consideraría a Yahya como un padre y a los dos hijos de éste, al-Fadl y Yafar, como hermanos; la relación con Yafar, de su misma edad, fue particularmente estrecha.Harun era también el preferido de su madre, Khayzuran, una antigua esclava árabe de gran belleza que persuadió a su marido al-Mahdi para que designara sucesores a sus hijos, al-Hadi (el mayor) y Harun. Las repentinas y sucesivas muertes de su padre al-Mahdi y de su hermano al-Hadi encumbraron a Harun al trono califal con poco más de 20 años.

Harun tuvo la fortuna de formarse bajo la guía de una poderosa familia de origen persa, los barmakíes, encabezada por Yahya, hombre de confianza del califa al-Mahdi.

Gracias a las Mil y una noches, Harun al-Rashid ha pasado a la historia como la encarnación del estilo de vida fastuoso de la corte de Bagdad. En realidad, los califas de las décadas siguientes fueron más ostentosos y derrochadores que él. A Harun, por ejemplo, no le gustaba Bagdad y la comparaba con una "caldera", y uno de sus poetas decía: "Bagdad, ¿qué es Bagdad? Su polvo / un asco, y su calor, espantoso". De hecho, Harun terminó por trasladar la sede de la corte a Raqqa, en el Éufrates medio, donde construyó un palacio del que hoy apenas quedan restos.

LA CORTE DE LAS MIL Y UNA NOCHES

De la misma forma, la tradición dice que poseía un harén con más de 2.000 jóvenes, cifra que es más adecuada para los reinados posteriores, en los que se desarrolló plenamente la institución del gineceo real. Lo que se sabe es que Harun tuvo 14 concubinas que le dieron hijos. Entre sus varias esposas, estuvo especialmente unido a su prima Zubayda, que también aparece como personaje en las Mil y una noches. Muchas historias evocan este raro caso de amor conyugal en la dinastía abbasí; una, por ejemplo, cuenta una discusión entre los esposos tras la cual Harun no puede dormir y ordena que le pongan una cama junto al Tigris. Allí escucha una canción en la que se habla de un río que desciende hacia el valle de su esposa. Al despertar va a su encuentro y ambos se reconcilian.

Lo que se sabe es que Harun tuvo 14 concubinas que le dieron hijos. Entre sus varias esposas, estuvo especialmente unido a su prima Zubayda.

Embajadores enviados por Harun al-Rashid entregan a Carlomagno las llaves del Santo Sepulcro de Jerusalén. Grabado. Siglo XIX.

Foto: PD

En cualquier caso, en los palacios de Harun no faltaban las diversiones.Los cronistas comentan su afición por las carreras de caballos y, en especial, por las veladas que organizaba con los cortesanos más próximos, amenizadas por bailarinas y regadas generosamente con vino, pese a la prohibición islámica contra el consumo de alcohol. Los poetas tenían también una destacada presencia. Uno de ellos, Abu Nuwas, aparece en las Mil y una noches como un bufón que enreda al califa a cada momento; en realidad fue uno de los mayores poetas de la literatura árabe, y sus composiciones dedicadas a ensalzar el efecto del vino o el amor homosexual indican la libertad que reinaba en la corte de Harun. Lo cual no significa que el califa no fuera un musulmán sinceramente piadoso, como lo prueban sus ocho peregrinaciones a La Meca, más que ningún otro califa.

UNA FAMILIA LEAL

Al principio de su califato, Harun encomendó las tareas de gobierno a la familia de los barmakíes. Al nombrar visir a Yahya, le declaró: "He investido en ti el gobierno de mi rebaño. He retirado este peso de mi espalda para ponerlo en la tuya...". Pero con el paso de los años, Harun empezó a mostrarse receloso, por motivos que las crónicas no aclaran del todo; seguramente, la riqueza e influencia que había acumulado aquella familia se convirtieron en una molestia para un soberano cada vez más consciente de su propio poder. Pronto hubo signos de que los barmakíes habían caído en desgracia.

Con el paso de los años, Harun empezó a mostrarse receloso con la familia de los barmakíes por motivos que las crónicas no aclaran del todo.

Una vez Yahya se presentó en el palacio de Harun sin anunciarse. El califa se volvió hacia su médico y le preguntó: "¿En tu casa, la gente se presenta sin avisar?". El médico le contestó que no, y entonces Harun dijo: "¿Qué pasa conmigo entonces, que la gente se presenta aquí sin preguntar antes?". Yahya, aterrado, recordó a Harun los tiempos en que lo visitaba cuando estaba en cama o vestido con el izzar, una tela que se sujetaba en torno a la cintura.

Harun se calmó, pero Yahya no tardó en comprobar que había perdido su posición en la corte.Al entrar en una cámara de palacio vio que los pajes no se levantaban; Yahya "se quedó blanco como el papel", porque comprendió que aquello respondía a una orden del califa. Criados y chambelanes no le miraban a los ojos y se resistían a traerle un simple vaso de agua.

LA CAÍDA EN DESGRACIA DE LOS BARMAKÍES

En el año 803, Harun decidió finalmente acabar con los barmakíes. A Yahya y al-Fadl ordenó encarcelarlos. A Yafar, en cambio, decidió ejecutarlo.Las crónicas ofrecen un relato dramático de cómo se produjo el apresamiento. Por la noche, Harun envió al eunuco negro Masrur, su portalfanje, a casa de Yafar para que le trajera su cabeza. El eunuco lo encontró junto a un médico de la corte escuchando a un poeta ciego.

Cuando el eunuco le transmitió la orden del califa, Yafar supo en el acto de qué se trataba. Le pidió tiempo para liberar a sus esclavos y redactar el testamento, y luego le imploró: "El califa te dio las órdenes mientras estaba borracho. No hagas nada hasta la mañana o, al menos, háblalo con él de nuevo". El eunuco volvió al palacio del califa, pero éste le conminó: "¡Maldito eunuco, he dicho que quiero la cabeza de Yafar!". Masrur volvió a casa de Yafar, que de nuevo lo convenció para pedir piedad al califa. Harun montó en cólera contra el eunuco y le amenazó con buscar a alguien que le trajera la cabeza de los dos, la suya y la de Yafar. Esta vez la orden se cumplió sin dilaciones. Tras la ejecución, el cuerpo de Yafar fue descuartizado y expuesto en los puentes de Bagdad.

Harun envió al eunuco negro Masrur, su portalfanje, a casa de Yafar para que le trajera su cabeza.

Eate grabado del artista Ambrose Dudley muestra a Harun al-Rashid en su corte, recibiendo a una embajada.

Foto: Cordon Press

Tras deshacerse de los barmakíes, Harun se lanzó a una "guerra santa" contralos bizantinos, en la frontera del norte de Siria. El emperador bizantino Nicéforo le dio el pretexto que necesitaba al romper él mismo la paz que había firmado hacía unos años la emperatriz Irene; en una carta, Nicéforo renegaba de un tratado que Bizancio había aceptado "por culpa de la debilidad de las mujeres y su insensatez" y exigía a Harun que le devolviera los tributos satisfechos hasta entonces. La respuesta del califa fue lacónica: "He leído tu carta, hijo de mujer infiel. Recibirás mi respuesta, y no será en palabras".

EL GERMEN DEL DESASTRE

En efecto, Harun no tardó en reunir un ejército y dirigirlo contra Heraclea: en el año 803 arrasó los alrededores de la ciudad y forzó a los bizantinos a pedir una tregua, y tres años después tomó la plaza tras un asedio de 30 días. Nicéforo se vio obligado a pagar un tributo general y otro personal, aunque otra versión habla de un intercambio de presentes en términos más caballerosos.

En el año 803, Harun arrasó los alrededores de la ciudad de Heraclea y forzó a los bizantinos a pedir una tregua.

En 808, Harun partió a Jorasán para aplacar una rebelión, pero en el camino se puso enfermo y murió en la ciudad iraní de Tus al año siguiente, cuando aún no había cumplido los 50 años. Tiempo atrás había pensado en dejar resuelta la sucesión del califato nombrando herederos a sus dos hijos, como se había hecho con él y su hermano mayor. No podía imaginar que aquella decisión provocaría la primera de las guerras civiles que a lo largo del siglo IX arrasarían el califato abbasí y que convertirían su reinado, recordado como un remanso de paz y prosperidad, en la "edad de oro" de la historia del Islam.

lunes, 11 de septiembre de 2023

supersticiones, torturas y hogueras. así eran los juicios por brujería

 ¿cómo se desarrollaba un juicio por brujería? Ante esta pregunta la idea más común es que se arrojaba indiscriminadamente a la persona acusada -normalmente una mujer- a la hoguera, todavía viva. Esta impresión se debe en gran medida al arte, que ha inmortalizado algunas de las ejecuciones más famosas como la de Juana de Arco; pero precisamente por ello se trata de la parte más espectacular -y cruel- de un procedimiento muy reglamentado.

La brutalidad de este fenómeno es innegable: según las fuentes históricas, alrededor de cincuenta mil personas fueron quemadas en la hoguera y muchas más fueron torturadas por acusaciones de brujeríaen los cerca de tres siglos y medio que duró la caza de brujas -y aunque la práctica se suele asociar a la Edad Media, lo cierto es que se desarrolló mayoritariamente durante la Edad Moderna, entre mediados del siglo XV y finales del XVIII. Y muchos de estos procesos estaban, con toda probabilidad, manipulados; pero contrariamente a lo que se muestra en la ficción, estaban regulados y en muchos casos terminaban con una penitencia menor, siendo la hoguera la pena capital pero no la más habitual.

SOSPECHAS Y ACUSACIONES

Ante todo hay que diferenciar entre procesos por herejía y por brujería. Los primeros constituían una ofensa religiosa y su juicio correspondía exclusivamente a los tribunales de la Inquisición que, si bien bajo el amparo común del Vaticano, operaban de forma independiente en los diversos países, aunque poseían mecanismos que podríamos llamar de extradición.

En cambio, los procesos por brujería podían ser iniciados no solo por tribunales eclesiásticos sino también por los seculares; esto se debe a que la brujería no era solo una ofensa a la religión sino que constituía un delito penal, ya que estos supuestos poderes podían usarse para causar daño a otras personas. De hecho, según Pau Castell Granados -profesor de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona- “la mayoría de los juicios por brujería eran iniciados por tribunales locales presididos por autoridades seculares, y muchas veces a petición de la propia población; una población que, en un contexto de muertes y epidemias, presionaba a las autoridades para que persiguieran, encontraran y castigaran a los culpables”.

La población rural se protegía de supuestos conjuros demoníacos mediante amuletos.

Foto: ALBUM

Y naturalmente, la culpa solía recaer en grupos marginados -como los judíos- o en personas que de alguna manera eran percibidas como extrañas a la comunidad, que vivían apartadas o no se adaptaban a las normas sociales, como mujeres solteras que se dedicaban a actividades consideradas sospechosas como la preparación de ungüentos.

La mayoría de acusaciones partían de la propia comunidad, que a menudo acusaba a estas personas “sospechosas” sin más pruebas que el hecho de parecerlo. Y si bien parte de ello se debía a la urgencia de encontrar un culpable, es indudable que las antipatías personales estaban detrás de muchas acusaciones.

Normalmente la culpa de epidemias, muertes o cualquier otra desgracia inesperada solía recaer en grupos marginados, como los judíos, o personas apartadas de la comunidad.

No hay que olvidar que la brujería era, en esencia, una herencia de las supersticiones de raíz pagana que sobrevivían, bien de forma negativa como las maldiciones o de forma positiva como los remedios preparados por curanderas. Desgracias como la muerte inexplicable de personas o de animales, las epidemias o la pérdida de cosechas, que hoy resultan comprensibles gracias al conocimiento científico, eran por aquel entonces atribuidas a la práctica de la brujería por parte de individuos que querían mal a la población. Prueba de lo arraigadas que estaban estas creencias es que el miedo a estas supuestas maldiciones perduró en zonas rurales de Europa hasta principios del siglo XX.

EL PROCESO Y EL JUICIO

La primera fase del proceso era llamada inquisitio de vox et fama(investigación de voz y reputación), durante la cual los jueces realizaban una investigación entre la población de la comunidad: les preguntaban sobre las desgracias a las que atribuían la acción de la magia, las personas que consideraban sospechosas y los motivos concretos por los cuales creían que se trataba de brujas -por ejemplo, si eran curanderas que preparaban remedios o si sufrían enfermedades mentales que se atribuían a una posesión maligna.

Con estas informaciones, el tribunal elaboraba una lista de posibles culpables que eran arrestadas, encerradas en un calabozo y convocadas para que declarasen acerca de las prácticas de las que se les acusaba. En el caso de acusaciones por delitos graves, además, sus bienes eran confiscados.

La presunción de inocencia era un concepto desconocido y la sola acusación de brujería ya se consideraba una prueba incriminatoria.

El concepto de presunción de inocencia era desconocido y se consideraba que un cierto número de acusaciones ya constituían, de por sí, una especie de prueba incriminatoria que por norma general los jueces buscaban reforzar y demostrar. En casos de poca gravedad, la mejor opción para la persona acusada podía ser la de reconocerse culpable y confesar, ya que así podían evitar las penas más duras y “expiar” su culpa mediante el pago de una multa o acciones de penitencia.De hecho, en algunas épocas incluso se intentaba incentivar esta vía ya que constituía una fuente de ingresos para las arcas públicas o de ayuda gratuita. No obstante, el precio a pagar para quien se confesaba culpable era el ostracismo y, tras cumplir su condena, no le quedaba otra opción que emigrar a un lugar donde no le conocieran.

Foto: CC

Si la persona acusada mantenía su inocencia, correspondía al tribunal probar que era una bruja. Como primer procedimiento habitual se procedía al examen del cuerpo en busca de “señales del maligno”, como verrugas o lunares de forma “extraña” que supuestamente eran la prueba de un pacto con el Diablo. Si se encontraban, constituían una prueba suficiente para la condena, pero generalmente no era así. Se iniciaba entonces la fase más cruenta del juicio, llamada interlocutoria tormentorum, es decir, interrogatorio bajo tortura. El objetivo era arrancarle una confesión, objetivo que más pronto que tarde se conseguía casi siempre, incluso con acusaciones tan disparatadas como transformarse en animales y provocar lluvias de granizo. No obstante, las declaraciones obtenidas de esta manera debían ser ratificadas posteriormente por la persona acusada.

Todos estos procedimientos estaban descritos con macabra minuciosidad en manuales como el Malleus maleficarum (“El martillo de las brujas”), publicado en 1486 y considerado la Biblia de los cazadores de brujas, con una exhaustiva lista de acciones provocadas por la brujería, métodos de detección de presuntas brujas, preguntas para el interrogatorio y métodos de tortura. De ahí que las confesiones arrancadas bajo tortura sigan un patrón similar -la acusada se reúne con el Diablo en forma de macho cabrío en una montaña, le jura lealtad y mantiene relaciones sexuales con él- ya que se basan en lo que, según estos manuales, hacía supuestamente una bruja para obtener sus poderes.

Tortura de una acusada de brujería

Una de las torturas más habituales consistía en colgar a la acusada por las manos e ir añadiendo pesos en los pies, provocando la dislocación de los miembros.

Foto: CC

LA CONDENA

Por la propia praxis de estos procedimientos, la mayoría de juicios terminaban en condena. Las personas acusadas raramente sabían leer y podían firmar confesiones que eran incapaces de entender. Incluso aunque contasen con un abogado defensor, a menudo este tenía poco margen de maniobra ante las confesiones obtenidas mediante tortura y, dada la presunción de culpabilidad, para conseguir una absolución debía demostrar y convencer al jurado de su inocencia sin la menor sombra de duda.

Los procedimientos para conseguir la "confesión" de las acusadas de brujería incluían las más variadas torturas.

Los procedimientos para demostrar dicha inocencia eran por lo general absurdos, como sacar un objeto sumergido en agua hirviendo como prueba de fe; otras veces, si la acusada tenía suerte, resultaban más “sencillos”, como la llamada “prueba de las lágrimas” en la que se le inducía a llorar -incluso mediante violencia física- para demostrar que no era una bruja, ya que supuestamente estas habían perdido la capacidad de llorar mediante su pacto con el Diablo. En estos casos, la víctima podía considerarse relativamente afortunada al ser absuelta, a pesar de los tormentos que había sufrido durante el juicio.

La muerte de Juana de Arco en la hoguera

El 30 de mayo de 1431 Juana de Arco fue sentenciada a morir en la hoguera en Ruán (Francia). Se la acusaba de hereje, reincidente, apóstata e idólatra: el proceso fue ideado por los ingleses para desprestigiar al rey de Francia, que había obtenido el trono gracias a ella.

ANN RONAN PICTURE LIBRARY / HERITAGE IMAGES / GTRES

Si la sentencia era condenatoria, no necesariamente implicaba la muerte. Si el delito era considerado menor -por ejemplo, la elaboración de pociones- se podía imponer una penitencia a la persona condenada, previa abjuración ante la cruz y un Evangelio. Mediante la abjuración, la acusada reconocía sus faltas, se arrepentía de ellas y se comprometía a acatar en adelante los principios de la Iglesia. Con ello se ganaba el derecho al perdón y a la “reconciliación”, es decir, a ser aceptada de nuevo en el seno de la comunidad cristiana, habiéndose librado de su pacto con el Diablo.

La hoguera se reservaba para tres casos: los crímenes graves (que implicasen la muerte de personas o daños graves a la comunidad), los condenados que se negaban a reconocer su culpa o a arrepentirse de ella y los relapsos, es decir, aquellos que habiendo sido reconciliados reincidían en su crimen -siempre, claro, según el criterio del tribunal. Antes de la ejecución se les daba una última oportunidad para arrepentirse y, si lo hacían, se les concedía la “clemencia” de ser ahorcados o estrangulados antes de arrojarles a la pira; en caso contrario, se les quemaba en vida. Ese fue el caso de la más famosa condenada por brujería, Juana de Arco: para la mentalidad de muchos, sus proezas solo eran posibles para una enviada de Dios o para una bruja, y sus enemigos tenían clara la respuesta.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

la curiosa "momia de la mala suert

 Carme Mayans

Especialista en Historia Antigua y Arqueología

la colección de antigüedades egipcias del Museo Británico de Londres acoge a una inquilina muy especial, una cubierta antropomorfa pintada, de madera y yeso, que una vez cubrió a la momia de una mujer, posiblemente una sacerdotisa de Amón Re. El objeto fue bautizado hace años como la "momia de la mala suerte" (The Unlucky Mummy), aunque en realidad tal momia no existe, sino que se trata tan solo de una tapa de ataúd.

La "momia de la mala suerte" se exhibe en una vitrina de la sala 62 del museo y lleva el número de identificación 22542, mide 1,62 metros, está pintada de vivos colores y recubierta de inscripciones jeroglíficas. Se trata de una representación femenina que lleva peluca, un gran collar y, lo más curioso, las manos colocadas de un modo extraño, surgiendo horizontalmente de su pecho y con las palmas hacia afuera. La pieza es de una gran belleza y se ha datado a finales de la dinastía XXI (950-900 a.C.).

UNA PIEZA MALDITA

Pero ¿por qué se le puso tan nefasto nombre? Pues porque, según cuenta la leyenda, a la propietaria de la tapa de ataúd, que al parecer tiene la mala costumbre de rondar por el museo por las noches, se le atribuyen las mil y una desgracias acaecidas a sus sucesivos propietarios y a quienes intentaron contar la historia de sus maldades, entre ellos algún intrépido reportero. Personajes de la talla de Yeats, Conan Doyle o Henry Rider Haggard hicieron referencia a la "momia de la mala suerte", e incluso un periódico tan respetado como The Times publicó en 1921 un artículo que hablaba de los peligros que corrían quienes se cruzaban en su camino.

La historia de esta cubierta de momia daría para escribir una apasionante novela de aventuras. Al parecer, el objeto fue adquirido a unos ladrones de tumbas por un tal Thomas Douglas Murray, miembro de un grupo de viajeros ingleses que se encontraba en Tebas entre 1860 y 1870. El viaje de regreso a Londres con el objeto fue de todo menos tranquilo. Tanto Murray como sus compañeros sufrieron diversos desastres: uno se adentró en el desierto y nunca volvió a aparecer, y otro perdió un brazo a causa del disparo accidental de un sirviente. Incluso la maldición les persiguió una vez en Inglaterra: un miembro del grupo se arruinó y otro contrajo una grave enfermedad que lo dejó postrado.

A la cubierta de momia de una sacerdotisa de Amón se le atribuyen las múltiples desgracias que acaecieron al grupo de ingleses que la adquirió durante un viaje a Egipto.

Coloso caído en el Ramesseum, el templo funerario de Ramsés II en Tebas. Grabado de David Roberts. Siglo XIX.

Coloso caído en el Ramesseum, el templo funerario de Ramsés II en Tebas. Grabado de David Roberts. Siglo XIX.

Cordon Press

Al final, el objeto acabó en manos de la señora Warwick Hunt, hermana de uno de los damnificados por la actuación "maléfica" de la sacerdotisa. Pero los miembros de su familia empezaron a sufrir también una serie de desdichas, por lo que decidió donar el objeto al Museo Británico en 1889. En el museo siguió causando estragos, algunos poco importantes, como las caídas de turistas, pero otros tan terribles como las muertes de un fotógrafo que intentó tomar una imagen del objeto o la del periodista Bertram Fletcher Robinson, que falleció en 1907 a causa de unas fiebres que algunos atribuyeron a la pérfida sacerdotisa, puesto que el reportero se había atrevido a divulgar sus supuestos maleficios.

ACUSADA DE HUNDIR EL TITANIC

Pero la historia más fascinante que rodea a esta pieza es la que afirma que fue la causante del hundimiento del Titanic, el impresionante transatlántico, joya de la naviera White Star, que se hundió en el Atlántico norte el 14 de abril de 1912. ¿Cómo surgió semejante historia? Al parecer, la leyenda sobre una momia maldita que iba en el barco fue lanzada por el periodista y espiritista William T. Stead, que viajaba a bordo del Titanic (y no sobrevivió). Reunido con otros viajeros en el salón de fumadores contó un relato de miedo protagonizado por las hazañas de la momia maldita, y añadió que viajaba a bordo del navío, enviada por su nuevo propietario, un multimillonario estadounidense, desde Inglaterra hasta su país de origen.

Pero aún hay más, ya que tras el hundimiento surgió otra increíble historia sobre las peripecias de la "momia de la mala suerte". Según esta, el objeto flotó y fue recogido por una empresa de salvamento que lo llevó a EE. UU. e intentó devolverlo a su propietario, que estaba en Londres. Pero el barco que transportaba a la "momia de la mala suerte" de nuevo a Inglaterra, el Empress of Ireland, también se hundió, y el sarcófago fue de nuevo recuperado de las aguas. Pero no acabarían aquí las tragedias. La momia fue entregada al káiser Guilermo, en Alemania, y poco después dio inicio la primera guerra mundial.

Una leyenda cuenta que el sarcófago de la sacerdotisa de Amón Re viajaba a bordo del Titanic y fue el causante del hundimiento del famoso transatlántico.

Reconstrucción del Titanic durante su navegación por el Atlántico Norte, antes de chocar contra un iceberg.

iStock

Evidentemente, en torno a la cubierta de ataúd de la supuesta sacerdotisa de Amón Re se mezclan todo tipo de informaciones, algunas verdaderas, otras tan solo rumores y la mayoría auténticos disparates, pero todo ello se inscribe dentro de la tradición sobre las maldiciones de antiguas momias egipcias, tan del gusto de la época. En todo caso, no queda ningún rastro del amuleto que, según decían algunos, llevaba en su cabeza y que rezaba así: "Despierta de tu postración y el rayo de tus ojos aniquilará a todos aquellos que quieran adueñarse de ti".

La hermosa tapa de sarcófago de la sala 62 del Museo Británico continúa observando a los visitantes con su media sonrisa y su expresión amable, y hace mucho tiempo que no se ha tenido que lamentar ninguna desgracia entre los miles de turistas que acuden a diario a contemplar las impresionantes colecciones de la institución londinense. De hecho, la mayoría pasa por delante de la "momia de la mala suerte" sin saber quién es, ni la historia que esconde, y ni siquiera se para a echarle un somero vistazo...

supersticiones, torturas y hogueras. así eran los juicios por brujería

 Die Gartenlaube

Foto: Ernst Keil's Nachfolger

¿cómo se desarrollaba un juicio por brujería? Ante esta pregunta la idea más común es que se arrojaba indiscriminadamente a la persona acusada -normalmente una mujer- a la hoguera, todavía viva. Esta impresión se debe en gran medida al arte, que ha inmortalizado algunas de las ejecuciones más famosas como la de Juana de Arco; pero precisamente por ello se trata de la parte más espectacular -y cruel- de un procedimiento muy reglamentado.La brutalidad de este fenómeno es innegable: según las fuentes históricas, alrededor de cincuenta mil personas fueron quemadas en la hoguera y muchas más fueron torturadas por acusaciones de brujeríaen los cerca de tres siglos y medio que duró la caza de brujas -y aunque la práctica se suele asociar a la Edad Media, lo cierto es que se desarrolló mayoritariamente durante la Edad Moderna, entre mediados del siglo XV y finales del XVIII. Y muchos de estos procesos estaban, con toda probabilidad, manipulados; pero contrariamente a lo que se muestra en la ficción, estaban regulados y en muchos casos terminaban con una penitencia menor, siendo la hoguera la pena capital pero no la más habitual.

SOSPECHAS Y ACUSACIONES

Ante todo hay que diferenciar entre procesos por herejía y por brujería. Los primeros constituían una ofensa religiosa y su juicio correspondía exclusivamente a los tribunales de la Inquisición que, si bien bajo el amparo común del Vaticano, operaban de forma independiente en los diversos países, aunque poseían mecanismos que podríamos llamar de extradición. En cambio, los procesos por brujería podían ser iniciados no solo por tribunales eclesiásticos sino también por los seculares; esto se debe a que la brujería no era solo una ofensa a la religión sino que constituía un delito penal, ya que estos supuestos poderes podían usarse para causar daño a otras personas. De hecho, según Pau Castell Granados -profesor de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona- “la mayoría de los juicios por brujería eran iniciados por tribunales locales presididos por autoridades seculares, y muchas veces a petición de la propia población; una población que, en un contexto de muertes y epidemias, presionaba a las autoridades para que persiguieran, encontraran y castigaran a los culpables”.

Amuleto alemán del siglo XVIII

La población rural se protegía de supuestos conjuros demoníacos mediante amuletos.

Foto: ALBUM

Y naturalmente, la culpa solía recaer en grupos marginados -como los judíos- o en personas que de alguna manera eran percibidas como extrañas a la comunidad, que vivían apartadas o no se adaptaban a las normas sociales, como mujeres solteras que se dedicaban a actividades consideradas sospechosas como la preparación de ungüentos. La mayoría de acusaciones partían de la propia comunidad, que a menudo acusaba a estas personas “sospechosas” sin más pruebas que el hecho de parecerlo. Y si bien parte de ello se debía a la urgencia de encontrar un culpable, es indudable que las antipatías personales estaban detrás de muchas acusaciones.

Normalmente la culpa de epidemias, muertes o cualquier otra desgracia inesperada solía recaer en grupos marginados, como los judíos, o personas apartadas de la comunidad.

No hay que olvidar que la brujería era, en esencia, una herencia de las supersticiones de raíz pagana que sobrevivían, bien de forma negativa como las maldiciones o de forma positiva como los remedios preparados por curanderas. Desgracias como la muerte inexplicable de personas o de animales, las epidemias o la pérdida de cosechas, que hoy resultan comprensibles gracias al conocimiento científico, eran por aquel entonces atribuidas a la práctica de la brujería por parte de individuos que querían mal a la población. Prueba de lo arraigadas que estaban estas creencias es que el miedo a estas supuestas maldiciones perduró en zonas rurales de Europa hasta principios del siglo XX.

EL PROCESO Y EL JUICIO

La primera fase del proceso era llamada inquisitio de vox et fama (investigación de voz y reputación), durante la cual los jueces realizaban una investigación entre la población de la comunidad: les preguntaban sobre las desgracias a las que atribuían la acción de la magia, las personas que consideraban sospechosas y los motivos concretos por los cuales creían que se trataba de brujas -por ejemplo, si eran curanderas que preparaban remedios o si sufrían enfermedades mentales que se atribuían a una posesión maligna.Con estas informaciones, el tribunal elaboraba una lista de posibles culpables que eran arrestadas, encerradas en un calabozo y convocadas para que declarasen acerca de las prácticas de las que se les acusaba. En el caso de acusaciones por delitos graves, además, sus bienes eran confiscados.

La presunción de inocencia era un concepto desconocido y la sola acusación de brujería ya se consideraba una prueba incriminatoria.

El concepto de presunción de inocencia era desconocido y se consideraba que un cierto número de acusaciones ya constituían, de por sí, una especie de prueba incriminatoria que por norma general los jueces buscaban reforzar y demostrar. En casos de poca gravedad, la mejor opción para la persona acusada podía ser la de reconocerse culpable y confesar, ya que así podían evitar las penas más duras y “expiar” su culpa mediante el pago de una multa o acciones de penitencia.De hecho, en algunas épocas incluso se intentaba incentivar esta vía ya que constituía una fuente de ingresos para las arcas públicas o de ayuda gratuita. No obstante, el precio a pagar para quien se confesaba culpable era el ostracismo y, tras cumplir su condena, no le quedaba otra opción que emigrar a un lugar donde no le conocieran.

T. Mattson. El interrogatorio de una bruja (1853)
Foto: CC

Si la persona acusada mantenía su inocencia, correspondía al tribunal probar que era una bruja. Como primer procedimiento habitual se procedía al examen del cuerpo en busca de “señales del maligno”, como verrugas o lunares de forma “extraña” que supuestamente eran la prueba de un pacto con el Diablo. Si se encontraban, constituían una prueba suficiente para la condena, pero generalmente no era así. Se iniciaba entonces la fase más cruenta del juicio, llamada interlocutoria tormentorum, es decir, interrogatorio bajo tortura. El objetivo era arrancarle una confesión, objetivo que más pronto que tarde se conseguía casi siempre, incluso con acusaciones tan disparatadas como transformarse en animales y provocar lluvias de granizo. No obstante, las declaraciones obtenidas de esta manera debían ser ratificadas posteriormente por la persona acusada.Todos estos procedimientos estaban descritos con macabra minuciosidad en manuales como el Malleus maleficarum (“El martillo de las brujas”), publicado en 1486 y considerado la Biblia de los cazadores de brujas, con una exhaustiva lista de acciones provocadas por la brujería, métodos de detección de presuntas brujas, preguntas para el interrogatorio y métodos de tortura. De ahí que las confesiones arrancadas bajo tortura sigan un patrón similar -la acusada se reúne con el Diablo en forma de macho cabrío en una montaña, le jura lealtad y mantiene relaciones sexuales con él- ya que se basan en lo que, según estos manuales, hacía supuestamente una bruja para obtener sus poderes.

Tortura de una acusada de brujería

Una de las torturas más habituales consistía en colgar a la acusada por las manos e ir añadiendo pesos en los pies, provocando la dislocación de los miembros.

Foto: CC

LA CONDENA

Por la propia praxis de estos procedimientos, la mayoría de juicios terminaban en condena. Las personas acusadas raramente sabían leer y podían firmar confesiones que eran incapaces de entender. Incluso aunque contasen con un abogado defensor, a menudo este tenía poco margen de maniobra ante las confesiones obtenidas mediante tortura y, dada la presunción de culpabilidad, para conseguir una absolución debía demostrar y convencer al jurado de su inocencia sin la menor sombra de duda.

Los procedimientos para conseguir la "confesión" de las acusadas de brujería incluían las más variadas torturas.

Los procedimientos para demostrar dicha inocencia eran por lo general absurdos, como sacar un objeto sumergido en agua hirviendo como prueba de fe; otras veces, si la acusada tenía suerte, resultaban más “sencillos”, como la llamada “prueba de las lágrimas” en la que se le inducía a llorar -incluso mediante violencia física- para demostrar que no era una bruja, ya que supuestamente estas habían perdido la capacidad de llorar mediante su pacto con el Diablo. En estos casos, la víctima podía considerarse relativamente afortunada al ser absuelta, a pesar de los tormentos que había sufrido durante el juicio.

La muerte de Juana de Arco en la hoguera

El 30 de mayo de 1431 Juana de Arco fue sentenciada a morir en la hoguera en Ruán (Francia). Se la acusaba de hereje, reincidente, apóstata e idólatra: el proceso fue ideado por los ingleses para desprestigiar al rey de Francia, que había obtenido el trono gracias a ella.

ANN RONAN PICTURE LIBRARY / HERITAGE IMAGES / GTRES

Si la sentencia era condenatoria, no necesariamente implicaba la muerte. Si el delito era considerado menor -por ejemplo, la elaboración de pociones- se podía imponer una penitencia a la persona condenada, previa abjuración ante la cruz y un Evangelio. Mediante la abjuración, la acusada reconocía sus faltas, se arrepentía de ellas y se comprometía a acatar en adelante los principios de la Iglesia. Con ello se ganaba el derecho al perdón y a la “reconciliación”, es decir, a ser aceptada de nuevo en el seno de la comunidad cristiana, habiéndose librado de su pacto con el Diablo.

La hoguera se reservaba para tres casos: los crímenes graves (que implicasen la muerte de personas o daños graves a la comunidad), los condenados que se negaban a reconocer su culpa o a arrepentirse de ella y los relapsos, es decir, aquellos que habiendo sido reconciliados reincidían en su crimen -siempre, claro, según el criterio del tribunal. Antes de la ejecución se les daba una última oportunidad para arrepentirse y, si lo hacían, se les concedía la “clemencia” de ser ahorcados o estrangulados antes de arrojarles a la pira; en caso contrario, se les quemaba en vida. Ese fue el caso de la más famosa condenada por brujería, Juana de Arco: para la mentalidad de muchos, sus proezas solo eran posibles para una enviada de Dios o para una bruja, y sus enemigos tenían clara la respuesta.