miércoles, 25 de marzo de 2026

Qué quería decir San Agustín al afirmar: "¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicarlo, no lo sé"

 San Agustín y San Ambrosio

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San Agustín de Hipona fue uno de los filósofos cristianos más influyentes del siglo IV y V. Uno de los pensadores más importantes del cristianismo occidental y un escritor a quien, sin duda, hay que leer al menos una vez en la vida. Un hombre cuanto menos curioso, que le pedía a Dios castidad, “pero todavía no”. Una persona que dedicó su vida a la reflexión y cuyas ideas aún siguen resonando en el presente.

Con un título tan curioso como “patrón de los teólogos, impresores y cerveceros”, no es difícil imaginar que la figura de San Agustín está llena de aristas y entresijos, que siguen haciendo que su vida sea, cuanto menos, interesante de estudiar. Igual de contradictoria fue la definición que nos ofrece en sus ‘Confesiones’ sobre lo que es el tiempo. Sobre ello se cuestiona: “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Una intuición poderosa que hoy la física parece confirmar, y que sigue dando pie a nuevas interpretaciones filosóficas.

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La relatividad del tiempo no es solo física: también es experiencia.

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El tiempo es relativo

De la frase de San Agustín podemos extraer una primera conclusión clara: el tiempo es relativo. Esta idea, con la que hoy juega la física cuántica, esa disciplina que parece afirmar que la realidad cambia según cómo la observamos, ya la intuía otro pensador anterior a Hipona, Demócrito.

El filósofo que ríe, como lo llamaban, fue el primero en formular la teoría atómica. Este pensador presocrático ya intuía que todo cuanto vemos debía estar formado de unas unidades mínimas e indivisibles que no podíamos percibir a simple vista, convirtiéndose en algo así como el padre de la física moderna. También formuló la teoría de que el tiempo es, efectivamente, relativo. Y su lengua, el griego, podía manifestar esta relatividad.

En griego clásico contaban con tres términos diferentes para hablar del tiempo. El primero era ‘chronos’, el tiempo cronológico, lineal y secuencial; el flujo medible de días, horas y años, como en un reloj. El segundo era ‘kairos’, el momento oportuno o cualitativo, el instante decisivo para actuar, impredecible y cargado de significado; el “tiempo justo”, ligado al azar y la oportunidad. Y para acabar, ‘aion’, el tiempo eterno o de la vida, un tiempo circular, infinito y divino, correspondiente a la edad del mundo o la eternidad.

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Vivimos el tiempo como memoria, atención y expectativa.

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La distensión del alma

En las interpretaciones agustianas contamos con una nueva interpretación del tiempo, cuyas diferentes lecturas podrían dar para escribir libros y libros, hasta completar la más grande de las bibliotecas. A través de su famosa paradoja, esta idea de que podemos entender el tiempo cuando nadie lo pregunta, pero que al intentar explicarlo se nos escapa, representa la dimensión perceptiva del tiempo.

Es decir, lo comprendemos en la experiencia cotidiana, pero se vuelve esquivo cuando intentamos definirlo racionalmente. La frase aparece en el libro XI de las ‘Confesiones’, donde el santo explora la naturaleza del tiempo como un enigma ligado a la creación divina. Reflexiona que el pasado ya no existe, el futuro aún no es y el presente es un instante fugaz sin duración real. Y concluye que el tiempo no es algo externo o físico, sino una extensión del alma. Lo medimos en nuestra memoria, atención y expectativa.

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Olvidar que somos temporales es vivir desconectados de lo esencial.

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Seres temporales

La idea de San Agustín parece una obviedad, pero lo cierto es que en el siglo XXI brilla por su ausencia. Hemos olvidado que somos seres temporales, y como si fuéramos una partícula experimental, hemos acelerado nuestra vida hasta hacernos colisionar con la realidad. Una de nuestras dimensiones, la temporal, ha sido olvidada por la sociedad.

A nivel personal, lo noto cuando intentamos resumir en vídeos de apenas unos segundos conceptos tan complejos como el amor, el arte o el tiempo, que ahora intentamos abordar desde este artículo. La cultura de la inmediatez nos ha hecho pensar que todo puede conseguirse en cuestión de segundos, olvidando que los seres humanos somos criaturas temporales.

Es decir, que nuestra existencia requiere de tiempo. Casi todo lo que merece la pena, de hecho, lo necesita. Pensarcrearamar, sentir, crecer o existir son procesos temporales. Necesitan un recorrido. Y en la era de la inmediatez, parecemos haberlo olvidado.

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Recordar que todo termina nos devuelve al presente.

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Una certeza indiscutible

En esta locura temporal hemos olvidado también algo que los sabios dejaron de discutir hace milenios. Si somos seres temporales, somos también seres finitos. Hay quienes especulan con la posibilidad de demostrar que hay algo más allá de la muerte, que la vida es en realidad infinita. Pero, al menos tal y como la conocemos, la vida acaba. Eso es indiscutible.

Que el tiempo se acaba es algo que, de hecho, los romanos procuraban recordar de manera constante a sus poderosos emperadores. ‘Memento mori’, “recuerda que morirás”. Aquella cantinela recordaba a los hombres que eran distintos a los dioses, que su tiempo era limitado y que había que administrarlo con cautela.

Y es que cuando nos olvidamos de algo tan esencial como que todo llega a su final, perdemos de vista algo fundamental: el presente.

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Vivir bien es aprender a agarrar el tiempo antes de que se escape.

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Atrapa el día

Siguiendo con los tópicos filosóficos, es imposible no recordar aquel ‘carpe diem’ horaciano. La cita completa de sus ‘Odas’ es, traducida al castellano: “Aprovecha el día, confiando lo menos posible en el de mañana”.

El verbo elegido por el poeta, ‘carpo’, que podemos traducir como “arrancar”, nos recuerda quizá a nuestro “túnel carpiano”, esa parte de la muñeca con la que hacemos fuerza al agarrar algo. Y es que lo que Horacio nos plantea en su ‘Oda’ es en realidad una imagen mental. La de una mano que agarra con fuerza un fruto, la de un rostro que muerde con fuerza y extrae su jugo. Así deberíamos vivir la vida.

Atrapa el día, agárralo con fuerza y no lo sueltes, porque se te escurrirá entre los dedos como un fruto jugoso que cae de un árbol. Ese es, sin duda, el mensaje.

Para la elaboración de este artículo hemos recurrido a las reflexiones filosóficas y obras clásicas de distintos autores que han pensado el tiempo desde perspectivas complementarias, tanto en la filosofía como en la ciencia:

San Agustín de Hipona, filósofo y teólogo, autor de ‘Confesiones’, obra en la que desarrolla su célebre reflexión sobre la naturaleza del tiempo y su relación con la conciencia humana.

Demócrito, filósofo presocrático considerado uno de los padres del atomismo, cuyas ideas anticiparon una visión relativa de la realidad y del tiempo.

Horacio, poeta romano, autor de ‘Odas’, donde formula el célebre ‘carpe diem’, una invitación a aprovechar el presente ante la fugacidad del tiempo.

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