martes, 15 de diciembre de 2020

La última palabra la tiene el poeta

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poeta
Imágenes: Cordon Press.

¿Para qué sirve una despedida? Lo cantó Machado en uno de sus poemas más hermosos: una cosa es el recuerdo y otra recordar, y la despedida es algo así como una especie de tragedia que acompaña al recuerdo. Pero ¿por qué la necesitamos? Solo una raza masoquista como la nuestra puede necesitar una frase que se clava para siempre en la memoria, un gesto que te atormenta sin descanso. Lo que sea, pero trágico. Todas las despedidas son funestas, sin excepción. Incluso las «alegres», en las que todo el mundo está deseando separarse, terminan siendo tristes: otra bala perdida, la última oportunidad desperdiciada. Hay despedidas que incluso hipotecan el futuro. Lo dijo Borges: detrás de cada despedida se esconde la posibilidad de un reencuentro… y no hay futuro que conviva con esa incertidumbre. Porque hay despedidas que se convierten en la mejor escena de la historia del cine, despedidas que nos hubiera gustado protagonizar, despedidas que valen más que el camino que llegó hasta ellas. Son hermosas, sí, pero por el dolor que dejan escapar. Lo definió Byron: aquella hora predijo el dolor de esta.

Pero, claro, si de funestas despedidas trata un texto, permítanme masticar dos palabras que le den altura: poeta y muerte. ¿Qué nos queda más allá de esta unión? A menudo, nada. Lo dijo Bolaño: todos los escritores, desde Shakespeare hasta el poeta de provincias, caerán en el olvido. Y no le faltaba razón al chileno. Porque lo más importante de esa frase no es el olvido, sino la acusación implícita que Bolaño dispara: todos los escritores pretenden escapar a la muerte, algo tan loco como alcanzar la inmortalidad a través del texto… por supuesto, no lo conseguirán. La mayoría de ellos lo intentará, morirá evidentemente sin reconocimiento, lejos del Homero que creyeron ser. Sin embargo, hay un grupo de poetas, reducido pero reconocible, que se ha dado cuenta de que la muerte es un arte y no un obstáculo. Es entonces cuando vomitan sus creaciones más memorables. Larra, por colocar de primeras a un suicida decimonónico, la verdadera estirpe de poetas autodestructivos, llevó a cabo sus mejores textos durante el último año de su vida. El Larra atormentado, el Larra destruido, el Larra que ya jugaba con la muerte. Ya no hay retorno cuando se alcanza ese punto. La letra dispara y atraviesa sienes, corazones, lo que sea. Enlazando por fin el inicio y el fin de lo emborronado hasta ahora, la despedida, la muerte y el poeta, muy de vez en cuando, se ponen de acuerdo para incrustar en nuestro imaginario una nota de suicidio inolvidable. Porque de eso hemos venido a hablar aquí, de los últimos párrafos, los escritos por aquellos que manejan el arma más certera: la palabra.

Pavese, por ejemplo, decidió utilizar esa arma, la palabra, con la elegancia con la que había amenazado en sus versos. Sobre las colinas turinesas, su figura se dejaba arrastrar al agujero, lastrada por los amores que no acarició, por las enfermedades de las que nunca escapó. Ya había avisado él mismo de que vendría la muerte y reconocería sus ojos, algo que debió ocurrir una noche cualquiera de agosto. Un bote de somníferos hizo el resto, Cesare se había marchado en silencio. Pero la palabra siempre se antepone al mutismo, y alguien debió encontrar un papel en el que Pavese había dejado reflejado el miedo de las últimas horas. Como si al asomarse al abismo le hubiera hecho tiritar, su nota de suicidio tiembla junto a una débil muestra de pudor:

 Perdono a todo el mundo y pido perdón a todo el mundo, ¿de acuerdo? No cotilleéis demasiado.

Al otro lado del continente, apenas una década más tarde, la joven Sylvia Plath observa el horno que engullirá su cadáver para siempre. El Londres de los años sesenta, apetecible para cualquier mortal, ha terminado con ella. No han sido sus últimas horas las más felices, precisamente. Madrugar, escribir, morir. La responsabilidad de Hughes, de su padre, de su embarazo quebrado. Aislados, ajenos al olor del gas, en una habitación, confinados, sus hijos esperaron la muerte de su madre protegidos por el sueño y unas rebanadas de pan con mantequilla. Cuando el gas destruyó sus pulmones, el cuerpo se dejó caer. Una nota fue testigo de la escena. En ella, las palabras de Plath retumban con un sonido mucho más práctico (y enigmático) que el que despidió a Pavese:

Llamad al doctor Horder.

Una voz ronca por el tabaco, débil por el alcohol y triste por defecto emite las palabras al otro lado del mundo: «Ese suicidio me pertenecía». Es Anne Sexton, que no puede creer que su infinita amiga Sylvia Plath se haya marchado. Lloraría, desconsolada, sobre su Cougar. Pero ni siquiera el viento que azota su rostro al compás que dicta su coche tranquiliza a la poetisa. El vodka ya ha perdido el sentido, ¿qué puede quedarle? He preparado la cena para gusanos y elfos, dicta uno de sus versos. El gusano se esconde bajo tierra, con suerte no aparecerá mañana. Las puertas del garaje se cierran. Su Cougar también, aunque las butacas están más mullidas que de costumbre. Si hay tiempo para la poesía, no es este. El monóxido de carbono se desliza por el ambiente destruyendo la vida de Anne, que ha decidido dejarse llevar por última vez. Su poema «Deseando morir» puso fin, de manera irremediable, a tanto estrépito.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
Por sí misma se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías.

Hay quien, en esta tesitura macabra y elegante, prefiere recurrir al intelecto de otros. Los manicomios de aquí y de allá habían destrozado el intelecto propio. Al menos eso debió creer Paul Celan cuando en el abril parisino decidió subirse a lo más alto del puente Mirabeau, observando el Sena como quien observa una vía de escape. Él se había encarado a la muerte en varios de sus poemas (sus ojos son azules / te hiere con una bala de plomo), pero esta vez ya ha dicho su última palabra. El río Sena, como siempre, siguió corriendo sin prestar atención al cuerpo que se lanzaba contra sus aguas. Como ya confesó la primera parte de este párrafo, la nota de suicidio que decidió legar Celan no tiene su firma, sino que elige como interlocutor a Hölderlin, el poeta del sufrimiento. La biografía del romántico alemán aparecía abierta, con una frase subrayada que pondría fin a la farsa:

A veces este genio se vuelve oscuro y se sumerge en el pozo amargo de su corazón.

La tristeza, la desesperación y, sobre todo, la ruina. El último poeta crece cuando contempla su gran creación: lo apostó todo al mundo de la literatura y, como los que llegaron antes, perdió. Y no solo la salud, la cordura o la vida, también el dinero, que es más difícil de asimilar. Le ocurrió a Salgari, el maravilloso novelista de aventuras que terminó pereciendo en la más cruel de todas ellas, la de su propia vida. Poco a poco fue deslizándose por los límites de su mente, amenazando con despeñarse en cada manicomio, hasta que la única mano que lo sujetaba terminó de cansarse. Su mujer se rindió a la locura y él, que ya conocía perfectamente la relación con el desequilibrio, se dejó caer detrás. Recogió un keris malayo, cuchillo particularmente fatal, y destruyó vientre y gaznate por ese orden. Se desangraría segundos más tarde, aunque dejaría para siempre parte de su herida en la carta que poco antes había enviado a sus editores:

A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, solo os pido que, en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma.

No menos miseria conocería Zweig décadas más tarde. La suya, la que lo acompañó siempre, fue la miseria moral de un siglo, el XX, que pasará a la historia como el más miserable jamás conocido. A Zweig lo persiguió el nazismo, una plaga moral a la que una mente como la suya no fue capaz de enfrentarse. En algún lugar del Brasil, apartado y recluido aparentemente a salvo, Stefan no sabe que para escapar de la peste hace falta no solo alejarse de ella, sino también olvidarla. Así que un día dejó de despertarse por el efecto del cianuro, con el rostro encajado en el horror, víctima de una mueca agobiante. Pero no es el agobio de la muerte, sino una lucha entre el alivio y la tristeza. Dejó en este mundo una nota que no quiso llevarse consigo:

Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra.

Pero el género hay que cuidarlo. Mimarlo. Acariciarlo como a un gato que nadie quiere. El chileno Augusto Labarca no se deja engañar por el sol perenne de Sevilla. No merece la pena continuar caminando, y de algún modo sabe que ha de dejar la constancia suficiente sobre el papel. El género debe perfeccionarse. Sujeta el bolígrafo con la yema de los dedos. Su tacto sigue siendo suave, como todo lo que tiene sentido en este mundo (¿Qué nos espera en el otro?). Labarca se sienta en los límites de la cama y con un gesto poco elegante coloca la escopeta sobre el paladar. Él se marcha, pero deja una nota que habría de pasar a la historia de este noble arte:

Estimados todos: A unos trescientos metros por segundo, cuando solo le hará falta recorrer unos centímetros, una bala me atravesará la tráquea, el cuello, saldrá por la nuca, más o menos, calculo, dará en la pared que pintamos hace dos meses y hará caer el crucifijo al suelo, que quedará debajo de la cama al pasar por detrás de la cabecera. Mi mujer despertará sobresaltada y espero al borde del infarto. Con su pan se lo coma, hija de puta. Espero que mi madre y mis hermanos sepan disculpar este acto voluntario. Tomo mi decisión de forma libre. Les dejo a ellos mi bar.

Balzac ya había comentado que un suicidio es un sublime poema a la melancolía. A la melancolía del adiós. ¿Para qué sirve la despedida? Esta pregunta abrió el texto y ahora lo cierra, sin que en ninguno de los dos lances haya terminado de contestarse. ¿Para qué sirve una despedida? Esto debió pensar Virginia Woolf cuando decidió llenar sus bolsillos de piedras el día de su partida. Sería allí, sintiendo el peso de su locura tirando de su gabardina, cuando decidió que tendría que despedirse para siempre de su marido, por mucho que las despedidas, como ocurre en este texto, dejen tantas preguntas en el aire, respuestas huérfanas, verdades sin resolver. Virginia se arrojó al río Ouse sin miedo, consciente de que detrás quedaba su verbo. Eso sí, la despedida esta vez tomaba cuerpo. Dejó sobre la mesa dos cartas. Sin duda, los testimonios más tristes y hermosos que cruzarán por estos párrafos. Una de ellas va dirigida a su hermana Vanessa:

No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. […] He luchado contra esto, pero ya no puedo más. Virginia.

La otra, que transcribo casi entera, pone fin a este texto con la declaración de amor y de muerte más desesperada de la historia.

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

Si morir es un arte, como ya había apuntado Sylvia, que por lo menos la literatura pague la factura.

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