martes, 8 de diciembre de 2020

Dadme la Muerte

 


Imagen: CC.

A dona que eu amo e teño por señor

 amostradema, Deus, se vos en pracer for, 

senon, dadema morte.

(Bernal de Bonaval)

De la vida de Sigmund Freud se conocen muchos detalles, habitualmente divertidos. Suele bromearse, por ejemplo, con que el padre del complejo de Edipo llegó a dicha conclusión al confundir con inusitada frecuencia el Día de San Valentín con el Día de la Madre. Pero que Freud sufrió un terrible cáncer de mandíbula durante los últimos veinte años de su vida es algo poco difundido. Freud combatió el dolor con los analgésicos de los que disponía, llegando a desarrollar una seria dependencia de la cocaína sobre la que escribió un bonito texto. Y se sometió a duras operaciones en su cara para tratar de curarse. 

Million Dollar Baby (2004), dirigida por Clint Eastwood, es una de las grandes películas del siglo XXI por lo que cuenta sobre la capacidad del ser humano para superar adversidades, pero, sobre todo, por lo que dice sobre la eutanasia, ese tabú de nuestras sociedades occidentales. O, mejor aún, porque enseña a separar «el miedo a la muerte», a la desaparición física, del «miedo a vivir esa muerte» o a «vivir una vida que ha dejado de serlo». «Hay que alargar la vida, no la muerte», señala Félix de Azúa en el aseado libro Debates sobre la eutanasia (Planeta, 2000) que compiló Carla Fibla. En Million Dollar Baby hay una escena clave, maravillosa: Maggie, la protagonista, es una campeona de boxeo que queda condenada tras un accidente en un combate a vivir completamente paralizada y conectada a una máquina. Frente a la negativa de Maggie a vivir una vida que ya no se parece a la que amaba, su entrenador, Frankie, decide —contra la ley— darle la muerte. 

Esta película ha sido tildada de «mortífera» y «arrogante» por los grupos religiosos. ¿Dónde está la arrogancia? ¿En el gesto de Frankie que quiere salvar a Maggie de un sufrimiento tan atroz o en la ceguera de la ley que prohíbe este gesto? La vida no es nuestra, no somos los amos, no la gobernamos; se nos escapa por todos los lados. Freud, otro gran sufriente, lo dijo claramente: «la enfermedad y la muerte desvanecen cualquier ilusión de dominio sobre nuestras vidas». 

El discurso médico, y todo el aparato tecnológico desarrollado para luchar contra la muerte, debe ser capaz de aceptar que la vida tiene que cumplir antes o después el momento de su entrega. Es aquí cuando asoma el tabú «rendición» oculto tras el rechazo de la eutanasia. Darse o dar muerte cuando la vida se encuentra con un muro impenetrable —una enfermedad mortal que ha destruido todo el vigor vital o un coma irreversible que borró toda su conciencia— nunca es escapar al límite, sino asumirlo.

Massimo Recalcati, desde el psicoanálisis, señala que la vida que cae enferma y se vuelve estéril se convierte en una vida demasiado apegada a sí misma y, por ello, fuente de sufrimiento mental. Y que la furia de la vida que se extienda a cualquier condición de evitar la cita con la muerte puede llegar a ser una forma extrema de narcisismo maligno. 

La legislación sobre el derecho a una muerte digna es inexistente o raquítica en la mayoría de países. Y en los que cuentan con legislación al respecto se diferencia entre «eutanasia» o «suicidio asistido». La diferencia está en quién administra los fármacos. En la eutanasia es un médico quien lo hace tras un expresa solicitud por el paciente que sufre una enfermedad terminal. La eutanasia es legal en Holanda desde el año 2002. Y en Bélgica, Luxemburgo, Colombia y Canadá. 

En el suicidio asistido es el propio enfermo quien se toma unos medicamentos letales prescritos por un médico a tal efecto. Es legal en los países antes citados, en Suiza y en varios estados de Estados Unidos.

Tanto la eutanasia como el suicidio asistido suelen ser solicitados por personas con enfermedades incurables en fase terminal y sin posibilidades de control de su sufrimiento. En Holanda, en el año 2015 murieron cinco mil quinientas personas por eutanasia (un 4 % del total de fallecimientos). Un 75 % eran enfermos terminales de cáncer. Pero también se autorizó a cincuenta y cinco pacientes con demencia o enfermedades mentales. Desde el año 2011, el número de pacientes psiquiátricos que solicitan la eutanasia o el suicidio asistido ha crecido de forma llamativa. En el caso de las enfermedades mentales el problema estriba en que dichas patologías nunca son terminales. O sea, que la conceptualización epistemológica sobre la que se legisló el acceso a la eutanasia se incumple en estos casos. Ha habido casos que han generado en Bélgica y en Holanda un enorme debate social y un fuerte rechazo por parte de los profesionales expertos en psiquiatría y salud mental.

En Bélgica, en febrero del año 2015, Laura, una chica de veinticuatro años, con una infancia muy difícil y muy deprimida, pidió morir por eutanasia. Tres médicos dieron una opinión favorable después de haber evaluado como insoportable su sufrimiento.

La decisión de los médicos belgas lleva el tema de la eutanasia mucho más allá de los límites dentro de los que hasta ahora se ha aplicado para cumplir el deseo de una «buena muerte» después de una vida plenamente vivida.

Un caso similar sucedió a mediados del año 2016 en Holanda con una mujer de treinta y un años diagnosticada de un «trastorno inestable de la personalidad». 

Resulta difícil explicar que personas que apenas han comenzado su vida adulta y gozan de buena salud física deban ser «guiadas a la muerte» a causa de una enfermedad psíquica. ¿Estamos ante una evaluación irresponsable y arrogante de los médicos?

Porque casi todo en este debate no son sino oscilaciones de la balanza entre los dos principios básicos que rigen la relación médico-paciente: el principio de autonomía del paciente y el principio de beneficencia por el que el médico ha de salvaguardar la vida del enfermo. 

¿Qué fue lo que impulsó a esos tres «expertos» belgas a concluir que una chica de veinticuatro años de edad no tiene ninguna posibilidad de salir de la inercia depresiva durante el resto de su vida? Esto puede ser probable, pero lo que debe establecerse con certeza matemática es que no existe un remedio. Y por desgracia la psiquiatría tiene un cierto poder pronosticador, pero no puede hacer una predicción exacta del futuro de un ser humano.

La dificultad de dar a esta cuestión una respuesta clara no se puede zanjar de forma maniquea, pero hay que tener en cuenta que, si se autoriza el suicidio asistido o la eutanasia en estos casos, estaremos poniendo patas arriba todo el esquema filosófico que sostiene la prevención del suicidio en la población general. «Estamos perdiendo la capacidad de permanecer en la tensión entre dos perspectivas igualmente necesarias y usar su efecto catártico y transformador», sostiene con sensatez el psicoanalista Thanopoulos.

O sea, que es necesario tener en cuenta las razones de los creyentes religiosos, así como de los expertos en el tema, caso de Paulan Stärcke o de Udo Schuklenk. La psiquiatra Stärcke tiene una experiencia amplia en la valoración de solicitudes de eutanasia hechas por enfermos mentales, habitualmente deprimidos crónicos. Y señala, entre varias ideas de interés, que muchos enfermos se sienten aliviados simplemente por el hecho de saber que tienen la eutanasia a su alcance, que el mero hecho de ser evaluados para ello les sirve de bálsamo y no van más adelante… La tensión dialéctica que preside estos asuntos quedaría incompleta sin tener en cuenta las razones de los demandantes y sus allegados, como es el caso de la cineasta Elena Lindemans, cuya madre se suicidó en el año 2002 tras haber pedido la eutanasia durante largo tiempo. Lindemans ha hecho un documental tan duro —¡muestre y no declare!— como interesante, titulado Las madres que se tiran al vacío desde sus apartamentos(Moeders springen niet van flats, 2013), de visión obligada. El trabajo de Lindemans percute de forma enérgica sobre el drama social y familiar que deja tras de sí el suicida confrontado con esa asepsia e higiene que exhala la eutanasia. 

En los últimos meses de 2016 el Gobierno holandés dio pasos para regular la posibilidad de poner fin a la vida simplemente «por cansancio de vivir», lo que supone una alteración cualitativa y sustanciosa de la fenomenología del asunto. Es cierto que autorizar el derecho a morir por cansancio (¡o por lo que sea!) supone un reconocimiento del principio de autonomía del individuo y todo apunta a que una sociedad civilizada ha de garantizar esas libertades, pero también hay que asegurar que esa decisión sea, permítaseme el oxímoron, un «acto de libertad» y no esclava de una imperiosa necesidad. Y es que en el cajón «cansancio de vivir» pueden confundirse sufrimientos insoportables emanados de enfermedades incurables con la percepción de ser una carga para ciertos sistemas sociales acunados por el egoísmo o las meras rentabilidades. Y estas situaciones no deben ser autorizadas a resolverse de un modo tan distante de lo que son sus correctas soluciones.

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