miércoles, 4 de marzo de 2020

Aquella cinta del demonio


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El exorcista, 1973. Imagen: Warner Bros.
En el aire helado, tenues vahos de vapor se elevaban de la materia vomitada, cual maloliente ofrenda. Karras se sentía inquieto. Luego se le empezó a erizar el vello de los brazos al ver que poco a poco, con una lentitud de pesadilla, la cabeza de Regan giraba como la de un maniquí, crujiendo igual que un mecanismo oxidado, hasta que los fantasmales ojos en blanco se quedaron fijos en los suyos.
El exorcista. William P. Blatty.
Ellos habían quedado en jugar a la güija debajo del puente y yo me inventaba que no iba a salir porque me dolía la tripa.
Ellos me contaban que el vaso había estallado cuando la sesión se puso interesante y yo me tomaba la leche.
Ellos contaban la historia de las tijeras de Verónica y yo mordía muy fuerte la capucha del Bic. 
No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.
Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 
(…)
Por entonces mi hermano y yo dormíamos en la misma habitación de General Ricardos, un habitáculo decorado con pósteres del Atlético de Madrid, Samantha Fox y Rosendo. Cuando en la televisión del salón salían los dos rombos, cuando llegaba la hora de la carta de ajuste, cuando mis padres nos mandaban a la cama, escuchábamos la radio o nos contábamos historias antes de dormir. Y en un afán adolescente de atraparlo todo, nos daba por grabar nuestros programas favoritos de la radio. 
En la Cadena del Water —aquella emisora alternativa de los ochenta donde nada estaba prohibido—, el programa de aquella noche iba sobre posesiones diabólicas. A mi hermano y a mí se nos ocurrió el siguiente plan: grabarlo todo entero, seleccionar luego las partes más terroríficas con una doble pletina, acojonar a nuestra hermana el sábado. A toda pastilla. 
Así que le dimos al rec
Y ya nunca más cerramos los ojos.     
Grabamos el debate demonológico y oscuro. Grabamos los testimonios de familiares anónimos que explicaban sus exorcismos. Grabamos diálogos de películas de posesiones infernales, los ojos como platos. Grabamos las bromas que hacían los comentaristas al respecto y cuando se ponían extrañamente serios. Grabamos y grabamos: recuerdo aquella noche entre sudores. Hasta que el locutor advirtió de que el «Ave Satani» de Jerry Goldsmith —el tema central de la película La profecía que acabábamos de escuchar— era utilizado en rituales satánicos para invocar al mismísimo demonio.   
Era ya de madrugaba cuando mi hermano rebobinó y puso la canción bien alta en un alarde de inconsciencia: «La hermanita se va a cagar». 
No recuerdo por qué al rato nos asustamos. Ni quién de los dos encendió la luz. Sí recuerdo que entonces quisimos borrar la cinta. Como si fuéramos dos Tedax y la casa entera fuese a explotar si no nos dábamos prisa en acertar con el cable rojo. Movimos el dial nerviosamente y grabamos encima cualquier cosa. Por las dos caras. Concienzudamente. Juro que fue concienzudamente. Al día siguiente, después de volver bostezando del instituto, sacamos la cinta y la pusimos para comprobar que estábamos libres de todo mal.    
Así que le dimos al play
Y ya nunca más cerramos los ojos.
Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith seguía allí, incólume, retador, con extrañas risas y sonidos de pies corriendo de fondo. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» viscoso y gutural. Como cuando algo amenazante hace gárgaras. 
Una cara se oía de forma cristalina. La otra era una Thermomix de sonidos infrahumanos.
Lo contamos. Al cabo de los días lo contamos. En un círculo reducido. Con detalle. Los amigos que más sabían de cintas TDK nos dijeron que eso era imposible. 
Mi hermano me ordenó que la destruyera. 
(…)
El exorcista no es de Georgetown como el de la película, ni tiene una espesa melena negra, ni tan siquiera lleva un sombrero de ala ancha y un maletín. El exorcista vive en Alcalá de Henares. Y es calvo. Y solo se llama José Antonio y no Damien Karras. 
Pero recuerda imágenes que nadie debería haber visto jamás. La de una joven posesa que se hacía «cortes profundos en la cara con una cuchilla». Chicas normales que dejaron de serlo «después de una sesión de espiritismo». Adolescentes sin estudios poseídos por el demonio «hablando de alta teología sin cometer el más mínimo error».
—¿Qué cosas ha visto?
—Gritos increíbles para cualquier garganta humana. Agitaciones sobre un colchón que no sería capaz de hacer un contorsionista. Lo peor son las posesiones de niños, cómo es posible tanta maldad con once años. Cómo te insulta, la forma de mirarte, cómo trata de agredirte… Entre su hermano y su padre no eran capaces de inmovilizarlo. 
En la puerta, por dentro de la casa, hay un enorme cerrojo de varios centímetros de grosor (desmesurado, rotundo) que no concuerda con un piso moderno. Sobre la madera se adivinan unas marcas. Pasamos los dedos por encima. 
—¿Ha recibido amenazas?
—Sí, pero de eso no quiero hablar.
—¿Cuál fue su caso más complicado?
—El de una chica cuyo exorcismo duró ocho años. Una sesión por semana. Al final éramos tres sacerdotes. Nadie sospechaba nada, pero por la noche, en casa, se manifestaba el demonio en ella: entraba en trance, hablaba con otra voz, a veces en otro idioma… La madre me llegó a decir que la vio levitar en un butacón. 
—¿En qué consiste un exorcismo?
—En rezar y rezar.
—¿Qué síntomas tienen las víctimas?
—No es exactamente como en el cine. En la famosa película sí está logrado el ritual. Y también el ambiente: cuando atiendes en una iglesia cerrada de noche, y recibes a una familia que pide ayuda, con poca luz, en un ambiente denso, con la sensación de que algo va a pasar… El largometraje reúne todo lo que puede suceder en cientos de exorcismos en uno solo. Lo normal es que se pongan muy agresivos, griten, hablen lenguas extrañas, tiemblen, te insulten, veas furia, odio, se rían de ti… Si el demonio está dentro de esa persona y tú quieres hacer una triquiñuela dialéctica, puedes estar bien seguro de que no tienes nada que hacer. Él estaba aquí miles de años antes que nosotros.  
—¿Ha practicado muchos exorcismos?
—No lo sé. Porque nunca quise contarlos.
—¿Se le ha manifestado personalmente el demonio alguna vez?
—Sí. Pero no es nada espectacular. Una noche, cuando me metí en la cama y ya estaba a oscuras, se encendió la luz. Oí perfectamente el interruptor que estaba cerca de mí. Nadie lo había tocado. Pero se oyó el clic claramente. Tenía las manos sobre el pecho…
—¿Y qué hizo?
—Volví a apagar la luz. Y recé. 
Al final le conté lo de la cinta TDK.
—¿La tienes aquí?
—No —mentí.
—Si la tuvieras te podría decir si aquello fue cosa del demonio. 
—Es que no la tengo aquí.
(…)
Uno vive obsesionado y alerta. Si leyeran el Nuevo Testamento como yo, verían que aparece treinta y cinco veces la palabra diablo. Si prestaran atención a sus páginas, contarían veintiuna veces la palabra demonio. Si repasaran cada noche el Antiguo Testamento, comprobarían que es cierto que en dieciocho ocasiones citan a Satán. 
Yo no me quiero creer que el primer día de rodaje de El exorcista fallecieran tres personas: el abuelo de Linda Blair (la cría protagonista), el hermano de Max von Sydow (que hacía de padre Merrin) y el hijo del regidor, que tenía un solo día de vida. 
Yo no me creo que las tres muertes fuesen a la misma hora.
Yo no me quiero creer lo que dice Google de la actriz Mary Ure, eso de que interpretase el papel de la niña poseída en la adaptación teatral del filme y muriese el mismo año del estreno. Con una sobredosis de alcohol y barbitúricos.
Yo no me creo que el estudio de la Warner se incendiara tres veces durante el rodaje ni que llamaran a un sacerdote para que bendijera las instalaciones.
Yo no quiero creerme lo que dicen las enciclopedias del cine. Eso de que  Heather O’Rourke, el ángel rubio que hacía de niña en Poltergeist, muriese a los doce años de un paro cardíaco.
Yo solo me creo lo que escuché. La puta cinta. 
No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.
Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 
(…)
Estoy escuchando la cinta TDK porque me lo piden en Jot Down y yo soy muy cumplido. Hacía veinticinco años que no lo hacía. Ana piensa que la grabación acabó en la basura, pero no. Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith con el que le íbamos a gastar una broma a mi hermana. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» siseante y osbceno. Como cuando el niño de El resplandor repite la palabra murder  una y mil veces al revés.
Red rum, red rum, red rum, red rum…
—¿Y entonces, padre?
—No se te olvide algo: la mayor parte del mal procede del ser humano.
Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, de espaldas a la puerta acristalada del pasillo que lleva al fondo de la casa. Mirando de vez en cuando hacia atrás: ya es la tercera o cuarta vez que algo se mueve al otro lado del cristal esmerilado. Como unos pasitos cortos y rápidos de animal con muchas patas.
Hojeo el clásico de Blatty, edición de bolsillo de Planeta, y caigo en la página 104:
Chris levantó la vista y se quedó petrificada. Deslizándose como una araña, rápidamente, detrás de Sharon y cerca de ella, con el cuerpo doblado en arco para atrás y la cabeza casi tocándose los pies, estaba Regan, que sacaba la lengua de la boca, y la volvía a meter en ella, mientras silbaba igual que una víbora.
—¡Sharon! —dijo Chris atontada, mirando aún a Regan.
Sharon se detuvo. Regan también. Sharon se volvió y no vio nada. Y luego gritó al sentir la lengua de Regan lamiéndole los tobillos.
Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, decía, y mi bebé de seis meses gime y gime y gime, con insistencia de insecto. Debe de ser el pañal. O los malditos cólicos. O que tiene hambre. 
O que por fin, como me advirtieron los amigos, me reclama.
Le doy a Control+S para guardar y me levanto. Cuando pongo la mano en el pomo de la puerta que da a su cuarto se hace el silencio. Debajo de las sábanas, el bebé duerme. 
De repente abre mucho los ojos. Clic. Como cuando se enciende un interruptor. Clic.
Y sonríe. 
Dios, cómo sonríe. 
Con una dentadura de adulto, blanquísima y absolutamente perfecta sonríe.

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