martes, 3 de noviembre de 2020

Creencias: ¿cómo se eligen?

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Credit Image: © Aman Rochman/ZUMA Wire

Una mujer estaba preparando un jamón al horno, cuando su esposo, mirando lo que hacía, le preguntó porque cortaba los extremos… Le respondió sin vacilar que así lo hacía su madre.

El marido y los hijos insistieron y la madre se prodigó en explicaciones alambicadas como que así permitía que el calor del horno penetrara por los extremos, o que los cortes facilitaban la mezcla de ingredientes con el consiguiente aumento de su sabor…

En otra ocasión, estaban en casa de la madre de la mujer y le preguntaron por qué cortaba los extremos del jamón para meterlo en el horno. La discusión fue idéntica a la anterior y concluyó con la misma tesis: —Lo hago así, porque así lo hacía mi madre.

No quedando satisfechos con el origen de la receta, decidieron visitar a la abuela que, aunque era muy mayor aún vivía.

Plantearon a la abuela la misma pregunta y ella contestó: —Lo hago así porque no cabía en mi horno.

La costumbre de creer impide a la gente observar. (Aristóteles)

¿Cómo llegan los colectivos humanos a considerar que algo es cierto? ¿Qué criterios utilizan para determinar que un conocimiento es fiable? Y también, ¿de qué modo se instalan ciertas creencias y otras no tienen éxito por muy veraces y contrastadas que sean? A veces simplemente se utilizan para ello criterios de orden lógico o se aplican reglas de verosimilitud, pero otras veces no es tan fácil identificar el procedimiento que convierte algo en cierto o falso. Hay afirmaciones que se instalan con gran facilidad en el colectivo social. Sin embargo, otras necesitan de arduas demostraciones para ser aceptadas. ¿Qué hace que unos asertos penetren la membrana social y se instalen en la mente colectiva como si fueran los pensamientos de toda la vida y otros sean rechazados emocionalmente sin necesidad de dudarlos?

Para que un aserto sea aceptado como verdad, debe pasar por tres fases: primero, ser ridiculizado. Después debe sufrir una fuerte oposición. Finalmente, ser aceptado como obvio. (Arthur Schopenhauer)

Existen varias vías para explorar estas preguntas y una de las más relevantes consiste en que se llegue a concluir que ese pensamiento o comportamiento se ha utilizado toda la vida. Convertir un comportamiento actual en una tradición que se hizo siempre, es un modo eficaz de consolidar una creencia como buena.

Por ejemplo, se piensa que la familia biológica tal y como la conocemos es la estructura social básica desde siempre. Sin embargo, es conveniente añadir que, en la antigüedad, la crianza de los niños era comunal. Se tenía dificultad para saber quién era el padre de cada niño, e incluso se creía que podía tener varios padres y el nacimiento provenía de la acumulación del esperma de varios hombres, y que cada uno de ellos aportaba una característica del niño que iba a nacer. La necesidad de saber por parte de los hombres quiénes eran sus hijos movilizó el pensamiento que se plasmó en la legislación como la patria potestad y esto ocurrió en Europa con el inicio del derecho romano (desde el año 753 a. C.) y se extendió a América con la colonización (a partir del año 1492 d. C.).

Las siguientes afirmaciones gozan de amplio consenso y tienen facilidad para ser aceptadas:

Más allá de la polémica acerca de cuánta razón pueden tener o no, lo interesante es saber por qué este tipo de creencias anidan en la población con más facilidad que sus argumentos antagonistas. Hay hipótesis aproximativas como la necesidad de pensar como la mayoría para ser aceptado en la comunidad. Pero, ¿qué trance individual y colectivo posibilita la consolidación de ciertos pensamientos y el rechazo de otros?

Las condiciones del contexto vital en cada momento histórico influyen esencialmente en la elaboración de las creencias predominantes. Por ejemplo, hacia el final de la Edad Media se instaló progresivamente en la población una mejora de la expectativa ante la vida. El retroceso de la violencia indiscriminada supuso un avance en la percepción de la seguridad física. Así como la mejoría de la supervivencia contribuyeron al mayor proceso de consolidación de las nuevas creencias colectivas.

La perspectiva del tiempo tenía en la época clásica una percepción circular con la sensación de estar siempre en el mismo punto[1]. Ciclos de repetición como el día y la noche, o las estaciones del año fijaban la atención del ser humano en una percepción del tiempo cíclica. Imagen que fue evolucionando a una contemplación del tiempo de carácter lineal, con la perspectiva de un futuro más satisfactorio que el presente o el pasado. Dicho de otro modo, en la Edad Media no se confiaba en que el futuro fuera a ser mejor que el presente.

El concepto de crédito bancario es un ejemplo de lo que estamos diciendo. En la época clásica esta idea no hubiera funcionado porque, para que tenga éxito, es preciso instalar en la población el pensamiento de que los tiempos que vendrán serán mejores, o al menos lo suficientemente buenos para poder afrontar la deuda del préstamo, cosa difícil de percibir en épocas de gran incertidumbre en las que no se podía garantizar que la vida fuera estable y segura en el futuro. La esperanza en un futuro mejor y la confianza en el desarrollo y el crecimiento fue una de las creencias colectivas más relevantes de la modernidad[2].

Esta confianza en la estabilidad vital y social tiene que ver con importantes procesos de orden social y económico. Especialmente en lo relativo a la regulación de la violencia para garantizar una vida más segura. Poco a poco, las intrigas palaciegas fueron sustituyendo a la espada. En la época clásica la sociedad estaba estructurada en una división tajante entre nobles y plebeyos. Con la aparición de los oficios, la irrupción de la burguesía y la diversificación de los trabajos, se generó una tupida red de interdependencias. La necesidad que tenían unos ciudadanos de otros atemperó la violencia y la rebajó notablemente, porque las necesidades que unos tenían de otros se hicieron más patentes, lo que configuró otro tipo de creencias colectivas acerca de la civilización[3].

Se inicia el proceso de la contención de las pasiones y el desplazamiento del deseo momentáneo a un futuro mejor. Es la irrupción del campo de la conciencia interna o psíquica y la introducción de la idea del desarrollo, del crecimiento y del progreso.

Por todo ello, cobra una relevancia esencial el factor de autocontrol. Una de las características más relevantes de nuestra cultura fue el tránsito de la coacción externa por parte de las autoridades a la necesidad de autocoacción. La industrialización y el adiestramiento de la fuerza de trabajo consolidó este proceso. El tránsito de la esclavitud al sistema de formación de operarios, obreros e incluso profesionales del más alto nivel requiere del autogobierno de comportamientos, capacidades y conciencia acerca de lo que cada uno debe autorregularse. El control de la población pasa de ser gobernado por una única autoridad a que cada ciudadano se autorregule[4]. Podría pensarse que llegó un momento en el que la esclavitud no era rentable por los dispositivos de control de las poblaciones que requería. Sin embargo, parecía mejor que cada obrero se responsabilizara de su propio control. Autocontrol que afecta al deseo y, por tanto, a la gestión de la vergüenza y la culpa.

La atención se desplaza desde el exterior al interior del sujeto. Las batallas que en la antigüedad se libraban por la fuerza y en contextos exteriores, comienzan con la modernidad a librarse en el interior del sujeto. Cobra fuerza la elaboración psíquica de la realidad. De la literatura épica, hazañosa y exterior a la novela de gestión interior. Cuesta trabajo pensar qué diría una persona del siglo IX o X en Europa si alguien le dijera que tiene ansiedad o episodios de melancolía. Seguramente no entendería nada.

La evolución del discurso y la práctica judicial es relevante en este sentido. En la época clásica el juicio se celebraba a puerta cerrada, la población no podía asistir. Sin embargo, la ejecución de la pena era pública. Con la modernidad el juicio se convirtió en público y la ejecución de la pena pasó a ser privada[5]. La modernidad evitó la exhibición del horror del castigo.

Otro elemento esencial para instalar una creencia colectiva está relacionado con la legitimidad de la misma. Se trata de convencer a nuestro interlocutor de que el pensamiento que defendemos lo dice alguien superior en jerarquía o sabiduría. Que no lo digo yo, sino que proviene de una autoridad, que además no es local sino universal[6].

Las fuentes relevantes que dan legitimidad al pensamiento pueden ser:

  • Expertos profesionales.
  • La ciencia.
  • Ancestros que reflejan la sabiduría del origen de la cultura y con ello se acercan a la primera vez que alguien lo dijo y que seguramente fue una transmisión de los cielos y de seres sagrados, en definitiva, de alguien superior. En esto reside la oportunidad seductora del mito.
  • El mismo dios.
  • Las leyes de la naturaleza. Por ejemplo, el argumento que defiende la división de la sociedad en castas se apoya a menudo en que es lo más natural, para favorecer la higiene, evitar la contaminación o defender la pureza[7].

Notas

[1] Mircea Eliade. 2001: El Mito del eterno retorno. B. Aires: Emecé.

[2] Yuval Noah Harari. 2015: Sapiens. De animales a dioses. Barcelona: Debate. Pág. 346

[3] Norbert Elías. 1993. El proceso de la civilización. Méjico: Fondo de cultura económica. Págs. 466ss.

[4] Elías. Op. Cit. Pág. 454.

[5] Michel Foucault (2002): Vigilar y castigar. B. Aires: Siglo XXI

[6] Noah Harari. Op. Cit. Pág. 221

[7] Noah Harari. Op. Cit. Págs. 156-157

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