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domingo, 17 de mayo de 2020

El Lirio y el Pájaro

KierkegaardEl lirio y el pájaro

«Había una vez un lirio que crecía sano en un lugar apartado, junto a un arroyo. El lirio vestido hermosamente vivía despreocupado y alegre durante todo el día. El tiempo pasaba felizmente sin que él siquiera se diera cuenta. Y sucedió un buen día que un pajarillo fue a visitar al lirio, y habló con él de tonterías y cantó alguna cancioncilla. El pájaro volvió al día siguiente, y al otro, y al siguiente… Después de una semana, de pronto se ausentó unos cuantos días, hasta que al fin otra vez regresó diariamente. Esto le pareció al lirio extraño e incomprensible; pero sobre todo le pareció caprichoso. Pero lo que suele acontecer con frecuencia también le aconteció al lirio: a medida que se alternaban sus visitas con sus ausencias se iba enamorando más y más del pájaro, quizá justamente porque el lirio nunca había conocido a nadie tan caprichoso. Aquel pajarillo no era un buen pájaro, de buena familia o de buen corazón. En vez de alegrarse por su belleza y regocijarse a su lado con su frescura e inocencia, trataba casi todo el tiempo de darse importancia, utilizando para ello su libertad y haciendo sentir al lirio lo atado que estaba al suelo. El pajarillo era además un charlatán y narraba al tuntún cosas y más cosas, verdaderas y falsas; contaba cómo en otras tierras había otros muchos lirios maravillosos, junto a los cuales se gozaba de una paz y una alegría, un aroma, un colorido y un canto de pájaros indescriptibles. El pájaro daba fin a cada historia con alguna variación de la siguiente frase: «Comparado con ellos pareces un don nadie. Eres tan insignificante que no sé con qué derecho te llamas a ti mismo un lirio». Cuanto más escuchaba al pájaro, mayor era la preocupación del lirio. No podía dormir tranquilo ni despertarse alegre. Se pasaba el día entero pensando que era un desgraciado, que estaba encarcelado y atado al suelo, que no era justo. El murmullo del agua, que siempre lo había acompañado, se le antojó aburrido y los días se le hicieron cada vez más largos. Y empezó a hablar consigo mismo: —Es muy fastidioso esto de tener que oír eternamente un día tras otro lo mismo… Es algo inaguantable. Y encima parecer tan poca cosa como yo… Ser tan insignificante como el pajarillo dice que soy… ¡Ay! ¿Por qué no me tocó existir en otra tierra, en otras circunstancias? ¿Por qué no habré nacido yo en aquella tierra lejana? Yo no aspiro a lo imposible, a convertirme en algo distinto de lo que soy, por ejemplo en un pájaro; mi deseo es simplemente llegar a ser un lirio maravilloso, a lo sumo el más maravilloso de todos. Mientras tanto, el pajarillo iba y venía, y en cada visita y cada despedida hacía crecer la inquietud del lirio. Por fin, un día, la flor se confió completamente al pájaro y le contó sus deseos. Le pidió ayuda para cambiar. Por la mañana temprano vino el pajarillo; con su pico echaba a un lado la tierra que rodeaba la raíz del lirio para que éste pudiera quedar libre. Terminada la tarea, el pájaro se irguió vanidoso, guiñó un ojo al lirio, sacó pecho y, tomando al lirio, lo levantó en el aire y lo partió. El pájaro había jurado llevar al lirio allá donde florecían los otros lirios maravillosos; después lo ayudaría a quedarse plantado allí y, gracias al cambio de lugar y al nuevo entorno, sería el pájaro el primer testigo de la transformación. ¡Pobre lirio, se marchitó por el camino! Si el preocupado lirio se hubiera contentado con ser lirio donde nació, no habría llegado a preocuparse; y sin preocupaciones podría haber permanecido en su lugar, y hubiese sido precisamente ese lirio el mejor lirio que él pudiera llegar a ser.»
 Søren Aabye Kierkegaard, filósofo y teólogo
(Atribuido)

Diogenes y la Piedra


Diógenes era un filósofo griego que solía salir a la calle y observar la conducta de las personas para desde ahí reflexionar y compartir sus aprendizajes con sus seguidores y el resto de la ciudadanía que le quería escuchar.

Un día se sentó en el cruce entre dos senderos mientras observaba el comportamiento de los transeúntes que pasaban por delante de él. Y de golpe empezó a reírse...



Alejandro Magno visita a Diógenes, en Corinto por W. Matthews (1914).




¿De qué se ríe maestro?, le preguntó un discípulo. ¿Del hombre que acaba de tropezar? ¿No veo ningún aprendizaje en ello, maestro?

Diógenes, sin perder la sonrisa, contestó: Me río de la condición humana querido discípulo.

¿Ves esa piedra que hay en medio de la calle? Desde que he llegado aquí esta mañana, al menos treinta personas han tropezado con ella y todos la han maldecido, pero ninguno se ha tomado la molestia de retirarla para que no tropiecen otras personas.

Acto seguido el maestro se levantó del suelo y apartó la piedra del camino.

lunes, 11 de mayo de 2020

El Enano y el Gigante

Dicen los científicos que “somos enanos a hombros de gigantes”.
¿Habías escuchado alguna vez esta expresión? ¿Tienes alguna idea de lo que significa? Escucha este relato a ver si te queda un poco más claro.
“Cuentan que un gigante, que se disponía a atravesar un río profundo, se encontró en la orilla con un enano que no sabía nadar y no podría atravesar el río a causa de su mucha profundidad. El gigante lo cargó sobre sus hombros y se metió en el agua. Hacia la mitad de la travesía, el enano, que sobresalía casi medio metro por encima de la cabeza del gigante, alcanzó a ver, sigilosamente apostados tras la vegetación de la otra orilla, a los indios de una tribu que esperaban con sus arcos tensados a que se acercase el gigante.
El enano avisó al gigante. Este se detuvo, dio media vuelta y comenzó a deshacer la travesía. En aquel momento, una flecha disparada desde al otra orilla se hundió en el agua cerca del gigante, pero sin haber podido  llegar hasta él. Así ocurrió con otras sucesivas flechas, mientras ambos ‐gigante y enano‐ ganaban la orilla y salían del cauce sanos y salvos. El gigante dio las gracias al enano, pero el enano le replicó: “Si no me hubiese apoyado en ti, no habría podido ver más lejos que tú”. (González Faus)

martes, 5 de mayo de 2020

El sol y la nube


El sol viajaba por el cielo, alegre y glorioso sobre su carro de fuego, lanzando sus rayos en todas las direcciones, a pesar de la rabia de una nube de humor de temporal, que rezongaba.
Despilfarrador, mano rota, regala, regala tus rayos, verás cuántos te van a quedar. En los viñedos cada grano de uva que maduraba sobre los sarmientos robaba un rayo al minuto, o también dos; y no había una brizna de hierba, o araña, o flor, o gota de agua, que no se tomase su parte.
Deja, deja que todos te despojen: verás como te lo agradecerán cuando no tengas nada más para regalarles.
El sol continuaba alegremente su viaje, regalando rayos por millones, por miles de millones, sin contarlos. Solamente al ocaso contó los rayos que le quedaban: y fíjate, no le faltaba ni si quiera uno. La nube, de la sorpresa, se disolvió en granizo.El sol se zambulló alegremente tras el horizonte.

Gianni Rodari 


Historia de los dos panes

Se cuenta que un día un califa era tan perverso y cruel que publicó esta proclama:
— Si alguno de mis súbditos es sorprendido haciendo una limosna, ¡le será cortada una mano!
Asi que, desde aquel día, todos se abstenían de ayudarse mutuamente, nadie se atrevía a mostrarse caritativo.
Sucedió que un día un mendigo se presentó a una mujer que tenía un hijo, y que era muy pobre, pidiéndole una ayuda por caridad. Ella respondió:
— ¿Cómo quieres que te de algo, si el califa corta una mano a quien haga una limosna?.
El mendigo comentó.
—¡Yo te lo pido en nombre de Dios!
Al oír esto, la mujer no pudo negarse y le dio los dos panes. Pero el califa lo supo, ordenó que llevaran a la mujer a su presencia y le hizo cortar las dos manos.
Aquella mujer era muy guapa. El califa, después de haberla mutilado, se enamoró de tal manera que la quiso por esposa, suscitando mal humor y protestas de parte de las otras mujeres. Celosas del favor que gozaba esta nueva rival, la acusaban ante el rey.
Entonces el califa ordenó que madre e hijo fuesen llevados al desierto, dejándolos abandonados allí para que muriesen de hambre.
Mientras la pobre mujer vagaba por el desierto, llorando su propia suerte con el niño en brazos, pasó cerca de un pozo y se inclinó para beber, porque tenía mucha sed después de tanto caminar.
Pero, al inclinarse, se le resbaló el niño y cayó dentro del pozo. Ella se sentó entonces en el brocal, llorando desconsoladamente. En ese momento, pasaron cerca dos hombres y le preguntaron.
— ¿Por qué lloras?
— Tenía un niño en brazos y se me ha caído al pozo.
— ¿Estarías contenta si lo sacáramos afuera?
— ¡Sí!
Los dos rezaron a Dios y el niño salió del pozo sin ningún daño. Entonces le dijeron.
— ¿Estarías contenta si Dios te devolviera tus manos?
— ¡Sí!
Rogaron a Dios y las manos de la mujer tornaron a ella, más bellas que antes. Finalmente, le dijeron.
— ¿Sabes quienes somos nosotros? ¡Somos los dos panes que ofreciste en limosna al mendigo!, y que fueron la causa de que te cortaran las manos. ¡Alaba por tanto al Altísimo, que no deja sin recompensa ningún acto de caridad!
(De»Las mil y una noches»)

lunes, 4 de mayo de 2020

Gritar para quedar a Salvo

Una vez llegó un profeta a una ciudad con el fin de convertir a sus habitantes. Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba, pero poco a poco se fueron apartando, hasta que no hubo nadie que escuchara las palabras del profeta.
Cierto día, un viajero le dijo al profeta:

- ¿Por qué sigues predicando? ¿No ves que tu misión es imposible?
Y el profeta respondió:
- Al principio tenía la esperanza de poder cambiarlos. Pero si ahora sigo gritando es únicamente para que no me cambien ellos a mí.


Anthony de Mello "El canto del pájaro"

El Explorador

«El explorador había regresado junto a los suyos, que estaban ansiosos por saberlo todo acerca del Amazonas. Pero ¿cómo podía él expresar con palabras la sensación que había inundado su corazón cuando contempló aquellas flores de sobrecogedora belleza y escuchó los sonidos nocturnos de la selva? ¿cómo comunicar lo que sintió en su corazón cuando se dio cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía su canoa por las inciertas aguas del río?
Y les dijo: «id y descubridlo vosotros mismos. Nada puede sustituir al riesgo y a la experiencia personal». Pero, para orientarles, les hizo un mapa del Amazonas.
Ellos tomaron el mapa y lo colocaron en el Ayuntamiento. E hicieron copias de él para cada uno. Y todo el que tenía una copia se consideraba un experto en el Amazonas, pues ¿no conocía acaso cada vuelta y cada recodo del río, y cuán ancho y profundo era, y dónde había rápidos y dónde se hallaban las cascadas?
El explorador se lamentó toda su vida de haber hecho aquel mapa. Habría sido preferible no haberlo hecho.»
Extracto del libro «El canto del pájaro» de Anthony de Mello, s.j.

domingo, 3 de mayo de 2020

Parábola de los siete mimbres

Era una vez un padre que tenía siete hijos. Cuando estaba para morir, llamó a los siete y les dijo así: 

—Hijos, ya sé que no puedo durar mucho; pero antes de morir quiero que cada uno de vosotros me vaya a buscar un mimbre seco y me lo traiga aquí. 

—¿Yo también? -preguntó el menor, que sólo tenía cuatro años. 

El mayor tenía veinticinco, y era un muchacho muy fuerte, y el más valiente de la aldea. 

—Tú también -respondió el padre al menor. Salieron los siete hijos, y de allí a poco volvieron, trayendo cada uno su mimbre seco. 

El padre cogió el mimbre que trajo el hijo mayor, y se lo entregó al más pequeño, diciéndole: 

—Parte este mimbre. 

El pequeño partió el mimbre, y no le costó nada partirlo. 

Después el padre entregó otro mimbre al mismo hijo más pequeño, y le dijo: 

—Ahora, parte ése también. 

El niño lo partió, y partió, uno por uno, todos los demás, que el padre le fue entregando, y no le costó nada partirlos todos. Partido el último, el padre dijo otra vez a los hijos: 

—Ahora, id por otro mimbre y traédmelo. 

Los hijos volvieron a salir, y de allí a poco estaban junto al padre, cada uno con su mimbre 

—Ahora, dádmelos acá -dijo el padre. 

Y de los mimbres todos hizo un haz, atándolos con un junco. Y volviéndose hacia el hijo mayor, le dijo así: 

—¡Toma este haz! ¡Pártelo! 

El hijo empleó cuanta fuerza tenía; pero no fue capaz de partir el haz. 

—¿No puedes? -preguntó al hijo. 

—No, padre; no puedo. 

—¿Y alguno de vosotros es capaz de partirlo? Probad... 

Ninguno fue capaz de partirlo, ni dos juntos, ni tres, ni todos juntos. 

El padre les dijo entonces:

—Hijos míos, el menor de vosotros partió, sin costarle nada, todos los mimbres; mientras los partió uno por uno; y el mayor de vosotros no pudo partirlos todos juntos, ni vosotros, todos juntos, fuisteis capaces de partir el haz. Pues bien, acordaos de esto y de lo que voy a deciros: mientras todos vosotros estéis unidos, como hermanos que sois, nadie se burlará de vosotros, ni os hará mal ni os vencerá. Pero luego que os separéis o reine entre vosotros la desunión, fácilmente seréis vencidos. 

Acabó de decir esto y murió, y los hijos fueron muy felices, porque vivieron siempre en buena hermandad, ayudándose siempre unos a otros; y como no hubo fuerza que los desuniese, tampoco hubo nunca fuerza que los venciese

...Y vereis lo que sois...

Un pajarillo me dijo un día: He volado buscando las alas que me hacen volar y la fuerza que me mueve, y no la encuentro. Y yo le respondí: Hermano mío, también el hombre anda buscando su camino y la fuerza que lo hace andar y no se da cuenta que es "El Mismo". Y una palmera que nos escuchaba, dijo: Dejaros de filosofar y tomad mi ejemplo. Cada ser es lo que da. MIRAD LO QUE DAIS Y VEREIS LO QUE SOIS. Y después miré hacia arriba y ví que muchos pajarillos dormían en su seno.

PLAGA DE LANGOSTAS SOBRE LA CIUDAD

ZAKARIYA TAMER.

Se cuenta que, en tiempos muy remotos, hubo una ciudad con ríos y campos que le daban cuanto necesitaba, y que nunca supo de hambre ni de tristeza.

Pero la gente que vivía en las casa de esta ciudad disfrutaba hablando. Sólo trabajaban un poquito: el resto del tiempo lo perdían hablando.

Ocurrió un día la llegada a la ciuda de un hombre que habitaba en la cima de un monte y que informó de haber visto una nube de incontables langostas volando en dirección a la ciudad. Muchos habitantes de la ciudad se apresuraron a hacer largos discursos de agradecimiento para el hombre, por haberles avisado.

Y la ciudad comenzó los preparativos para hacer frente a la plaga: los poetas compusieron versos criticando a las langostas y amenazándolas con la destrucción. También se rastrearon en los libros antiguos, con las hoas bien amarillas, testimonios que afirmaran la posibilidad de vencer perfectamente a las nubes de langostas. También se diseñaron vestidos preciosos para uso de quienes quisieran combatir la plaga. También se escribieron con tiza en la paredes de las casas frases vejatorias para las langostas. También se organizó un congreso en el que participó casi toda la población de la ciudad y en el que se pronunciaron discursos verdaderamente larguísimos. Y salieron de su boca un torrente de frases que insultaban acaloradamente a la plaga:

"Las langostas son totas..."

"Las langostas son feas..."

Los ciudadanos callaron cuando un sencillo labrador, conocido por sus pocas palabras se adelantó y dijo: "Tenemos que encontrar un medio eficaz para acabar con las langostas. Obremos todos como un solo cuerpo, reunámonos alrededor de nuestros árboles y nuestros campos e impidamos que la plaga de langostas se acerque a ellos por cualquier medio".

Cuando el discurso llegó a su fin, aplaudieron mucho y maldijeron a las langostas, pero ya habían olvidado lo que acababan de oír.

La plaga de langostas llegó mientras la gente de la ciudad estaba dedicada a discutir: cada partido intentaba imponer el valor de su opinión por todos los medios. La langosta ocupó la ciudad y no tardó en comerse la yerba y las espigas de trigo y las hojas de los árboles.

viernes, 1 de mayo de 2020

El Pescador Satisfecho

El rico industrial del norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
“¿Por que no has salido a pescar?”, le preguntó el industrial.
“Porque ya he pescado bastante hoy”, respondió el pescador.
“¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?”, insistió el industrial.
“¿Y qué iba a hacer con ello?”, preguntó a su vez el pescador.
“Ganarías más dinero”, fue la respuesta.
“De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto tendrías para tener dos barcas… y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico como yo”.
“Y que haría entonces?”, preguntó de nuevo el pescador.
“Podrías sentarte y disfrutar de la vida”, respondió el industrial. 
“¿Y que crees que estoy haciendo en este precisamente en este momento?”, respondió el satisfecho pescador

viernes, 24 de abril de 2020

LA ORACIÓN DEL ZAPATERO.

Un zapatero remendón acudió al rabino Isaac y le dijo:
“No sé qué hacer con mi oración de la mañana. Mis clientes son personas pobres que no tienen más que un par de zapatos. Yo se los recojo a última hora del día, cuando regresan del trabajo, y me paso la noche trabajando; al amanecer, aún me queda trabajo por hacer si quiero que todos ellos los tengan listos para ir a trabajar. Y mi pregunta es: ¿Qué debe hacer con mi oración de la mañana?...
“¿Qué has venido haciendo hasta ahora?, preguntó el rabino.
“Unas veces hago la oración a todo correr y vuelvo enseguida a mi trabajo, pero eso me hace sentirme mal. Otras veces dejo que se me pase la hora de la oración, y también entonces tengo la sensación de haber faltado; y de vez en cuando, al levantar el martillo para golpear un zapato, casi puedo escuchar cómo mi corazón suspira: ¡Qué desgraciado soy, pues no soy capaz de hacer mi oración de la mañana…!”
Le respondió el rabino:
“Si yo fuera Dios, apreciaría más ese suspiro que la oración”. 


(TRADICIONAL JUDÍO)

Henry Weiss | Pinturas, Arte judío y Ilustraciones

domingo, 25 de marzo de 2018

¿Cómo habla Dios?

Hubo unas inundaciones. Alarma general. Todo el mundo salió de sus casas pues el agua iba empantanando la zona y amenazaba una mayor crecida de las aguas. Protección Civil y Cruz Roja envían lanchas de salvamento. A la puerta de un caserío se para una de las lanchas y un aldeano que allí se encuentra les dice:

-No, no, id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará.

Al cabo de un rato, el agua cubriéndole la cintura, llega otra lancha  les dice lo mismo:

-No, no, id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará

Tuvo suerte y para cuando el agua le llegaba al cuello, otra lancha llegó en su socorro:

-No, no, id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará

No llegó ninguna otra lancha y el aldeano murió ahogado. Su entrada en el Cielo la hizo entre protestas: 

-San Pedro, yo confiando en la Providencia y la Providencia, nada, dejó que me ahogara.

La respuesta fue inmediata:

-¡Como que nada...!, ¡¡¡Tres lanchas te he enviado!!!.


lunes, 11 de diciembre de 2017

LA Peste

La Peste se dirigia a Damasco y pasó velozmente junto a la tienda del jefe de una caravana en el desierto.

¿Adonde vas con tanta prisa?-le preguntó el jefe-
A Damasco: pienso cobrarme un millar de vidas-dijo la Peste.

De regreso de Damasco, la Peste pasó de nuevo junto a la caravana. Entonces le dijo el jefe: ¡Ya se que te has cobrado 50.000 vidas, no el millar que habías dicho!.
No -le respondió la Peste- Yo sólo me he cobrado mil vidas, el resto se las ha llevado el Miedo.

Anthony de Mello


viernes, 4 de agosto de 2017

Las estrellas de mar

Una mañana de invierno, un hombre que salía a pasear cada día por la playa se sorprendió al ver miles de estrellas de mar sobre la arena, prácticamente estaba cubierta toda la orilla.
Se entristeció al observar el gran desastre, pues sabía que esas estrellas apenas podían vivir unos minutos fuera del agua. Resignado, comenzó a caminar con cuidado de no pisarlas, pensando en lo fugaz que es la vida, en lo rápido que puede acabar todo.
A los pocos minutos, distinguió a lo lejos una pequeña figura que se movía velozmente entre la arena y el agua. En un principio pensó que podía tratarse de algún pequeño animal, pero al aproximarse descubrió que, en realidad, era una niña que no paraba de correr de un lado para otro: de la orilla a la arena, de la arena a la orilla.
El hombre decidió acercarse un poco más para investigar qué ocurría:
-Hola -saludó.
-Hola -le respondió la niña.
-¿Qué haces corriendo de aquí para allá? -le preguntó con curiosidad.
La niña se detuvo durante unos instantes, cogió aire y le miró a los ojos.
-¿No lo ves? -contestó sorprendida- Estoy devolviendo las estrellas al mar para que no se mueran.
El hombre asintió con lástima.
-Sí, ya lo veo, pero no te das cuenta de que hay miles de estrellas en la arena, por muy rápido que vayas jamás podrás salvarlas a todas… tu esfuerzo no tiene sentido.
La niña se agachó, cogió una estrella que estaba a sus pies y la lanzó con fuerza al mar.
-Para esta sí que ha tenido sentido.
Eloy Moreno. Adaptación cuento sufí.


miércoles, 19 de octubre de 2016

HISTÒRIA: EL TALISMÁN

En premio a sus servicios al maestro, el joven recibió un talismán con el que podría lograr todo lo que desease. Solo tenía que tener cuidado en cumplir todas las condiciones que imponía su uso:
1º. Podría usarse solo para algo importante.
2º Algo que no hiciera daño a nadie sino bien a todos
3º Algo que él no pudiera obtener con sus propias fuerza.
Con esas condiciones quedaba garantizada la fuerza del talismán y el efecto inmediato.

         El joven lo guardó celosamente y esperó la ocasión de usarlo. Pensó en dinero, pero eso lo podía conseguir poco a poco. Pensó en el amor de una joven, pero comprendió que era mucho más noble ganarle el corazón con su propia bondad y cariño. Pensó en viajar por todo el mundo, pero supo que eso entraba dentro de sus propias fuerzas si realmente lo deseaba.


         Al fin cayó, descubrió el verdadero mensaje del talismán. Hacerle caer en la cuenta de lo que verdaderamente deseaba y hacerle extremar sus esfuerzos pues, bien pensado, siempre estaba a su alcance lo que realmente deseaba y era mucho más satisfactorio lograrlo con sus propias fuerzas.