San Cirilo y San Metodio fueron dos hermanos nacidos en Tesalónica en el siglo IX, apasionados por anunciar el Evangelio con inteligencia y respeto hacia los pueblos. Su espiritualidad se caracteriza por la unión entre fe y cultura. Comprendieron que evangelizar no era imponer una lengua o una forma extranjera, sino encarnar la fe en la historia concreta de cada pueblo.
Enviados a la misión entre los pueblos eslavos, aprendieron su lengua y crearon un alfabeto que permitiera traducir la Escritura y la liturgia. Con ello mostraron que la Palabra de Dios puede habitar en todas las culturas sin destruirlas. Su labor fue también un puente entre Oriente y Occidente, signo de comunión en medio de tensiones e incomprensiones.
Sufrieron críticas y dificultades, pero permanecieron fieles a la convicción de que el Evangelio debía ser anunciado con cercanía y respeto. Su legado espiritual es una llamada a la unidad, al diálogo y a la inculturación de la fe. Son modelo de una Iglesia misionera que escucha antes de hablar y que siembra comunión donde hay fronteras.