viernes, 6 de marzo de 2026

MIRAR COMO DIOS MIRA.

Una niña tenía dos manzanas en su mano. Su madre se le acercó y le preguntó a su hija si le podía dar una manzana. Rápidamente la niña mordió una y luego la otra. 


La madre sintió cómo se le congeló la sonrisa y trató de no mostrar su decepción.


 Pasado ese instante, la niña le dio una de esas manzanas a la vez que le decía: “Toma, mamá, esta es la más dulce de las dos”. 

 

Muchas veces lo que percibimos no es la realidad, sino lo que interpretamos de la realidad, lo que “vemos” con nuestros pensamientos. 


No juzgar, no criticar, no etiquetar, porque estas acciones solo me llevan al sufrimiento, a la separación. 

 

Hay dos formas diferentes de observar: La observación con juicio y la observación sin él. 


En el primer tipo no solo observamos, sino que hacemos nuestras propias sentencias, sacamos conclusiones precipitadas, cerrando la mayoría de las veces puertas, marcando distancias y limitándonos en la manera de percibir la realidad. 


Se puede observar y disentir, pero no es necesario juzgar. Porque nunca sabemos toda la historia de lo que vemos.


 Para ello es necesario ser humildes y sabios a la vez. 

 

El segundo tipo de observación, sin juicio, nos proporciona bienestar y placer, porque pone el énfasis en lo que une, en el aprendizaje, en lo que aporta, se produce una perfecta armonía y conexión con la otra persona o elemento observado. 

 

La aceptación está vinculada al no juicio, a la comprensión de lo que ES,   relativiza las diferencias, reconoce la identidad compartida y la singularidad del otro, y es la base firme de la confianza. 


Pablo García-Valdecasas...No estamos aquí para sobrevivir.

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