martes, 8 de octubre de 2019

Documentar la muerte de un amor

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Ophelia, de Sir John Everett Millais, 1851-2. Imagen: Tate CC-BY-NC-ND (3.0 Unported). Clic en la imagen para ampliar.
La escritora norteamericana Joan Didion empezaba su libro El año del pensamiento mágico con una advertencia: «La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». En la sucesión de líneas posteriores relata lo que supuso para ella enfrentarse a la muerte por infarto del que había sido su marido durante treinta y nueve años, el también escritor John Gregory Dunne. Por este libro autobiográfico ganó el Premio Nacional del Libro en el 2005 y fue finalista del Premio Pulitzer en el 2006. Se premiaba no solo lo literario, sino la valentía de mostrar públicamente su vulnerabilidad y tratar un tema sorprendentemente aún tabú, la muerte, especialmente en la sociedad norteamericana, en la que exhibir las emociones se concibe como una indiscreción y una debilidad. Poco después, pero una vez que el libro ya estuvo terminado, moriría también de pancreatitis la hija adoptada de ambos, Quintana, la única que tenían. Sobre esa puñalada final, Didion escribió en Noches Azules. «El tiempo pasa /¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído?», con ese halo de perplejidad de quien no termina de discernir realidad de sueño. El arte es, con frecuencia, catalizador de ese despertar de conciencia.
Sharon Olds también escribió sobre el proceso de pérdida de alguien intrínseco a uno mismo. Lo hizo en un libro de poesía magistral, conmovedor, El padre (1992), que llegaría a España de la mano de la editorial Bartleby doce años después de que se hubiera publicado en Estados Unidos. Aún recuerdo la portada azul, el título en amarillo. Sus versos eran un viaje desgarrador y lento desde la vida hacia la muerte, desde la existencia hacia la nada, desde el amor hasta la pérdida. El viaje común, el mal común. La común impotencia. Olds era capaz de expresar de la forma más simple (consiguiendo la dimensión de lo «aparentemente fácil»), la complejidad de la existencia humana y de la forma de relacionarnos. En uno de los poemas, «Carrera», retrata de forma muy sutil la brutal angustia de la distancia espacio-temporal, el sufrimiento de no llegar a tiempo al lecho de muerte de un ser amado. Lo hace sin drama, con suavidad, domando las emociones. «Despegamos de un lado del continente / y no paramos hasta posarnos / sobre la otra orilla. Entré a su habitación /y vi su pecho ascender despacio /y bajar de nuevo. Toda la noche/ estuve mirándolo respirar». En «El padre», la poeta exhibe (con dolorosa opulencia) la gama de emociones, detalles y recuerdos que la acompañaron durante la estancia en el hospital acompañando a su padre, enfermo de cáncer, en sus últimos días. 
«He aprendido a encontrar placer al hablar del dolor» dice uno de los versos que aparecen en el libro, que nos conecta con otros muchos pensamientos. Hay un alivio al liberarse del daño; al explicarlo y visibilizarlo el peso del sufrimiento se comparte. Es el dolor de todos. Sostenido por todos. Como seres mortales, a nadie le es ajeno. Y en esa manifestación pública del dolor más íntimo aparece la belleza de saber que no estamos solos, que nadie está exento de ese sentimiento, que seguimos siendo unidad pese a la pérdida. También, cuando uno habla del daño, lo deja ir, como a un pájaro. Aunque revolotee y vuelva, lo que importa es el gesto, la decisión de no guardar ni reprimir lo que nos corroe.
El libro de Olds es un manual paso a paso para entender y asimilar nuestro proceso vital. Una narración del delicado arco temporal de una hija antes y después de sobrevivir a su padre.  También C. S. Lewis se enfrentaría a la realidad más descarnada en Una pena en observación, un libro de luto tras la muerte de su esposa por cáncer de huesos. Y la escritora chilena, Isabel Allende al publicar en forma libro la carta que escribía a su hija, Paula, desde que entra en estado de coma, donde permaneció un año entero, hasta que murió: «Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios». En 1975 pudo leerse Mortal y rosa, de Francisco Umbral, que empezó como una oda a la vida de su hijo que se vio interrumpida por la muerte del pequeño debido a una leucemia. La misma enfermedad que se llevó al hijo de Sergio del Molino, que también se asomó a ese abismo insondable que es la muerte en La hora violeta, publicada en el 2013. En una entrevista posterior, del Molino explicaba que después de la muerte de un hijo «aunque la gente no lo note, aunque no camines penando o con la cabeza baja eres otra persona y lo eres para siempre, incluso cambia la percepción de los sentidos». Estas obras no funcionan simplemente como desahogo personal, sino precisamente lo contrario; conocimiento compartido, avisos. Si no pueden ser tildadas de altruistas al menos sí de generosas. Es de agradecer que alguien encuentre las palabras que pocos tienen en momentos de tanto vacío.
La literatura puede detallar un sentimiento de forma gradual, expandirlo, permitiendo que el lector lo vaya interiorizando a su ritmo, racionándoselo en función de las pausas que su estado emocional le exija. El arte visual es, sin embargo, más salvaje. Nos obliga a procesar pensamientos y emociones en un solo instante.
Annie Leibovitz, considerada la fotógrafa más influyente de nuestro tiempo (definitivamente la fotógrafa mejor pagada del mundo) y nombrada «leyenda viviente» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, es también conocida por ser la fotógrafa de los famosos. Fue ella quién fotografió a John Lennon por última vez, pero también a la reina Isabel II y a Miley Cyrus. Por eso su trabajo documental fotografiando los últimos momentos de la que fue su pareja durante dieciséis años, Susan Sontag, fue recibido con suspicacia. ¿Añadía a su porfolio el morbo de retratar el sufrimiento de una de las intelectuales y escritoras más aclamadas de los últimos tiempos en sus últimos años de enfermedad, del modo más ofensivamente oportunista? Para muchos era una pura mercantilización de la vida íntima; según Leibovitz, publicó las fotos después de mucha deliberación, tras contar con el beneplácito de la hermana de Sontag y de su propio agente: «La muerte es parte de la vida», señaló en una ocasión la fotógrafa, que también documentó el nacimiento de sus hijos y la muerte de su padre. Sin embargo, el hijo de Susan Sontag, David Rieff, nunca se lo perdonó y públicamente se ha referido a esas fotos como un «carnaval de imágenes de la muerte». Sontag sufrió de un cáncer de pecho en 1974. Lo superaría, pero paradójicamente murió en el 2004 de una leucemia que contrajo por la radioterapia que recibió durante los años setenta. Nunca quiso admitir que se estaba muriendo; según su hijo, tenía un miedo atroz a la muerte. 
Las fotografías que le hizo Leibovitz, en blanco y negro, desentrañan la narrativa del cáncer en toda su crudeza, pero hay belleza en ese realismo sin ocultación, en ese revelar la vida sin escondite, sin salvación para nadie. Las imágenes, en lugar de ser una invitación voyeurística, tienen la fuerza y la responsabilidad del memento mori. Muestran a Sontag hospitalizada, muriéndose y muerta. En España pudieron verse en el 2009, en la retrospectiva Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa 1990-2005 que se realizó en la sala Alcalá 31. En su ensayo Sobre la fotografía, la propia Sontag diría: «La mayor vocación de la fotografía es explicar el hombre al hombre». En este sentido, Leibovitz no ha hecho en su carrera profesional algo más solemne. 
Otro fotógrafo que documentó la gradual muerte de su primera mujer, fue el norteamericano Eugene Richard. Dorothea Lynch contrajo cáncer de pecho a los treinta y cuatro años, después de quince años de relación amorosa con el fotógrafo. Ocurrió en 1978. Al no encontrar ninguna foto de una mastectomía a disposición de aquellos que no fueran personal médico, decidieron empezar un proyecto juntos que documentara el proceso oncológico. Crearon un libro colaborativo de belleza sublime, «Exploding Into Life» (Explotando en la vida) en el que se publican los diarios de ella y las fotografías de él. Una de las imágenes más potentes es precisamente «Mastectomía», en la que Dorothea aparece sonriendo, mostrando su pecho cicatrizado después de la operación. Él le había preguntado «¿Te sientes menos femenina después de la cirugía?» y ella se había echado a reír. «Ojalá pudiera explicarle que no es solamente la pérdida de mi pecho lo que me preocupa. Es lo que simboliza esta pérdida, la premonición del día en que todas las células de mi cuerpo se extingan como estrellas frías», escribía ella en el diario que se publicó. Cuando uno termina el libro y se enfrenta a la incertidumbre de la propia vida, los sentimientos son encontrados, algo se encoge y a la vez, algo se expande.
El sufrimiento y la muerte asustan, pero la intimidad y la vulnerabilidad compartida artísticamente es un regalo que tiene además una función catártica. Sería una gran avance prescindir de los juicios banales que apelan solo al morbo y al exhibicionismo, simplificando uno de los actos más valientes y generosos que puede hacer un artista: exponer su realidad, su verdad, su esencia y su dolor, en forma de ese espejo en el que cualquiera puede mirarse. Se añade además la función social esencial de visibilizar la muerte, normalizarla, recordarnos la única certeza que tenemos: todos, sin excepción, vamos a morir.

La curiosa momia de la mala suerte

La colección de antigüedades egipcias del Museo Británico de Londres acoge a una inquilina muy especial, una cubierta antropomorfa pintada, de madera y yeso, que una vez cubrió a la momia de una mujer, posiblemente una sacerdotisa de Amón Re. El objeto fue bautizado hace años como la "momia de la mala suerte" (the unlucky mummy), aunque en realidad tal momia no existe, sino que se trata tan sólo de una tapa de ataúd.
La "momia de la mala suerte" se exhibe en una vitrina de la sala 62 del museo y lleva el número de identificación 22542, mide 1,62 metros, está pintada de vivos colores y cubierta de inscricpiones jeroglíficas. La representación femenina lleva peluca, un gran collar y, lo más curioso, las manos colocadas de un modo extraño, surgiendo horizontalmente de su pecho y con las palmas hacia afuera. La pieza es de una gran belleza y se data a finales de la dinastía XXI (950-900 a.C.).

Una pieza maldita

Pero ¿por qué se le puso tan nefasto nombre? Parece ser que a esta sacerdotisa, que tiene la mala costumbre de rondar por el museo por las noches, se le atribuyen las mil y una desgracias acaecidas a sus sucesivos propietarios y a quienes intentaron contar la historia de sus maldades, entre ellos algún intrépido reportero. Personajes de la talla de Yeats, Conan Doyle o Henry Rider Haggard hicieron referencia a la "momia de la mala suerte", e incluso un periódico tan respetado como The Times publicó en 1921 un artículo que hablaba de los peligros que corrían quienes se cruzaban en su camino.
La historia de esta cubierta de momia daría para escribir una apasionante novela de aventuras. Al parecer, el objeto fue adquirido a unos ladrones de tumbas por un tal Thomas Douglas Murray, miembro de un grupo de viajeros ingleses que se encontraba en Tebas entre 1860 y 1870. El viaje de regreso a Londres con el objeto fue de todo menos tranquilo. Tanto Murray como sus compañeros sufrieron diversos desastres: uno se adentró en el desierto y nunca volvió a aparecer, otro perdió un brazo a causa del disparo accidental de un sirviente. Incluso la maldición les persiguió una vez en Inglaterra: otro miembro del grupo se arruinó y otro más contrajo una grave enfermedad que lo dejó postrado.Al final, el objeto acabó en manos de la señora Warwick Hunt, hermana de uno de los damnificados por la actuación maléfica de la sacerdotisa. Pero los habitantes de su casa empezaron a sufrir también una serie de desdichas, por lo que decidió donar el objeto al Museo Británico en 1889. En el museo siguió causando desastres, algunos poco importantes como las caídas de turistas, pero otros tan terribles como las muertes de un fotógrafo que intentó tomar una imagen del objeto o la del periodista Bertram Fletcher Robinson, que falleció en 1907 a causa de unas fiebres que algunos dijeron que estuvieron causadas por la momia, ya que el reportero se había atrevido a divulgar sus supuestos maleficios.
Acusada de hundir el Titanic
Pero la historia más fascinante que rodea a esta pieza es la que afirma que fue la causante del hundimiento del Titanic, el impresionante transatlántico, joya de la naviera White Star, que se hundió en el Atlántico norte el 12 de abril de 1912. ¿Cómo surgió semejante historia? Al parecer, la leyenda sobre una momia maldita que iba en el barco fue lanzada por el periodista y espiritista William T. Stead, que viajaba a bordo del Titanic (y no sobrevivió). Reunido con otros viajeros en el salón de fumadores contó un relato de miedo protagonizado por las hazañas de la momia maldita, y añadió que viajaba a bordo del navío, enviada por su nuevo propietario, un multimillonario estadounidense, a su país. Pero aún hay más, ya tras el hundimiento surgió otra increíble historia sobre las peripecias de la "momia de la mala suerte". Según ésta, el objeto flotó y fue recogido por una empresa de salvametno que lo llevó a EE. UU. e intentó devolverlo a su propietario, que estaba en Londres. Pero el barco que transportaba a la "momia de la mala suerte" de nuevo a Inglaterra, el Empress of Ireland, también se hundió, y el sarcófago fue de nuevo recuperado de las aguas. Pero no acabarían aquí las tragedias. La momia fue entregada al káiser Guilermo, en Alemania, y poco despues dio inicio la primera guerra mundial.

Fue bautizada como la "momia de la mala suerte" pero en realidad tal momia no existe, se trata tan sólo de una tapa de ataúd.

¿Te apetece poco morirte?




Ahora se habla mucho de la inmortalidad. Sobre todo, los ricos. Se sienten tan a gusto en esta vida que no tienen el menor interés en pasar a la siguiente.
Pero parece ser que de momento tal objetivo seguirá siendo una quimera. Lo que sí resulta más fácil es la posibilidad de prolongar la esperanza de vida.
Si el tema te interesa porque tienes miedo a la oscuridad o porque no puedes soportar la idea de no enterarte de qué pasa en el mundo (en su autobiografía, Buñuel solo pedía que después de muerto le dejaran salir de su tumba para comprar el periódico), tal vez deberías seguir alguno de estos consejos:
  1. Vive junto al mar.
Los lugares donde la gente es más longeva son Cerdeña, Okinawa, Loma Linda, Nicoya e Icaria (conocidas por los expertos como «las zonas azules»). Casi todas son islas o, por lo menos, franjas costeras. Eso sí, ten cuidado con la subida del nivel del mar si piensas durar mucho.
  1. Cuidado con la carne.
Comer carne no ayuda a vivir más. En cambio, la otra, la del sexto mandamiento, sí. Al parecer, tener dos o tres orgasmos a la semana no solo prolonga la vida, sino que, obviamente, la hace más entretenida.
  1. Procura ser mujer.
De las 50 personas más longevas de la historia, 49 son mujeres y solo una es un hombre. No hace falta hacer muchos números para descubrir que lo del sexo débil es una falacia.
  1. Practica la verborrea.
Hablar mucho prolonga la vida (pero no escribir; por eso estos artículos son tan cortos). Nos lo cuenta el psiquiatra Luis Rojas Marcos en su libro Somos lo que hablamos. Y aquí, de nuevo, existe una discriminación de género: las mujeres pronuncian de media unas 15.000 palabras más al día, y esa es otra de las razones por las que duran más tiempo.
  1. Vende el sofá.
Estar de pie te ayudará a vivir más años. Eso hará que la longitud de los telómeros mejore y, de paso, la calidad de los cromosomas de las células rojas relacionadas con la longevidad.
  1. Be water my friend.
La capacidad de adaptación y de superar los golpes de la vida también ayudan a prolongarla. Es decir, la resiliencia, tan de moda en estos tiempos, resulta que funciona.
  1. Haz menos cosas.
Pero dedícales más tiempo. Eso te permitirá observar la realidad de una forma más profunda y serena, disminuyendo el nivel de estrés. Ya lo dicen en Marruecos: «Prisa mata, amigo».
  1. Amigos, hasta en el infierno.
Sobre todo, si quieres llegar allí más tarde. Tener amigos, socializar, también retrasa la entrada en el cementerio. No te quedes en casa, sal, conoce gente y pídeles el número del móvil para quedar otro día.
La lista podría continuar eternamente porque son muchas y muy variopintas las cosas que ayudan a prolongar la vida: ser bajito, cuidar los dientes, ser positivo, comer verduras y frutos secos, adoptar una mascota, tener autoestima, dormir lo necesario, adelgazar, reírse, correr, ser solidario, dejar de fumar, buscar objetivos realizables, enamorarse, retrasar la jubilación, sentirte útil, tomar café, tener hijos, hidratarse, evitar los hospitales…
Pero, en realidad, casi todas se resumen en una sola: disfrutar cada día. Eso es lo que de verdad te hará vivir más, aunque, de hecho, vivas menos.

domingo, 6 de octubre de 2019

Duddubha Jataka El Sonido que escuchó la Liebre Jataka No. 322

    Una mañana, mientras algunos bhikshus hacían sus rondas de limosnas en Savatthi, pasaron a algunos ascetas de diferentes sectas que practicaban austeridades. Algunos de ellos estaban desnudos y yaciendo sobre púas. Otros se sentaban bajo el Sol abrazador alrededor de un ardiente fuego. Más tarde, mientras los monjes estaban discutiendo acerca del ascetismo, preguntaron a Buddha: “Señor. Hay alguna virtud en esas duras prácticas ascéticas?”.
    Buddha contestó: “No, monjes. No hay ninguna virtud o mérito especial en ellas. Cuando ellos son examinados y probados, son como un camino sobre un estercolero o como el sonido que escuchó la liebre”.
    Los monjes dijeron confundidos: “Señor. Nosotros no conocemos acerca de ese sonido. Por favor, díganos cómo era”. A causa de su requerimiento, Buddha les contó esta historia del pasado distante.
    Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta reinaba en Baranasi, el Bodhisattva nació como un león en un bosque cercano al Océano Occidental. En una parte de ese bosque había un bosquecillo de palmas mezclado con arboles belli (un tipo de membrillo bengalí). En ese bosquecillo vivía una liebre, bajo un joven árbol de palma, al pie de un árbol belli. Un día, la liebre se tumbó bajo el joven árbol de palma y ociosamente pensó: “Si esta tierra fuera destruida, ¿qué sería de mí?”. En ese mismo momento una fruta madura de árbol belli comenzó a caerse y pegó en una hoja de palma haciendo un "ruido" fuerte. Sobresaltada por ese sonido, la liebre brincó sobre sus pies y gritó: “La tierra está derrumbándose!”. Luego huyó inmediatamente, sin mirar hacia atrás. Otra liebre, viéndola pasar correr como si corriera por su vida, le preguntó: “¿Qué sucede?” y también empezó a correr. “¡No preguntes!” –dijo jadeado la primera. Esto asustó más aún a la segunda liebre y continuó corriendo a toda velocidad. “¿Qué está mal?” –gritó nuevamente. Haciendo una pausa por un momento, la primera liebre gritó: “La tierra está separándose!”. A esto, las dos escaparon juntas. Su miedo era contagioso y otras liebres se les unieron hasta que todas las liebres de ese bosque estaban huyendo juntas. Cuando otros animales vieron la conmoción y preguntaron lo que estaba pasando, jadeando les dijeron: “¡La tierra está separándose!”. Y ellos también empezaron a correr por sus vidas. De esta manera, pronto se les unieron a las liebres, manadas de ciervos, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes; una familia de tigres y algunos elefantes. Cuando el león vio esa precipitada estampida de animales y oyó la causa de su huída, pensó: “Ciertamente la tierra no está acabándose. Debe de haber habido algún sonido que interpretaron mal. Si yo no actúo rápidamente, se matarán. ¡Debo salvarlos!”. Entonces, tan rápido como sólo él podia correr, se puso delante de ellos y rugió tres veces. Al sonido de su poderosa voz, todos los animales se detuvieron en su camino. Jadeando  se agruparon unidos por el miedo. El león se acercó y preguntó por qué estaban corriendo. “La tierra está derrumbándose” –todos ellos contestaron. “¿Quién la vio derrumbarse?” –preguntó. “Los elefantes saben todo sobre eso” –contestaron algunos animales. Cuando preguntó a los elefantes, ellos dijeron: “Nosotros no lo sabemos. Los tigres lo saben”. Los tigres dijeron: “Los rinocerontes saben”. Los rinocerontes dijeron: “Los bueyes salvajes saben”. Los bueyes salvajes dijeron: “Los bufalos saben”. Los bufalos dijeron: “El alce sabe”. El alce dijo: “Los jabalíes saben”. Los jabalíes dijeron: “Los ciervos saben”. Los ciervos dijeron: “Nosotros no sabemos. Las liebres lo saben”. Cuando preguntó a las liebres, ellas apuntaron a una liebre en particular y dijeron: “Ésta nos lo dijo”. 
    El león le preguntó: “Es verdad que la tierra está quebrándose?”.
    –Sí, señor. Yo lo vi -dijo la liebre.
    –¿Dónde estaba usted cuándo lo vio?
    –En el bosque; en un bosquecillo de palmas mezcladas con árboles belli. Estaba descansando  allí bajo una palma, al pie de un árbol belli, pensando: ‘Si esta tierra fuera destruida, qué sería de mí?'. En ese mismo momento yo oí el sonido de la tierra que se separa y huí.
    De esta explicación, el león comprendió exactamente lo que realmente había sucedido, pero  quiso verificar sus conclusiones y demostrar la verdad a los otros animales. Suavemente calmó a los animales y dijo: “Llevaré a la liebre e iré a averiguar si la tierra está acabándose o no, donde ella dice. Hasta que nosotros volvamos, quédense aquí”.
    Puso a la liebre sobre su lomo leonado y corrió a gran velocidad a ese bosquecillo. Entonces  soltó a la liebre y le dijo: “Vamos, muéstrame el lugar que me has dicho”.
    "Yo no me atrevo; mi señor” –dijo la liebre. “No tengas miedo” –dijo el león. La liebre se estremeció de miedo y no se arriesgó a acercarse al árbol belli. Sólo podía señalar y decir: “Señor. Allí es el lugar del terrible sonido”. El león fue al lugar que indicó la liebre. Él distinguió el césped donde la liebre había estado yaciendo y vio la fruta belli madura que había caído en la hoja de la palma. Habiendo determinado cuidadosamente que la tierra no estaba separándose, puso a la liebre de nuevo en su lomo y volvió adonde lo esperaban los animales. Entonces les contó lo que había encontrado y dijo: “No tengan miedo”.
    Tranquilizados, todos los animales volvieron a sus lugares usuales y reasumieron sus rutinas. Esos animales se habían puesto en gran peligro porque escucharon los rumores y los miedos infundados en lugar de intentar averiguar por sí mismos la verdad . Realmente, si no hubiera sido por el león, esas bestias se habrían precipitado en el mar y habrían perecido. Sólo escaparon de la muerte gracias a la sabiduría y compasión del Bodhisattva. En la conclusión de la historia, el Buddha identificó el nacimiento: “En ese momento, yo era el león”.



martes, 1 de octubre de 2019

el dolmen de Guadalperal, el "Stonehenge" español

En 1925, el alemán Hugo Obermaier, capellán de la casa de Alba y gran aficionado a la arqueología, estaba pasando unos días en la finca de Guadalperal, en el término municipal de El Gordo, cerca de la localidad cacereña de Peraleda de la Mata, cuando vio un grupo de piedras medio enterradas que llamó su atención. Excavó en el lugar durante años hasta que logró exhumar todo el monumento: un dolmen o conjunto megalítico de entre cuatro y cinco mil años de antigüedad. Las piedras se mantuvieron in situ, pero los objetos que halló durante sus excavaciones fueron trasladados a Berlín.

Un monumento milenario

Así, durante cuarenta años, el dolmen de Guadalperal estuvo a la vista de todos, hasta que en 1963 se construyó el embalse de Valdecañas y las aguas del Tajo empezaron a inundarlo. Ahora, una excepcional sequía y el trasvase de agua a Portugal ha dejado de nuevo a la vista el milenario monumento. En todos estos años, el dolmen había sido vislumbrado en alguna ocasión cuando el nivel del agua descendía, pero nunca había quedado totalmente a la vista, como acaba de ocurrir. Así, ahora se plantea el problema de qué hacer con el dolmen –que algunos medios ya han bautizado como el Stonehenge español–, si documentarlo y dejarlo donde está o trasladar sus piedras a un lugar cercano, pero no inundable.
Del dolmen quedan en la actualidad un centenar de piedras de granito, muchas de pie y algunas caídas. Se puede apreciar aún la forma ovalada de la cámara principal y los restos del corredor de veinte metros que unió la ribera del Tajo con el monumento hace milenios. Un gran menhir esconde un misterio tallado en una de sus caras: lo que parece una serpiente, pero que algunos investigadores, como Ángel Castaño, presidente de la Asociación Cultural Raíces de Peraleda, piensan que podría tratarse de una representación de quince kilómetros del curso del río Tajo, entre dos de sus afluentes, el Gualija y el Ibor. Los estudiosos están convencidos de que este lugar fue un importante centro religioso y económico de la región, al ser uno de los pocos sitios de cruce del Tajo de norte a sur.

¿Seguirá bajo las aguas?

Raíces de Peraleda ha reclamado a las autoridades una actuación urgente para salvar el dolmen, pero al parecer, el Ministerio de Cultura y la Junta de Extremadura han descartado de momento moverlo, pues los expertos consideran que su traslado supondría una pérdida irreversible. Lo que sí se prevé son algunas actuaciones de emergencia para documentar el yacimiento y proceder a su protección, estabilización y consolidación. En estas actuaciones sobre el monumento participan los mayores especialistas en arqueología megalítica de nuestro país que consideran que el dolmen de Guadalperal es "uno de los mejores ejemplares de entre los más tempranos. Eso explica por qué algunos expertos no dudan en afirmar que podría ser el dolmen más importante de España", como ha afirmado Primitiva Bueno, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de Henares.
De todos modos, lo que ahora temen los expertos, y también los vecinos de Peraleda, es el alud de visitas al monumento que ya se está produciendo, puesto que no hay vigilancia in situ y no se puede controlar el flujo de visitantes. Desde Raíces de Peraleda piden que no se acuda al dolmen para preservar su integridad, ya que están convencidos de que la actuación humana puede suponer para el milenario dolmen un peligro mucho mayor que las aguas del embalse.

El dolmen a la vista

El dolmen a la vista