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martes, 1 de marzo de 2022

La influencia islámica en el arte de los reinos cristianos

 La prolongada presencia de los musulmanes en la península ibérica ejerció un enorme impacto en las artes y la cultura de los reinos cristianos. Tanto fue así que no solo transformó su arquitectura y otras creaciones materiales, sino también la forma en la que las élites políticas se mostraban públicamente en diferentes actos ceremoniales.

Parte del origen de este fenómeno puede rastrearse con claridad desde, al menos, el siglo X, momento en el que diversos tejidos y objetos de marfil y orfebrería, entre otros, llegaron a manos de la monarquía y la nobleza cristianas y también engrosaron los tesoros de los principales centros religiosos. Algunos de ellos lo hicieron como botín de guerra al adentrarse en territorio andalusí, lo que implicaba una idea de triunfo sobre el adversario, pero fue más frecuente su adquisición mediante compra o como fruto de los intercambios diplomáticos y pagos de tributos. 

En definitiva, el carácter suntuario, lujoso y exclusivo de las creaciones artísticas andalusíes las convirtieron en preciado objeto de deseo incluso tiempo de después de la toma de Granada en 1492 y de que se decretase la conversión forzosa de los musulmanes.

La arquitectura mudéjar

Aunque la influencia de al-Ándalus fue en buena medida paulatina y respondió a lo largo de los siglos a diferentes intereses y motivaciones, el considerado como hito que definitivamente abrió las puertas a descubrir e impregnarse de la realidad monumental andalusí fue la conquista de Toledo en el año 1085. 

El rey Alfonso VI, que la tomó mediante pacto y concedió a la población musulmana (mudéjares) la posibilidad de permanecer en ella manteniendo su religión y propiedades, iniciaría una práctica novedosa al reservarse el alcázar del destituido rey taifa y utilizarlo como centro representativo de su poder en la ciudad.

Posteriormente, en un contexto de firme avance cristiano hacía el sur peninsular y el consecuente repliegue musulmán en el creado reino nazarí de Granada, la monarquía cristiana no solo continuó ocupando algunos de los palacios islámicos de los territorios recién conquistados, sino que los utilizó como modelo para sus propias construcciones. Buena muestra de ello son las tempranas actuaciones llevadas a cabo bajo el reinado de Alfonso VIII en el Monasterio de santa María la Real de las Huelgas de Burgos (1187) y las promovidas más adelante por Alfonso XI en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba (ca. 1327). 

















Yesería mudéjar con pavos reales en el Monasterio de las Huelgas (Burgos). Fundación Joaquín Díaz / Wikimedia CommonsCC BY-SA

Estas y otras construcciones forjarían la base de una arquitectura palatina en la que se hacía palpable la recepción de modelos constructivos y decorativos andalusíes y que desde el siglo XIX fue clasificada dentro del recién llamado estilo mudéjar. Una denominación principalmente impulsada por José Amador de los Ríos en 1859, que ha despertado numerosos debates historiográficos y que actualmente es aceptada para definir ya no un arte realizado por mudéjares, sino aquellas creaciones surgidas en un escenario en el que las prácticas islámicas fueron adoptadas y adaptadas por las sociedades cristianas peninsulares con diversas finalidades.


















Palacio de María de Padilla y Pedro I. Astudillo (Palencia). JGNAuthor provided

La máxima expresión de esta arquitectura llegó en el siglo XIV de manos del rey Pedro I, quien promovió la creación de los palacios reales de Astudillo (Palencia) y Tordesillas (Valladolid). Estos iban a adelantar la que sería su gran apuesta constructiva, realizada en plena crisis y a las puertas de la guerra con su hermanastro Enrique: el palacio de los Reales Alcázares de Sevilla (ca. 1364-1366). 

Sus alicatados cerámicos, yeserías y armaduras de cubiertaadornadas con lacerías remiten claramente a los trabajos del reino vasallo de Granada, donde Pedro I no solo halló un fiel aliado, sino también las mejores fórmulas para proyectar una imagen exuberante, perfectamente programada, que camuflaba las penurias de su reinado y lo distinguía del resto de reinos. Una imagen a la que también contribuiría la arquitectura promovida por la nobleza más afín a la Corona.

Patio de las Doncellas del Real Alcázar de Sevilla. Alberto.Bravo / Wikimedia CommonsCC BY-SA

La imagen ceremonial




















Esa imagen distintiva y suntuaria que ofrecía lo andalusí también se incorporó al ceremonial de las élites políticas cristianas. Al ya consolidado gusto por los objetos textiles orientales se iría sumando con el tiempo un calculado y metódico uso de objetos y modos de actuación que contribuían a dotar de magnificencia y pomposidad a las diferentes apariciones públicas. 

Tejido de Abubequer. Real Colegiata de San Isidoro de León. JGNAuthor provided

Son numerosos los testimonios que presentan a los reyes cristianos revestidos con textiles procedentes de 







al-Ándalus, sentados en su trono sobre estrados cubiertos de alfombras y alhamares y rodeados de sustancias aromáticas, como Enrique IV, quien, según el barón de Rosmithal, lo recibió “sentado en tierra sobre tapices” y observó cómo comía, bebía, vestía y oraba “a la usanza morisca”. La nobleza, que encontró en estas prácticas una fórmula de prestigio a imitar, también se sumó a estas modas y utilizó los tejidos andalusíes en la confección de sus aljubas, sayas, camisas y otras numerosas prendas de vestir. Igualmente, engalanó su caballería con arreos y jaeces e incorporó una variedad de monta ecuestre propia del mundo nazarí conocida como monta a la gineta, que se utilizó preferentemente en diversos actos festivos como los toros y juegos de cañas.

El ritual cortesano forjado en torno a modelos andalusíes se haría extensivo igualmente en el ámbito funerario, donde los ajuares de reyes e infantes como Fernando III, Beatriz de Suabia, Alfonso X o doña Berenguela, por citar algunos ejemplos, muestran el interés por prolongar una imagen de poder distintiva y prestigiosa incluso en la muerte.

martes, 8 de febrero de 2022

La proyección del arte islámico en la arquitectura de América del Su

Durante todo el siglo XIX y las primeras décadas del XX la arquitectura y las artes gestadas en Europa y América abrazaron el llamado neoárabe, movimiento historicista que, a modo de revival, buscó recuperar la tradición artística islámica, especialmente la del periodo medieval.

El interés por la cultura del islam se desarrolló ya desde las etapas modernas, cuando eruditos, viajeros e historiadores se acercaron con curiosidad a las formas exóticas de las mezquitas, alminares, baños y palacios. Desde Europa occidental se intentó revivir el esplendor de los edificios erigidos en Arabia, Siria, Argelia y el Magreb, estudiando y dibujando las construcciones levantadas tras la muerte de Mahoma (622-632), con los primeros califas y las conquistas omeyas (661-750). 

Gran Mezquita de Damasco (Siria). Hala Chemical / Wikimedia CommonsCC BY-SA

Las campañas arqueológicas planificadas en dichos territorios por países como Alemania e Inglaterra generaron pioneros estudios y textos que intentaron dar a conocer al gran público edificios como la mezquita de los Omeyas o Gran Mezquita de Damasco (Siria), la Kutubiya de Marrakech (Marruecos), la de Ahmad ibn Ţūlūn (El Cairo, Egipto) o la Cúpula de la Roca de Jerusalén. 

La Cúpula de la Roca (Jerusalén). Gerd Eichmann / Wikimedia CommonsCC BY-SA

A través de dibujos de los conjuntos, sus planos y alzados, detalles de capiteles, yeserías, inscripciones o mediante grabados y cromolitografías los lectores europeos descubrieron la exuberante y rica decoración de atauriques, de inscripciones cúficas y mocárabes, aplicada sobre cúpulas, arcos de herradura, mihrabs o muros de qibla

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Un mundo lejano y desconocido para los europeos acabó por generar una corriente que impregnó a las demás artes. La literatura, la música, las producciones textiles y la pintura abrazaron el regreso de lo islámico atraídos por el supuesto exotismo de los otros, todo ello fundamentado en una visión eurocentrista no exenta de elementos mitificados. 

España, arte a mano

Pero el arte islámico no estaba tan lejos de Europa. España era el país más cercano y de fácil acceso donde poder buscar los monumentos del pasado árabe. La mezquita de Córdoba, los fragmentarios restos que por entonces se conocían de Medina Azahara o los palacios nazaríes de la Alhambra de Granada parecían mostrar, entre los siglos XVII al XIX, una clara imagen de lo que suponía el arte islámico sin necesidad de viajar a Túnez o a Egipto. 

Louis Meunier elaboró, entre 1665 y 1668, algunos grabados donde mostraba visiones, un tanto irreales, pintorescas y desvirtuadas, del Patio de los Leones de la Alhambra de Granada, convertido en uno de los espacios referenciales para el movimiento neoárabe. 

















Patio de los Leones de la Alhambra, según Louis Meunier. Biblioteca Nacional de Madrid, inv. 19565.CC BY
Decoración con epígrafes del salón de Comares de la Alhambra, según Diego Sánchez Sarabia.Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, RABASF, inv. MA-0496.Author provided

A partir de 1760 Diego Sánchez Sarabia realizó diversas cromolitografías que ofrecían visiones coloristas de, por ejemplo, los capiteles y epígrafes de la Alhambra, y en 1878 Rafael Contreras publicaba su obra Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba






Autores franceses y españoles allanaron el camino para que vieran la luz obras eruditas de gran difusión y aceptación entre los intelectuales europeos. Entre 1802 y 1813 James Murphy Cavanah firmó The arabian Antiquities of Spain y, del mismo modo, a partir de 1834, Owen Jones efectuó varios viajes de estudio a los palacios nazaríes, publicando después diversos textos que dieron a conocer sus detalles, planos, alzados y secciones.

Sin embargo, si existe una fecha fundamental para comprender el fenómeno neoárabe es el año 1850, cuando Owen Jones realizó en el Crystal Palace de Hyde Park de Londres una recreación, libre e imaginativa, del Patio de los Leones de la Alhambra granadina. 






















The Alhambra Court at Crystal Palace (Londres), según Owen Jones. Philip Henry Delamotte / Victoria and Albert Museum, inv. 39315

El éxito del evento dio al viejo espacio medieval una fama sin precedentes. Magnates, eruditos, familias adineradas y burgueses no se conformaron ya con grabados y dibujos: pronto quisieron poseer el arte islámico. El viaje a América de este fenómeno fue rápido.

Viaje a Latinoamérica

Como han estudiado los profesores Rafael López Guzmán y Rodrigo Gutiérrez Viñuales en su libro Alhambras. Arquitectura neoárabe en Latinoamérica, la recepción del modelo alhambrista en el Cono Sur y en América Central fue significativa, tomando los palacios nazaríes como fuente de inspiración para la construcción de nuevas mansiones y palacetes.

En todo caso el punto fundamental que han demostrado las investigaciones recientes es que, de entre todos los países americanos, Chile fue el más precoz en realizar una evocación del patio de los leones granadino. 

En el año 1862 ya estaban construidos todos los cimientos y alzados del llamado Palacio de la Alhambra de Santiago, en la capital chilena, una mansión erigida por el arquitecto Manuel Aldunate Avariatras realizar su etapa de formación profesional en París bajo el sello de las Beaux-Arts.

Palacio de la Alhambra (Santiago de Chile), según Manuel Aldunate. Cane.colores / Wikimedia CommonsCC BY-SA

Aunque pudiera pensarse inicialmente que Aldunate se inspiró en la fortaleza granadina, su referente estaba en la recreación neoárabe realizada en Londres por Owen Jones. 







Con todo, Chile abrió la puerta a la recuperación de las formas del arte islámico y pronto otros países siguieron esta dinámica, cuando los arquitectos copiaron partes y motivos decorativos de la Alhambra en numerosos edificios americanos. 

Finalmente debemos remarcar que el neoárabe no sólo se circunscribió a la fortaleza granadina. 

El otro gran espacio del arte hispanomusulmán, la mezquita de Córdoba, sería la fuente de inspiración utilizada para construir la Sala de Manufacturas de la Exposición Colombina de Chicago (1893), obra del arquitecto Joaquín Pavía. En Estados Unidos se utilizaron arcos de herradura siguiendo el modelo de las naves de la aljama y los polilobulados copiando la macsura, apeados en verdaderas columnas de mármol. 


Sala de Manufacturas de la Exposición Colombina (Chicago), según Joaquín Pavía. BancroftAuthor provided













Durante todo el siglo XIX y principios del XX la reinterpretación del arte islámico dio lugar al renacer neoárabe característico de importantes edificios en Europa y América. En el caso chileno el fenómeno perdura hasta la actualidad, tal y como refleja la construcción de una mezquita en la ciudad de Coquimbo (Norte Chico). El gran alminar del llamado Centro Mohammed VI para el Diálogo de las Civilizaciones es una réplica a escala del existente en la mezquita Kutubiya de Marrakech (Marruecos) y fue levantado en el año 2007.