a finales del siglo XIX, el escritor irlandés Bram Stoker concibió una novela de terror basándose en las leyendas, sobre todo centroeuropeas, que hablaban de vampiros y de no muertos, leyendas que ya habían inspirado a otros autores como el médico y compañero de viajes de Lord Byron, John Polidori.
Investigando este tipo de historias, Stoker supo de la existencia de un príncipe rumano llamado Vlad Draculea, también conocido como Vlad el Empalador. Este príncipe valaco había vivido en el siglo XV y, entre otras cosas, se había hecho célebre por su desmesurado gusto por todo lo relacionado con la sangre y por su extrema crueldad hacia sus enemigos.
Y es que, durante siglos, las historias de vampiros han calado profundamente en el imaginario colectivo, traspasando fronteras. Así, sobre todo en Europa central, se han ido descubriendo algunos enterramientos singulares, que los especialistas han relacionado con el temor de las gentes a los vampiros y su intención de evitar que estos regresaran de la muerte.
Explanada junto a la catedral de Luzino donde fueron encontrados los esqueletos.
Gmina Luzino
RITUALES "ANTIVAMPÍRICOS"
En este contexto, la ciudad polaca de Luzino ha sido estos últimos días el escenario de un hallazgo de estas características. Allí, un grupo de trabajadores de la construcción se topó con una fosa común que contenía los restos óseos de 450 personas. El descubrimiento no tendría nada de particular si no fuera porque estos cuerpos presentaban signos muy evidentes de haber sido sometidos a diversos tipos de rituales "mágicos" para eliminar de sus cuerpos el "vampirismo" que tal vez les podía afectar.
Los cadáveres habían sido decapitados y sus cabezas colocadas entre las piernas, ritual que los europeos del siglo XIX creían que podía revertir esta terrible maldición. "Descubrimos ejemplos de creencias en los muertos que regresan de la tumba, algo que solo podía detenerse mediante la decapitación", manifestó Maciej Stromski, el arqueólogo responsable de la excavación. También se les ponía una moneda en la boca para evitar que su alma escapase y pudieran pagarse el viaje al más allá. Una de estas monedas databa de 1846.
Muchos de los cadáveres habían sido decapitados y sus cabezas colocadas entre las piernas.
Uno de los esqueletos decapitados encontrados en la fosa común de Luzino.
Maciej Stromski
Asimismo, Stromski confirmó "el ejemplo de una mujer después de una decapitación", sobre cuyo pecho habían colocado el cráneo de un niño. Además, el arqueólogo explicó que aproximadamente en un treinta por ciento de los casos se habían dispuesto ladrillos junto a las cabezas, brazos y piernas. Todo ello, muy probablemente, como parte de un enrevesado ritual aún por aclarar y que estaba relacionado con el vampirismo.
LOS NO MUERTOS
Pero ¿qué llevó a estas personas del siglo XIX a pensar que los difuntos podrían convertirse en vampiros? Cuenta Stromski que "en esa época aún se creía que si un miembro de la familia del difunto moría poco después del funeral, él o ella podría convertirse en un vampiro. Por lo tanto, después del entierro, se exhumaba el cadáver y se le cortaba la cabeza, la cual luego era colocada entre sus piernas".
De hecho, este descubrimiento no es el primer hallazgo de tumbas de "vampiros" llevado a cabo en Polonia. En septiembre de 2022 se descubrió el cuerpo de una "mujer vampiro" en el pueblo de Pien, que había sido clavado en el suelo con una hoz en la garganta y llevaba un candado cerrado en la punta del pie izquierdo "para evitar que volviera de entre los muertos", según Stromski.
Se creía que si un miembro de la familia del difunto moría poco después del funeral, él o ella podría convertirse en un vampiro.
Los esqueletos encontrados estaban decapitados y con la cabeza entre las piernas para evitar que el difunto "volviera de entre los muertos".
Maciej Stromski
Según los investigadores, estos rituales "mágicos" para protegerse de los no muertos se remontan al siglo XI en toda Centroeuropa, un momento en el que era muy común el temor a que los difuntos, convertidos en vampiros, salieran de sus tumbas para atacar a los vivos. Esta preocupación, que ahora nos puede parecer algo sin sentido, los llevó a practicar estos peculiares rituales para erradicar el "vampirismo",por lo que no es nada extraño encontrar entierros de este tipo por toda la región.
Obtener el mapa completo de lasconexiones neuronales, el conectoma humano, supone uno de los desafíos tecnológicos más grandes en la historia de la humanidad. Muy probablemente, el mayor reto científico para este siglo XXI. Habrá quien piense que es una exageración, pero no lo es: implicará el trabajo de generaciones de neurocientíficos y (ojalá me equivoque) no lo veré completado.
Conseguirlo exige el desarrollo de neurotecnologías para cartografiar las neuronas y sus conexiones funcionales. Pero esas neurotecnologías también podrían aplicarse con otros fines, algunos terapéuticos y otros que trasciendan el ámbito de la salud. Por eso, en paralelo al proyecto, se necesita un nuevo marco legal internacional de derechos humanos dirigidos específicamente a proteger el cerebro y su actividad.
No es una simple cartografía del cerebro
El plan para mapear el cerebro humano se puso en marcha hace diez años, algo más de un siglo después de que a Ramón y Cajalse le otorgara el Nobel (1906) por su revolucionaria teoría neuronal, que destacaba a las neuronas como células individuales y describía cómo fluye la información cerebral. No olvidemos que esta teoría constituye la base de la neurociencia moderna.
En poco más de un siglo hemos pasado de definir la neurona como la unidad estructural y funcional del sistema nervioso a estar inmersos en el mapeado dinámico del cerebro completo.
Conectoma del neocórtex de un ratón.Blue Brain Project / EPFL
Fue la Administración de Barack Obama, en Estados Unidos, la que materializó en 2013 el proyecto para producir una nueva y revolucionaria imagen dinámica del cerebro, mapeando desde neuronas individuales hasta complejos circuitos neuronales. Lo llamaron BRAIN Initiative o BRAINI (siglas en inglés de Investigación del Cerebro a través del Avance de las Neurotecnologías Innovadoras). Y no pretende realizar un simple cartografiado estructural, sino también conocer su dinamismo funcional.
Yuste, que forma parte del comité asesor de BRAINI para el Instituto Nacional de Salud estadounidense (NIH), ha apoyado su internacionalización abriendo fondos NIH-BRAINI a cualquier investigador del mundo. De este modo ha dado ejemplo de cómo podría funcionar la financiación científica en un siglo XXI globalizado.
BRAINI tiene entre sus metas desarrollar neurotecnologías para lograr mapear el cerebro, pero también fomentar la aplicación terapéutica de esas neurotecnologías. Entre otras cosas, se espera que las técnicas desarrolladas en este esfuerzo tengan una aplicación claramente terapéutica en enfermedades como, por ejemplo, el alzhéimer, el párkinson o la depresión.
Es indudable que el desarrollo de la tecnología para cartografiar el cerebro supondrá el progreso de la neurociencia y la medicina, y por extensión de la humanidad. En las próximas décadas veremos dispositivos capaces de decodificar información de nuestro cerebro y de modificar, entre otras cosas, la memoria y los sentidos.
Aunque originalmente se desarrolle con una motivación terapéutica, podría acabar siendo aplicada en otros sentidos. De ahí la importancia de empezar a pensar en los límites éticos incluso antes de desarrollar completamente la tecnología.
Hablemos de neuroderechos
Es el momento de empezar a hablar de neuroderechos. Necesitamos desarrollar un nuevo marco legal internacional de derechos humanos dirigidos específicamente a proteger el cerebro y su actividad a medida que surgen nuevas neurotecnologías.
El concepto ha sido desarrollado por NeuroRights Foundation, fundada precisamente por Yuste, que trabaja por el impulso de un código ético para científicos implicados en neurotecnología. De partida propone el reconocimiento internacional de cinco neuroderechos básicos:
Identidad personal: limitar neurotecnología que altere el sentido de uno mismo y evitar que la identidad personal se pierda por conexión a redes digitales externas.
Libre albedrío (free will): preservar la capacidad de las personas para tomar decisiones libre y autónomamente, sin manipulación mediada por neurotecnologías.
Privacidad mental: proteger el uso de datos obtenidos durante mediciones de la actividad cerebral sin consentimiento, prohibiendo su transacción comercial.
Acceso igualitario: regular la aplicación de neurotecnologías para aumentar capacidades cerebrales, para que no estén al alcance de pocos y no generen desigualdades sociales.
Protección contra sesgos: evitar que las personas sean influenciadas o discriminadas por cualquier factor mediado por neurotecnologías.
Empieza a ser urgente definirlos porque ya existen experimentosen los que se puede controlar la actividad cerebral de roedores hasta cierto nivel. Por ejemplo, mediante implantes cerebrales en ratas se consigue que el animal vea cosas que en realidad no están ahí. Según Yuste y muchos otros neurocientíficos, entre los que me encuentro, es solo cuestión de tiempo que se pueda hacer algo similar con los seres humanos.
El progreso de la neurociencia y las neurotecnologías no es, en sí mismo, causa de preocupación, más bien de celebración en su vertiente terapéutica. Es su uso, o mal uso, lo que debemos anticipar y prever.
El análisis de la información obtenida con el mapeo del cerebro, y el desarrollo de neurotécnicas, proporcionará gran capacidad terapéutica a problemas de salud tan importantes como el alzhéimer o la esquizofrenia, y eso es una buena noticia. Pero no hay que perder de vista que un uso no terapéutico de este desarrollo podría aplicarse con otros fines, hasta el punto de manejar la voluntad de las personas logrando que alguien haga algo sin desearlo. Y, por tanto, vulnerando derechos humanos básicos.
Por estas y otras razones, los neuroderechos no son ciencia ficción sino una necesidad real y actual en la que, sin alarmismos, deberíamos empezar a pensar seriamente para adelantarnos a lo que pueda venir.
en noviembre de 1083, la emperatriz Irene Ducaina aguardaba en el gran palacio deConstantinoplael nacimiento de su primer vástago y el retorno triunfal de su esposo, el emperadorAlejo I Comneno, que acababa de rechazar a losinvasores normandos. Al sentir los primeros dolores del parto, la soberana trazó la señal de la cruz sobre su vientre y conminó a la criatura a esperar pacientemente la llegada de su progenitor.
El alumbramiento se retrasó tres días, hasta que el sábado 2 de diciembre vino al mundo enla cámara de Púrpura (la estancia donde daban a luz las consortes de los emperadores) una niña bien formada, «igual en todo a su padre». Quien refiere la anécdota es esta misma princesa, Ana Comnena, que proclama así la obediencia que ya prestaba a sus padres en el mismo seno materno; lo cuenta en la Alexiada, su excepcional biografía de Alejo I.
El nacimiento de la princesa era de vital importancia para asegurar, mediante su matrimonio, la continuidad de la dinastía Comneno, establecida por las armas en el trono del Imperio bizantino apenas dos años atrás.
NACIDA PARA REINAR
Bizancio, heredero del Imperio romano de Oriente, mantenía un precario dominio sobre los Balcanes y Anatolia, donde aguantaba a duras penas los embates de los turcos, mientras se desangraba en querellas internas por el poder. Una de estas contiendas civiles había llevado a los Comneno a la cúspide del Imperio. En 1081, los dos partidos hasta entonces irreconciliables de la nobleza bizantina, los militares terratenientes y los oficiales de la administración del Estado, representados, respectivamente, por los clanes rivales de Comnenos y Ducas, se habían unido contra el usurpador Nicéforo III, que había arrebatado el trono a Miguel VII Ducas. Dos ambiciosos hermanos, Isaac y Alejo Comneno, y su enérgica madre, Ana Dalasená, encabezaron durante la Semana Santa de aquel año una rebelión abierta contra Nicéforo.
Alejo I Comneno recibe al cruzado Godofredo de Bouillon. Tras la emperatriz Irene, sentada en el trono, están sus hijas, con Ana entre ellas. Óleo por Alexandre Hesse. Siglo XIX. Palacio de Versalles.
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La victoria de los conjurados dio el trono al hermano menor, Alejo, que estaba casado con una joven de la familia Ducas, la noble Irene. La coronación de la pareja satisfacía a ambas estirpes y, para sellar su alianza, a los pocos días de haber nacido, Ana fue prometida en matrimonio a Constantino Ducas, hijo de Miguel VII, que entonces tenía unos nueve años. El enfervorizado pueblo de Constantinopla aclamó a ambos niños como emperadores, y la princesa inició su vida bajo los mejores auspicios. Pero, por desgracia, éstos no tardarían en revelarse engañosos.
Siguiendo la tradición ortodoxa, Ana fue bautizada con el nombre de su abuela paterna. Como era habitual, cuidó primero de ella su futura suegra, la emperatriz María, y la princesa siempre recordó esa época como un tiempo de felicidad. En su Alexiada describe admirativamente a la emperatriz María, «esbelta como un ciprés», y a su hijo Constantino, a quien retrata como un rubio querubín rebosante de salud: «es como el Cupido de un pintor». Sin embargo, la muerte alcanzó al joven apenas entrado en la veintena, hacia 1095, antes de que pudiera consumar el matrimonio.
Santa Sofía de Constantinopla. La espléndida basílica erigida por Justiniano en 532 fue sede del patriarcado ortodoxo y escenario de magnas ceremonias imperiales, como la coronación de Alejo I Comneno.
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Para entonces, Constantino ya había perdido las esperanzas de subir al trono. En 1087 había nacido Juan, el primer hijo varón de Alejo e Irene Ducaina, y presumible heredero de la púrpura imperial. Constantino era un yerno incómodo, que siempre podía alegar sus derechos al trono por parte de su padre, el emperador Miguel, y su oportuna desaparición permitió consolidar la línea masculina de la dinastía. Por su parte, la adolescente Ana no sólo veía truncado su destino imperial: la muerte de su prometido significaba, además, la adjudicación de un nuevo esposo.
El elegido por sus padres fue Nicéforo Brienio, hijo, o quizá nieto, de un general rebelde del mismo nombre a quien Alejo había derrotado décadas atrás. La princesa transmitió una imagen conmovedora del afecto que sentía por su nuevo esposo, militar de gran mérito y hombre muy ilustrado, a quien denomina «mi césar». Tal expresión no es un simple apelativo cariñoso: Brienio, en efecto, ostentó la dignidad de césar, la tercera del Imperio tras el título real de basileus y el de sebastocrator (que Alejo creó para su segundo hijo, Andrónico). Ana tuvo con Brienio cuatro hijos, dos varones y dos hembras, y compartió con su esposo, desde su boda en 1097 hasta la muerte del césar en 1137, cuarenta años de aparente felicidad. Sin embargo, según el historiador Nicetas Choniates (algo posterior, pero generalmente bien informado), la relación conyugal se deterioró gravemente tras la muerte de Alejo Comneno en 1118.
CONJURAS EN PALACIO
La Alexiada nos ofrece una versión muy patética de los últimos días del soberano, aquejado probablemente de una enfermedad del corazón. Ana se retrata a sí misma como una hija solícita que, al igual que su madre Irene, atiende incansable al emperador. Choniates, por el contrario, describe la cámara mortuoria de Alejo en el palacio de Manganas como un campo de batalla en donde se dirime el destino del Imperio.
Juan II y su esposa con la Virgen y el niño. Mosaico de la basílica de Santa Sofía, Estambul.
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El primogénito del soberano, Juan Comneno, había sido proclamado coemperador en 1092, cuando apenas contaba cinco años, pero una parte de la corte deseaba impedir su acceso al trono. Al frente de sus enemigos estaba su propia madre, la emperatriz Irene Ducaina, que acusaba a Juan de incapaz y afeminado y alababa, en cambio, las virtudes de Nicéforo Brienio, que le profesaba verdadera devoción, y de Ana. Choniates describe la reacción furiosa de Alejo, que no podía concebir que su esposa pretendiera desheredar al hijo en beneficio del yerno. El historiador considera a Ana Comnena como la inspiradora en la sombra de esta conjura, con la que la princesa aspiraba a recuperar la dignidad imperial que había ostentado en su infancia, cuando estaba casada con el hermoso Constantino Ducas.
Pero mientras Alejo yacía semiinconsciente en su lecho de muerte, Juan le arrebató el anillo con el sello real y lo usó como salvoconducto para adueñarse del palacio imperial, donde se encerró para evitar caer en manos de los conspiradores (ni siquiera asistió al entierro de su padre), y apoderarse del Estado. Cuando descubrió la artimaña, la enfurecida emperatriz Irene abrumó de reproches al moribundo, que, a pesar de ello, falleció satisfecho al ver cumplidos sus deseos. Pero el enfrentamiento fratricida no acabó aquí.
Capilla Palatina, en el interior del palacio de los Normandos, en Palermo. Roger II, rey de los normandos de Sicilia y enconado adversario de Bizancio, ordenó su construcción en 1132, en honor de san Pedro. El edificio, mezcla de estilos islámico, normando y bizantino, contiene mosaicos con historias de santos y bíblicas, e imágenes de Cristo, los profetas y los arcángeles.
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Según Nicetas Choniates, cuando todavía no había pasado un año de su ascensión al trono, los enemigos de Juan II, acaudillados por la princesa Ana, tramaron el asesinato del nuevo soberano y su sustitución por Nicéforo Brienio. Su propósito era asaltar con nocturnidad y alevosía al emperador mientras dormía en el pabellón de caza de Filopation, que se encontraba fuera del recinto amurallado de Constantinopla. Contaban con la complicidad del comandante de guardia, que les permitiría salir armados de la ciudad durante la noche. En el último momento, sin embargo, la falta de resolución del césar Brienio, que no quería verse involucrado en un magnicidio, hizo fracasar el plan.
Entonces, Ana reprochó indignada a la naturaleza que la hubiera hecho a ella mujer y a Nicéforo hombre. Mejor hubiera sido –decía– lo contrario. Tras descubrir la conspiración, Juan II hizo gala de magnanimidad. No ordenó ni la muerte ni la mutilación de ninguno de los conjurados e incluso devolvió, al cabo de poco tiempo, las riquezas que les había confiscado. Al principio decretó la ruina de su hermana, pero luego la perdonó y le permitió conservar su fortuna y honores, a pesar de lo cual ella le guardó rencor para siempre.
Toma de Jerusalén por los cruzados en el año 1099. Ana quiso ver en el juramento de fidelidad de estos al emperador bizantino una victoria sobre los turcos. Óleo por Émile Signol. Versalles
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Veinte años después, en 1137, falleció su esposo y, convertida en una viuda inconsolable (según explica ella misma), se retiró al monasterio de la Virgen Llena de Gracia de Constantinopla, que había fundado su madre. En este retiro se consagró plenamente a la escritura de la Alexiada. Ana, cuya extraordinaria formación intelectual elogiaron todos sus contemporáneos, estaba muy bien preparada para acometer la redacción de esta gran obra. Mucho más cultivada que las princesas occidentales de su tiempo, conocía perfectamente a los grandes autores antiguos, desde Homero hasta historiadores como Tucídides, Jenofonte y Polibio.
LOS NUEVOS BÁRBAROS
Ana describe su obra como un dique levantado contra el río del tiempo, que arrastra al mar del olvido las grandes acciones de los hombres. Antes de morir en 1133, la emperatriz Irene había pedido a Nicéforo Brienio que escribiera la biografía de Alejo Comneno, pero la muerte del césar había dejado su historia inconclusa. Entonces la princesa retomó la tarea y convirtió la Alexiada en un monumento a la memoria de su padre, su madre y su esposo, ofreciendo un encendido encomio de su progenitor y un feroz vituperio de sus enemigos bizantinos y extranjeros.
Entre éstos destacan los «latinos», «francos», «celtas» o simplemente «bárbaros», es decir, los occidentales, a quienes Ana caracteriza como impetuosos y volubles, cobardes y traidores. Los culpa, además, de haber conspirado con los normandos de Sicilia contra Bizancio durante la primera cruzada (1096-1099), el mayor acontecimiento militar del reinado de Alejo. Gracias a la Alexiada, sabemos, en efecto, que la corte bizantina no percibió la cruzada como una campaña de liberación de los Santos Lugares, sino como una amenaza a la existencia misma del Imperio.
La Cúpula de la Roca. Este lugar sagrado del Islam cayó en poder de los cruzados en 1099, cuando conquistaron Jerusalén tras romper las relaciones con Alejo I, que en un principio los había apoyado.
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Alejo acogió con magnanimidad no siempre correspondida a la multitud de «reyes, duques, condes y obispos de nombre bárbaro» que llegó a Constantinopla. Uno de ellos, Godofredo de Bouillon (el futuro rey de Jerusalén), desafió al ejército imperial y fue derrotado por el césar Brienio frente a los muros de la capital el Jueves Santo de 1097. Ana atribuye el liderazgo de los cruzados al príncipe normando Bohemundo de Tarento, hijo de Roberto Guiscardo; unos años atrás, ambos habían expulsado a los bizantinos de Sicilia y atacado el propio Imperio, cuya corona ambicionaban.
Bohemundo aparece como un astuto manipulador de las buenas intenciones de sus compañeros de armas, pero Ana lo describe físicamente con palabras tan rendidas de admiración que se ha creído que lo amaba en secreto. En realidad, la alabanza del enemigo sirve para engrandecer el mérito de su vencedor: Alejo I. En 1108, el emperador logró imponer un tratado de vasallaje a Bohemundo, que se había adueñado de la importante ciudad de Antioquía (la actual Antakya, en Turquía). Gracias a este acuerdo, Ana Comnena puede concluir su relato de la primera cruzada con el triunfo de su padre sobre los bárbaros, cuya amenazadora llegada había contemplado desde lo alto de las murallas de Constantinopla cuando era una niña de apenas catorce