sábado, 4 de septiembre de 2021

ABRIRSE A LA VIDA


  De Jesús se dijo que “pasó por la vida haciendo el bien” (Hech 10,38). Defendió siempre a la persona –frente a tiranías de la autoridad, de normas y tradiciones–, apostando por su dignidad. 


En el encuentro con él, muchas personas se sintieron reconocidas –él sabía mirar al corazón–, liberadas de esclavitudes de todo tipo y animadas a vivir, saliendo de su letargo.


 Por diferentes motivos –algunos de ellos muy arraigados y dolorosos–, a veces vivimos encerrados en nuestro pequeño mundo, en la capa más superficial de nuestra persona, conformándonos con “ir tirando” en una actitud defensiva, que busca simplemente amainar el malestar. Pero esa misma aparente “protección” se convierte en nuestra tumba.


 La palabra de Jesús ­–“Effetá”: ábrete– es una invitación a salir de esa “zona de confort” que pudimos fabricarnos y en la que corremos el riesgo de terminar asfixiados, para abrirnos a la vida en profundidad.


 Necesitamos abrirnos a nuestro mundo interior para poner luz en él. Eso significa mirar, reconocer, nombrar y aceptar todo lo que se mueve en el campo de los sentimientos y las emociones.


 Implica también abrirnos a reconocer nuestra sombra y abrazarla. Porque solo el encuentro real con todo ello hará posible que vivamos de manera integrada, unificada, armoniosa, serena y creativa.


 Necesitamos abrirnos también a nuestra dimensión profunda (espiritual) donde, más allá de nuestra personalidad, entramos en contacto con nuestra verdadera identidad y nos descubrimos en “casa”. 


Porque solo cuando nos abrimos y permanecemos en conexión con ese “lugar”, todo se ilumina y se llena de sentido.


 Desde ahí, necesitamos abrirnos a los otros, a quienes ahora veremos de un modo nuevo, como hermanos y hermanas, con quienes, más allá de las diferencias, compartimos la misma identidad.


 Jesús decía: “Lo que hacéis a cada uno de ellos, me lo estáis haciendo a mí”. Y casi dos siglos antes, el filósofo romano Terencio dejó dicho: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”.


 Y también desde ahí nos abrimos al mundo entero, a todos los seres, al planeta, desde una actitud de empatía, complicidad y cuidado, es decir de comunión. Porque la apertura genuina no es sino consecuencia de la unidad que somos.


¿Vivo en actitud de apertura? ¿Cómo se manifiesta?


Enrique Martínez Lozano

HAY MUCHOS HÉROES AÚN


No lo está. No es verdad que el mundo esté perdido porque las cosas no giren como a nosotros nos gustaría. No lo es. 


Jamás podrá estar perdido si hay alguien soñando con un beso o necesitando un abrazo o muriendo de ganas de amor para siempre. 


No es verdad. Ni tan siquiera que en este mundo todo tenga un precio, porque no hay dinero que compre las cosas que jamás se venden. 


No se pierde lo que se gana mientras alguien llama a quien lo necesita, aunque sea para que escuche su silencio, o una mano levante a quien tropieza una y mil veces. 


Este mundo no es tan egoísta. Solo está distraído. 


No se va al vacío la voz sabia de la vida repartiendo consejos. 


Jamás se cae un mundo en el que una madre estira horas al día engañando al tiempo, o aparece de golpe una sonrisa a deshoras de los que nunca fallan cuando no todo está bien. 


No se pierde un mundo en el egoísmo por quien no supo más que salvarse a sí mismo mientras haya cientos de barcas remando contigo hacia la orilla, ni por quien se alegra cuando te caen derrotas, porque siempre surge alguien con los dedos en uve sonriendo al tiempo que llega para decirte que ahora ganas.


 No necesita este mundo de tiempos ni calmas para esperar momentos de revanchas, mientras haya quien siga su camino olvidando golpes que nunca se devuelven. 


No está todo perdido aunque te cueste creerlo.


 Quizá, solo debas girar tu mundo, hasta ver que no son pocos los héroes que no dejan que se hundan las mejores cosas que tiene la vida.


Emilio Leiva

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Botticelli: no fue del todo cierto

 Publicado por 

Detalle de la Primavera, Botticelli
Detalle de La Primavera, Botticelli, 1482.

Cuando se pone el sol sobre Florencia, la ciudad se quita la máscara y recupera su faz. Los turistas vuelven al crucero atracado en Livorno o se refugian en sus hoteles, agotados por el paseo y los plantones; es la hora en la que los florentinos se reúnen en cualquier plaza para tomar un Aperol con la apericena antes de regresar a casa. Los estudiantes universitarios, en su mayoría erasmus, guardan cola en la acera de All’antico Vinagio —si no hace demasiado frío o demasiado calor— para comprar uno de sus inabordables bocadillos, o se acercan al Yellow a probar la pasta más fresca de la Toscana.

A veces, las brumas del Arno cubren la noche hasta más allá de la madrugada porque el río sabe que las piedras necesitan silencio y se apresta a velarlo. La ciudad ha crecido en derredor, más allá de las murallas derribadas, pero su corazón se ha preservado: ningún edificio del centro histórico supera en altura la cúpula levantada por Brunelleschi, no se han derruido casonas para ensanchar las callejuelas y todavía se puede pasear de puente a puente girando a derecha o izquierda para acercarse a la Santa Croce, cruzar el patio de los Uffizi y llegar a la Signoria o caminar hasta Santa María Novella y deambular por el barrio.

Es fácil sumergirse en los escenarios de épocas pasadas si se entornan los párpados, tan fácil como completar el círculo que habitaron los artistas de la memorable estética posmedieval que la elevó a los altares. Florencia tuvo su tiempo más glorioso en el siglo XV, pero no ha dejado de ser la ciudad preciosa elegida por las musas renacentistas, aquella en la que confluyeron personas y personajes, religiones y filosofías, todos los ingredientes que compusieron el dulce cóctel del que bebieron el resto de los europeos durante varios siglos.

Era, como tantas otras, una república independiente, una ciudad-Estado que vivía de la artesanía de los paños y de su comercialización. Sus gentes se agrupaban en gremios que controlaban las materias primas, la producción y las ventas; cada maestro regentaba una bottega con sus ayudantes y aprendices. 

La actividad industrial generó la riqueza que la colocó, durante la Baja Edad Media, en el grupo de capitales punteras junto a Génova, Venecia, Milán, Roma o Nápoles. Un consejo de notables se encargaba de frenar cualquier intentona de dictado unipersonal, aunque el poder fuera ejercido de facto por los linajes más enriquecidos. Las rivalidades con otras repúblicas —y dentro de ella misma entre las diferentes familias— estuvieron a la orden del día hasta que los Médici se erigieron en dominantes por un tiempo.

En 1439, el emperador de Bizancio, Juan VIII Paleólogo, visitó Florencia con la excusa de hermanar la ortodoxia cristiana con la romana —y, de paso, recabar apoyos para frenar a los turcos— haciéndose acompañar de una corte de humanistas. La legación bizantina, tan lujosa e impactante, fue recibida con todos los honores por Cosme de Médici, que quiso dejar constancia de tan magno acontecimiento encargando a Benozzo Gozzoli que pintara un mural alusivo en su palazzo. Nada evitó que los otomanos tomaran Constantinopla en 1453 y que los constantinopolitanos que pudieron huir lo hicieran hacia el occidente, instalándose allí donde encontraron las condiciones favorables para hacerlo. 

Florencia se benefició de la llegada de unas élites intelectuales que traían de nuevo la antigua filosofía griega, la sabiduría oriental, los dioses de las mitologías arrumbadas por el catolicismo y algunas formas artísticas olvidadas o anatematizadas por la religiosidad del medievo occidental que las culpaba de paganismo. Los florentinos se abrieron al recuerdo de lo que habían sido sus raíces, esas que ahora les venían de vuelta revitalizadas con la savia de otras culturas. Se subieron al carro con diligencia, proclives como eran a abrir sus mentes a lo nuevo y a todo aquello que les serviría para ponerse a la cabeza de lo sublime; adelantaron por esa banda a otros núcleos de poder de la península italiana. Florencia se convirtió en la cabeza de un pelotón que exportaba sapiencia y prestaba artistas a los demás. En cuestiones de belleza, los florentinos tomaron la batuta.

Siguiendo las enseñanzas de los migrantes recolocados, se fundó la Academia Platónica, a la que acudían los hijos de las familias con posibles y en la que Marsilio FicinoPoliziano y otros abanderados descifraban las teorías que conjugaban el amor a la naturaleza con el amor a Dios y el paganismo con el cristianismo. En las puestas en común de aquella escuela se hacían conjeturas sobre el mundo ideal en el que habitaban la perfección, la armonía, el equilibrio y el amor; los pupilos a los que tutelaban se devanaban los sesos con esos conceptos inmateriales y buscaban la manera de reflejarlos en el espacio terrenal de sus lienzos. El mito de la caverna de Platón se fusionó con la religión para dar a luz una nueva filosofía, el neoplatonismo, que se instaló en las mentes y dirigió las manos de una nueva generación de artistas.

La riqueza económica propició las artes por puro esnobismo: los Médici no fueron los únicos, pero sí los más importantes mecenas de los talleres en los que trabajaban los maestros y sus garzoni; había encargos para todos: palacios e iglesias que ornamentar, obras efímeras con las que celebrar los carnavales, las bodas de los acaudalados o los acuerdos políticos con otras ciudades. En ese ambiente tenían abiertas sus tiendas de decoración, entre otros, MasaccioAndrea del CastagnoPaolo UccelloFra Angélico o Fra Filippo Lippi, pintores que se codeaban con los curtidores, carniceros y pescadores de las paradas del Ponte Vecchio o con los bataneros y tintoreros instalados en el borgo Oltrarno, al otro lado del río. Todos los oficios tenían cabida en tan próspero momento.

Mariano di Vanni Filipepi era uno de esos artesanos, un curtidor de pieles que tenía su negocio en el barrio de Santa María Novella, muy cerca de la iglesia de San Salvatore de Ognissanti y de la casa de los Vespucci, una familia enriquecida con el comercio de piedras preciosas. Mariano tuvo cuatro hijos, el menor de los cuales, Alessandro, fue, desde su nacimiento en 1445, un niño de salud comprometida. Giovanni, el mayor, que era apodado «Botticello», se dedicaba a las finanzas y quizá al comercio de vinos, mientras que el segundo, Antonio, dorador de oficio, pudo colocar a Sandro como aprendiz en la tienda de Fra Filippo Lippi, en 1464. 

Así fue como nació para el arte el conocido como Sandro Botticelli, un chico dotado para el dibujo que se movía por la ciudad con sus amigos —entre los que se encontraban el propio Poliziano, Marco Vespucci y los nietos de Cosme de Médici, Lorenzo y Giuliano— y era asiduo de las reuniones en la Academia Platónica.

En el taller de Fra Filippo Lippi se realizaban trabajos de temática religiosa en los que participaba el joven Botticelli. Las pinturas requerían del estudio de los textos sagrados tanto como del dominio de las técnicas y del acierto en la elección de los colores; el proceso de aprendizaje llevaba su tiempo. Pero el maestro falleció y Sandro comenzó entonces a frecuentar al anciano orfebre Verrocchio, que tenía entre sus meritorios a un apuesto y pinturero Leonardo da Vinci.

Botticelli había ingresado en la Compagnia di San Luca, la cofradía de pintores desde la que se reclamaba la consideración del oficio como de arte mayor, y en 1470 abrió su propio taller como maestro. Su buen hacer y una estética más fina que la de sus contemporáneos le aseguraban los encargos que recibía de los StrozziRucellaiPitti y otras adineradas sagas florentinas.

Un año antes, su amigo Marco Vespucci se había casado con Simonetta Cattaneo, hija del genovés Gaspare Cattaneo y de Violante Spinola, un bellezón de estirpe adinerada; la familia se había visto obligada a exiliarse y se había instalado en Piombino. El apaño de la boda con Marco lo hicieron Violante y Piero, el padre de Marco, y los esponsales se celebraron en Génova cuando ambos contrayentes tenían dieciséis años.

Los recién casados se acomodaron en el palacio de los Vespucci bajo la protección del abuelo, que andaba entonces empeñado en preparar el panteón familiar en la cercana iglesia de Ognissanti. Amerigo Vespucci, como todos los que se lo podían permitir, había pagado la construcción de una capilla dedicada a la Virgen de la Misericordia, cuya decoración encargó, en 1472, a los hermanos Ghirlandaio, y en la que apareció por primera vez la imagen de Simonetta, casi de refilón, bajo el manto protector de la virgen, en el lado de las mujeres, muy cerca de la abuela. 

Según las crónicas de la época, el matrimonio no funcionaba a pesar de que la belleza de la esposa se hizo muy popular entre los amigos de Marco, que lo acusaban de andar más interesado en chicos que en chicas. Simonetta era, además, una mujer desenvuelta gracias a su inteligencia despierta y a que su rango social le había proporcionado cierta instrucción. Su nodriza había viajado con ella a Florencia y se percataba de la inapetencia del esposo y, algo alcahueta e interesada, no dudaba en estimular a la niña de sus ojos a vivir su vida como le placiera. La moral de la época, que no había sufrido todavía los embates del Concilio de Trento, era bastante laxa en cuestiones de amoríos y, en esas tesituras, Simonetta no se conformó con lo que tenía en casa.

Se cuenta que Giuliano de Médici, el hermano menor de Lorenzo «el Magnífico», se enamoró perdidamente de ella y que la esposa de este, Clarisa Orsini, la acogió en su círculo presentándola en la sociedad que ellos frecuentaban. Botticelli era amigo de Giuliano y protegido de los Médici, para quienes realizaba encargos cada vez más frecuentes; conocía a Simonetta desde la boda con su amigo y también eran vecinos. La literatura romántica ha querido imaginar un enamoramiento súbito y ha dado por supuesto que el pintor se quedó colgado de la que se convertiría en su musa. Los datos que se conocen avalarían una historia que parece indiscutible pero que, a lo mejor, no lo fue tanto.

En 1475 Giuliano le pidió que pintase el estandarte que iba a lucir en un torneo, conocido como «la Giostra», que se celebraba en la plaza de la Santa Croce y con la que se divertían los muchachos nobles. Simonetta posó para Botticelli, que la imaginó como Palas Atenea —la Minerva romana, la diosa de la guerra, de la sabiduría y de la justicia—, una declaración de principios que formaba parte de la revolución del pensamiento artístico de la segunda mitad del siglo XV. La mitología griega fue la excusa para poner en tierra el ideal de belleza neoplatónico: Simonetta era la mujer cuyos rasgos encarnaban una nueva visión armónica y equilibrada, muy alejada de las madonnas rubicundas que representaban el papel de madres en despecho de cualquier otro atributo. La diosa simbolizaba lo femenino más allá de la referencia a la maternidad y ella era la personificación de las enseñanzas de la Academia, la que había hecho carne las teorías neoplatónicas.

Otros pintores la requirieron como modelo: Piero di Cosimo la representó como Cleopatra y como Procris, pero fue Botticelli el que la consagró como «la sin igual»Ella posaba en ocasiones para él y él la convirtió en su insignia, en el sello inconfundible de su estilo como han hecho otros artistas a lo largo de la historia. ¿No reconoceríamos también un Picasso, un Modigliani o un Botero una vez que han definido sus prototipos de mujer?

Simonetta falleció de tuberculosis en abril de 1476, a los veintitrés años de edad, pero su imagen, tantas veces dibujada, siguió protagonizando la obra de Botticelli. Dos años más tarde, en 1478, murió Giuliano de Médici en una conjura promovida por los Pazzi a la que Lorenzo sí sobrevivió. Detrás de esa conspiración pudo estar el papa Sixto IV y las luchas de poder entre ciudades; la tensión se relajó gracias a la diplomacia, y Botticelli fue enviado a Roma para colaborar en la pintura de la Cappella Magna Palazzi Apostolici (Capilla Sixtina) junto a otros pintores florentinos. De vuelta a su ciudad recibió el encargo de decorar unas salas del palacio de la Signoria junto a GhirlandaioPerugino y otros pintores. Y ya no paró. Trabajo no le faltaría.

Durante esos años su pintura para palacios y cassoni (cuadros de dormitorio) se centró en temas mitológicos en los que utilizaba las imágenes de su musa y su amigo ya fallecidos (Venus y Marte, 1483-1484). Era el momento de plenitud del pintor que había aceptado el encargo de Pierfrancesco de Médici para decorar la Villa di Castelo. Botticelli se decidió una vez más por la mitología y, tomando el tema de la obra de Ovidio y de su mentor Poliziano, se atrevió a pintar a Venus (Simonetta) desnuda en un lienzo y a la primavera consagrada en otro, ambos con una fidelidad extraordinaria a sus ideales neoplatónicos de belleza. 

Vivía en casa de su padre, del que se ocupó hasta que este falleció y empezó a frecuentar las prédicas de un dominico, Girolamo Savonarola, que disparaba contra los placeres y las corruptelas de este mundo. Su taller trabajaba a pleno rendimiento para atender los encargos, pero su pintura se fue decantando hacia temas religiosos cuyos protagonistas conservaban la delicadeza y la finura que lo caracterizaba. Su mente cambió. Llegó a quemar algunas de sus obras en la hoguera de las vanidades que Savonarola organizó en la plaza de la Signoria, la misma en la que sería ajusticiado tiempo después.

Botticelli, que había permanecido soltero, empezó a dar muestras de desequilibrio mental cuando el siglo llegaba a su fin y a vivir de cualquier manera aun cuando su hermano Simone, el tercero de ellos, le procuraba cuidados. La historia ha transmitido la imagen de un hombre influenciable, tímido y emocionalmente dependiente que quedó prendado de un amor imposible, pero cabe que le ocurriera como a otros artistas y que a una salud delicada se sumara el envenenamiento progresivo con albayalde u otros minerales de los que se utilizaban a diario en los talleres y que tanto afectarían al cerebro.

Murió en 1510 casi en el olvido. Su obra quedó eclipsada por nuevas generaciones de pintores hasta que, a principios del siglo XIX, algunos autores de formación neoclásica, pero impulsores del Romanticismo, rescataron al artista y al hombre y dieron pábulo a una leyenda que se repite: que sus huesos descansan a los pies de su amada en la capilla de San Pedro de Alcántara de la iglesia de Ognissanti. Pero Simonetta no está en ningún sitio, sus restos no han sido encontrados, o eso afirman los profesores eméritos que se prestan voluntarios a explicar cada una de las maravillas que contiene un templo lleno de historia, en el barrio de Santa María Novella, cerca del puente de la Trinidad.

Sin embargo, cuando el sol se pone sobre Florencia, la Hora cubre con su manto el cuerpo desnudo de Venus y le peina los cabellos arremolinados por el viento. Simonetta debe descansar en su sala de los Uffizi hasta que amanezca un nuevo día.

el bestiario medieval, un mundo de criaturas mágicas y terroríficas

 no es casualidad que muchas obras de ficción con tintes fantásticos evoquen mundos de estética medieval, como la Tierra Media o Narnia. Al pensar en unicornios, dragones, hadas o elfos, los situamos de forma natural en un contexto que, al menos visualmente, recuerda a la Edad Media. Y no es extraño, porque fue precisamente en el Medievo cuando se difundieron muchas leyendas y mitos que han llegado hasta nuestros días.

En la Europa medieval, la existencia de seres sobrenaturales que eran en la mayoría de casos reductos de paganismo era algo perfectamente aceptado. Algunos eran una herencia del mundo grecorromano, mientras que otros provenían de los pueblos que poco a poco fueron introducidos en el mundo cristiano. El resultado fue la compilación de leyendas y de bestiarios especializados que describían estas criaturas como si de verdaderas enciclopedias se tratase.

CRIATURAS DE LA NATURALEZA

Muchas de estas criaturas entraron en el imaginario colectivo a partir de los mitos y el folklore del norte de Europa, como los gnomos, los enanos o los elfos, y eran descritos como razas bendecidas con algún talento o cualidad especial: por ejemplo, los gnomos eran seres muy sabios y los enanos eran grandes herreros. A menudo se fundían creencias de distinta procedencia, como es el caso de las hadas, que en el imaginario medieval reúnen características de las fatae romanas, las nýmphē griegas y las fays celtas.

Algunas de estas criaturas eran benévolas con las personas, otras malvadas, pero en la mayoría de casos podían ser ambas cosas dependiendo de cómo se les tratase. Así, por ejemplo, se creía que los recién nacidos recibían la visita de las hadas; si estas encontraban un hogar amoroso bendecían al bebé con dones, mientras que si se sentían ofendidas lo maldecían con alguna tara como la cojera o la tartamudez y castigaban a sus familiares con desgracias. Este pensamiento perduró durante mucho tiempo y se refleja en cuentos de hadas tradicionales como La bella durmiente.

Ilustración de unicornio (Monoceros) en el Bestiario de Aberdeen

ILUSTRACIÓN DE UNICORNIO (MONOCEROS) EN EL BESTIARIO DE ABERDEEN

El Bestiario de Aberdeen es el más completo de la Europa medieval y recopila, a modo de enciclopedia natural ilustrada, todo tipo de animales, plantas, seres mitológicos e incluso piedras.

Foto: Aberdeen University Library

No todas estas criaturas pertenecían al mundo invisible: se creía que algunas podían ser vistas, al menos en teoría. Es el caso del animal mítico por antonomasia del bestiario medieval, el unicornio, representado como un caballo con un cuerno en la frente al que se atribuían poderes curativos. De hecho, los cuernos de unicornio eran vendidos como producto de lujo y quienes podían permitírselo los compraban a precio de oro, los hacían machacar y los mezclaban en su bebida como un supuesto elixir de longevidad o antídoto contra cualquier veneno que alguien hubiera podido mezclar en su copa. Algunos de estos supuestos cuernos se conservan en colecciones de la realeza de la época: se trata en realidad de colmillos de morsa y de narval, animales muy poco conocidos en Europa por aquel entonces y que eran vendidos por los pueblos escandinavos.

DRAGONES Y OTROS MONSTRUOS

Junto a estas criaturas mágicas, existían otras que podían calificarse claramente como monstruos. Ese apelativo no tiene necesariamente connotaciones de maldad, sino que más bien denota a seres peligrosos pero sin más mala intención que cualquier animal salvaje como osos o leones. En el bestiario medieval abundan especialmente herencias de la mitología griega como las sirenas, los basiliscos o los grifos, híbridos de diversas criaturas.

Entre estos, el monstruo medieval más icónico es sin duda el dragón. Este término designa a dos tipos de seres muy diferentes. En el Lejano Oriente, eran venerados como criaturas primigenias del universo y eran considerados símbolos de buena fortuna; los dragones europeos y del Medio Oriente, por el contrario, eran criaturas malignas. La referencia más antigua que se conoce data de alrededor del año 2000 a.C.: se trata de Tiamat, una diosa de la mitología babilónica de naturaleza dual que representa tanto la destrucción como la creación, dos procesos inevitablemente unidos.

Se cree que el dragón entró en el imaginario europeo gracias a los griegos y los fenicios, quienes a su vez lo conocieron a través de los persas. Para ellos era un ser maligno y el cristianismo le dio una nueva dimensión asociándolo a una encarnación del Diablo creada para provocar caos y sufrimiento: en el Libro del Apocalipsis se describe a Satanás como “el gran dragón” y “la serpiente antigua”; y leyendas como la de San Jorge se difunden por toda Europa, representando el triunfo de la fe cristiana contra el Maligno. A pesar de ello el dragón es también un símbolo de poder y, al igual que otras criaturas míticas como el unicornio o el grifo, aparece a menudo en la heráldica medieval.

Libro de Ilustraciones para Niños, Friedrich Justin Bertuch

LIBRO DE ILUSTRACIONES PARA NIÑOS, FRIEDRICH JUSTIN BERTUCH

El editor e ilustrador Friedrich Johann Justin Bertuch (1747-1822) se especializó en historia natural y dibujó un gran número de criaturas legendarias en su Libro de Ilustraciones para Niños: arriba, el basilisco y el fénix, en el centro, el ruc o ave de roc; abajo, el unicornio, el cordero vegetal y el dragón.

Foto: Heidelberg University Library

La idea popular de que la inspiración para estos monstruos surgiera a partir de fósiles de dinosaurios es discutible. En primer lugar, los seres híbridos son habituales en mitologías de todo el mundo; y en segundo lugar, lo que se puede apreciar en un fósil sin técnicas modernas de extracción y limpieza difícilmente bastaría para atribuirlo a una criatura imaginaria en vez de a un animal real: no fue hasta 1824 cuando se catalogó el primer fósil de dinosaurio, en concreto de un Iguanodon. Más probablemente, el mito del dragón nació a partir de una criatura real muy temida en la Antigüedad, el cocodrilo, del que se cree que hace milenios tenía una distribución más amplia que en la actualidad.

El primer bestiario conocido en el mundo occidental es el Phisiologos, escrito entre los siglos II y IV d.C. por un autor griego anónimo y que se tradujo al latín y otras lenguas. Perofue a partir del siglo XII cuando más se difundió la creencia en estos monstruos gracias al Bestiario de Aberdeen, que recopilaba a modo de enciclopedia natural tanto seres reales como imaginarios. Esta pátina de verosimilitud bastó para colocar a criaturas como los dragones y unicornios en el mismo plano que las cabras o los caballos; con la pequeña salvedad de que no se sabe de nadie que criara unicornios: si así fuese, habría sido el negocio del siglo.

La vulnerabilidad de Simone Biles es la vulnerabilidad de todos

 A todos nos ha sorprendido la reciente decisión de la gimnasta estadounidense Simone Biles de retirarse de la competición por equipos de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 para centrarse en su salud mental. En una entrevista posterior comentaba: “Hay que priorizar la salud mental. En caso contrario, no vas a disfrutar del deporte y no vas a tener éxito. No pasa nada por dejar pasar una competición para cuidarte. Eso demuestra lo fuerte y competitiva que eres”.

Rueda de prensa de Simone Biles el 27 de julio de 2021 tras retirarse de los Juegos Olímpicos Tokyo 2020 / USA Today.

Ha sido una noticia que ha impactado al mundo. No tanto porque una deportista excepcional de la que se esperaba mucho se haya retirado de las Olimpiadas, sino por la razón por lo que lo ha hecho. Posiblemente, si hubiera sido una lesión, no hubiera tenido el mismo impacto mediático. Ha demostrado valentía, y es seguro que la toma de conciencia del problema le ayudará a superar esta situación.

Sus palabras finales son reveladoras: con esta retirada demuestras que eres fuerte (para dejar de competir y asumir un problema) y competitiva (no quiero hacer perder oportunidades a mi equipo, no quiero hacerlo mal). Es un paso en firme para la recuperación. Este no era su momento.

La mente, ese gran enigma

Muchas veces no nos acordamos de lo que funciona. Lo hacemos cuando deja de funcionar, y la mente (entendida como resultado de la actividad del cerebro) no es una excepción. 

No consuma noticias, entiéndalas.

La mente es un enigma del que poco a poco vamos conociendo más. Sabemos que interpreta la realidad que nos rodea y nos ayuda a dar sentido a nuestra vida. En ella almacenamos nuestros recuerdos y también de ella surgen nuestros pensamientos, deseos y emociones. Conocerla es conocerse a uno mismo. 

En el caso de Simone, es la mente quien le ha jugado una mala pasada. No tiene ningún problema físico, el cuerpo le responde, pero su mente se ha bloqueado. Y esto mismo que le ha pasado a ella nos puede pasar a cualquiera de nosotros. Nadie está libre de que la mente se bloquee por cualquier circunstancia y en cualquier momento.

¿Qué es la salud mental?

La Constitución de la OMS dice: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Eso quiere decir que la salud mental es el equilibrio en armonía entre la persona y el mundo que le rodea. Incluye aspectos relacionados con nuestro bienestar emocional, psicológico y social. Es tan importante que afecta de manera directa en la forma en que pensamos, sentimos o actuamos en nuestra vida. 

Si tenemos una vida equilibrada, en armonía, en lo físico, mental y social, podemos decir que gozamos de buena salud mental. Pero no siempre es posible. Todos somos vulnerables ante los acontecimientos de la vida.

Algunos datos

Nada mejor que acercarse a los datos para comprobar que lo que le ha sucedido a Simone nos puede suceder a cualquiera. Las cifras son contundentes. 

En España, 1 de cada 4 personas tiene o tendrá algún problema de salud mental a lo largo de su vida. La ansiedad y la depresión son las más comunes, afectando al doble de mujeres que hombres. Según la Confederación de Salud Mental de España:

  • El 6,7% de la población en España está afectada por ansiedad y depresión.

  • Más de la mitad de los que necesitan tratamiento no lo reciben.

  • 2 millones de jóvenes han sufrido síntomas de trastorno mental en el último año (pandemia).

  • EL 9% de la población tiene algún tipo de problema de salud mental y el 25% lo tendrá en algún momento a lo largo de su vida, según la OMS.

  • Entre el 11% y el 27% de los problemas de salud mental en España se pueden atribuir a las condiciones de trabajo.

La pandemia ha agudizado este problema. En marzo de este año España era, junto a Portugal, el país de la Unión Europea que más ansiolíticos, sedantes e hipnóticos consumía, disparándose los casos de ansiedad y depresión.

¿Qué daña la salud mental?

La salud mental es fundamental. De hecho, si no hay salud mental no hay salud. Nos ayuda a enfrentarnos al estrés, a tener relaciones sanas, a ser productivos en el trabajo, a estar sanos desde el punto de vista físico, a contribuir a la comunidad alcanzando nuestro pleno potencial como personas. 

Sin embargo, hay varios factores que pueden alterar nuestra salud mental. Los más comunes son: 

  • Factores biológicos, que tienen que ver con la genética o la química del cerebro.

  • Antecedentes familiares de problemas de salud mental.

  • Experiencias en la vida relacionadas con traumas o abusos.

  • El estilo de vida, la dieta, el consumo de sustancias o la actividad física, entre otros. 

La salud mental puede cambiar con el tiempo, puesto que se encuentra expuesta diariamente a los problemas de la vida: perder el trabajo, estrés por exigencias de la competición, problemas con la pareja, en el trabajo, en las relaciones con los demás… 

El cuidado de enfermos, el diagnóstico de una enfermedad, etc. son situaciones que nos pueden estresar o agotar y superarnos. Es el momento de pedir ayuda a un profesional de la salud. Lo más efectivo suele ser los tratamientos combinados de terapia y medicación.

¿Qué medidas nos pueden ayudar a recuperar la salud mental?

En general, cualquier medida que nos ayude a la mejora personal. La Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos señala las siguientes:

  • Mantener una actitud positiva ante la vida. Para ello es importante no dar vueltas a problemas o situaciones del pasado o a preocuparse por el futuro.

  • Ser agradecido con la vida, poniendo el acento en las cosas positivas (fijarse más en lo bueno que en lo malo). 

  • Cuidar la salud física (mens sana in corpore sano).

  • Conectarse con los demás.

  • Tener un propósito de vida.

  • Entrenar habilidades para resolver problemas.

  • Practicar la meditación y las técnicas de relajación

El caso de Simone Biles podría ser el caso de cualquier de nosotros. Todos estamos expuestos a situaciones que pueden hacer desequilibrar nuestra armonía. Cómo reaccionemos dependerá del momento en que se produzca, cómo nos encontremos y de los factores que le rodeen. Pero seamos conscientes de que todos somos vulnerables ante la enfermedad, todos podemos ser Simone Biles. 

La fragilidad de las personas es una realidad, no sirve de nada mirar para otro lado. En algún momento nos tocará enfrentarnos a situaciones que no esperamos y para las que no sabemos si estaremos preparados. Uno no elige las circunstancias de la vida, pero sí la actitud frente a ellas.