miércoles, 1 de julio de 2020

los egipcios concebían el cielo como un gran recipiente de hierro


La autora junto a la esfinge de Giza

Victora Almansa Villatoro
los Textos de las Pirámides, escritos en el interior de algunas pirámides de Saqqara entre la quinta (2435-2306 a.C.) y la octava (2150-2118 a.C.) dinastías de Egipto, son los textos religiosos más antiguos del mundo.Son, asimismo, unos de los más complejos de la historia de la humanidad. Manejan un lenguaje alegórico y ritual y un vocabulario que es difícil de encontrar fuera de este corpus religioso. Estos textos se usan a menudo como la única referencia contemporánea para explicar la visión del cosmos y del universo que tuvieron los habitantes del antiguo Egipto durante el Reino Antiguo (2543-2120 a.C.).
Sin embargo, otro tipo de aproximación al pensamiento antiguo, que cada vez está recibiendo más atención, es el estudio de los signos jeroglíficos. El sistema de escritura jeroglífico, documentado con sentido lingüístico en Egipto desde el cuarto milenio antes de Cristo, nos ofrece una ventana a la clasificación simbólica y mental del mundo de las ideas en el Egipto faraónico. Así pues, mi estudio "The Cultural Indexicality of the N 41 sign for bjA: the Metal of the Sky and the Sky of Metal", publicado en la revista Journal of Egyptian Archaeology, combina las fuentes textuales religiosas, principalmente de los Textos de las Pirámides, y el estudio de los jeroglíficos para entender la percepción que los habitantes del país del Nilo tuvieron del cielo, el hierro y el útero femenino.
El sistema de escritura jeroglífico nos ofrece una ventana a la clasificación simbólica y mental del mundo de las ideas en el Egipto faraónico.
Estos tres conceptos, aparentemente sin relación entre sí, forman una "constelación" coherente que se concentra alrededor de un signo: el signo jeroglífico catalogado como N41, una forma semiesférica que contiene un líquido ondulante. Este signo se usaba para escribir la palabra bjA, que significa "cielo" o hace referencia a algún tipo de metal en los Textos de las pirámides. Además, el jeroglífico N41 se empleó asimismo para escribir palabras relacionadas con las mujeres ("útero") y el agua ("pozo").

"ROMPER" EL CIELO PARA ENTRAR

Una mirada sobre distintos pasajes de estos textos religiosos y otras fórmulas posteriores en los conocidos como los Textos de los sarcófagos y el Libro de los muertosseñalan un cielo al que el faraón fallecido debía acceder para poder resucitar. El cielo representa el útero de la diosa celestial Nut, por lo que parece lógico que el rey tenga que renacer en un contexto maternal. Pero los Textos de las pirámides también hacen referencia a un metal llamado bjA que forma parte del cielo y que el faraón necesita "romper" y "separar" para poder entrar. En los Textos de las pirámides el concepto "abrir" y "separar" tiene una importante relación cosmogónica que podemos ver incluso en otras tradiciones, como la transmitida por el Génesis: "Dios hizo el firmamento, y dividió las aguas que estaban bajo el firmamento de las aguas que estaban sobre el firmamento". En el antiguo Egipto, la alegoría del cielo se expresa a veces como un "huevo primordial" que el faraón tiene, una vez más, que romper y atravesar.Cuando un huevo se "divide" toma una forma semiesférica que recuerda a un recipiente oval, como el representado en el signo N41.
Los Textos de las pirámides también hacen referencia a un metal llamado bjA que forma parte del cielo y que el faraón necesita "romper" y "separar" para poder entrar.
Analizando los verbos que se colocan en los Textos de las pirámides junto a la zona del cielo que es bjA, observé que estos verbos no son los que se usan normalmente con superficies acuáticas, por lo que bjA no podía tratarse del "océano celestial" que se creía previamente. Verbos como "penetrar" indicaban más bien un componente sólido del cielo, que contendría agua en su interior. De este modo, el signo N4 sería más bien una representación gráfica del cielo como un "contenedor" de agua. El cielo contiene agua, ya que es el mismo útero de la diosa Nut, y el útero femenino contiene el líquido amniótico que protege al feto. Además, el agua, en forma de lluvia, podía caer ocasionalmente del cielo. Pero ¿de qué estaba hecho este contenedor de agua? Además del bjA como cielo en sí, los Textos de las pirámidesestán llenos de referencias a una "entrada" al cielo hecha de bjA, objetos celestiales de bjA y una barrera de bjA que el rey debe atravesar. Esto aclara aún más que bjA ha de ser en realidad un material sólido que envuelve el cielo. Pero ¿qué es bjA? Como el agua de lluvia, ¿pueden caer también trozos de ese misterioso bjA sobre la tierra?
Victoria Almansa durante sus investigaciones
Victoria Almansa durante sus investigaciones
Victora Almansa Villatoro

INSTRUMENTOS DE HIERRO METEÓRICO

Para completar este estudio consulté textos seculares contemporáneos en los que se menciona un metal bjA que no es plata, ni oro, ni cobre. Uno de los pocos objetos con un componente de hierro meteorítico que se conocen del Reino Antiguo es una varilla peseshkef, un elemento usado en el ritual funerario de la apertura de la boca, que fue descubierta en el Templo del Valle de Micerino, cerca de su pirámide, en Giza, que llevaba inscrito el nombre del faraón Keops. El metal bjA aparece, así, relacionado con este ritual funerario (que otorga al difunto el poder de usar sus sentidos después de la muerte) en los Textos de las pirámides, los Papiros de Abusir (en los que se menciona que las dagas sbAw, literalmente "estrellas", deberían estar hechas de este material) y otras fuentes posteriores. Además, los Textos de las pirámides aclaran que el bjA "que abre la boca de los dioses" proviene de Seth, que entre otras acepciones es considerado el dios de la tormenta.
Por otro lado, el sacerdote encargado específicamente de realizar la apertura de la boca sobre la momia del difunto vivía en Letópolis, una ciudad que se representa con un jeroglífico muy parecido a un rayo. En egipcio, las palabras para "estrella fugaz", "cometa" y "rayos" están todas asimiladas en una única expresión: sSd, por lo que es muy probable que todos estos fenómenos se confundiesen. Esta confusión aparece también en muchas otras culturas antiguas, ya que los meteroritos atraviesan la atmósfera terrestre emitiendo una luz cegadora y un sonido estridente, muy similar al efecto visual y acústico de una tormenta eléctrica.
El sacerdote encargado de realizar el rito de la apertura de la boca sobre la momia vivía en Letópolis, una ciudad que se representa con un jeroglífico muy parecido a un rayo.
Este estudio, por tanto, pretende demostrar que los egipcios no sólo usaban el hierro procedente de los meteoritos en un período anterior a la Edad del Hierro(cuando minerales ferrosos podían fundirse a altísimas temperaturas, una técnica que no se conoció en Egipto hasta el primer milenio antes de Cristo), como se observa por ejemplo en algunas cuentas de collar predinásticas de la zona de Gerzeh (datadas en el cuarto milenio antes de nuestra era) o en la famosa daga de Tutankhamón (ambos, elementos fabricados con hierro meteorítico), sino que además conocían el origen extraterrestre de este material.

¿UN CIELO DE HIERRO?

En los jeroglíficos luvios (los reinos luvios o luvitas fueron una serie de estados que surgieron en Anatolia tras la caída del Imperio hitita), el cielo también se representa como un recipiente semiesférico, y Homero menciona un par de veces un "cielo de hierro" en sus obras. Así pues, una visión del cielo como un contenedor de hierro y de los meteoritos ferrosos como fragmentos de ese cielo habría estado presente en distintas tradiciones alrededor del mundo.Como en Egipto, un cielo de hierro no habría sido la única concepción celeste, especialmente a medida que los estudios científicos astronómicos se fueron desarrollando.
En el antiguo Egipto, una visión "científica" y "religiosa" (ambos, conceptos modernos) de la realidad convivió siempre, por ejemplo en ámbitos como la medicina. Además, ésta es la cosmología que presentan los Textos de las pirámides. Pero las tradiciones religiosas en una civilización tan longeva como la egipcia suelen ser varias y contradictorias, ya que mezclan mitos orales de distintas zonas geográficas y épocas. Hasta la publicación de esta investigación, la percepción de un cielo de hierro nunca había sido identificada en estudios egiptológicos.Pero este conocimiento debió de perderse en algún momento de la historia. De hecho, los textos científicos del siglo XVIII niegan que los meteoritos puedan proceder del espacio.
Hasta la publicación de esta investigación, la percepción de un cielo de hierro nunca había sido identificada en estudios egiptológicos.
En egipcio, la palabra bjA n pt "el bjA del cielo", no aparece hasta el Reino Nuevo (1539-1077 a.C.), pero mi investigación de los Textos de las pirámides demuestra que bjA significa ya "hierro" desde el tercer milenio, y que la relación entre el hierro, los meteoritos y el espacio se conocía desde entonces, o incluso desde el cuarto milenio. El signo N41 se encuentra, de hecho, desde los primeros orígenes de la escritura egipcia. Si su expresión gráfica del cielo como un contenedor de hierro con agua en su interior y una metáfora del útero de Nut ya había sido concebida, la relación entre mujeres, agua, cielo y hierro es anterior a la primera presencia de textos extensos en Egipto.

El duro deseo de durar

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Up, 2009. Imagen: Disney / Pixar.
Fabrizio De André, el famoso cantautor italiano, solía presentar su canción «La balada del amor ciego» con este breve parlamento: «El amor es un malentendido de la razón. Es un momento de gran borrachera que con el paso del tiempo se transforma, se apacigua y nos hace conscientes de que solo es un malentendido». Las palabras del gran Faber contradicen su biografía (siempre se declaró enamorado de las dos mujeres con las que compartió su vida) y su obra, cuajada de maravillosas canciones de amor. No es fácil hablar ni escribir sobre el amor; es más, suele resultar bastante penoso hacerlo. De hecho, la contradicción observada en De André hace más de veinte años se reproduce cíclicamente con otros intérpretes y otras motivaciones.
En la actualidad, mientras la literatura, el cine y la música se inundan de románticas historias de amor, las parejas se separan cada vez con más frecuencia. Más de ciento cinco mil parejas españolas se separaron en el año 2014, por ejemplo. O sea, que más de la mitad de los matrimonios acaban por romperse. La supervivencia media de las parejas españolas es de quince años, entre las más bajas de la Unión Europea. Y las cosas no van mejor en los sucesivos intentos. Las separaciones se incrementan hasta un sesenta por ciento en los segundos matrimonios y llegan a un setenta y cinco por ciento si se celebran unas terceras nupcias. Y esta situación es extrapolable al mundo occidental aunque la resolución de las rupturas aparezca muy tamizada por la idiosincrasia nacional en cuanto a la gestión de la infidelidad, causa principal de la mayoría de divorcios y separaciones. Estas cosas no se digieren igual en un estómago francés que en uno inglés o italiano…
Tal vez sea Eva Illouz la socióloga que más ha estudiado el «amor romántico». Y lo ha hecho revisando concienzudamente la influencia recíproca entre el capitalismo y las emociones, tan estrecha que han acabado por fundirse entre sí. Pero para lo que nos ocupa tal vez tenga más interés la observación apuntada por Illouz de que el «amor romántico», con sus rasgos de imprevisibilidad, altruismo y desinterés, es para muchas personas la mejor manera de luchar contra el frío y descarnado mundo capitalista: la «utopía romántica» sería la última barricada contra las frías aguas del ruin capitalismo. De ahí que lo tengamos hasta en la sopa a través de las Cincuenta sombras de Grey, las novelas de Elena Ferrante, los cuentos de Alice Munro, los candados de Federico Moccia, las películas de Sorrentino e incluso la celebración en Teruel, capital del amor, de una reunión auspiciada por la Cadena Ser bajo el reclamo de «El Amor, con mayúsculas».
Dejando a un lado —por su perfil meramente descriptivo— el documentado trabajo de Illouz, sorprende que la vanguardia en la lucha por la recuperación del amor como ideal e incluso de las relaciones de pareja estables —¡incluso del matrimonio!— provenga de dos psicoanalistas lacanianos: la francesa Julia Kristeva, autora con su marido Philippe Sollers de El matrimonio considerado como una de las bellas artes (Fayard, 2015); y el italiano Massimo Recalcati, que publicó Ya no es como antes. Un elogio del perdón en la vida amorosa (Anagrama, 2015). Y sorprende que este intento de restauración de este «antiguo régimen» venga del psicoanálisis porque fue Freudquien con más dureza atacó el concepto tradicional de amor romántico vigente hasta los inicios del siglo XX: primero, escindiendo el amor del deseo, al señalar que ambas instancias están condenadas a vivir separadas porque la llegada de uno (amor) supone la salida del otro (deseo) del juego. Más adelante, Freud remataría la faena, ya apoyado por psicoanalistas de todas las escuelas, al puntualizar en su Introducción al narcisismo que «el amor es un engaño que nos lleva a confundir al Otro con nuestro Yo ideal». O sea, que cuando decimos «te amo», en realidad estamos diciendo «me amo a través de ti». No hay mejor decantación del narcisismo que esta frase. Fue en los alrededores de mayo del 68 cuando el pensamiento psicoanalítico acabó contactando con el marxismo. Y no costó apenas que, tras haber explotado el «teorema del amor libre» hasta lo permitido por la biología, el taimado capitalismo cargase con la responsabilidad clave en la liquidación del ideal del amor, ya bien recubierto del egoísmo narcisista freudiano.
¿Qué mejor coartada que afirmar que es el discurso capitalista el que nos obliga a actuar así porque lo que quiere el Amo es que consumamos y cuanto más mejor? ¿Quién si no es el responsable del cinismo hiperhedonista que nos empuja en manos del consumo y de que hayamos puesto a lo nuevo a la cabeza del tranvía llamado Deseo, demandando nuevas parejas, nuevas emociones, continuas sensaciones basadas más en la novedad que en la calidad de las mismas? Es lo que, cuadrando el círculo, algunos teóricos han llamado «el nihilismo del deseo» porque siempre se busca algo que nunca se conseguirá por cuestión de concepto. Y es que ese presunto nihilismo que asoma pareja tras pareja es difícil aprehenderlo. Entiéndaseme…
¿A quién puede extrañarle que, tras haber acabado con el concepto clásico de amor romántico, el psicoanálisis pretenda ahora rehabilitarlo como último dique de resistencia, como dimensión absoluta, frente al discurso cínico e hiperhedonista del capitalismo canalla? Al psicoanálisis le ha acabado pasando lo que según Fernando Fernán Gómez le sucedía a Felipe González: que era «capaz de convencerte de algo y también de todo lo contrario». Esta cualidad para un político puede ser útil, pero para un pensamiento que aspire a dirigir la vida social no sirve para nada.
La prestigiosísima intelectual francesa Julia Kristeva ha recopilado cuatro largas conversaciones mantenidas con su esposo Phillipe Sollers entre 1990 y 2014 en el citado libro. Kristeva y Sollers se casaron en 1967 y pronto cumplirán cincuenta años juntos. Se casaron porque ella necesitaba un matrimonio de conveniencia al ser una refugiada búlgara y evitaba así el convertirse en una sin papeles, matiza Kristeva. Este texto que señalo no puede decirse que sea un libro nacido en vano. Al tratarse de una conversación entre dos espectadores de la vida cultural francesa durante tantos años y en primer plano, hay reflexiones curiosas e interesantes, sobre todo cuando se desprenden del asfixiante lenguaje psicoanalítico y se dedican a comentar sus pequeñas anécdotas respecto a lo que ha sido su vida en común. Ahí es donde está la sustancia: en sus opiniones sobre el casanovismo de Hollandeo sobre la doble vida familiar de Mitterrand, o en su percepción de que el paso del tiempo se acaba convirtiendo en el director de ese duetto al que ellos dos, bellas almas, se resisten a llamar «pareja». Por lo demás, para ser un libro importante en cuanto a su teoría sobre las relaciones conyugales se echa en falta alguna referencia al papel de las hormonas en el enamoramiento o a los datos duros que brinda la estadística sociológica (el papel de la crisis económica, de la incorporación de la mujer al mercado laboral, etc.). No debemos seguir tratando con pensadores que, sin que se note, nos quieren colar aquella frase que tanto gritaba san Agustín de Zamora en el Ateneo madrileño: «¡En el genoma no hay nada!, ¡en el genoma no hay nada!».
Massimo Recalcati es un reputado psicoanalista e intelectual italiano. Su último trabajo es un rotundo alegato (ai, qui ho diría…) en favor del amor estable, de la relación de pareja duradera, de lo que Paul Éluard, bendecido por Jacques Lacan, citaba como «el duro deseo de durar». Recalcati comienza su libro con una exhibición de las tropelías conceptuales acerca del amor difundidas por Freud y los psicoanalistas, incluidos algunos lacanianos muy actuales, y de las que se ha dado cuenta previamente. También aprovecha para alertar de los riesgos que para el «amor eterno» suponen el consumismo capitalista y lo que él llama «cientificismo», que viene a consistir en el paso de la embriaguez del enamoramiento causada por un pico de dopamina a la calma y tranquilidad amorosas que supone la activación de los receptores de oxitocina. El resto del libro es un confuso tráfico de reflexiones acerca de las promesas de amor, del duelo tras la ruptura de la pareja y del adulterio, difícilmente comprensible para el profano. Los capítulos finales sostienen la aportación más novedosa del texto: su solicitud de que la posibilidad del perdón pase a formar parte de la dialéctica de una pareja en crisis tras una infidelidad. O sea, la indicación de que hay que luchar por la permanencia de la pareja a través incluso de un acto tan infravalorado hasta ahora como la petición de perdón y, a través de él, intentar la reconquista de la confianza de la persona amada antes que el rápido cambio de pareja.
Recalcati lleva razón en que hay poco escrito sobre el perdón de la infidelidad en la relación amorosa. Es cierto, por ejemplo, que ni en el cine ni en la literatura se nos muestran demasiados ejemplos de parejas que le den una segunda oportunidad a una relación torpedeada por el adulterio. Pero se vuelven a echar de menos, ahora en Recalcati, las aportaciones de la psicología evolucionista al respecto. El perdón es uno de los mecanismos psicológicos incorporados más recientemente en nuestra ontogenia. Y un mecanismo muy poderoso en lo interpersonal. «El perdón libera el alma y disipa el temor. Por eso es un arma tan poderosa», decía Nelson Mandela en la aclamada película Invictus de Clint Eastwood. Y Recalcati se comporta como un pensador astuto al recuperar este concepto para jugar al amor en nuestro tiempo.
Contra Recalcati se ha alzado la filósofa Michela Marzano para señalar que hay traiciones que nunca prescriben y que la infidelidad es una de ellas. Para Marzano es relativamente sencillo hacer creer a la persona engañada que nada ha cambiado cuando las más de las veces tras una traición de ese tipo ya nada será lo mismo. Y una relación mantenida así estaría condenada al vacío. Nada hay rescatable cuando uno de los dos no quiere ser sincero. Marzano sostiene que muy pocos valores podemos rescatar del pasado en este aspecto, que no se puede condenar a una parte de la pareja al sufrimiento de fingir que mantiene una relación duradera por salvar las apariencias. Marzano, que señaliza el autismo narcisista y la dificultad para compartir con los demás como pecados capitales de nuestro tiempo, sostiene que tal vez el problema radique en la idealización del amor y haya que aceptar que no existe un «amor perfecto», que nuestra pareja puede no estar muchas veces a la altura de las circunstancias y que, a veces, incluso puede hacernos daño. Pero que todos estos desencuentros no son nada al lado de la traición imprescriptible que es el adulterio. Y que el «sin perdón» de dicha traición es la única posibilidad de salvar una subjetividad del falso ídolo de las apariencias.
Aunque las tesis expuestas por los textos de Kristeva y Recalcati sean incompletas y discutibles, al obviar aportaciones de otras disciplinas que tienen mucho que decir al respecto, está claro que han servido para poner sobre el tapete uno de los debates sociales más apasionantes: ¿por qué duran tan poco las parejas actuales? ¿Por qué ya no hay amores eternos? ¿Se deben perdonar las infidelidades? Y poner un tema en el candelero siempre es un éxito para un intelectual que se precie de serlo. Cuenta Recalcati que T. W. Adorno señaló en su Minima Moralia (1979) que, en el teatro familiar, la camiseta blanca del padre fue el símbolo para generaciones enteras. Y que los lazos familiares se han deteriorado hasta el punto de que la imagen de la familia ha sido sustituida por una pareja de autistas ante el televisor que pasan la vida embebidos en sus iPhone. Está claro que hay que buscar algún punto de equilibrio entre estos extremos para evitar que muchas parejas vean su vida en común inundada por el vacío ante la irrupción de lo cotidiano y la ausencia de lo nuevo. Y para que el tiempo y la intimidad no acaben lanzando al ruedo social tantas vidas «llenas de nada».

Edward Hopper y la soledad, pinturas que son profecías

Cuando vivía en Chicago, frecuentaba el Art Institute para admirar los cuadros de Edward Hopper, especialmente Nighthawks. Más tarde hacía lo mismo en Nueva York, en el Whitney; ambos museos cuentan con una excelente colección del pintor. Recordé esas visitas cuando, en pleno confinamiento, las redes se llenaron de imágenes de Hopper. Me preguntaba: ¿por qué Hopper nos habla tan de cerca estos días?
Edward Hopper es pintor de la soledad. De la soledad y el aislamiento. En algunos idiomas hay dos palabras que se traducen al castellano como soledad. En inglés hay la pareja solitude–loneliness, significando la segunda una soledad triste, no buscada. La misma pareja lingüística se encuentra en checo: samota–osamělost. Puede haber distintos puntos de vista, pero a mi entender Hopper pinta ambas soledades.
Nighthawks representa a cuatro personajes en un bar nocturno: un hombre y una mujer que no son pareja, sentados juntos, otro hombre más alejado en la barra, cada uno de ellos sumergido en su melancolía. Completa la imagen de la desolación el camarero, que lava las copas, y aunque contesta lo que le preguntan, su actitud muestra que no pierde el tiempo en habladurías: le urge que esos últimos clientes se marchen; en cambio ellos saben que si abandonan la ruidosa soledad del bar, su desolación no hará sino crecer. Los personajes de Nighthawks son un ejemplo de soledad en su acepción de loneliness. También lo es Hotel Room: una mujer que lee, cansada, en una habitación de hotel, con las maletas aún sin deshacer, detalle que proporciona un aire de provisionalidad al espacio. La mujer en Automat está sentada de noche en una cafetería vacía; su zozobra es patente también debido al hecho de que la chica se ha quitado un solo guante.
Melancolía, desequilibrio, desa­sosiego: ese es el estado de ánimo que expresan muchos cuadros de Hopper. Sus pinturas son un excelente ejemplo del llamado espacio liminal. El término liminal deriva del latín: limen significa umbral, de modo que espacio liminal se refiere al espacio que está más allá de lo familiar. En los espacios liminales uno tiene la sensación de encontrarse fuera de órbita, en lo desconocido. Es un espacio-tiempo transicional que puede llegar a transformar a la gente. Los bares, aeropuertos, viajes en tren o avión y hospitales pueden ser ejemplos de espacios liminales que casi siempre son viajes en el tiempo. Al igual que lo es el sanatorio de Davos en el que Thomas Mann situó su novela La montaña mágica, donde los enfermos intentan curarse de la tuberculosis y mientras lo hacen se transforman.

'Nighthawks', una de las obras más célebres del pintor estadounidense Edward Hopper.
'Nighthawks', una de las obras más célebres del pintor estadounidense Edward Hopper. 

Durante el confinamiento, contemplaba los cuadros de Hopper en la pantalla de mi ordenador y encontraba que se sitúan en espacios liminales. Me doy cuenta de ello con más agudeza tras la cuarentena que acabamos de pasar. Se trataba de un tránsito entre dos realidades: una conocida, la normalidad que dejamos atrás hace más de tres meses; la otra, ignorada, la que nos espera cuando se acabe el tiempo de nuestra soledad. En ese espacio liminal de recogimiento obligado, mientras los medios nos bombardean con mensajes sobre el mundo temible que encontraremos al salir del encierro, nos sentimos como los personajes de Hopper: solos y desasosegados por lo que nos aguarda.
En nuestro mundo inestable, que Zygmunt Bauman describió con lucidez como líquido, Hopper es el pintor que mejor expresa nuestra ansiosa soledad. Sus cuadros hoy resultan proféticos.

La humanización de la salud durante la pandemia

En la atención sanitaria, no se puede entender la humanización de la salud sin aludir al concepto de cuidado. Albert Jovell fue un médico y paciente oncológico que lo supo expresar de manera contundente: 
“Yo ya acepto que no me van a curar, pero me costaría aceptar que no me van a cuidar”. 
Ha costado mucho trabajo cambiar la cultura médica e ir incorporando el concepto de cuidado. Si se revisa la historia, la labor del médico siempre ha sido la de curar. En el pasado, el médico que se encontraba frente a un paciente cuya enfermedad no era tratable, se lo comunicaba a él o a su familia, y le dejaba: su labor ya había terminado. 
Cicely Saunders junto a una enferma en el St. Christopher’s Hospice.
Muchos acontecimientos (todos ellos recientes) han logrado modificar esta tradición de miles de años. Por mencionar uno, la enfermera y trabajadora social (después médica) Cicely Saunders promovió en 1967 en Londres la creación del primer centro médico dedicado a la atención de enfermos terminales que será referencia para todo el mundo: St. Christopher Hospice. Comienzan así los cuidados paliativos y, oficialmente, aparecen profesionales de la salud y unidades médicas cuya misión ya no es curar, sino cuidar, acompañar y brindar confort. 

La ética del cuidado

Parece indiscutible que no se puede contar con una cultura de la humanización sanitaria sin priorizar la labor del cuidado. Por ello, debe regirse filosóficamente por una disciplina acorde: la ética del cuidado. Que pone especial énfasis en la idea de vulnerabilidad. 
En otros artículos escritos para The Conversation mencionaba que somos conscientes de nuestra vulnerabilidad en la niñez, la vejez y la enfermedad. Según Francesc Torralba (2002), “la idea de vulnerabilidad nos recuerda que tenemos que vivir con la mortalidad y que debemos cuidar al otro como sujeto frágil”. 
Esta pandemia también nos ha devuelto nuestra conciencia de vulnerabilidad. Vivíamos confiados, nos creíamos protegidos e inmunes. Los desastres naturales, las guerras, el hambre… era algo que ocurría allá, lejos, en otros rincones del mundo. No había amenaza previsible. Hasta que, de pronto, nos vimos confinados.
En los últimos meses hemos visto saturados nuestros medios sanitarios, sufrimos la pérdida de miles de vidas y la distancia física ha pasado a formar parte de nuestro día a día. Aunque no hayamos contraído COVID-19 ahora somos conscientes, más que nunca, de nuestra vulnerabilidad. 
Eso nos hace, a su vez, conscientes de la vulnerabilidad del otro. Estar frente a una persona vulnerable nos remueve y nos exige actuar de forma solidaria, ética y responsable. Especialmente a un profesional de la salud, que se ha formado con la intención de ayudar a las personas cuando la enfermedad sobreviene, o lo que es lo mismo, cuando el estado de fragilidad aflora. Por esta razón, cuando un sanitario quiere ejercer su profesión con ética debe atender la llamada que el sujeto, presa de su enfermedad, le hace. 

Cuidar en la soledad

¿Pero cómo vamos a cuidar al paciente cuando una crisis como esta pandemia nos supera? Muchos profesionales de la salud ya llevan el cuidado en su actividad diaria. Ya cuentan con una cultura de la humanización sanitaria. Sin embargo, esta situación ha supuesto un verdadero reto. 
Además de la saturación por el alto número de casos, uno de los principales problemas a los que se han enfrentado es el aislamiento de los pacientes. La mirada y el tacto han perdido su efectividad debido a los equipos de protección personal. 
Los pacientes no han podido ver a sus sanitarios a los ojos o sentir el contacto de la piel cuando les sujetaban la mano. Y como dice Francesc Torralba, “el tacto es fundamental para el ejercicio del cuidar, pues resulta imposible cuidar éticamente a un ser humano sin ejercer el tacto”. Otro tanto se podría afirmar sobre la importancia de la mirada. 
Los centros hospitalarios son sitios eficientes, asépticos y tecnificados, pero también son lugares fríos. A esta realidad habitual se le ha sumado, por culpa de esta pandemia, la imposibilidad de que los familiares pudieran visitar a su pariente enfermo. Muchos de ellos no pudieron siquiera tener una última conversación mirándose a los ojos, despedirse de esos seres queridos o celebrar un funeral con el apoyo de otros familiares y amigos. Las últimas horas para muchas víctimas del COVID-19 fue en compañía de los profesionales de la salud que los cuidaban. 

Cuidar a los cuidadores

Desde el comienzo de la pandemia, los profesionales de la salud se han tenido que enfrentar a la situación con escasez de recursos y, sobre todo, con unas inadecuadas medidas de protección personal para ejercer su labor de forma segura. 
Algunos profesionales han denunciado esta situación a través de los hashtag #NiHeroesNiMartires o #MareaBlancaCoronavirus. Muchos incluso ven con frustración e impotencia las primeras medidas de desahogo. 
Ver las imágenes de personas apelotonadas en la calle, en donde apenas se puede guardar la distancia de protección, debe generarles mucho desasosiego. Ellos han librado una verdadera guerra durante este tiempo y, pese a sus esfuerzos, han tenido que presenciar la muerte de muchos pacientes, e incluso la de algunos de sus compañeros. 
Hemos sobrecargado nuestro sistema sanitario y, por este motivo, es fundamental que como sociedad actuemos con responsabilidad. Que nos esmeremos por mantener la distancia social será tan reconfortante para los profesionales de la salud como lo son los aplausos desde nuestros balcones. También debería ser una buena oportunidad para fortalecer nuestro sistema sanitario. 
Quizá gracias a esta pandemia nos volvamos más responsables. Ahora nos toca a nosotros cuidar a nuestros profesionales de la salud y a nuestro sistema sanitario. 
Tenemos que fortalecerlo, e incluso me atrevo a decir que tenemos que mimarlo. Porque ellos han estado ahí por nosotros, y a partir de ahora nos toca a nosotros devolverlo. Otorgar el premio Princesa de Asturias a los sanitarios es un buen gesto, pero el cambio debe ser más profundo y duradero.
Debemos crear una cultura de la humanización sanitaria, más allá de las modas. Sólo así será posible tenerla incorporada en los hábitos cotidianos para que salga a la luz incluso en tiempos de pandemia. Para que ni las gafas protectoras, ni los guantes consigan parar los cuidados humanizados. Pero, lo dicho, esta cultura la tenemos que promover también los usuarios. Empecemos siendo más humanos nosotros mismos.

La moda de derribar estatuas

El Papa Sixto V sólo reinó en Roma durante cinco años, pero a los romanos les pareció un siglo por su despotismo. Además de la plebe, Sixto V se buscó enemigos de alta alcurnia: la nobleza romana, Felipe II de España y la Compañía de Jesús. A ésta intentó quitarle su nombre y los jesuitas respondieron rezando una novena que debió ser poderosa: tocaban las campanas para el rezo del último día cuando falleció el Papa… muchos pensaron que, además de novena, hubo veneno.
La plebe romana no rezaba novenas, pero tan pronto se conoció la muerte del Papa, una multitud acudió al Capitolio y le ajustó cuentas a la imponente estatua que se levantaba en el mejor lugar de Roma. La imagen de Sixto V fue destrozado y se dice que terminó en el Tíber. Algunos pensaron que movía los hilos del populacho el poderoso “partido español”, capitaneado por los Colonnas, muy irritados porque Sixto V había excomulgado las corridas de toros.
El pueblo suele ensañarse con los símbolos del poder que le ha oprimido cuando éste desaparece. Una imagen icónica del levantamiento anticomunista de Hungría de 1956 fue la cabeza cortada de una ciclópea estatua de Stalin, derribada y rota ante 100.000 exaltados habitantes de Budapest. Pero había otra foto, las botas de Stalin que se quedaron pegadas a la base, que resultó de mal augurio. El mal no había sido cortado de raíz, y regresó bajo la forma de un millar de tanques soviéticos, que aplastaron la libertad de los húngaros y reimplantaron el comunismo.
La CNN nos retransmitió en directo el derribo de una gran estatua de Sadam Hussein, inmediatamente después de la conquista norteamericana de Bagdad en 2003. La mayoría de la población de Irak era chiita y había soportado el dominio de la minoría sunita, a la que pertenecía Sadam, de modo que no faltaron voluntarios para la profanación, aunque el trabajo técnico lo hicieron soldados americanos. Esa imagen difundida a todo el mundo parecía ser la del triunfo de Estados Unidos. Sin embargo, poco después, los mismos que habían destrozado la estatua estaban disparando contra las tropas de ocupación norteamericanas.
Derribo de la estatua de Saddam Hussein tras la conquista americana de Bagdad.
Derribo de la estatua de Saddam Hussein tras la conquista americana de Bagdad.

Ada y el concejal de los Ángeles

En todos los casos históricos que hemos citado había un justificado odio popular hacia sus tiranos, que hacía comprensible el vandalismo. Más difícil resultó comprender a Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, cuando anunció a bombo y platillo, incluso con publicidad por radio, que iba a montar una fiesta para retirar la estatua del Marqués de Comillas, porque “se había lucrado con el tráfico de esclavos”. Prácticamente nadie en Barcelona tenía idea de quién era aquel señor del siglo XIX, cuya efigie convencional adornaba la plaza de Antonio López, junto a Correos. Ni siquiera sabían que el tal Antonio López fuera precisamente el marqués.
Antonio López fue un indiano que emigró de niño desde el pueblo cántabro de Comillas a las Américas. Una lucha dramática con la miseria empujó a muchos como él al desarraigo de las zonas más pobres de España, y unos pocos lograron hacer fortuna. Los que triunfaban solían hacerlo rompiendo las normas, pero el indiano que regresaba rico y se convertía en benefactor de su pueblo fue siempre un ejemplo positivo. Antonio López no sólo ejerció la filantropía en su Comillas natal, donde es venerado, sino que tras casarse con una catalana se estableció en Barcelona, donde entre otras cosas fundó el Banco de Crédito Mercantil que impulsó la urbanización del Ensanche. Por eso le levantaron un monumento en la ciudad condal.
Al inventarse un enemigo del pueblo catalán como hizo Ada Colau, y ajustarle justicieramente las cuentas a su estatua, lo que no llevaba ningún riesgo, la alcaldesa populista se sumó a una moda que recientemente la ha tomado con las estatuas de Colón en Estados Unidos. Los disturbios raciales por la muerte de ciudadanos negros a manos de la policía se han ensañado en las esculturas del descubridor, como si él tuviese la culpa de que la policía estadounidense tenga el gatillo fácil. Derribaron sus estatuas en Minnesota y Virginia, decapitaron otra en Miami y vandalizaron una más en Boston.
Colón vandalizado aprovechando los disturbios raciales en Minnesota.
Colón vandalizado aprovechando los disturbios raciales en Minnesota.
Pero lo más notable, por su carácter institucional, ha sido la retirada hace 10 días de la estatua que había en Los Ángeles. Ha sido un concejal de origen nativo americano, como hay que decir según la corrección política, quien emprendió una campaña contra Colón, al que considera “responsable de un genocidio”.
Esta forma de leer la Historia de siglos pasados con los parámetros culturales de la actualidad -que pueden cambiar con la moda en cualquier momento-, son una prueba de pereza intelectual. Los indios americanos fueron efectivamente arrollados cuando se encontraron con una civilización más desarrollada –los indios no habían descubierto la rueda, no tenían escritura, ni habían llegado a la Edad del Hierro- Eso mismo le pasó a los celtiberos cuando llegaron a España los romanos. Los actuales españoles somos fruto de aquella invasión romana, y a nadie sensato se le ocurre que haya que renegar de nuestra lengua porque procede del latín, excepto a los nacionalistas vascos. Los nacionalistas catalanes todavía no han descubierto una lengua primigenia anterior al latín, de donde también procede su habla.