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martes, 28 de junio de 2022

la tumba de una reina vikinga: el barco de oseberg

 

Un barco reconstruido. El barco de oseberg se expone totalmente ensamblado en el Museo de Barcos Vikingos de Oslo. Construido hacia el año 820, en madera de roble, en él destaca la proa, acabada en forma de cabeza de serpiente en espiral. No presenta señales de utilización, por lo que se cree que su uso fue exclusivamente funerario.

Foto: UNIVERSITY OF OSLO

en 1870, el joven noruego Johannes Hansen llegó a Estados Unidos desde su humilde granja de Oseberg, en Noruega. Como muchos jóvenes escandinavos, esperaba hacer fortuna al otro lado del Atlántico. Sin embargo, un encuentro con una vidente habría de cambiarle la vida. Al parecer, la mujer le dijo que no era necesario que sufriera penurias en América para hacerse rico, ya que el túmulo que se alzaba en sus tierras escondía un gran tesoro y sólo tenía que excavar para encontrarlo.


miércoles, 31 de marzo de 2021

el mundo sobrenatural de los vikingos

 Ängsälvor - Nils Blommér

Foto: CC

los mitos nórdicos se cuentan entre los que despiertan mayor fascinación y deseo de imitación. Desde el rico mundo de la Tierra Media nacido en la mente de J.R.R. Tolkien o la gran saga operística de WagnerEl anillo del nibelungo hasta la cultura popular actual -cómics, cine, videojuegos y un largo etcétera-, la mitología nórdica es una fuente inagotable de inspiración por su variedad y por una cierta sensación de proximidad que produce: dioses, criaturas sobrenaturales y magia son parte integral de esos mundos en vez de algo separado de ellos como ocurre en el concepto occidental de la religión. Así era también para el pueblo que más asociamos a estos mitos, los vikingos. Parte del imaginario que tenemos sobre su mitología está influida por la visión de los misionerios cristianos, quienes la interpretaron en base al patrón de la tradición grecorromana con la que estaban familiarizados. Pero al contrario que estos, para los pueblos nórdicos su relación con los seres intangibles fue de conveniencia más que de supeditación.

Parte del imaginario que tenemos sobre la mitología nórdica está influida por la visión de los misionerios cristianos, quienes la interpretaron en base al patrón de la tradición grecorromana

Tampoco existía una palabra en el antiguo idioma nórdico que significara “religión”: los vikingos se referían a su corpus de creencias como forn siđr, “las viejas costumbres”, un término que en sí mismo denota lo opuesto a las “nuevas costumbres”, es decir, a la fe traída por los misioneros cristianos. Pero el mundo sobrenatural nórdico era algo orgánico e integrado en su propia realidad, si bien de una forma invisible que no podían ver pero con la que sí creían que se podía interactuar.

EL MUNDO INVISIBLe

Odín

Odín, llamado también Wotan ("el furor"), era el señor de los aesir y una de las figuras principales de la mitología nórdica. Ilustración de un manuscrito islandés del siglo XVIII.

Foto: CC

Los dioses eran considerados seres poderosos con los que convenía congraciarse, pero no necesariamente adorar: esta concepción es distinta a la de otros pueblos, principalmente del Mediterráneo antiguo, que consideraban a sus divinidades como entes a los que debían respeto y obediencia. Los vikingos en cambio creían que los dioses se ocupaban de sus propios asuntos, así como los humanos se ocupaban de los suyos.

De hecho, la propia concepción de estos seres como dioses está influida por la idea de los panteones mediterráneos y mete en una misma categoría entidades que los vikingos consideraban distintas: los aesir, asociados a la guerra, como Odín; y los vanir, asociados a la prosperidad, como Freya. Hay criaturas de gran poder pero que no son consideradas divinidades como los jotun o gigantes, mientras que otros personajes tan conocidos como Loki tampoco son seres divinos aunque vivan entre ellos.

El criterio para clasificar a estos entes sobrenaturales parece haber sido a cuál de los Nueve Mundos -en los que la cosmología nórdica dividía el universo- pertenecían. Estos mundos pendían del árbol Yggdrasil, un inmenso fresno en cuyas ramas y raíces vivían todas las criaturas del universo. En el mundo de los humanos o Midgard habitaban los humanos, mientras que los otros ocho estaban poblados por los aesir y los vanir (los que llamaríamos dioses), los elfos, los gigantes, los enanos y unos seres infernales que podríamos equiparar a demonios: los múspellsmegir y los rjúfendr.

Asgard

Asgard era uno de los Nueve Mundos surgidos del fresno Yggdrasil; hogar de los aesir, en él se encontraba el Valhalla gobernado por Odín. Representación de Otto Schenk basada en las óperas de Wagner.

Foto: CC

PUERTAS ENTRE MUNDOS

La relación de los humanos con estos seres debería considerarse más de negociación que de veneración. Para convencerlos de que actuaran a favor de uno o en contra de sus enemigos había que “sobornarlos”, con presentes como objetos de metal -la mayoría de ofrendas encontradas son de metal, como armas o anillos-, bienes de lujo como barcos o, en algunos casos, sacrificios tanto de animales como de personas. La naturaleza de estos regalos variaba según el tipo de criatura, por lo que las ofrendas encontradas pueden dar pistas sobre a quién estaban destinadas.

No solo las divinidades eran adoradas. Se sabe que una parte del culto era doméstico e iba dirigido a criaturas sobrenaturales próximas a la vida cotidiana, como los elfos, a los que había que contentar para que brindaran prosperidad al hogar. Una particularidad es que se veneraba también a criaturas que se consideraban en cierto grado malvadas o problemáticas, para contentarlas y que no provocaran desgracias. Especialmente reverenciadas eran las nornas Urd, Verdandi y Skuld, que vivían en las raíces del Yggdrasil y tejían en tapices los destinos de todos los seres.

Freyr

Freyr era el señor de los álfr o elfos de luz, adorado como divinidad de la lluvia y la fertilidad y por lo tanto una figura principal del culto doméstico. Iba acompañado por Gullinbursti, un jabalí de oro regalo de los enanos que tiraba de su carro e iluminaba la noche con su resplandor. Ilustración de Johannes Gehrts.

Foto: CC

Los vikingos no tenían una figura que se pueda equiparar a un sacerdote, como los druidas en la cultura celta. Lo más próximo sería lo que hoy llamaríamos hechiceros o brujos: personas con un don especial para comunicarse con el mundo oculto, pero sin un cargo oficial dado por la comunidad, y que intercedían con las criaturas sobrenaturales por encargo y a cambio de dinero. Existían “especialistas” entre ellos, como profetas, adivinos o magos; y a juzgar por la imagen que nos dan los textos literarios no parece que fueran especialmente apreciados por la comunidad, al contrario, más bien aparecen a menudo como una especie de parias.

Aunque no había espacios cerrados que pudieran ser considerados como templos, en las excavaciones de residencias de la élite vikinga se han encontrado zonas con una considerable densidad de ofrendas enterradas, lo que hace pensar en áreas dedicadas específicamente al culto que podrían considerarse una especie de capillas privadas. En espacios al aire libre las zonas de culto aparecen como plataformas de piedra rodeadas por una especie de cercas, lo que hace pensar que recreaban un espacio sagrado donde pudiera tener lugar el contacto con los otros mundos.

Separado pues de la lente del cristianismo, el particular mundo nórdico de lo sobrenatural aparece tal y como lo entendían quienes creían en él: una parte invisible de la realidad cuya existencia se podía tan solo rozar. Y tal vez, considerando que sus “dioses” tenían la fea costumbre de engañarse entre ellos, a menudo con terribles consecuencias, era mejor dejarles que se ocuparan de sus propios asuntos.

martes, 19 de julio de 2016

El barco de Oseberg, la tumba secreta de una reina vikinga

En 1904, el arqueólogo noruego Gabriel Adolf Gustafson excavó cerca de Oslo un barco vikingo que contenía un completo ajuar funerario

En 1870, el joven noruego Johannes Hansen llegó a Estados Unidos desde su humilde granja de Oseberg, en Noruega. Como muchos jóvenes escandinavos, esperaba hacer fortuna al otro lado del Atlántico. Sin embargo, un encuentro con una vidente habría de cambiarle la vida. Al parecer, la mujer le dijo que no era necesario que sufriera penurias en América para hacerse rico, ya que el túmulo que se alzaba en sus tierras escondía un gran tesoro y sólo tenía que excavar para encontrarlo.
Este encuentro, recogido en un compendio de historia local de 1930, es muy probablemente fruto del misticismo que suele acompañar a los descubrimientos arqueológicos de principios del siglo XX. Pero lo cierto es que Johannes volvió a Oseberg y comenzó a excavar el túmulo. Sus esfuerzos fueron infructuosos y abandonó la búsqueda ante la sospecha de que el montículo era en realidad una tumba de víctimas de la peste negra de 1348. En los años siguientes, los vecinos continuaron realizando pequeñas búsquedas sobre el terreno, sobre todo después de que en 1880 se descubriera el túmulo de Gokstad, que contenía un gran barco utilizado como tumba de un príncipe vikingo del siglo IX. Un vecino de Hansen, Oskar Rom, decidió adquirir la granja de Oseberg con la intención de proseguir los trabajos. Y así fue como en 1903, tras excavar una trinchera para drenar el agua del terreno, Oskar Rom encontró un pequeño fragmento de madera tallada de unos 20 centímetros: era el principio del que sería el mayor descubrimiento arqueológico de Noruega.

Llega el arqueólogo

En la tarde del 8 de agosto de 1903, Rom se personó en la oficina del profesor Gabriel Adolf Gustafson, director del Museo de Antigüedades de la Universidad de Cristianía (Oslo). Un año antes, un inspector local ya había intentado llamar la atención del arqueólogo sobre las excavaciones que los vecinos estaban haciendo en Oseberg, pero Gustafson, un hombre algo arrogante y condescendiente, no prestó atención al aviso. Rom estaba a punto de sufrir el mismo destino cuando Gustafson vio el fragmento de madera que el granjero había traído consigo. El delicado patrón de la decoración no dejaba lugar a dudas sobre el origen vikingo del descubrimiento. Al día siguiente, Gustafson viajó a Oseberg y realizó un sondeo en el túmulo para estimar su valor. El 10 de agosto informaba en el periódico Aftenposten que se había hallado un nuevo barco funerario vikingo. Ante la expectación suscitada, Oskar Rom se apresuró a sacar tajada y pidió 12.000 coronas noruegas a Gustafson, una suma considerable en aquella época. Sin una ley de patrimonio que protegiera el yacimiento, el arqueólogo no tuvo más opción que buscar fondos para poder hacer frente al pago.
El 13 de junio de 1904 se inició la excavación. El túmulo, de 40 metros de ancho por 6 de alto, había sido construido con arcilla azul y piedras cubiertas con turba, un material vegetal que se obtiene en pantanos. Este recubrimiento había servido para sellar el contenido y había mantenido unos niveles de humedad óptimos para conservar la madera, y eso es lo que explica que el estado de conservación del barco de Oseberg sobrepase con creces el de Gokstad. Pero el peso de la tierra había aplastado la estructura del navío y la tumba alojada en su interior, por lo que la excavación se convirtió en un gran rompecabezas que los conservadores tardaron décadas en recomponer.
Una vez despejado el terreno, se comprobó que el barco medía 21,44 metros de largo por 5 de ancho y se había dispuesto con la proa mirando hacia el mar. En la popa, tras el mástil, se halló la cámara funeraria, cuya madera se ha datado en el año 834. Gustafson pronto se dio cuenta de que la tumba había sido saqueada, tal vez poco después del entierro. Los ladrones entraron por la proa e hicieron un agujero para acceder a la cámara funeraria y robar el ajuar, al tiempo que dejaban los huesos diseminados por la galería.
Un barco reconstruidoUn barco reconstruidoEl barco de oseberg se expone totalmente ensamblado en el Museo de Barcos Vikingos de Oslo. Construido hacia el año 820, en madera de roble, en él destaca la proa, acabada en forma de cabeza de serpiente en espiral. No presenta señales de utilización, por lo que se cree que su uso fue exclusivamente funerario.
¿Reina o sacerdotisa?
Los últimos estudios indican que los huesos corresponden a dos mujeres, una de entre 70 y 80 años y otra más joven, de unos 50. Las especulaciones sobre su identidad se dispararon de inmediato: se habló de la reina Aasa, abuela del primer rey de Noruega, Harald I (850-933), e incluso de una sacerdotisa. En cualquier caso, seguramente una de ellas fue sacrificada para acompañar a la difunta de mayor rango al mundo de los muertos.
Además del barco, el ajuar funerario incluía objetos de uso cotidiano, como camas, edredones, ropa, peines, útiles de cocina, aperos de labranza y tiendas. También había una carreta y cuatro trineos, así como los restos de quince caballos, seis perros y dos vacas. Todo esto sugiere que los vikingos tenían una firme creencia en la vida mas allá de la muerte, por lo que las tumbas debían ser abastecidas de todo aquello que fuera a necesitar el difunto. El ajuar de Oseberg parece reforzar la idea del viaje simbólico a la tierra de los muertos e indica que también las mujeres podían acceder a este mundo de ultratumba. De lo que no cabe la menor duda es de que, sea quien sea la mujer enterrada en Oseberg, ocupó un lugar prominente entre su pueblo.

Para saber más

El mundo de los vikingos. Richard Hall. Akal, Madrid, 2008.
NationalGeographic.com