martes, 25 de mayo de 2021

pedro el ermitaño, el predicador de las cruzadas

 en noviembre de 1095, el papa Urbano II lanzó un llamamiento a capturar Tierra Santa, en manos de los musulmanes desde hacía cuatro siglos. Antes de que la nobleza europea respondiera tomando las armas, un hombre intentó una marcha suicida acompañado de miles de personas comunes. Se trataba de Pedro de Amiens, un clérigo sin recursos -de ahí su apodo “el Ermitaño”- pero dotado de un gran carisma, que se convirtió en uno de los principales predicadores de las Cruzadas, así como el responsable de la brutalidad que en muchas ocasiones mostraron los combatientes.

Pedro, que había estado anteriormente en Jerusalén como peregrino, recibió entusiasmado el discurso de Urbano y empezó de inmediato a transmitirlo por pueblos y ciudades. Pero al contrario que los nobles, que preferían tomarse su tiempo para preparar la guerra inminente, él creía que debía hacerse de inmediato para librar a los cristianos de oriente de los abusos -seguramente exagerados por el papa- a los que los sometían los gobernantes musulmanes

Los sermones del clérigo sirvieron como un preludio de lo que iba a ser la Cruzada real: en ciudades como Colonia y Maguncia estallaron violentas persecuciones contra los judíos, a los que se veía como enemigos más próximos y accesibles que los musulmanes. A medida que los ánimos se encendían, muchos decidieron no esperar a que los nobles dieran la orden de marchar hacia Tierra Santa

LA CRUZADA DE LOS POBRES

Habiendo obtenido permiso del patriarca ortodoxo de Jerusalén, Simeón II, para reclutar gente para su causa, en abril de 1096 Pedro había reunido 40.000 personas dispuestas a marchar hacia Levante. El nombre que se dio a esta “Cruzada de los Pobres” es perfectamente descriptivo: la gran mayoría era gente sin recursos, armados solo con las herramientas de trabajar el campo o ni siquiera eso, y no tenían la más mínima idea del viaje que iban a afrontar.

Como era de esperar por la falta de preparación, la expedición fue un desastre. Su primer destino era Constantinopla, pero las provisiones se terminaron mucho antes antes de llegar allí y los peregrinos empezaron a saquear las poblaciones que encontraban por el camino. Aunque mal preparados, eran muchos miles de personas; a veces las ciudades preferían entregarles comida y agua para que continuasen su camino sin detenerse, otras veces se las proporcionaban las autoridades eclesiásticas, que temían los encendidos discursos de Pedro y los disturbios que podían causar.

La Cruzada de los Pobres fue un desastre. La mayoría no llegaron siquiera a Constantinopla, muertos por el camino o capturados por los bandidos

La mayoría no llegaron siquiera a Constantinopla: los que no dieron media vuelta al darse cuenta de la dureza real de aquel viaje, murieron por el camino o fueron capturados y vendidos como esclavos por los bandidos. Aun así, Pedro no renunció a su objetivo: en la capital bizantina se reunió con Walter el Indigente, otro predicador que, como él, había convencido a miles de personas sin recursos para marchar a la captura de Tierra Santa, y se dispusieron a partir hacia Jerusalén.

El emperador Alejo I Comneno les había aconsejado esperar al ejército cruzado, que ya estaba en camino, pero los seguidores de Pedro y Walter presionaron para partir de inmediato. Temiendo que pudieran producirse episodios de violencia, el emperador les facilitó transporte marítimo hasta el otro lado del Bósforo, pero ese fue el paso final hacia el desastre. Una vez en suelo enemigo no tuvieron ninguna oportunidad contra el ejército selyúcida, que masacró o esclavizó a la mayoría.

EL PREDICADOR DEL EJÉRCITO

Pedro y unos pocos miles de supervivientes consiguieron escapar y volver a Constantinopla. En mayo de 1097 llegó el ejército cruzado y pidió unirse a él como capellán; los líderes de la Cruzada aceptaron pensando que les podía ser útil para levantar la moral de las tropas, pero cuidándose de que no destacara demasiado y abocara también esta expedición al desastre.

A pesar de mantenerse en segundo plano y del fracaso de su aventura anterior, su carisma y elocuencia le hicieron muy popular entre los soldados, especialmente los pobres, puesto que su aspecto humilde les generaba más confianza que sus ricos comandantes. En más de una ocasión sus sermones fueron decisivos para motivar a las tropas a lanzar un último ataque contra las ciudades asediadas.

Pedro el Ermitaño

Pedro el Ermitaño predicando a los cruzados. Ilustración por Paul Gustave Doré

Foto: CC

El más célebre fue el que dio en el Monte de los Olivos, en las afueras de Jerusalén, pocos días antes de la caída de la ciudad: en él animó a los soldados a saquear la ciudad y aniquilar a los “infieles”, tanto musulmanes como judíos, con la promesa de que tales acciones les valdrían la entrada al Paraíso. El resultado no se hizo esperar y el 15 de julio de 1099 los cruzados entraron en la ciudad, masacrando indiscriminadamente a sus habitantes.

Tras la captura de Jerusalén, el Ermitaño se quedó un tiempo en la Ciudad Santa repartiendo limosnas entre los pobres, pero al cabo de poco decidió regresar a Europa. Se instaló en la ciudad de Huy (en la actual Bélgica), donde fundó el monasterio de Neufmoustier. A pesar de la popularidad que le había dado su papel en las Cruzadas, a partir de ese momento prácticamente desapareció de la historia: pasó el resto de su vida retirado en su monasterio, donde murió en 1115.

benedicto xiii, el papa que se mantuvo en sus trece

 ¿de dónde procede la expresión “mantenerse en sus trece”, es decir, negarse a abandonar una posición u opinión? Hay varias teorías al respecto, pero la más acreditada se refiere al papa -oficialmente antipapa- Benedicto XIII, más conocido como el Papa Luna, por su linaje y escudo de armas.

Benedicto XIII ejerció su pontificado de 1394 a 1398, oficialmente, y hasta 1423 como antipapa después de que un cónclave le declarase depuesto. Siempre defendió que su autoridad era superior a la del cónclave y que él era el único papa legítimo, aunque al final ya solo la Corona de Aragón lo reconocía como tal, lo que habría dado origen a la expresión “mantenerse en sus trece”: defender la propia posición tozudamente a pesar de toda evidencia en sentido contrario.

ENTRE UN CISMA Y OTRO

Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, como así se llamaba, vivió entre dos de las épocas más convulsas de la cristiandad occidental. Los Luna eran uno de los linajes nobles más antiguos e ilustres de la península Ibérica, descendientes de la casa real de Pamplona y emparentados también con la de Aragón. Como hijo segundo su carrera se orientó hacia la Iglesia y, tras graduarse en la universidad de Montpellier, ejerció como profesor de derecho canónico.

El ansiado cardenalato le llegó en 1375 de manos del papa Gregorio XI; los Luna ya habían ocupado diversos cargos eclesiásticos importantes, lo que seguramente influyó en la decisión. Pedro pasó a formar parte de la Curia Pontificia como juez comisario; eran los últimos años del Papado de Aviñón y sus misiones le permitieron conocer a personajes que pasarían a la historia de la Iglesia como la futura santa Catalina de Siena. Fue uno de los cardenales que acompañaron al papa Gregorio en su solemne regreso a Roma en 1377, que ponía fin a casi setenta años de división de la Iglesia católica.

Escudo del Papa Luna

Escudo de armas del Papa Luna

Foto: CC

Gregorio XI murió al año siguiente y el cónclave, del que formaba parte el cardenal de Luna, se reunió para decidir su sucesor. Para evitar la elección de un nuevo papa francés se optó por Bartolomeo Prignano, arzobispo de Bari, que subió al solio pontificio con el nombre de Urbano VI. Pero este papa pronto demostró tener demasiada iniciativa para el gusto de los cardenales: les reprochaba la vida licenciosa que llevaban, les trataba con desprecio si no aprobaban sus medidas y se entrometía en los asuntos políticos de los estados vecinos -amenazando, por ejemplo, a la reina Juana de Nápoles con hacerla encerrar en un convento si no pagaba sus deudas con el papado-, poniendo en peligro la seguridad de los Estados Pontificios.

En verano de 1378 la mayoría de cardenales de la curia se reunieron en Anagni, declararon nula la elección de Urbano VI y eligieron a un nuevo papa

En verano de 1378 la mayoría de cardenales de la curia se reunieron en Anagni, ciudad cercana a Roma que fue escenario de algunos de los episodios más convulsos de la historia del papado. Allí declararon nula la elección de Urbano VI puesto que se había hecho en medio de un clima de crispación en Roma y por lo tanto podía considerarse que había sido obtenida con violencia. En su lugar fue elegido el francés Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII: pero Urbano se negó a renunciar, dando inicio a una nueva división que duraría otros cuarenta años y sería conocido como el Cisma de Occidente.

Aunque en aquel momento la mayoría de Europa reconoció a Clemente como el papa legítimo, su elección no fue válida según el derecho canónico y, por lo tanto, es considerado como un antipapa; por ese motivo, el nombre de Clemente VII seguía “libre” y fue adoptado por el cardenal Julio de Médici cuando fue elegido papa en 1523.

Palacio de los papas en Aviñón

El Palacio de los Papas en Aviñón fue una de las sedes del poder pontificio durante el Papado de Aviñón (1309-1377) y nuevamente durante el Gran Cisma de Occidente (1378-1417).

Foto: CC Chimigi

EL PAPA QUE SE MANTUVO EN SUS TRECE

Pedro de Luna fue uno de los hombres de confianza del antipapa Clemente en los diceiséis años que duró su pontificado. No resulta extraño pues que fuese elegido como su sucesor en 1394 con una apabullante mayoría de 20 votos sobre 21, tomando el nombre de Benedicto XIII. Al igual que con Clemente VII, su elección no se consideró válida en Roma y siglos más tarde hubo otro papa con el mismo nombre, este sí oficial. No obstante, en 2018 se presentó una iniciativa al Vaticano para pedir la rehabilitación de Pedro de Luna como papa oficial, apoyada por varios obispos españoles.

Benedicto no gozó del mismo apoyo que habían tenido sus predecesores. Francia había apoyado con anterioridad a los antipapas porque, siendo franceses, podían resultar útiles políticamente. Pero Pedro de Luna era aragonés y además no se mostraba dispuesto a dejarse manejar por el poder real, de modo que en 1398 la corona francesa le presionó para que renunciase y, ante su negativa, impuso un bloqueo militar sobre el palacio papal de Aviñón. Finalmente, en 1403 logró escapar y refugiarse en Nápoles, pero su poder había sufrido un duro golpe: al retirarle Francia su apoyo también lo habían hecho los cardenales franceses, que componían la mayoría de su curia, así como varios reinos aliados. Solamente le restaba el apoyo de cinco cardenales y de las coronas de Aragón, Castilla, Escocia y Sicilia.

La Iglesia se encontró con tres pontífices que proclamaban su legitimidad, por lo que el rey Segismundo de Hungría tomó cartas en el asunto y convocó un concilio en Constanza

La situación de complicó todavía más en 1409, cuando un concilio celebrado en Pisa dictaminó la destitución de los dos papas -el oficial, Gregorio XII, y Benedicto XIII- y proclamó uno nuevo, Alejandro V. Sin embargo, ninguno de los anteriores quiso renunciar y la Iglesia se encontró con tres pontífices que proclamaban su legitimidad. Finalmente el rey Segismundo de Hungría, que había reclamado sus derechos como Rey de los Romanos -el antiguo título de los reyes lombardos del norte de Italia- tomó cartas en el asunto y convocó un nuevo concilio en Constanza.

Segismundo de Luxemburgo

Segismundo era un hombre rudo que no demostraba ningún complejo ante los representantes de la Iglesia. Al decir a los cardenales “procurad que esa nefanda cisma sea erradicada”, el cardenal Braule le susurró “señor, cisma es de género neutro”, a lo que el rey le espetó: “Soy el Rey de Roma y soy superior a la gramática”.

Foto: Germanisches Nationalmuseum (CC)

El Concilio de Constanza duró cuatro años y trató, entre otros asuntos, la reunificación de la Iglesia católica. Con ese fin ratificó la destitución de Benedicto XIII así como del antipapa de Aviñón, Juan XXIII, a los que declaró herejes; Gregorio XII, por su parte, renunció en favor de la unificación de la Iglesia; y se declaró a Martín V como papa único.

El Papa Luna se negó a aceptar el veredicto y siguió defendiendo su legitimidad hasta el final de su vida, pero la decisión del Concilio de Constanza barrió los últimos apoyos que le quedaban. Alfonso V de Aragón le acogió en su reino y le mantuvo su protección debido a la importancia política que tenían los Luna para la corona. El rey puso a su disposición el Castillo de Peñíscola, en el reino de Valencia, una antigua fortaleza templaria donde vivió hasta su muerte en 1423 y en la que incluso instaló su propia corte papal, aunque no fuese reconocida por nadie. Solo su sucesor, el antipapa Clemente VIII, aceptó renunciar a su legitimidad en 1429, terminando oficialmente el Gran Cisma de Occidente.

la dura vida de los ilotas, los esclavos de esparta

 dentro de la sociedad esclavista de la antigua Grecia, Esparta ocupa un lugar especial tanto por su peculiar sistema como por la crueldad del trato que daba a sus esclavos. Por eso Critias, un político ateniense del siglo V a.C., dijo que en ningún otro lugar "los libres eran más libres ni los esclavos más esclavos". Para explicarlo hay que remontarse al siglo X a.C., cuando los griegos de estirpe doria invadieron el Peloponeso y ocuparon las fértiles tierras del valle del Eurotas –la región de Laconia– y esclavizaron en masa a sus habitantes. Los dorios les arrebataron sus tierras y les obligaron a seguir trabajándolas para ellos. Estos esclavos recibieron el nombre de ilotas, palabra de origen incierto que los autores antiguos relacionaban con la raíz del verbo "capturar", lo que se aviene bien con la condición de estas gentes como cautivos de guerra.

Más tarde, en el siglo VIII a.C., los espartanos, tal vez empujados por la superpoblación, se lanzaron a la conquista de la vecina región de Mesenia. Tras una guerra larga y sangrienta se hicieron con su control y sometieron a sus habitantes a la esclavitud. Los mesenios esclavizados se convirtieron en ilotas; más tarde, en el siglo V a.C., el gran historiador ateniense Tucídides diría que "la mayor parte de los ilotas la constituyen los descendientes de los antiguos mesenios reducidos a la esclavitud".

Como los otros ilotas, los mesenios siguieron cultivando sus tierras y pagaban un fuerte tributo a sus nuevos amos. Según el poeta espartano Tirteo: "Como burros agotados con grandes pesos, llevaron a sus dueños, bajo la forzada desventura, la mitad de los frutos que produce la tierra".La peculiar forma de vida de los ciudadanos de Esparta, consagrados a la milicia, sólo fue posible por esa masa de esclavos que trabajaba las tierras para su sustento. A la vez, este gran número de esclavos debía ser controlado con gran celo para evitar revueltas. Así se creó aquella Esparta que los autores antiguos comparan con un campamento siempre en arma

UNA VIDA DE SUMISIÓN

Los ilotas pertenecían al Estado y no podían ser vendidos fuera de Esparta ni liberados por los particulares. Llevaban la cabeza afeitada (lo que contrastaba poderosamente con las largas melenas que lucían los espartanos adultos), vestían una tosca prenda de cuero y se cubrían con un gorro de piel de perro (kynê), que era su elemento más distintivo. Si se desprendían de esta indumentaria eran castigados con la muerte, y sus dueños, multados. Sin duda, poder distinguir fácilmente a los ilotas por la apariencia exterior favorecía su control.

El amo estaba obligado a prestar los esclavos de su lote a otros conciudadanos que los necesitaran, del mismo modo que los caballos o los perros

Los ilotas vivían sobre todo en los campos, donde formaban comunidades y podían hacer vida familiar. Estaban ligados a un lote de tierra que tenían que cultivar para ofrecer una parte de la cosecha anual a su amo; el resto de la producción quedaba en manos del ilota. El amo estaba obligado a prestar los esclavos de su lote a otros conciudadanos que los necesitaran, del mismo modo que los caballos o los perros. Algunos ilotas, sobre todo mujeres, se empleaban en el servicio doméstico y personal. El concubinato con hombres espartanos debió de ser frecuente, ya que existía una categoría social llamada móthakes, es decir, "bastardos".

SOLDADOS DE SEGUNDA

Los ilotas también seguían a sus amos en las campañas militares, en principio portando las pesadas armas y el bagaje. Sabemos que cada hoplita espartano estaba acompañado de un ilota para su exclusivo servicio; pero bien pronto se les permitió combatir como tropas armadas a la ligera. Su papel se incrementó con el tiempo, cuando el número de espartanos de pura cepa comenzó a declinar; así, sabemos que el general espartano Brásidas se llevó consigo a setecientos ilotas para luchar contra los atenienses en el norte del Egeo en plena guerra del Peloponeso. Y a principios del siglo IV a.C. participaron tres mil ilotas en la campaña del rey Agesilao contra los persas.

Esta política de incorporar los ilotas al ejército era una forma de alejar del país a grandes grupos de esclavos que podían resultar peligrosos si estallaba una revuelta. Por ese motivo se les destinaba a escenarios de guerra muy alejados de Esparta, como el norte del Egeo, Asia Menor y Sicilia. Los ilotas que demostraban su buena disposición podían conseguir la ansiada libertad, como pasó con los que acompañaron a Brásidas. En otra ocasión se ofreció la libertad a los ilotas que se atrevieran a pasar comida a los soldados espartanos rodeados por los atenienses en la isla de Esfacteria, en el año 425 a.C.

La creciente importancia militar de los ilotas llevó, a finales del siglo V a.C., a la creación de una categoría social conocida como neodamodeis, "nuevos miembros del demos" (el pueblo), formada por ilotas liberados y entrenados como hoplitas, que se emplearon como tropas de choque en diversas campañas entre los años 421 y 371 a.C.; a pesar de su nombre no gozaban de plenitud de derechos como los viejos ciudadanos.

UNA CRUEL REPRESIÓN

Es imposible conocer la exacta proporción de ciudadanos y esclavos en la antigua Esparta, pero podemos estar seguros de que el número de ilotas crecía mientras el número de ciudadanos declinaba constantemente debido a las continuas guerras y una estricta política de ciudadanía, que incluía el abandono de los niños nacidos con defectos físicos.

Los éforos al tomar posesión de su cargo a principios de año, declaraban oficialmente la guerra a los ilotas para que no fuese delito matarlos

Ante esa situación, el Estado tuvo que tomar medidas a fin de controlar a los ilotas. Para empezar, los éforos (los cinco magistrados que ostentaban el poder supremo), al tomar posesión de su cargo a principios de año, declaraban oficialmente la guerra a los ilotas para que no fuese delito matarlos; pues en el pensamiento de la Grecia clásica cualquier crimen injustificado originaba una mancha religiosa que recaía sobre toda la ciudad. Pero el principal instrumento de represión fue la cripteia. Este término se relaciona con el verbo "ocultar", lo que se explica por la principal exigencia de esta prueba: permanecer sin ser visto en los campos y montes de Laconia.

Plutarco la describe con cierto detalle: "Cada cierto tiempo, los magistrados enviaban por diversas partes a los jóvenes que eran más juiciosos sólo con un puñal y el alimento imprescindible; de día se ocultaban, pero de noche bajaban a los caminos y degollaban a los ilotas que cogían. Muchas veces, llegando hasta los campos, mataban a los más fuertes y mejores".
Al principio, la cripteia fue una prueba de hombría y de endurecimiento para la vida militar que debía superar la juventud espartana, pero pronto se convirtió en una forma de infundir terror y reducir el peligro de las rebeliones de los ilotas. Estas rondas por los campos permitían controlar mejor a los esclavos, abortar desde el principio una resistencia organizada e impedir el bandidaje.

REBELIONES Y LIBERACIÓN

Según cuenta el historiador Jenofonte –que puso su espada al servicio de Esparta–, los ilotas se pasaban la vida acechando los infortunios de sus amos, mirándolos con el deseo de "comérselos crudos". El miedo a las revueltas de sus ilotas condicionaba de forma absoluta la forma de vida y la política de Esparta, ya que sus ciudadanos, temerosos de que los ilotas se rebelaran en su ausencia, tuvieron que renunciar a largas campañas militares en lugares lejanos, y limitaron su influencia política y militar a la zona del Peloponeso.

La mayor rebelión tuvo lugar en 464 a.C., cuando un terremoto asoló Esparta. Se creyó que fue un castigo de Poseidón porque los espartanos habían matado a unos ilotas que buscaron refugio en su templo del cabo Ténaro. Fue tal la violencia del seísmo que murieron 20.000 ciudadanos y sólo quedaron en pie cinco casas. Los supervivientes estaban recogiendo de entre las ruinas sus enseres y objetos valiosos cuando el prudente rey Arquidamo II mandó dar la señal de combate y todos los hombres acudieron armados a su presencia. Esto fue la salvación de Esparta, porque los ilotas llegaban desde todos los campos a la ciudad dispuestos a acabar con los espartanos que hubieran sobrevivido; al encontrarlos en orden de batalla, se retiraron. Pero los ilotas mesenios aprovecharon el desastre y se alzaron en armas.Muchos se hicieron fuertes en el monte Itome, una fortaleza natural en el centro de Mesenia, donde resistieron diez años hasta llegar a un acuerdo con los espartanos, que les permitieron salir del país con sus mujeres e hijos.

El victorioso Epaminondas les entregó su antigua patria ya liberada y refundó para ellos la ciudad de Mesene

La liberación definitiva de los ilotas llegaría mucho después, en 371 a.C., cuando las tropas de Tebas, al mando de Epaminondas, infligieron una durísima derrota a los espartanos en la batalla de Leuctra. Tras su triunfo, los tebanos invadieron Esparta y los ilotas mesenios aprovecharon su presencia para rebelarse de nuevo. El victorioso Epaminondas les entregó su antigua patria ya liberada y refundó para ellos la ciudad de Mesene, en la falda del monte Itome.

Sin embargo, el comportamiento de los ilotas de Laconia fue distinto. Muchos aceptaron el ofrecimiento de alistarse en el ejército espartano para combatir a los invasores (1.000, según Diodoro; 6.000, según Jenofonte). La sumisión de estos esclavos llegaba a tal punto que, cuando algunos ilotas fueron capturados por los tebanos, se les animó a que cantaran canciones y poemas que sus amos les tenían prohibidos, pero se negaron rotundamente a hacerlo.

Durante la decadencia de Esparta los ilotas tuvieron más posibilidades de alcanzar la libertad. Sabemos que entre los años 223 y 222 a.C., seis mil ilotas pudieron pagar las cinco minas áticas que exigió por su liberación el rey espartano Cleomenes III; este dinero procedía de los excedentes de las cosechas que, según las leyes antiguas, los ilotas podían conservar. Y Nabis, que reinó entre 207 y 192 a.C., concedió la libertad y la ciudadanía a un buen número de ilotas para aumentar su ejército. Cuando poco después llegó la dominación romana, este peculiar sistema esclavista, donde una clase servil ligada a la tierra trabajaba para sostener a una clase privilegiada dedicada a las armas, terminó por desaparecer.

PARA SABER MÁS

Esparta. César Fornis. Crítica, Barcelona, 2003.

Vidas paralelas, vol. I (Licurgo) Plutarco. Gredos, Madrid, 2000.

El hombre de Esparta. Antonio Penadés. Edhasa, Barcelona, 2010.

lunes, 24 de mayo de 2021

ESTO ES EL PERDÓN

Antes de criticar a alguien, 

mira profundamente dentro de ti mismo.


Antes de avergonzar o juzgar a alguien más 

por no vivir a la altura de TU imagen, 

de TUS estándares, 

cumpliendo TUS expectativas, 

conéctate primero con 

tus propias frustraciones, 

decepciones, zozobras, 

necesidades no satisfechas.


Regresa tu atención hacia ti. 

Encuentra paz justo donde te encuentras. 

Reconfortándote a ti mismo desde tus cimientos.

Renuncia a la idea violenta 

de que los demás te harán feliz 

si es que cambian.

Esto es el perdón.


Jeff Foster

sábado, 22 de mayo de 2021

ABIERTOS AL ESPÍRITU

No hablan mucho. No se hacen notar. Su presencia es modesta y callada, pero son «sal de la tierra». Mientras haya en el mundo mujeres y hombres atentos al Espíritu de Dios será posible seguir esperando.


 Ellos son el mejor regalo para una Iglesia amenazada por la mediocridad espiritual.

Su influencia no proviene de lo que hacen ni de lo que hablan o escriben, sino de una realidad más honda. Se encuentran retirados en los monasterios o escondidos en medio de la gente.


 No destacan por su actividad y, sin embargo, irradian energía interior allí donde están.


No viven de apariencias. Su vida nace de lo más hondo de su ser. Viven en armonía consigo mismos, atentos a hacer coincidir su existencia con la llamada del Espíritu que los habita. Sin que ellos mismos se den cuenta son sobre la tierra reflejo del Misterio de Dios.Tienen defectos y limitaciones. 


No están inmunizados contra el pecado. Pero no se dejan absorber por los problemas y conflictos de la vida. Vuelven una y otra vez al fondo de su ser. Se esfuerzan por vivir en presencia de Dios. Él es el centro y la fuente que unifica sus deseos, palabras y decisiones.

Basta ponerse en contacto con ellos para tomar conciencia de la dispersión y agitación que hay dentro de nosotros. Junto a ellos es fácil percibir la falta de unidad interior, el vacío y la superficialidad de nuestras vidas.


 Ellos nos hacen intuir dimensiones que desconocemos.

Estos hombres y mujeres abiertos al Espíritu son fuente de luz y de vida. Su influencia es oculta y misteriosa. Establecen con los demás una relación que nace de Dios. Viven en comunión con personas a las que jamás han visto. Aman con ternura y compasión a gentes que no conocen. Dios les hace vivir en unión profunda con la creación entera.


En medio de una sociedad materialista y superficial, que tanto descalifica y maltrata los valores del espíritu, quiero hacer memoria de estos hombres y mujeres «espirituales».


 Ellos nos recuerdan el anhelo más grande del corazón humano y la Fuente última donde se apaga toda sed.

 

José Antonio Pagola