miércoles, 4 de marzo de 2020

Aquella cinta del demonio


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El exorcista, 1973. Imagen: Warner Bros.
En el aire helado, tenues vahos de vapor se elevaban de la materia vomitada, cual maloliente ofrenda. Karras se sentía inquieto. Luego se le empezó a erizar el vello de los brazos al ver que poco a poco, con una lentitud de pesadilla, la cabeza de Regan giraba como la de un maniquí, crujiendo igual que un mecanismo oxidado, hasta que los fantasmales ojos en blanco se quedaron fijos en los suyos.
El exorcista. William P. Blatty.
Ellos habían quedado en jugar a la güija debajo del puente y yo me inventaba que no iba a salir porque me dolía la tripa.
Ellos me contaban que el vaso había estallado cuando la sesión se puso interesante y yo me tomaba la leche.
Ellos contaban la historia de las tijeras de Verónica y yo mordía muy fuerte la capucha del Bic. 
No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.
Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 
(…)
Por entonces mi hermano y yo dormíamos en la misma habitación de General Ricardos, un habitáculo decorado con pósteres del Atlético de Madrid, Samantha Fox y Rosendo. Cuando en la televisión del salón salían los dos rombos, cuando llegaba la hora de la carta de ajuste, cuando mis padres nos mandaban a la cama, escuchábamos la radio o nos contábamos historias antes de dormir. Y en un afán adolescente de atraparlo todo, nos daba por grabar nuestros programas favoritos de la radio. 
En la Cadena del Water —aquella emisora alternativa de los ochenta donde nada estaba prohibido—, el programa de aquella noche iba sobre posesiones diabólicas. A mi hermano y a mí se nos ocurrió el siguiente plan: grabarlo todo entero, seleccionar luego las partes más terroríficas con una doble pletina, acojonar a nuestra hermana el sábado. A toda pastilla. 
Así que le dimos al rec. 
Y ya nunca más cerramos los ojos.     
Grabamos el debate demonológico y oscuro. Grabamos los testimonios de familiares anónimos que explicaban sus exorcismos. Grabamos diálogos de películas de posesiones infernales, los ojos como platos. Grabamos las bromas que hacían los comentaristas al respecto y cuando se ponían extrañamente serios. Grabamos y grabamos: recuerdo aquella noche entre sudores. Hasta que el locutor advirtió de que el «Ave Satani» de Jerry Goldsmith —el tema central de la película La profecía que acabábamos de escuchar— era utilizado en rituales satánicos para invocar al mismísimo demonio.   
Era ya de madrugaba cuando mi hermano rebobinó y puso la canción bien alta en un alarde de inconsciencia: «La hermanita se va a cagar». 
No recuerdo por qué al rato nos asustamos. Ni quién de los dos encendió la luz. Sí recuerdo que entonces quisimos borrar la cinta. Como si fuéramos dos Tedax y la casa entera fuese a explotar si no nos dábamos prisa en acertar con el cable rojo. Movimos el dial nerviosamente y grabamos encima cualquier cosa. Por las dos caras. Concienzudamente. Juro que fue concienzudamente. Al día siguiente, después de volver bostezando del instituto, sacamos la cinta y la pusimos para comprobar que estábamos libres de todo mal.    
Así que le dimos al play. 
Y ya nunca más cerramos los ojos.
Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith seguía allí, incólume, retador, con extrañas risas y sonidos de pies corriendo de fondo. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» viscoso y gutural. Como cuando algo amenazante hace gárgaras. 
Una cara se oía de forma cristalina. La otra era una Thermomix de sonidos infrahumanos.
Lo contamos. Al cabo de los días lo contamos. En un círculo reducido. Con detalle. Los amigos que más sabían de cintas TDK nos dijeron que eso era imposible. 
Mi hermano me ordenó que la destruyera. 
(…)
El exorcista no es de Georgetown como el de la película, ni tiene una espesa melena negra, ni tan siquiera lleva un sombrero de ala ancha y un maletín. El exorcista vive en Alcalá de Henares. Y es calvo. Y solo se llama José Antonio y no Damien Karras. 
Pero recuerda imágenes que nadie debería haber visto jamás. La de una joven posesa que se hacía «cortes profundos en la cara con una cuchilla». Chicas normales que dejaron de serlo «después de una sesión de espiritismo». Adolescentes sin estudios poseídos por el demonio «hablando de alta teología sin cometer el más mínimo error».
—¿Qué cosas ha visto?
—Gritos increíbles para cualquier garganta humana. Agitaciones sobre un colchón que no sería capaz de hacer un contorsionista. Lo peor son las posesiones de niños, cómo es posible tanta maldad con once años. Cómo te insulta, la forma de mirarte, cómo trata de agredirte… Entre su hermano y su padre no eran capaces de inmovilizarlo. 
En la puerta, por dentro de la casa, hay un enorme cerrojo de varios centímetros de grosor (desmesurado, rotundo) que no concuerda con un piso moderno. Sobre la madera se adivinan unas marcas. Pasamos los dedos por encima. 
—¿Ha recibido amenazas?
—Sí, pero de eso no quiero hablar.
—¿Cuál fue su caso más complicado?
—El de una chica cuyo exorcismo duró ocho años. Una sesión por semana. Al final éramos tres sacerdotes. Nadie sospechaba nada, pero por la noche, en casa, se manifestaba el demonio en ella: entraba en trance, hablaba con otra voz, a veces en otro idioma… La madre me llegó a decir que la vio levitar en un butacón. 
—¿En qué consiste un exorcismo?
—En rezar y rezar.
—¿Qué síntomas tienen las víctimas?
—No es exactamente como en el cine. En la famosa película sí está logrado el ritual. Y también el ambiente: cuando atiendes en una iglesia cerrada de noche, y recibes a una familia que pide ayuda, con poca luz, en un ambiente denso, con la sensación de que algo va a pasar… El largometraje reúne todo lo que puede suceder en cientos de exorcismos en uno solo. Lo normal es que se pongan muy agresivos, griten, hablen lenguas extrañas, tiemblen, te insulten, veas furia, odio, se rían de ti… Si el demonio está dentro de esa persona y tú quieres hacer una triquiñuela dialéctica, puedes estar bien seguro de que no tienes nada que hacer. Él estaba aquí miles de años antes que nosotros.  
—¿Ha practicado muchos exorcismos?
—No lo sé. Porque nunca quise contarlos.
—¿Se le ha manifestado personalmente el demonio alguna vez?
—Sí. Pero no es nada espectacular. Una noche, cuando me metí en la cama y ya estaba a oscuras, se encendió la luz. Oí perfectamente el interruptor que estaba cerca de mí. Nadie lo había tocado. Pero se oyó el clic claramente. Tenía las manos sobre el pecho…
—¿Y qué hizo?
—Volví a apagar la luz. Y recé. 
Al final le conté lo de la cinta TDK.
—¿La tienes aquí?
—No —mentí.
—Si la tuvieras te podría decir si aquello fue cosa del demonio. 
—Es que no la tengo aquí.
(…)
Uno vive obsesionado y alerta. Si leyeran el Nuevo Testamento como yo, verían que aparece treinta y cinco veces la palabra diablo. Si prestaran atención a sus páginas, contarían veintiuna veces la palabra demonio. Si repasaran cada noche el Antiguo Testamento, comprobarían que es cierto que en dieciocho ocasiones citan a Satán. 
Yo no me quiero creer que el primer día de rodaje de El exorcista fallecieran tres personas: el abuelo de Linda Blair (la cría protagonista), el hermano de Max von Sydow (que hacía de padre Merrin) y el hijo del regidor, que tenía un solo día de vida. 
Yo no me creo que las tres muertes fuesen a la misma hora.
Yo no me quiero creer lo que dice Google de la actriz Mary Ure, eso de que interpretase el papel de la niña poseída en la adaptación teatral del filme y muriese el mismo año del estreno. Con una sobredosis de alcohol y barbitúricos.
Yo no me creo que el estudio de la Warner se incendiara tres veces durante el rodaje ni que llamaran a un sacerdote para que bendijera las instalaciones.
Yo no quiero creerme lo que dicen las enciclopedias del cine. Eso de que  Heather O’Rourke, el ángel rubio que hacía de niña en Poltergeist, muriese a los doce años de un paro cardíaco.
Yo solo me creo lo que escuché. La puta cinta. 
No es el miedo a la muerte. Ni a la oscuridad. Ni a ese zorro disecado de mirada vidriosa que te enseña los colmillos en el desván del abuelo.
Es el miedo a aquello que sucede y no entiendes. Aquello que no debería ocurrir. Pero un día —o mejor, una noche— ocurre. 
(…)
Estoy escuchando la cinta TDK porque me lo piden en Jot Down y yo soy muy cumplido. Hacía veinticinco años que no lo hacía. Ana piensa que la grabación acabó en la basura, pero no. Por la cara A, el grandioso «Ave Satani» de Goldsmith con el que le íbamos a gastar una broma a mi hermana. Por la cara B, un «fleglssh upso ripor flulofil sewgd kdukefalf» siseante y osbceno. Como cuando el niño de El resplandor repite la palabra murder  una y mil veces al revés.
Red rum, red rum, red rum, red rum…
—¿Y entonces, padre?
—No se te olvide algo: la mayor parte del mal procede del ser humano.
Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, de espaldas a la puerta acristalada del pasillo que lleva al fondo de la casa. Mirando de vez en cuando hacia atrás: ya es la tercera o cuarta vez que algo se mueve al otro lado del cristal esmerilado. Como unos pasitos cortos y rápidos de animal con muchas patas.
Hojeo el clásico de Blatty, edición de bolsillo de Planeta, y caigo en la página 104:
Chris levantó la vista y se quedó petrificada. Deslizándose como una araña, rápidamente, detrás de Sharon y cerca de ella, con el cuerpo doblado en arco para atrás y la cabeza casi tocándose los pies, estaba Regan, que sacaba la lengua de la boca, y la volvía a meter en ella, mientras silbaba igual que una víbora.
—¡Sharon! —dijo Chris atontada, mirando aún a Regan.
Sharon se detuvo. Regan también. Sharon se volvió y no vio nada. Y luego gritó al sentir la lengua de Regan lamiéndole los tobillos.
Escribo esto sentado frente a la mesa del salón, decía, y mi bebé de seis meses gime y gime y gime, con insistencia de insecto. Debe de ser el pañal. O los malditos cólicos. O que tiene hambre. 
O que por fin, como me advirtieron los amigos, me reclama.
Le doy a Control+S para guardar y me levanto. Cuando pongo la mano en el pomo de la puerta que da a su cuarto se hace el silencio. Debajo de las sábanas, el bebé duerme. 
De repente abre mucho los ojos. Clic. Como cuando se enciende un interruptor. Clic.
Y sonríe. 
Dios, cómo sonríe. 
Con una dentadura de adulto, blanquísima y absolutamente perfecta sonríe.

sandro botticelli, el espíritu del renacimiento

último hijo de un curtidor de pieles, Alessandro Filipepi nació en Florencia el 1 de marzo de 1445. Su sobrenombre, Botticelli, lo debe muy probablemente a la profesión de uno de sus hermanos mayores, que era batihoja o batidor de oro y se dedicaba a elaborar pan de oro, las láminas doradas que se usaban como elemento decorativo. En Florencia, esta profesión se llamaba battiloro o battigello, de donde pudo derivar el término Botticello o Botticelli.
Parece ser que de pequeño, Botticelli tenía una salud delicada. En 1458, el padre afirmó, en una especie de declaración de la renta de la época, que su hijo de trece años era "enclenque", añadiendo asimismo que el joven sta alleggere. Mucho se ha discurrido sobre el significado de esta expresión: según una teoría, se trata de una manera de decir que se dedicaba a estudiar (sta a leggere, "se dedica a leer"); otros creen que se trata simplemente de un error de escritura, porque el padre quería decir que Sandro sta alegare, esto es, se dedicaba a "engastar" piedras preciosas tal vez como aprendiz de un orfebre.
Botticelli realizó sus primeras obras en el taller de Filippo Lippi, como una Virgen con el Niño que hoy se conserva en Ajaccio (Córcega).
De cualquier manera, Sandro debía de ser un joven con talento porque pronto repararon en él los nuevos vecinos de los Filipepi desde comienzos de la década de1460, los acaudalados Vespucci(familia a la que pertenecía Amérigo, el conocido navegante que daría su propio nombre a un continente). Probablemente fue esa rica familia quien lo recomendó al gran pintor Filippo Lippi. El maestro, cercano a la familia de los Médicis, acababa de abrir un taller en la cercana localidad de Prato, y allí Botticelli realizó sus primeras obras documentadas como, por ejemplo, una Virgen con el Niño, que hoy se conserva en Ajaccio (Córcega). Cuando más tarde el maestro se trasladó a Spoleto, Alessandro no lo siguió y comenzó a frecuentar el taller de Andrea del Verrocchio, diez años mayor que él, alrededor del cual gravitaban los mayores artistas de la nueva generación de vanguardia, como Domenico Ghirlandaio y Leonardo da Vinci.
El Nacimiento de Venus es la obra más famosa del artista italiano.
El Nacimiento de Venus es la obra más famosa del artista italiano.
Foto: CC

AL SERVICIO DE LOS MÉDICIS

En 1470, Botticelli ya se había establecido por su cuenta, abriendo un taller directamente en la casa de sus padres, donde vivía junto al resto de la familia. A diferencia de muchos otros artistas, a Botticelli no le gustaba demasiado viajar. A lo largo de su vida tan sólo salió de Florencia para trabajar en la capilla Sixtina por encargo del papa Sixto IV y para unos pocos desplazamientos más. Mientras, su carrera progresaba rápidamente y en poco tiempo se convirtió en una personalidad de relieve en el ámbito de la cultura humanista promovida en la Florencia de los Médicis.
En efecto, en esos años los intelectuales florentinos descubrían el neoplatonismo, una corriente que, partiendo de la filosofía de Platón, sostenía la supremacía del espíritu sobre la materia, en un movimiento ascendente que conducía al alma hacia Dios a través del intelecto y del amor. En 1459, Cosme el Viejo había fundado, en la villa de los Médicis en Careggi, la Academia Neoplatónica florentina. Allí se reunían intelectuales como Pico della Mirandola, Agnolo Poliziano y el filósofo Marsilio Ficino, traductor de las obras de Platón y teórico del neoplatonismo. La adhesión de Botticelli a la cultura neoplatónica de su época queda representada de manera evidente en sus cuatro grandes obras de tema mitológico realizadas en la década de1480:La Primavera, Palas y el centauro, Venus y Marte y El nacimiento de Venus. Lo que hizo posible estas y otras creaciones de Botticelli fue su relación privilegiada con los Médicis.
La Primavera, Palas y el centauro, Venus y Marte y El nacimiento de Venus muestran la adhesión de Botticelli a la cultura neoplatónica de su época.
Se sabe que en 1475 hizo ya una obra para Giuliano, el hermano de Lorenzo de Médicis, y parece que mantuvo con ellos un trato de gran familiaridad. Lorenzo el Magnífico se burlaba de él en un poema llamándolo "goloso y glotón", aludiendo a los momentos de placer que sin duda habían compartido.
¿Cuándo terminó el Gótico y comenzó el Renacimiento? La respuesta no es simple pero esta obra fue fundamental para culminar esa transición. Hágase el hilo de sobre el Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli
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UN SOLTERÓN IMPENITENTE

No se tienen noticias sobre las relaciones amorosas de Botticelli. Ya fuera por su dedicación al arte o porque sus inclinaciones fueran otras –consta que en 1502 fue objeto de una denuncia anónima por sodomía–, mostró siempre una abierta aversión al matrimonio, y él mismo contaba que una noche, habiendo soñado que se había casado, se despertó sobresaltado y, por miedo a sufrir la misma pesadilla, se pasó la madrugada vagando por Florencia.
Sin embargo, no fue una persona solitaria: Vasari cuenta que le gustaban las compañías y estaba siempre dispuesto a bromear,como muestra la siguiente anécdota. Junto a su taller se había trasladado un tejedor que utilizaba una maquinaria tan ruidosa que hacía temblar las paredes. Ante las protestas del artista, el hombre le respondió que en su casa hacía lo que quería. Como resultaba que el muro de su casa era más alto que el de la casa del tejedor, Botticelli colocó en equilibrio una piedra que, a cada vibración del muro, amenazaba con caer en la casa del vecino. Entonces el tejedor le pidió que la quitara, pero el artista replicó que en su casa él hacía lo que quería.
Botticelli mostró siempre aversión al matrimonio. Una noche, tras soñar que se había casado, se despertó sobresaltado y pasó la madrugada vagando por Florencia.
Con la muerte de Lorenzo el Magnífico en 1492 puede considerarse cerrada la época del primer Renacimiento. Dos años más tarde, Florencia era invadida por los franceses, los Médicis eran expulsados de la ciudad y el predicador Girolamo Savonarola encabezaba una contrarrevolución cultural en nombre de un cristianismo fundamentalista. Botticelli vivió de lleno este cambio de clima. Presa de una crisis interior, se convirtió en seguidor del fraile y compuso obras que revelaban sus nuevas inquietudes religiosas y en las que los historiadores del arte han visto una crítica del régimen de los Médicis. Aunque no es seguro, como pretendía Vasari, que en sus últimos años Botticelli cayera en la pobreza, sí parece que la enfermedad lo obligó a dejar de pintar antes de su fallecimiento en 1510.

¿Por quién o por qué estaría dispuesto a morir?

O más bien ¿por qué morir por nadie? Los seres vivos se rigen por el imperativo de la supervivencia, propia y de sus descendientes. Aunque a veces utilizan vías complejas o indirectas, sus actos tienen como principales objetivos protegerse del entorno, procurarse sustento y reproducirse. 
Solo cuando se producen circunstancias excepcionales pueden aparecer comportamientos autodestructivos que transgreden estos dictados. En la mayoría de los casos, estos comportamientos autodestructivos están asociados a un profundo desarreglo emocional o a la presencia de intensos estresores ambientales. 

El sacrificio altruista

Pero existe un comportamiento bien documentado, tanto en animales como en humanos, que contraviene esa pauta por la que el individuo busca, ante todo, su propia supervivencia frente a las agresiones del medio: el sacrificio altruista.
Los comportamientos altruistas extremos pueden alcanzar hasta la propia muerte con el fin de lograr la supervivencia de otros –ya sean estos reales o intangibles, como una idea–. Lógicamente, el carácter paradójico de los comportamientos altruistas ha estimulado la curiosidad científica y la controversia acerca de su origen. 
El autosacrificio no puede ser explicado fácilmente por modelos evolucionistas clásicos, que afirman que los individuos de una población competirán por los recursos con objeto de sobrevivir y transmitir sus genes a la siguiente generación (lo que la teoría darwiniana clásica denomina fitness –eficacia o aptitud– se define como el número medio de descendientes que produce un organismo en un ambiente dado). 
Y, sin embargo, existe, aunque no de forma indiscriminada. El ser humano está dispuesto a sacrificarse, pero no todos los individuos y no por cualquiera. En caso de necesidad imperiosa, estaríamos dispuestos a sacrificarnos por alguien o algo especialmente importante para nosotros: un descendiente, un hermano, una patria, una religión…

Preferencias por cercanía genética

Cuando hablamos de sacrificarse por individuos, existe una clara gradación de preferencia relacionada con la cercanía genética. El ser humano está más dispuesto al sacrificio por individuos con los que comparte una parte de sus genes; es decir, sus familiares cercanos. En palabras atribuidas a J.B.S. Haldane, uno arriesgaría su vida por, al menos, un gemelo idéntico u ocho primos. Al fin y al cabo, compartimos la totalidad de nuestros genes con un gemelo idéntico, pero solamente 1/8 con un primo. 
La principal explicación desde un punto de vista evolutivo de este tipo de comportamiento es la teoría de la selección de parentesco (kin selection theory) planteada por W.D. Hamilton, que explica el comportamiento altruista en términos de lo que se denomina eficacia inclusiva (inclusive fitness). 

Costes y beneficios del autosacrificio

La conocida como “regla de Hamilton” (C < r B) predice que podemos esperar que los individuos muestren conductas de autosacrificio cuando el coste de la conducta para sí mismo (C) sea menor que el beneficio reproductivo adicional para el receptor de la conducta altruista (B), siendo (r) el grado de parentesco genético entre ambos. 
Estos costes y beneficios se miden en términos de eficacia inclusiva, que alude a la eficacia tanto directa (incrementar la presencia de genes propios en la siguiente generación a través de los descendientes), como indirecta (incrementarla a través del éxito reproductivo de otros individuos que portan los mismos genes). En otras palabras, la probabilidad de que cooperemos, cuidemos, o lleguemos incluso a sacrificarnos por otras personas aumenta cuando compartimos genes con ellas, y esa probabilidad se incrementará paralelamente a la proporción de genes compartidos.

¿Qué ocurriría entre gemelos?

Una prueba directa de esta teoría la proporciona la comparación de la voluntad de sacrificarse por un hermano si este es un gemelo monozigótico (MZ) o dizigótico (DZ). Los primeros comparten la totalidad de su genoma, pero los segundos comparten, en promedio, el 50 % de sus genes. 
Sin embargo, en ambos casos, su ambiente ha sido muy similar. Ya sean hermanos MZ o DZ comparten el útero, los cuidados maternos, la alimentación, el entorno familiar… Por otra parte, en ambos casos, existe una alta probabilidad de responder que sí cuando se les pregunta si estarían dispuestos a sacrificarse por su par. Ahora bien, la probabilidad de una respuesta afirmativa es mayor en los MZ, como predice el modelo expuesto.

Morir por la patria

Por tanto, podemos explicar desde un punto de vista evolucionista que alguien esté dispuesto a morir por un hermano, pero ¿y por una idea? ¿Cómo explicamos que alguien pueda sacrificarse por la patria, por la libertad, o por su religión? ¿Por qué alguien se inmolaría en beneficio de personas con las que no guarda una relación genética cercana? 
Se puede especular que, de forma genérica, detrás de conceptos abstractos/simbólicos como la patria o la bandera está un grupo de personas con quienes tenemos semejanzas (religión, lengua, costumbres, aspecto físico…), y que si el grupo tiene una fuerte identidad adquiriría unas connotaciones similares a la familia. 
Es decir, la pertenencia al grupo se asociaría, por ampliación, con una mayor afinidad genética en comparación con “los otros”. Las conocidas (y mantenidas en el tiempo a pesar de su irrelevancia científica) apelaciones a la singularidad genética de determinados grupos (razas, etnias, poblaciones…) formarían parte de este entramado mental/emocional. 
Un individuo estaría más dispuesto a colaborar y, llegado el caso, sacrificarse en beneficio de una idea que representa un grupo con el que siente una fuerte afinidad; de tal magnitud que se identifica o sustituye a la familia. En línea con esta argumentación, desde la Psicología Social se ha acuñado el concepto de fusión de identidad, definida como “una conexión visceral entre la identidad personal y la grupal” que predice sistemáticamente la disposición a realizar sacrificios extremospor el grupo y sus miembros. Hay un gran número de trabajos en este campo que amplían y desarrollan este modelo.

Origen en nuestro pasado evolutivo

Estos mecanismos pudieron tener su origen en nuestro pasado evolutivo, cuando la supervivencia de los individuos y de su descendencia era mucho más dependiente de la pertenencia al grupo y la fuerza de este. Obviamente, sin embargo, esto no tiene el mismo sentido en el mundo actual donde las migraciones y la globalización han incrementado la mezcla genética y cultural hasta diluir los límites intergrupales tradicionales y sustituirlas por fronteras administrativas.
En todo caso, la perspectiva evolucionista es, probablemente, solo una parte de la explicación. La regla de Hamilton no se cumple en todas las circunstancias y existen otras perspectivas que añaden interesante información y matizaciones para comprender estos comportamientos que, independientemente de su origen, tienen una enorme relevancia en nuestra sociedad actual.

domingo, 1 de marzo de 2020

La Melanina

A Barcelona, la celebració de la Maslenitsa té lloc des de fa uns tres anys. Enguany aquesta festa se celebrarà el diumenge 1 de març, a les 12.00 hores, als jardins de Maria Baldó (barri de Vallcarca i els Penitents) del districte de Gràcia.
QUÈ ÉS LA MASLENITSA?
La Maslenitsa, també coneguda com la festa de la primavera, és una festivitat celebrada per les comunitats cristianes ortodoxes d’origen eslau la setmana abans de l’inici de la Gran Quaresma ortodoxa. La data de celebració canvia cada any, ja que es fixa en funció de la data de Pasqua. A més, com altres celebracions ortodoxes, s’estableix segons el calendari julià i, per tant, no sempre coincideix amb la Quaresma catòlica (calendari gregorià).
Durant la Maslenitsa és tradicional cuinar i compartir creps, mantega, formatge i altres tipus de productes lactis, ja que és l’última setmana que es poden menjar aquests aliments abans del dejú de la Gran Quaresma. Un dels aliments més consumits i símbol de la Maslenitsa són els blinis, unes creps fetes d’ou, llet i mantega que, amb la seva forma rodona, simbolitzarien el sol primaveral. Es mengen acompanyant altres aliments dolços o salats.
Cada dia de la setmana de la Maslenitsa (de dilluns a diumenge) té un nom, un significat i una activitat tradicional pròpia. El més important és el Diumenge de Perdó, en què es demana perdó a familiars i amistats per les faltes comeses i s’entreguen petits regals. La festa acaba amb la crema d’una nina de palla que simbolitza el comiat de l’hivern i la benvinguda a la primavera. L’espargiment de les seves cendres és un símbol de fertilitat.
LA MASLENITSA A BARCELONA
A Barcelona, la comunitat ortodoxa russa fa anys que celebra la Maslenitsa amb activitats que combinen religió i tradició. Al llarg del matí es representen balls tradicionals, una posada en escena sobre la Maslenitsa i es reparteix menjar entre les persones assistents.
L’ESGLÉSIA ORTODOXA RUSSA
La Parròquia de l’Anunciació de la Mare de Déu congrega la comunitat ortodoxa russa de la ciutat. El seu centre de culte està situat a l’antiga capella catòlica de Sant Jordi, al barri de Vallcarca, que s’ha reformat bellament amb els elements propis d’un temple rus ortodox. La comunitat és molt dinàmica i activa, i reuneix un centenar de persones. Les persones fidels participen en els ritus religiosos ortodoxos tradicionals i també organitzen diverses activitats de tipus social i cultural.
La pluralitat cultural i religiosa de Barcelona construeix una ciutat rica i dinàmica, i la normalització d’aquesta pluralitat espiritual a l’espai públic contribueix a fer créixer la riquesa humana de Barcelona.
L’Oficina d’Afers Religiosos (OAR) crea una sèrie de fulletons informatius sobre celebracions religioses que tenen lloc a l’espai públic de la ciutat. En aquest cas podeu trobar tota la informació en el fullet adjunt.

Los Vivos muy Muertos

Imagen: Svensk Filmindustri.
—Tiene usted una fractura triple en la muñeca y tiene rotas dos vértebras. Esa protuberancia del hueso bajo la piel tampoco es una buena señal. Su temperatura corporal no llega a los treinta grados y su corazón ha dejado de latir.
—Bueno, podría ser peor.
En Death Becomes Her (La muerte os sienta tan bien), 1992.
Imagine qué chasco: ni unas puertas de forja entre nubes de algodón ni lo contrario, un infierno cavernoso envuelto en llamas. Ya es mala pata, dirá usted: profesa uno la religión mayoritaria, se muere y resulta que no era esa, que era otra. Meeec, error. Porque si es usted musulmán y ha muerto gloriosamente en la yihad, pongamos por ejemplo, tampoco le esperan setenta y dos vírgenes prestas a saciar sus antojos. Y si es hinduista tampoco disfrutará usted de su merecida reencarnación (ya no le digo en tigre o en águila; es que ni en un miserable protozoo). Hasta los ateos insobornables, los que comparten en Facebook vídeos de Richard Dawkins dando el coñazo y se han comprado Cosmos en Blu-ray, se habrán equivocado. Porque tampoco hay Nada después de la muerte. O sí, entiéndame, pero no es la Nada que usted se piensa (esa Nada con mayúscula, esa negrura de magnitudes cósmicas, ese dejar de ser con solemnidad). Será nada en toda su aburrida, prosaica y decepcionante literalidad. Así que se ha muerto usted y, ¿sabe qué? Pues eso, que no ha ocurrido nada. Y que estar muerto consiste en eso, por lo visto: en lo mismo que estar vivo, pero estando muerto. Qué papeleta, ¿eh?
A ella le dijeron precisamente eso en la enfermería de su instituto, que no le pasaba nada. Malas noticias: era justo lo que sospechaba. Al menos desde hacía un rato, cuando estaba en clase de Lengua y supo repentinamente que no estaba viva, que estaba muerta. Los procesos de su cuerpo (el metabolismo, la digestión, el latir del corazón) habían cesado en algún momento. Ocurrió sin susto, dice, sin escalofrío y sin las otras pirotecnias con las que el cine suele caracterizar esta revelación. Para esto mismo Meryl Streep tuvo que despeñarse escaleras abajo, recuerde, y a Bruce Willis por poco no le tuvo que hacer un croquis el niño aquel. Ella, en cambio, ni siquiera sabía cuándo había pasado, solo que era 2012 y que en aquella fecha le habría correspondido tener catorce años (si acaso llegó a cumplirlos, eso tampoco lo sabía). Confiesa, eso sí, que aquellos detalles no le intrigaban particularmente. Ni el cuándo, mucho menos el cómo. En eso se diferencian los fantasmas de verdad de los fantasmas de las películas. En eso y en la transparencia. Porque ella, hasta donde pudo comprobar, seguía siendo perfectamente opaca. 
Aprovechó esta última circunstancia para visitar la enfermería del centro, como decíamos, donde le dijeron que no le pasaba nada. Pero durante algunos días más conservó la esperanza de que sí le pasase algo, lo que fuera. Por ejemplo, estar perdiendo la cabeza. Mejor eso que difunta, dónde va a parar. Hasta recuerda haberse ido de compras con sus amigas unos días después, para intentar aplacar la ansiedad, y en buena hora. La convicción volvió y tuvo que salir corriendo de la tienda. Los pies la llevaron solos al cementerio de Montgomery, su ciudad natal en el estado de Alabama, y allí, entre tumbas y cipreses, se sintió por primera vez relajada. Estaba donde debía estar. 
Su novio no puso pegas, dice. Si estaba muerta como si estaba de parranda. A sus padres no se lo dijo, porque imagínate qué disgusto. Dejó el instituto, adquirió horarios extravagantes y decidió que consagraría la eternidad a lo que más le pedía el cuerpo: comer sin moderación (total, los muertos no engordan) y ver series y películas on demand como si no hubiera un mañana (total, no lo había). Poco sabía entonces que aquella eternidad no iba a durar. La muerte es como la gripe, acabaría descubriendo: hay que pasarla. Y ella la pasó. Le costó tres años, pero la pasó.
***
Suele considerarse que el primer caso de síndrome de Cotard no lo describió Jules Cotard, aunque lleve su nombre. Lo hizo un naturalista y filósofo suizo, Charles Bonnet, autor también de aquel tempranísimo Ensayo de psicología de 1754. Puso el caso por escrito años después, en 1788. 
Bonnet describe a la paciente cero como una honorable vecina de Copenhague, una anciana de casi setenta años con cierta posición social. Sufrió lo que parece un accidente cerebrovascular, seguramente una trombosis, que los médicos de la época atribuyeron a un viento. Cayó redonda, pum. Tan súbitamente que su hija y los criados pensaron que había muerto, pero no. Estaba paralizada. Y, de hecho, conservaba la consciencia, o lo hizo en parte durante el tiempo que estuvo postrada en cama sin hacer ni un movimiento, «casi como un cuerpo muerto». Por eso al cuarto día, cuando recuperó la capacidad de hablar, la anciana no habló; gritó. Estaba indignada. Cuatro días muerta, cuatro, y todavía no la habían enterrado.
Ni hacerle un velatorio, qué menos. Que, de hecho, tuvieron que hacerle para que dejara tranquilas a las visitas. Porque la anciana, escribe Bonnet, «abroncaba vigorosamente a sus amigos por negarle aquel último favor». Llegado el día tampoco le gustó su mortaja (que era de lino, pero no del blanco impoluto que correspondía a su estatus, y encima tenía las costuras pobremente rematadas) ni el ataúd que le consiguieron improvisadamente. Hasta se arregló ella misma el pelo, exasperada porque su doncella no daba con el toque fúnebre que exigía la ocasión. Finalmente fue introducida en el féretro, se tumbó y se dispuso a descansar en paz, pero ni por esas; aunque nos consta que los presentes escenificaron cumplidamente su papel (toses discretas, condolencias, no somos nadie, etcétera), cada dos por tres salía una voz del ataúd diciendo que menuda mierda de velatorio. No sabemos cuánto tardó el primero de los asistentes en decir que mira, muy bonita la performance pero que se iba a su casa, pero acabó ocurriendo. Y la familia tuvo entonces que elegir: o dar sepultura a la señora, como exigía ella, o devolverla pataleando a su cama. Se decidieron por la segunda opción, y allí aprovecharon para administrarle medicinas. Medicinas del siglo XVIII, se entiende. Bonnet las describe vagamente como «un polvo de piedras preciosas mezclado con opio». 
Con el paso del tiempo la buena mujer acabó rindiéndose ante la evidencia y aceptando que no estaba muerta, vale, pero a cambio empezó a reprocharle a todo el mundo que la hubieran raptado y llevado a Noruega, porque a ver qué pintaba ella en Noruega. Esta vez tuvieron que preparar un carro con las viandas y los bultos propios de un gran viaje, montarla y completar un largo circuito por las afueras de Copenhague que acabó donde había empezado, en su misma casa. Con eso se dio por satisfecha, pero con la emoción del periplo volvió a convencerse de su propia defunción y concluyó que, si estaba muerta y en su casa, blanco y en botella: entonces era un fantasma. Así que adquirió la costumbre de hablar con otros fantasmas, y de nuevo tuvieron que administrarle somníferos. Spoiler alert: acabó adicta al opio. 
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El Cotard es un trastorno muy poco frecuente del que solo se sabe con certeza que afecta más a las mujeres, más en la mediana y tercera edad y que suele presentarse repentinamente. Aún se debate sobre la idoneidad de considerarlo un trastorno psiquiátrico en sí mismo o un cuadro de síntomas asociado a otra enfermedad (en particular la depresión, aunque se han documentado casos en pacientes con lesiones cerebrales o formas de psicosis derivadas de enfermedades mentales y neurodegenerativas graves). La mayoría de expertos se inclina hacia lo segundo.
Aunque Bonnet describió antes el caso de la anciana de Copenhague, fue el neurólogo francés Jules Cotard quien detectó el trastorno en 1880, razón por la que mantiene su nombre. Lo hizo a través del ejemplo de una de sus pacientes, una mujer conocida en la literatura académica como Mademoiselle X. Cuando se puso en manos de Cotard, Mademoiselle X aseguraba que ya no tenía cerebro, nervios y estómago, y se consideraba objeto de una especie de inmortalidad, o quizá corresponda decir «indestructibilidad». Había muerto y ahora estaba condenada a vagar eternamente. Por esa razón también había dejado de ingerir alimentos. La mujer murió de inanición al cabo de poco tiempo y Cotard denominó a su trastorno délire des négations, ‘delirio de negación’. Todavía hoy muchos prefieren llamarlo así, o delirio nihilista.
Con frecuencia, todo empieza de esta manera, por creer que faltan del mundo cosas elementales, especialmente en el propio cuerpo. Normalmente los órganos más significativos, como el cerebro o el corazón, e incluso algunos piensan que no tienen sangre. La mayoría deduce de este hecho que entonces se ha de estar muerto, y la idea se convierte en fijación. En ocasiones perciben olor a putrefacción o sienten gusanos en los músculos. Y algunos verbalizan la situación y sienten que deben obrar en consecuencia, deseando ser objeto de honras fúnebres. Algunos de los afectados por el síndrome de Cotard también llegan a interiorizar figuras del folclore asociadas a los muertos vivientes, como los fantasmas o, en nuestros días, los zombis.
En 2009 varios expertos de la Pontificia Universidad Javierana de Cali, en Colombia, reportaron el caso de una mujer de cuarenta y ocho años que se creía una muerta viviente. «El 20 de febrero (de 2007) por la noche vi que un humo me salía por la boca», reza el testimonio de la misma recogido en el informe. «Al día siguiente me miré al espejo y vi que mis ojos habían cambiado: no tenían vida. Me di cuenta de que ese humo era mi alma saliendo de mi cuerpo». Según ella, había sido Dios o el diablo quien la había convertido en «una muerta en vida, una zombi por toda la eternidad» como castigo por albergar ideas suicidas. También aseguraba que olía a podrido, que su caja torácica estaba vacía y que sentía un cosquilleo en la piel porque se estaba descomponiendo. 
No mucho después, en 2012, en la Universidad de Mazandarán, Irán, dieron cuenta del caso de otra mujer de cuarenta y dos años que decía haber sido asesinada por Aal, una criatura de la mitología persa que acecha a las embarazadas durante las últimas semanas de gestación. Desde entonces, creía ella, era solamente un alma, sus propios restos espirituales, y no tenía cuerpo. Acudió al médico por su propio pie, pero lo hizo asustada porque, dada su nueva naturaleza inmaterial, sus manos se estaban volviendo enormes. Al poco se supo que su hijo y su hermano acababan de morir, ambos casi al mismo tiempo. Como a la mujer colombiana del ejemplo anterior, también se le diagnosticó depresión clínica y fue tratada para que remitiera. Como en el caso de aquella, consta una mejoría también en su delirio de negación. 
En 1995, una exhaustiva investigación de la literatura clínica acumulada desde 1880 permitió a los doctores Germán Berrios y Rogelio Luque, de la Universidad de Cambridge, esbozar algunos de los cuadros más recurrentes en cien casos bien documentados de Cotard. En un 89 % de los mismos los pacientes sufrían depresión. La inmensa mayoría sufría alguna clase de delirio nihilista, relacionado con el propio cuerpo en un 89 % de los casos y concerniente a la propia existencia en el 69 %. En un 58 % de los casos se presentaban además delirios hipocondríacos, y un poco más de la mitad, el 55 % de los pacientes, sufría delirios de inmortalidad. Inmortalidad, insistimos, a falta de una palabra mejor. Creen que no pueden perder la vida por el hecho de que ya la han perdido, como le ocurría a Mademoiselle X. Lógica aplastante.
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Algo parecido le ocurría también a otro célebre muerto en vida, seguramente el mayor de toda la historia. El más célebre y el más muerto, las dos cosas. Porque Per Yngve Ohlin no solo estaba muerto; también respondía al nombre artístico de Dead y cantaba black metal. Y, para enfatizar todavía más, se mató. Después de muerto. Y dos veces, porque a la primera no acertó.
Pero él no faltaba estrictamente a la verdad cuando decía que había muerto. A los trece años fue ingresado en el hospital y pasó varios minutos así, clínicamente muerto. Oficialmente, se había roto el bazo patinando sobre hielo y la hemorragia casi acaba con su vida. Más tarde se supo, por su hermano, que había sido por la paliza que le habían propinado otros niños. Antes de aquello ya era melancólico, introvertido y depresivo, y el episodio solo acabó de agudizarlo. «No disfrutaba viviendo en este mundo», dijo de él el batería de la banda Emperor, Bård Guldvik Eithun, apodado Faust. Pero no solo se trataba de eso. Con la edad, antes incluso de convertirse en una sensación del metal, se comportaba ya como un profeta de la muerte. Se autolesionaba, suele decirse, y fantaseaba con perder permanentemente algunas partes de su cuerpo. Solía llevar en el bolsillo una bolsita con cadáveres de pájaros o roedores, se dice también, de cuyo olor disfrutaba. Y llegó a pedir que le enterraran. Lo que se sabe con certeza, y no solo se rumorea, habla todavía con más elocuencia de su existencialismo macabro. En sus conciertos, primero con su banda, Morbid, y más tarde con Mayhem, Dead se maquillaba como un cadáver, se autolesionaba y vestía ropas que previamente había enterrado durante largo tiempo para que oliesen a sepultura.
Aunque parezca evidente que Dead sufría síndrome de Cotard, e incluso se recuerde frecuentemente esta posibilidad en muchas de sus reseñas biográficas, debe advertirse que nunca se le diagnosticó. Y que, de hecho, se codeó con muchas figuras del death y el black metal igualmente inclinadas a ciertas mamarrachadas macabras, y no consta que ninguna sufra un desequilibrio. Dead, fascinado por la propia muerte y la corrupción del cuerpo, aseguraba estar muerto también en la intimidad, fuera del escenario. Entre quienes lo trataron algunos le quitan hierro: Dead presumía de una devoción genuina por el black, dicen, y despreciaba a quienes admiraban el género solo por su sonido y su estética. Otros, en cambio, dicen sencillamente que no estaba cuerdo y que creía, a medias o totalmente, las cosas que decía. Él mismo dejó por escrito en su nota de suicidio: «No soy humano, esto es solo un sueño y pronto voy a despertar». 
Dicho y hecho. El 8 de abril de 1991, a la edad de veintidós años, Dead se internó en el bosque de Kråkstad, treinta kilómetros al sur de Oslo, se rajó las muñecas y el cuello y se sentó contra un árbol a esperar lo inevitable. Inevitable por decir algo, porque pasaron diez minutos, luego veinte, luego treinta, y allí no ocurrió realmente nada. Esa incapacidad de acabar con la vida debió representar una victoria amarga para él, que llevaba desde los trece años queriendo convencer de que ya estaba muerto y de que el suicidio, por lo tanto, era imposible por principio. ¿Ves?, se diría entonces. Esto yo ya lo sabía, esto me lo veía venir. Así que regresó a su cabaña y reescribió la nota. «Perdón por la sangre, pero me he abierto el cuello y las muñecas (…). Hacía demasiado frío y la sangre no dejaba de coagular, y además mi cuchillo nuevo es demasiado romo». Cuando acabó, el muerto que acababa de matarse se volvió a matar una vez más. Cogió una escopeta y se voló media cabeza de un tiro. Y ahora sí que lo consiguió.
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Afortunadamente, en nuestros días, la muerte verdadera no es el destino de quienes la experimentan figuradamente, y la mayoría consiguen volver. 
Haley Smith, sin ir más lejos, lo hizo en 2015, a la edad de dieciocho años, tras pasar tres convencida de que no estaba viva. Ella es aquella adolescente de la que hablábamos al principio, la que un día se creyó muerta durante una clase de Lengua. ¿Recuerda que había decidido encerrarse a ver películas, y dedicar a eso su nueva vida fantasmal? Resulta que no fue tan mala idea. 
En particular los clásicos de Disney, dice, obraron un cambio en su interior. Bambi, Aladdin, La sirenita, todas esas películas que no había visto hasta entonces por razón generacional. «Me producían una sensación agradable», confiesa, como quien acaba de descubrir la pólvora. Había razón para la sorpresa: Smith había perdido la capacidad de experimentar felicidad, tristeza o cualquier otra emoción. Anhedonia, se llama, y es uno de los síntomas más recurrentes en los casos severos de depresión. Cuando eso comenzó a remitir, perdió fuerza la idea de que estaba muerta, y lo demás fue terapia y medicación. Poco antes de que todo empezara, dice, sus padres se habían divorciado.
En 2016 Haley Smith se convirtió en la primera persona diagnosticada con Cotard en hablar con la prensa y en revelar su identidad; desde entonces lo han hecho algunos más. Warren McKinley, un exsoldado británico, lo hizo en 2017 para llamar la atención sobre los procedimientos médicos que se siguen con estos pacientes. A él lo internaron en Headley Court, un centro de rehabilitación para militares al sur de Inglaterra, que solo acabó de reforzar su idea de que estaba muerto y confinado en una especie de «sala de espera fantasmal». A todas horas, recuerda, «aparecían en el centro hombres y mujeres con heridas espantosas e historias de muerte en las zonas de guerra. Aquello intensificó mi creencia de que estaba en algún tipo de vida en el más allá». McKinley había sufrido un gravísimo accidente de moto que le causó lesiones cerebrales, aunque no recuerda eso ni el proceso de recuperación; solo estar íntimamente convencido de que estaba muerto. Como Haley Smith, dice que conocer otros casos de Cotard obra milagros y que leer testimonios como el suyo en los medios de comunicación puede resultar instructivo para los doctores y las familias. Smith, además, apuesta por quitarle hierro al asunto: «Ser un cadáver fue una experiencia muy extraña», comenta, «pero al menos me alegro de haber salido de ella con vida». Con vida y con sentido del humor, que es la mejor herramienta para vivirla.
Aunque no fue así en su caso, en muchos otros el primer indicio de una mejora es precisamente creer que se ha resucitado, que se ha recuperado la vida. Y cuando se progresa más, entonces descubrir que no, que realmente nunca se llegó a estar muerto. Ya no vivimos en los tiempos de Jules Cotard, no, ni el síndrome que lleva su nombre acaba necesariamente en fatalidad, ni siquiera frecuentemente. Pero recuperarse sigue siendo un camino largo. Eso sí: consuela pensar que muchas de estas personas atormentadas recibirán una recompensa de semejante magnitud al final del mismo. Quizá sea justo decir que una como nadie más recibirá jamás, ni usted ni yo, solamente ellos. Estar muerto pero dejar de estarlo, piénselo. Volver. ¿Es acaso concebible una noticia mejor que esa? A nosotros nos cuesta mucho imaginarla.
Ruben Diaz Caviedes