miércoles, 23 de marzo de 2016

Cuáles son las causas de los 1.000 años de enemistad entre católicos y ortodoxos

El papa y el patriarca Kirill.Image copyrightGetty
Image captionEs el primer encuentro entre el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú desde el cisma del año 1054.
Nada dura para siempre, ni siquiera la enemistad. Los más de mil años de rivalidad entre la Iglesia católica y la ortodoxa serán puestos a prueba este viernes con el encuentro en La Habana entre el líder católico y el patriarca de la iglesia rusa, la más grande e influyente de la Ortodoxia.
Por lo tanto, pocas veces el calificativo "histórico" estuvo tan justificado.
La reunión de dos horas en la neutralidad del aeropuerto de la capital de Cuba entre el papa Francisco y el patriarca Kiril es visto como un primer paso para la reconciliación entre las dos mayores iglesias en las que se divide el cristianismo.
BBC Mundo explica algunas claves de una división milenaria y de un posible entendimiento futuro.

¿Qué sucedió en el año 1054?

La fecha es simbólica. Es el punto final de una división que se venía gestando durante siglos. En 1054, el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla se excomulgaron mutuamente y así comenzó lo que se conoce como el gran cisma del cristianismo, que aún pervive.
El patriarca ruso KirillImage copyrightGetty
Image captionEl diferente concepto de autoridad es uno de los que divide a católicos y ortodoxos.
Pero las iglesias cristianas de Oriente y Occidente se habían ido separando desde hacía siglos, sobre todo culturalmente. En Occidente se hablaba latín, mientras que en el Oriente bizantino prevalecía la cultura helenística griega.
La cuestión, sin embargo, iba más allá de lo lingüístico y cultural. El enfrentamiento, además de en las diferencias rituales, se sustenta en cuestiones teológicas o doctrinarias como el concepto de purgatorio y la llamada "controversia trinitaria".
Mientras en Occidente se cree y se reza al Espíritu Santo, que de acuerdo con las corrientes teológicas más extendidas en la Iglesia occidental "procede del padre y del hijo", los ortodoxos prescinden de la figura del hijo.
Es el conflicto por lo que en latín se denomina "filioque" ("y del hijo").
"Esa única palabra ha generado concilios, guerras, malentendidos. Por ella nos hemos peleado un milenio", afirma a BBC Mundo Philip Goyret, vicerrector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma.
En cuanto al purgatorio, la Iglesia católica incluye en su credo esta etapa donde las almas purgan sus pecados leves antes de llegar al paraíso, pero la Iglesia ortodoxa la desconoce. 
Papa vs. patriarca
Pero el tema clave de esta relación es el modo distinto de entender la función de quién manda en la iglesia.
Vladimir Putin y el patriarca KirillImage copyrightGetty
Image captionEl patriarca Kiril mantiene una relación estrecha con el presidente de Rusia, Vladimir Putin.
La función del Papa en la católica se entiende como máxima figura de autoridad.
La Iglesia ortodoxa, en cambio, está dividia en patriarcados entre los que existe una igualdad. Hay uno, el de Constantinopla, que actualmente ocupa Bartolomé, al que se considera "primero entre iguales".
Bartomolé tiene cierta preeminencia, pero no tiene jurisdicción sobre toda la Iglesia ortodoxa.
Además, su patriarcado, con sede en Estambul y con unos 10.000 fieles, no tiene el peso del de Moscú, que con Kiril al frente suma unos 120 de los 200 millones de creyentes ortodoxos. La católica, por su parte, reúne a unos 1.200 millones de fieles.
La iglesia ortodoxa rusa siempre ha estado muy vinculada con el poder, ya fuera con el emperador, con el zar o con el secretario general del Partido Comunista durante la era soviética.
Ahora, Kirill, patriarca desde 2009, mantiene una estrecha relación con el presidente ruso, Vladimir Putin. La oposición al Kremlin critica habitualmente la sintonía entre Iglesia y Estado.

Cuestión de poder

El cisma tuvo mucho que ver también con el poder. En el siglo XI, Europa se estaba evangelizando y comenzaron las luchas por ver a qué iglesia correspondía una determinada misión.
"Ha habido un conflicto de poderes", explica Goyret. Y de alguna manera persiste y es fuente de tensiones.
El presidente de Cuba, Raúl Castro, y el patriarca KirillImage copyrightGetty
Image captionEl presidente de Cuba, Raúl Castro, recibió este jueves al patriarca Kirill, de visita oficial en la isla.
Con la llegada del comunismo y la creación del bloque soviético, la Iglesia católica en Ucrania y Rusia fue violentamente reprimida por el Estado, que entregó los templos católicos a la ortodoxa.
Cuando cayó el Muro de Berlín, los católicos recuperaron la libertad religiosa y surgió la tensión porque quisieron recuperar lo que fue suyo.
Los ortodoxos rusos no toleraron bien en los últimos años lo que consideran comointentos de expansión del catolicismo en Rusia. Que el papa Juan Pablo II creara diócesis católicas en el país generó inquietud en Moscú, que lo vio "como una invasión", cuenta Goyret.

Fechas clave del cisma y del acercamiento 

Año 1054
El Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla se excomulgan mutuamente
  • Marzo de 2013 El Patriarca de Constantinopla acude a la toma de posesión de Francisco como Papa 
  • Noviembre de 2014 El Papa tiende la mano a Kiril: "Iré adonde quieras. Llámame y yo voy" 
  • 12 febrero de 2016El Papa y el Patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa se reúnen por primera vez en casi 1.000 años 
Hoy en día el conflicto pervive en Ucrania, donde la Iglesia católica greco-ucraniana, la segunda más grande del país, tiene ritos orientales, pero responde ante Roma, lo que disgusta a Moscú.

Cómo se gestó el encuentro

Las iglesias ya desde hace años habían dado muestras de querer acercarse. Comisiones de una y otra se desplazaron respectivamente a Roma y Moscú.
Al salir al balcón de la plaza de San Pedro recién elegido papa el 13 de marzo de 2013, Francisco se presentó sencillamente como "obispo de Roma".
"Esta relación obispo-pueblo es algo muy apreciado en Oriente", explica Goyret.
El papa Francisco y el patriarca BartoloméImage copyrightGetty
Image captionEl papa Francisco y el patriarca Bartolomé se reunieron en Estambul en 2014.
El patriarca Bartolomé apreció ese gesto del papa de entender la iglesia como un conjunto de diócesis autónomas no centralizadas en Roma y por ello acudió al Vaticano cuando Francisco tomó posesión. Era la primera vez en la historia que el Patriarca de Constantinopla estaba presente en el acto. 
Y fue un hecho simbólico que no pasó desapercibido en Moscú. En noviembre de 2014, el nuevo Papa tendió la mano a Kiril. "Iré donde quieras. Llámame y yo voy", se ofreció. Y el patriarca ruso atendió la iniciativa.
A ambos los une la preocupación por el medio ambiente, pero no solo eso. "Que el Papa haya tomado distancia de los liberalismos económicos extremos es algo también compartido", opina Goyret.

¿Y a partir de ahora?

La unidad del cristianismo no ocurrirá de un día para otro, pero el encuentro aparece como un intento de poner en marcha un proceso que exigirá concesiones a ambas partes.
Desde el punto de vista católico, ese acercamiento forma parte de las reformas que quiere avanzar Francisco. Entre ellas, que la primacía papal no sea obstáculo para la unidad de la Iglesia.
El papa FranciscoImage copyrightGetty
Image captionEl papa busca el acercamiento de las iglesias cristianas como meta de su papado.
"Esas son palabras fuertes porque el llamado 'ministerio petrino' viene de la voluntad de Cristo", explica Goyret.
Por parte ortodoxa, "el problema es inverso", dice el experto, debido a la falta de una jefatura clara.
La iglesia ortodoxa lleva intentando reunirse desde hace más de 50 años en un sínodo (lo que en la Iglesia católica se llama concilio). Al no haber una autoridad central, no hay quien lo pueda convocar, pero finalmente se va a celebrar en junio en la isla de Creta, en Grecia.
Quizás Kiril enfrente más tensiones internas que Francisco. "Las fuerzas conservadoras en Moscú han dicho que no les gusta la reunificación con Occidente porque los debilita", afirma Chad Pecknold, teólogo de la Universidad Católica de America, en Estados Unidos.

El ateísmo viene de lejos

El ateísmo viene de largo y es tan antiguo como la creencia en Dios, sostiene el profesor Tim Whitmarsh, que enseña Cultura Griega en la Universidad de Cambridge y se desmarca estos días con un libro,Battling the Gods, indagando como pocos en la raíces de la "no creencia" en seres divinos.
Asegura Whitmarsh que la idea de que el ateísmo en un "invento" de la Ilustración, propulsado por los avances de la ciencia, ha sido un mito que pervive hasta nuestros días por la influencia del cristianismo. El profesor de Cambridge reconoce que ha tenido que excavar "bajo los escombros acumulados durante siglos de censura cristiana" para encontrar indicios de ateísmo en culturas milenariasWhitmarsh se rebela también contra idea de que la religión es un producto inevitable de nuestra evolución como especies. "Estoy intentando rebatir la noción de que los humanos estamos "programados" para creer", declara a The Guardian el experto en cultura clásica, que ahonda sobre todo en las huellas de ateísmo en la Grecia politeísta, pasando por Sócrates y Platón.
A Sócrates le obligaron precisamente a beber cicuta por "no reconocer los dioses ancestrales". Aunque su ejecución, sostiene Whitmarsh, no fue tanto por "herejía" como por razones políticas, ya que el ateísmo llegó a estar más o menos tolerado en la sociedad ateniense.
Se remite Whitmarsh a uno de los famosos diálogos platónicos, en los que un creyente arenga con complejo de superioridad a un "no creyente": "Tú y tus amigos no sois los primeros en tener este este punto de vista sobre los dioses. Siempre ha habido de esos que sufren esta "enfermedad", en mayores o menores números".
"Podemos estar o no de acuerdo a la hora de bautizarlo como "enfermedad"", puntualiza Whitmarsh. "Pero Platón tenía seguramente razón en el punto principal: siempre ha habido a lo largo de la historia, y en todas las culturas, gente que se resiste a creer en un poder divino".
Nos recuerda Whitmarsh a pensadores como Carnéades de Cirene, que dirigió la Academia de Platón en el siglo II antes de Cristo, y que consideraba "la creencia en dioses como algo ilógico". Tiempo después, Jenófanes de Colofón criticó los dioses antropomórficos como "una invención humana y corrupta" (aunque propuso al mismo tiempo la evolución hacia algo parecido al panteísmo).
Los primeros ateos
Diágoras de Melos se llevó de hecho la mala fama del primer ateo en la Grecia clásica. Los atomistas Leucipo y Dmócrito defendieron luego una visión materialista del mundo en la que no había lugar para la intervención divina. Whitmarsh recuerda cómo los epicúreos, en pos de la vida feliz y del carpe diem, fueron llamados en sus tiempos los "ateos" (literalmente, "sin dios").
El autor de Batallando a los dioses se desmarca del debate actual, propiciado tanto desde el cristianismo como desde el "nuevo ateísmo". "Las dos posturas pecan de vanidad modernista", asegura Whitmarsh.
"Lo cierto es que la no creencia en un poder supranatural es tan vieja como nuestras colinas", concluye el profesor de Cambridge. "Es de una profunda ignorancia creer que los europeos "iluminados" del siglo XVIII fueron los primeros en batallar contra los dioses. De hecho, en las sociedades antiguas fueron más capaces de contener el ateísmo dentro de lo que estaba considerado "normal"".
Carlos Fresneda para elmundo.es

Cuatrocientos años del caso Galileo y la condena del heliocentrismo: desmontando los falsos mitos

Este año se cumple el 400 aniversario de la inclusión en el Índice de Libros Prohibidos de la obra de Nicolás Copérnico «De Revolutionibus Orbium Caeslestium», libro en el que se propone el modelo heliocéntrico, así como la advertencia a Galileo Galilei de no difundir las teorías copernicanas. 
La condena del heliocentrismo y el caso Galileo, es un tema que ha sido distorsionado y tratado sin rigor fuera de las revistas y libros especializados. Basta un ejemplo para demostrarlo, según algunos estudios un elevadísimo porcentaje de estudiantes europeos cree que Galileo murió en la hoguera y/o fue torturado, cuando no ocurrió ninguno de ambos hechos. El debate que percibe el ciudadano sobre la condena del heliocentrismo y el caso Galileo queda reducido básicamente a un conflicto Ciencia-Religión con nuestro punto de vista actual, cuando en el siglo XVII el conflicto, así planteado, era imposible. En este primer artículo, vamos a exponer brevemente los antecedentes a los hechos de 1616. 
La
Copérnico publica De Revolutionibus en 1543, hecho que marca el origen de la nueva Astronomía y la Revolución Científica. En dicho libro, Copérnico propone el modelo heliocéntrico en el que la Tierra y demás planetas giran alrededor del Sol, aunque no hay que olvidar que
dicho modelo había sido presentado por Copérnico en textos previos como el Commentariolus, escrito alrededor de 1510. El heliocentrismo era revolucionario porque al proponer el movimiento de la Tierra alrededor de su eje y del Sol, originaría una confrontación con las teorías sobre el movimiento de la filosofía natural aristotélica, que era el pilar del conocimiento en todas las Universidades. Dicha filosofía se fundamentaba en la ausencia de movimiento de la Tierra.

La universidad de Salamanca

Aunque tuvo sus detractores, el modelo de Copérnico fue bien recibidoen muchos lugares de Europa, siendo mejor su recepción en el mundo católico que en el protestante. Por ejemplo, Copérnico fue animado en 1536 por algunos de cardenales de la Iglesia Católica para que publicara más detalladamente sus ideas. En España, al contrario de lo que se cree, las obras de Copérnico tuvieron una buena acogida. En la Universidad de Salamanca, De Revolutionibus era un libro optativo a partir de 1563 y pasó a ser obligatorio en la enseñanza de la Astronomía en 1593, convirtiendo posiblemente a España en el primer país donde el modelo de Copérnico fue de enseñanza obligatoria. También Diego de Zúñiga, catedrático de Sagrada Escritura en la Universidad de Osuna, publicó en 1568 «In Job commentia», libro en el que hacía una defensa del modelo heliocéntrico. Los trabajos de Copérnico eran conocidos en las Universidades de Alcalá y Valladolid y en la Casa de Contratación de Sevilla, donde el interés por la navegación hacía fundamental conocer todos los avances en Astronomía. 
Un hecho importante a favor del modelo de Copérnico es que fue utilizado para la elaboración de las tablas pruténicas o prusianas (Reinhold, 1551) que fueron decisivas en la elaboración del Calendario Gregoriano, calendario que en la actualidad sigue vigente en la mayor parte de países del mundo. A finales del siglo XVI es imposible afirmar que el modelo heliocéntrico estuviera «perseguido», aunque seguía siendo un modelo que generaba controversia.

Choque con la Filosofía, no con la Teología

Con el paso del tiempo, y el apoyo de Galileo y Kepler en los primeros años del siglo XVII a la teoría de Copérnico, los filósofos empezaron a ver al heliocentrismo como una teoría que podía derrumbar los fundamentos del conocimiento firmemente establecido durante siglos. Este punto es importante para entender todo lo relacionado con el heliocentrismo, en el siglo XVI y principios del XVII no existía la Ciencia como la entendemos ahora y la Teología y la Filosofía eran «superiores» en el conocimiento a la Astronomía. 
La nueva Astronomía se atrevía a poner en duda cuestiones que pertenecían a la Filosofía (inicialmente no hubo conflicto con la Teología). En aquel tiempo la pregunta no era: ¿Qué hacen la Teología y la Filosofía explicando cuestiones que competen a la Astronomía?, sino, ¿qué hace la Astronomía opinando sobre cuestiones cuya autoridad compete a la Filosofía y/o Teología? El mismo Copérnico, en el debate sobre si el universo era finito o infinito, alegaba que eso no era competencia de los astrónomos sino de los filósofos. Sólo Galileo y algún astrónomo más como Kepler, empezaban a poner en duda la autoridad de los filósofos. Galileo nunca discutió la supremacía de la Teología, lo dejó bien claro en sus escritos, sólo afirmaba que la Biblia, en su descripción de los fenómenos astronómicos, no podía ser interpretada literalmente. Como veremos en el siguiente artículo, los hechos acontecidos en las primeras décadas del siglo XVII darán un vuelco a la situación de la teoría heliocéntrica.
JOSÉ RAMÓN JIMÉNEZ CUESTA para ABC.es

Los retos del laicismo

       
EULOGIA MERLE





La famosa frase de Manuel Azaña, pronunciada en 1931 y tantas veces utilizada como ariete contra la Segunda República, se aproxima hoy más que nunca a la realidad: “España ha dejado de ser católica”. Es decir, los españoles se declaran en su mayor parte católicos pero se hallan inmersos en un rápido proceso de secularización y ya no se comportan de acuerdo con los preceptos de la Iglesia. Los practicantes sólo representan —en el mejor de los casos— un tercio de la población, mientras los rituales religiosos, relacionados con la sociabilidad más que con las creencias, pierden peso: las bodas civiles suman el doble que las canónicas. Y los contribuyentes que dedican una cuota de su impuesto sobre la renta a la financiación eclesiástica no pasan del 35%
Los viejos republicanos querían no sólo separar a la Iglesia del Estado sino también reducir la influencia del catolicismo entre los españoles, pues la consideraban un factor de atraso, un obstáculo para el progreso de la patria. Algunas de sus medidas —por ejemplo, la Constitución de 1931 prohibía a las congregaciones ejercer la enseñanza— atentaban contra la libertad religiosa y resultaron contraproducentes. Pero ahora, desaparecido por fortuna el anticlericalismo tradicional, el problema es distinto: se trata de adaptar el Estado a una sociedad secularizada, de plasmar en la ley la notable distancia que existe entre los ciudadanos —sobre todo los jóvenes— y el compromiso religioso, en un país abierto además a otras confesiones como consecuencia de la masiva llegada de extranjeros. La efectiva separación de ambas instancias ha pasado de ser un deseo a convertirse en una necesidad.
El Partido Socialista abrazó la laicidad como uno de los ejes de su programa para las elecciones del pasado diciembre. Anunció que cambiaría la Constitución para suprimir las menciones a la Iglesia y que denunciaría los acuerdos con la Santa Sede de 1979, firmados poco después del referéndum constitucional y base de los privilegios eclesiásticos. En consonancia con los principios de neutralidad estatal e igualdad entre los credos, los socialistas animaban a buscar la autofinanciación de las organizaciones religiosas, a eliminar su presencia en los centros educativos públicos y a reclamar la titularidad de los bienes registrados sin títulos para ello. Algo no muy distinto proponía Podemos. Aunque se discutan los detalles, estas intenciones sintonizan con la secularización en marcha y podrían constituir uno de los pilares de un futuro Gobierno de izquierdas.
No obstante, cualquier fórmula progresista tendrá que aprender de los errores y experiencias acumulados por los últimos Gabinetes del PSOE, los que presidió Rodríguez Zapatero entre 2004 y 2011. Tras un comienzo audaz y lleno de declaraciones altisonantes, lograron aprobar varias normas significativas contra el sentir católico, como la que legalizaba el matrimonio entre personas del mismo sexo y la que introducía en las aulas la Educación para la Ciudadanía y rebajaba el valor académico de la asignatura de Religión. Pero esos mismos Gobiernos apenas impulsaron la diferenciación entre el poder civil y el eclesiástico y dieron incluso un paso atrás, crucial, en este terreno: en 2006 mejoraron y concedieron un carácter indefinido al sistema que financiaba a la Iglesia a través del fisco, provisional según los pactos de 1979. Quizás las autoridades socialistas se asustaron ante la ofensiva de la jerarquía episcopal, dirigida por papas antimodernos, y de quienes denunciaban una supuesta persecución religiosa. En todo caso, resulta difícil olvidar dos imágenes: la de los obispos en la calle, durante una manifestación contra los enlaces homosexuales; y la de la vicepresidenta Fernández de la Vega, vestida de negro y con la cabeza cubierta, en una visita al secretario de Estado vaticano.
Zapatero concedió carácter indefinido al sistema que financiaba al clero a través del fisco
Entre las tareas pendientes hay algunas más perentorias que otras. Tal vez puedan destacarse los aspectos simbólicos, del crucifijo en las tomas de posesión hasta los funerales oficiales, que violentan a los no católicos, pasando por la asistencia de los gobernantes, en representación de sus conciudadanos, a actos religiosos. O la neutralidad en las escuelas e institutos públicos, una vez se ha demostrado que el interés de la Iglesia residía no en eliminar la formación cívica sino en que sea complicado renunciar al adoctrinamiento y en que éste tenga validez curricular. Deberían impedirse asimismo los abusos generados por los conciertos educativos, a cuya sombra se han nutrido de fondos autonómicos colegios donde se segrega a los estudiantes por género, se ha cedido suelo a centros privados o se ha hecho la vista gorda ante el cobro de cuotas a los padres y ante el rechazo a pobres e inmigrantes. Al mismo tiempo que se deterioraba la enseñanza de todos y se desviaba a las familias de clase media hacia la concertada, casi siempre católica.
Pero lo más importante será, sin duda, abordar las cuestiones fiscales y presupuestarias. Como los tributos que no gravan a la Iglesia y, sobre todo, la financiación estatal de la misma, que según la fórmula vigente implica que los no católicos aporten más a los servicios comunes que los católicos: en concreto, un 0,7% más, el que se resta de las declaraciones confesionales. No será sencillo renegar de lo consagrado con notas diplomáticas en 2006 y poner otra vez la independencia económica en la agenda. Para ello habrá que explicar que no están en duda las subvenciones a la restauración del patrimonio —aunque debiera facilitarse su disfrute general— ni a labores asistenciales, sino el abono de sueldos a los sacerdotes a cargo del erario. Tampoco cabe el atajo de multiplicar las casillas y contentar así a pastores, imanes o rabinos. Dejar los avances al albur de una improbable reforma constitucional abre un expediente dilatorio, más aún cuando la Constitución habla de cooperar y no de obligaciones financieras.
Deberían impedirse abusos en los conciertos y la cesión de fondo a colegios que segregan
En definitiva, habría que distinguir entre los asuntos morales y los que afectan de lleno a los vínculos institucionales entre Iglesia y Estado. Consolidados numerosos derechos civiles, pues hasta los sectores liberales del Partido Popular aceptan hoy la mayoría, es hora de abordar la separación, conforme a una sociedad cuyos lazos prácticos con el catolicismo se muestran cada día más tenues y minoritarios. No sólo porque, como afirmaba Azaña, la religión ya no oriente el rumbo de la cultura española, sino porque el grueso de los ciudadanos —creyentes o no— vive al margen de la disciplina eclesiástica. Sus palabras, más de 75 años después de su muerte, resuenan pues con un sentido nuevo: “España ha dejado de ser católica; el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español”.
Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.
ElPaís.com

Autos de fe: duros espectáculos

Esta gran ceremonia acabó siendo uno de los símbolos más importantes del poder del rey y de la Iglesia en el mundo católico, por lo que, a medida que la autoridad absoluta del monarca se consolidaba a lo largo del siglo XVI, también los autos de fe fueron ganando en magnificencia, participación de masas y duración. Así, desde finales del siglo XVI se estableció la obligatoriedad de que fuesen presididos por las altas autoridades, bajo pena de excomunión si se negaban. 
Alegar una enfermedad para no asistir podía dar lugar a una investigación y, por supuesto, ser mirado con sospecha de simpatía hacia los reos. El auto se organizaba cuando había un importante número de procesos ya resueltos y se convocaba un mes antes como mínimo, siempre en domingo y con gran publicidad, comenzándose entonces todos los preparativos. 
Los grandes autos de fe que habían de ser presididos por el rey solían coincidir con la inauguración de Cortes, visitas de Estado o incluso bodas reales. También se podían organizar como muestra de agradecimiento ante alguna curación milagrosa, unas providenciales lluvias, una victoria militar o cualquier otro hecho beneficioso para el reino. Felipe II fue el monarca que, por sus convicciones religiosas, participó con más entusiasmo en los autos de fe.
Para asegurar el máximo de asistencia, los pregoneros anunciaban el auto desde semanas antes por pueblos y ciudades próximas; incluso se prometían indulgencias para los asistentes. El día anterior a la celebración, a primera hora de la tarde, se organizaba la procesión de la Cruz Verde, que llevaba una cruz al escenario en donde se realizaría el acto, generalmente la plaza mayor de la localidad.
La procesión estaba perfectamente organizada y comenzaba al romper el alba, pudiendo congregar a miles de participantes. Iniciaba su andadura con toda solemnidad: los reos iban acompañados de cientos de frailes, inquisidores, autoridades religiosas y políticas, soldados, etc., con el fin de hacer el boato y la pompa más ostensibles. Toda autoridad, institución o gremio estaba presente.
La liturgia era muy importante y todo estaba estudiado con detalle minucioso, como una perfecta representación teatral, desde los hábitos y atuendos hasta el orden de marcha en la procesión, en el cual se reservaba el último lugar a los que iban a ser mandados a las brasas. Al frente iba el clero y, detrás, las efigies de los que serían quemados en ausencia (figuras de cartón de tamaño natural que reproducían su aspecto) y los huesos que habían sido desenterrados de aquellos que también debían ser incinerados por sus pecados. Tanto las efigies como las urnas que contenían los restos iban decoradas con llamas, en una alegoría del infierno.
Cada penado vestía una ropa especial (el sambenito), en la que con dibujos y colores se señalaba la naturaleza del pecado y el castigo que llevaba aparejado. También portaban un cirio en señal de penitencia e iban descalzos y muchos con sogas al cuello, en las que el número de nudos podía indicar los azotes a los que estaban sentenciados. Para mayor escarnio público, algunos iban montados en asnos, sentados hacia la grupa; también llevaban capirotes siniestramente decorados y letreros infamantes que provocaban la burla de las gentes. Al llegar a la plaza mayor, el cortejo se distribuía según lo previsto: los penados por un lado, las autoridades en las tribunas y el público en las gradas que se habían levantado al efecto y en el espacio que quedaba libre.
                                                                                                              
Remite al artículo El gran teatro ritual del miedo, de Juan Carlos Losada.
muyInteresante.com