El escriba sentado. Estatua del Reino Antiguo conservada en el Museo del Louvre, París. Foto: CC
"¡dios mío, parece que esté vivo!", debió de pensar el jefe del Servicio de Antigüedades de Egipto, el francés Auguste Mariette, cuando se topó frente a frente con la estatua de un hombre sentado, vestido con un faldellín y que sostenía un rollo de papiro en su regazo. El antiguo escriba lo miraba fijamente, con sus ojos azules de cristal de roca que habían observado impasibles el paso de los siglos. En su rasurado rostro, sus labios finos y apretados dibujaban una media sonrisa. Tal vez se alegraba de volver a ver la luz de Re después de tantos milenios oculto en la oscuridad de una tumba...
¿QUIÉN ERA ESTE ESCRIBA?
Hablamos de una de las esculturas más famosas del antiguo Egipto: el escriba sentado que hoy en día se exhibe en el parisino Museo del Louvre. Esta escultura de piedra caliza de 53 centímetros de alto fue descubierta durante las excavaciones que el equipo de Mariette estaba llevando a cabo en la necrópolis de Saqqara, a unos veinte kilómetros de El Cairo, en 1850. Desgraciadamente, el diario de la excavación se perdió, por lo que nos resulta imposible conocer las circunstancias en que se realizó el descubrimiento. Como mucho existe una breve descripción de la pieza que Mariette plasmó en unas notas: "Una estatua calcárea pintada que representa a un personaje sentado a la oriental". Lo que sí sabemos es que el egiptólogo llevó la estatua del escriba a París, donde pasó a engrosar la colección egipcia del Museo del Louvre.
DETALLE DE LA ESTATUA DEL ESCRIBA EGIPCIO SENTADO. MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS.
Foto: CC
La escultura de piedra caliza de 53 centímetros de alto fue descubierta durante las excavaciones que el equipo de Mariette estaba llevando a cabo en la necrópolis de Saqqara, a unos veinte kilómetros de El Cairo, en 1850.
Tampoco sabemos mucho sobre la estatua en sí; solamente que fue creada en algún momento entre las dinastías IV (2543-2436 a.C.) y V(2435-2306 a.C.), pero desconocemos el nombre del propietario de la tumba en la que apareció ni a quién representa (se ha planteado que se trate de un tal Kay por la semejanza del rostro del escriba con el de otra estatua que se ha identificado con ese personaje, o que fuese un tal Pehernefer, un alto funcionario), y ni mucho menos el nombre del artista que le dio vida. Pero eso no impide que se trate de una de las obras más emblemáticas del arte egipcio del Reino Antiguo (2543-2120 a.C.).
EL ROSTRO DEL ESCRIBA SENTADO. MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS.
Foto: PD
De hecho, aunque no sabemos a quien representaba esta pequeña escultura, lo que sí está claro es que su propietario debió de ostentar un cargo de cierta importancia en la administración faraónica, lo que contribuyó a que se ganara el derecho a tener una tumba y recibir ofrendas ante la estatua de culto que lo representaba realizando orgulloso sus tareas por toda la eternidad.
MIEMBRO DE UNA CLASE PRIVILEGIADA
El escriba sentado del Louvre es una pieza de un realismo excepcional a pesar de su pequeño tamaño. Conserva prácticamente intacta la policromía original. Para pintarla, primero se cubrió la pieza con una fina capa de yeso y sobre ella se dispuso la pintura. La postura es la típica de un escriba: sentado y con las piernas cruzadas. La escultura tenía varias incrustaciones, destacando las de los ojos, de cuarzo pulido enmarcado en cobre, y los dos pezones, de madera. El hombre, representado con un evidente sobrepeso que se manifiesta en los "michelines" de su torso (posiblemente signo de su elevado estatus social), se halla presto a escribir sobre el papiro que sostiene en su regazo. Pero sin duda lo que más llama la atención del escriba es su rostro. La barbilla y los pómulos se hallan muy marcados y los labios son finos. Los ojos incrustados otorgan una gran vivacidad a la estatua, y están enmarcados por unas finas y definidas cejas. La escultura se sitúa sobre una peana, por lo que tal vez estaba pensada para situarla en una hornacina o nicho, posiblemente en la capilla de culto de una tumba.
PERFIL DEL ROSTRO DE LA ESTATUA DEL ESCRIBA SENTADO. MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS.
Foto: Cordon Press
DETALLE DE LAS MANOS DEL ESCRIBA, A PUNTO DE ESCRIBIR. MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS.
Foto: CC
El hombre, representado con un evidente sobrepeso que se manifiesta en los "michelines" de su torso (posiblemente signo de su elevado estatus social), se halla presto a escribir sobre el papiro que sostiene en su regazo.
Por desgracia poco más podremos llegar a conocer sobre las peripecias de esta bella obra de arte. No existe posibilidad alguna de estudiar de nuevo el yacimiento donde se halló, por lo que resulta prácticamente imposible dar un nombre a este personaje que vivió hace más de cuatro mil años. Aunque eso tal vez sea lo de menos. Lo más importante es que a través de esta pequeña escultura podemos echar la vista atrás y atisbar la sociedad que la produjo, una sociedad que supo organizar una eficaz burocracia en la que los escribas jugaron un papel fundamental para el desarrollo del Estado faraónico. Tal como dice (sin duda con cierto grado de exageración) un antiguo texto de la época, la conocida como Sátira de los oficios, la profesión de escriba "es la mejor de las profesiones. No hay nada igual en todo el país. ¡Dedicaos en cuerpo y alma a los libros! ¡No hay nada mejor que los libros! Mirad, no existe profesión sin jefe. Excepto la de escriba. Él es el jefe". Seguro que nuestro escriba hubiera estado totalmente de acuerdo.
"Si no se sabe lo que se está buscando, si no se tiene idea de lo que es relevante, dispuestos a cuestionarse esta idea, si no se tiene eso, explorar en internet es sólo tomar al azar hechos no verificables que no significan nada." - Noam Chomsky
Artículo del filósofo, lingüista y activista político Noam Chomsky , publicado el 1 de diciembre de 2014
Por: Noam Chomsky
La educación pública está siendo atacada en todo el mundo y, en respuesta, recientemente se han llevado a cabo protestas estudiantiles en Gran Bretaña, Canadá, Chile, Taiwán y otros lugares.
California también es un campo de batalla. Los Angeles Times informa sobre otro capítulo de la campaña para destruir lo que había sido el mejor sistema de educación superior pública del mundo: "Los funcionarios de la Universidad Estatal de California anunciaron planes para congelar las inscripciones en la mayoría de los campus".
Se está llevando a cabo una eliminación de fondos similar en todo el país. "En la mayoría de los estados", informa The New York Times, "ahora son los pagos de matrícula, no las asignaciones estatales, los que cubren la mayor parte del presupuesto", de modo que "la era de las universidades públicas asequibles de cuatro años, fuertemente subvencionadas por el estado, puede haber terminado ".
“Ha habido un cambio de la creencia de que nosotros, como nación, nos beneficiamos de la educación superior, a la creencia de que son las personas que reciben la educación las que se benefician principalmente y, por lo tanto, deben pagar la factura”, concluye Ronald G. Ehrenberg, fideicomisario de el sistema de la Universidad Estatal de Nueva York y director del Instituto de Investigación de Educación Superior de Cornell.
La educación pública masiva es uno de los grandes logros de la sociedad estadounidense. Ha tenido muchas dimensiones. Uno de los objetivos era preparar a los agricultores independientes para la vida como trabajadores asalariados que tolerarían lo que consideraban una virtual esclavitud.
El elemento coercitivo no pasó sin previo aviso. Ralph Waldo Emerson observó que los líderes políticos piden educación popular porque temen que "este país se esté llenando de miles y millones de votantes y hay que educarlos para mantenerlos alejados de nuestras gargantas". Pero educados de la manera correcta: limite sus perspectivas y comprensión, desaliente el pensamiento libre e independiente y capacítelos para la obediencia.
La “vil máxima” y su implementación han provocado regularmente resistencia, que a su vez evoca los mismos temores entre la élite. Hace cuarenta años existía una profunda preocupación porque la población se estaba liberando de la apatía y la obediencia.
Desde entonces, se han tomado muchas medidas para restaurar la disciplina. Una es la cruzada por la privatización: poner el control en manos fiables.
Otro son los fuertes aumentos en la matrícula, casi un 600 por ciento desde 1980. Estos producen un sistema de educación superior con "mucha más estratificación económica que en cualquier otro país", según Jane Wellman, exdirectora del Proyecto Delta Cost, que monitorea estos asuntos. Los aumentos de la matrícula hacen que los estudiantes se endeuden a largo plazo y, por lo tanto, se subordinen al poder privado.
Las justificaciones se ofrecen por motivos económicos, pero son singularmente poco convincentes. En países de ricos a pobres, incluido México vecino, la matrícula sigue siendo gratuita o nominal. Eso también fue cierto en los propios Estados Unidos cuando era un país mucho más pobre después de la Segunda Guerra Mundial y un gran número de estudiantes pudieron ingresar a la universidad bajo el proyecto de ley GI, un factor de crecimiento económico excepcionalmente alto, incluso dejando de lado la importancia de mejorar la vida.
Otro dispositivo es la corporativización de las universidades. Eso ha llevado a un aumento dramático en los niveles de administración, a menudo profesionales en lugar de extraídos de la facultad como antes; ya la imposición de una cultura empresarial de "eficiencia", una noción ideológica, no solo económica.
Un ejemplo es la decisión de las universidades estatales de eliminar los programas de enfermería, ingeniería e informática, porque son costosos y resultan ser las profesiones donde hay escasez de mano de obra, como informa The New York Times. La decisión daña a la sociedad pero se ajusta a la ideología empresarial de la ganancia a corto plazo sin tener en cuenta las consecuencias humanas, de acuerdo con la vil máxima.
Algunos de los efectos más insidiosos se encuentran en la enseñanza y el seguimiento. El ideal de educación de la Ilustración fue capturado en la imagen de la educación como un hilo que los estudiantes siguen a su manera, desarrollando su creatividad e independencia mental.
La alternativa, que debe ser rechazada, es la imagen de verter agua en un recipiente, y uno muy goteante, como todos sabemos por experiencia. Este último enfoque incluye la enseñanza para probar y otros mecanismos que destruyen el interés de los estudiantes y buscan encajarlos en un molde, fácilmente controlables.
Comenzando su libro Filosofía en la calle, una cita de Gilles Deleuze dice que la filosofía sirve para “hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo.” ¿Cómo definiría usted el tipo de pensamiento que cultiva la filosofía y en qué radica la importancia de cultivar un pensamiento filosófico?
Filosofar es ante todo pensar dialogando. En el diálogo filosófico tomamos conciencia de las premisas que asumimos como obvias sin ningún tipo de evidencia, comprendemos la dificultad que entraña descubrir la verdad, nos damos cuenta de cuáles son las fuentes del error en nuestros razonamientos y de que la opinión imperante es siempre discutible. La práctica de la filosofía es, ante todo, un ejercicio de limpieza intelectual con el que razonamos nuestros propios juicios y exigimos a los demás que también los razonen, y lo más importante: todo esto lo hacemos entre amigos.
En estos tiempos de polarización, crispación y enfrentamiento entre los ciudadanos, es no poco importante, que recordemos, y ejercitemos, estas reglas para el diálogo establecidas por los filósofos Apel y Habermas: deben participar en el diálogo todos los afectados; ninguna posición puede quedar al margen del debate ni exenta de crítica; todos los participantes deben estar obligados a argumentar; la discusión ha de ser pública, todos deben participar en igualdad y libertad, y por tanto, deben quedar excluidas toda relación de autoridad y coerción, toda afirmación es discutible siendo el argumento que resiste todas las objeciones el más racional y por tanto, el mejor; el objetivo del diálogo ha de ser el entendimiento mutuo y el acuerdo argumentado, cualquier acuerdo es cuestionable si aparecen nuevos argumentos.
Preguntar hace parte fundamental de su filosofía pedagógica. ¿Qué es una buena pregunta y cómo se aprende a formular y a formularse uno buenas preguntas?
La filosofía no enseñará a formular preguntas que quizás no nos garantizarán la felicidad, pero que dan profundidad, sensatez y libertad a nuestras vidas. La filosofía, en un primer momento, nos enseñará a cuestionarlo todo, hasta lo más sagrado. Nos incitará a rebelarnos contra todo lo que hasta ahora hemos dado por supuesto, por sabido, por verdadero, por bueno o por bello. Quizás, por eso, la intentan eliminar del sistema educativo, porque los que tienen el poder la encuentran peligrosa. Y tienen razón, como nos advertía la filósofa Hannah Arendt: “no hay pensamientos peligrosos, el pensamiento es peligroso”. La Filosofía es un ARTE DE PREGUNTAR: es un amor no a la respuesta sino a la pregunta. Platón nos cuenta en El Banquete, que la palabra que Sócrates emplea para hablar de “amor” es ‘erótica’ que guarda un gran parecido con ‘erótan’ (“hacer preguntas”). Con este juego de palabras Sócrates quiere advertirnos que la Filosofía tiene más que ver con el preguntar que con el responder. Porque la filosofía trata de esto: de derribar muros con preguntas, derribar muros mentales con preguntas, derribar dogmas y prejuicios con preguntas.
Su filosofía en la calle es una filosofía de la vida, de estar en medio de ella, pensándola y contemplándola. ¿Cómo ha filosofado usted en estos tiempos de pandemia y cuarentena?
Estos son tiempos convulsos aunque no excepcionales, puesto que no es esta, ni mucho menos, la primera vez que la humanidad se enfrenta a una crisis causada por una pandemia. La palabra crisis proviene del griego y su significado remite tanto a “separar, analizar” como a “decidir”. Y es que, en toda crisis, algo que se rompe nos obliga a una reflexión que lleva a un juicio y a una elección. Todo parece indicar que lo que se está rompiendo es un viejo mundo y que asistiremos al alumbramiento de uno nuevo. La realidad, la normalidad tal y cómo la habíamos conocido, sufre de aluminosis, esa enfermedad de las vigas y los forjados de los edificios por la cual el hormigón pierde sus propiedades y se hace menos resistente y más poroso, con lo que peligra la estabilidad del edificio. Las viejas certezas ya no aseguran nada y lo único cierto parece ser, precisamente, lo incierto. Nuestras respuestas, obviedades, perogrulladas, rutinas y lugares comunes se han trasmutado en preguntas: ¿Podré volver a abrazar a mis seres queridos? ¿Tendremos que llevar mascarilla siempre? ¿Cuándo llegará la vacuna? ¿Habrá otros virus? ¿Perderé mi trabajo? ¿Recuperaremos los derechos y libertades perdidos?
Quizás el reto al que nos enfrentamos no trate tanto de encontrar nuevas certezas como de aprender a convivir con la incertidumbre. La filosofía puede ayudarnos en este sentido ya que está habituada a entenderse con la duda, su compañera de viaje. La filosofía nos advierte contra la autoayuda y el pensamiento positivo que, buscando respuestas fáciles a problemas complejos, termina generando desesperanza y frustración. De igual manera que nadie se construye un cuerpo robusto leyendo citas de Paulo Coelho, nadie forja un alma fuerte en la que refugiarse de las embestidas de la fortuna repitiéndose ante el espejo frases motivadoras y cargadas de positividad naif.
El filósofo español Eduardo Infante. Cortesía del Hay Festival - Foto: El filósofo español Eduardo Infante. Cortesía del Hay Festival
La filosofía debería volver a presentarse como la medicina del alma y el filósofo, como el médico de la interioridad del ser humano, alguien preocupado no solo por la salud física de sus congéneres, sino sobre todo por su bienestar espiritual. Sócrates y sus secuaces entendieron que el problema central de la filosofía es el de la búsqueda de lo bueno para el hombre. La filosofía debe ser un continuo examen de la existencia para embellecer la vida y mitigar el dolor. El diálogo filosófico es una exhortación a ser mejores, una indagación acerca de los verdaderos bienes y una refutación de los bienes aparentes. Sócrates hizo de la filosofía un “cuidado del alma”, que nunca debe traducirse por un desprecio por el cuerpo, sino por la idea de que es en nuestro mundo interior donde nos jugamos la dicha y la desgracia. Sócrates enseñaba a mantener el cuerpo sano con el ejercicio y la dieta, pero su meta era más alta, porque no solo pretendía endurecer el cuerpo, sino también el espíritu con la práctica de la filosofía.
Alma y cuerpo son dos aspectos de una misma naturaleza humana. El alma, al igual que el cuerpo, es plástica y se le puede dar una forma determinada siguiendo un modelo. Si la gimnasia y la medicina desarrollan y conservan las virtudes del cuerpo, la filosofía lo hace con las del alma. Cuidar el alma es superar una existencia puramente animal, desplegar nuestra racionalidad y alcanzar la plenitud de nuestra naturaleza humana. La filosofía en Sócrates es una determinada manera de ser: una manera de ser auténticamente humana; una forma de pensar, de sentir y de actuar propiamente humanas. Ahora se entenderá aquella anécdota narrada por Diógenes Laercio de Estilpón, uno de los discípulos de Sócrates: cuando Demetrio conquistó Megara, quiso demostrar al filósofo su buena voluntad e indemnizarle del saqueo de su casa, y le rogó que le presentase una lista de todos los bienes que sus hombres le habían sustraído. Este respondió con ironía: “Nadie se ha llevado mi sabiduría”. Lo que realmente poseemos, nuestro auténtico patrimonio, es solo aquello que ninguna pandemia puede arrebatarnos. El hombre ha nacido para conocer el bien; esta es su auténtica sabiduría y su dignidad.
Hablar verdad estos días se ha vuelto complejo, esta parece estar más en la psiquis que en lo fáctico y, por lo tanto, cada quien puede tener su verdad. Los filósofos franceses hablan de la “desrealización del mundo”: quien monte un discurso convincente no se tiene que preocupar por la realidad. ¿Cómo salir de este enredo?
Creo que el mayor impedimento que tenemos hoy en día para encontrar la verdad es la entronización de las emociones. No debemos permitir que las emociones ocupen el lugar que corresponde a las ideas. Observo cómo se extiende en redes sociales un emotivismo que convierte la intensidad del sentimiento en criterio moral: algo es bueno porque me conmueve y malo porque me ofende. Sustituir el esforzado juicio moral por la mera exclamación nos devuelve a la barbarie o al narcisismo infantil.
El discurso político ha sido otro terreno en el que ha calado lo emocional. Reemplazar el diálogo racional por la retórica del sentimiento facilita la manipulación, impide el consenso (germen de la democracia) y polariza la comunidad de ciudadanos en bandos irreconciliables. En este sentido, la filosofía nos ayuda a recuperar la lógica del bien común frente a la lógica del combate. Como nos recuerda agudamente Sócrates en La República, la mejor de las sociedades será aquella que esté más unida bajo el bien común, aquella en la que la mayor cantidad de personas entiendan por “mío” no algo individual y distinto, sino una y la misma cosa; aquella en la que las alegrías y los dolores de cada uno son las alegrías y los dolores de todos.
Desde que comenzó la pandemia, los padres han tenido que asumir el papel de profesores de sus hijos. ¿Qué consejos les daría?
Jules Ferry, el padre de la escuela republicana francesa, consideraba que entre todos los problemas de nuestro tiempo, deberíamos dedicarle toda nuestra inteligencia, alma, corazón, potencia física y moral a la educación. La desigualdad en la educación es uno de los resultados más escandalosos y más lamentables del hecho de haber nacido en una familia u en otra. Las circunstancias que estamos viviendo están acrecentando esa brecha educativa y hay que ser muy ingenuo para pensar que la pantalla de una pantalla lo va a solucionar. Los padres deben ser conscientes de que, hoy más que nunca, debemos luchar por el derecho a una educación de calidad para nuestros hijos.
En el estudio participaron 3.176 docentes de colegios públicos y privados de Chile - Foto: Karen Salamanca
Poco después de que comenzara la pandemia me surgió una duda que me gustaría plantearle: las extrañas características de este virus obligan a pensar en términos de red o de núcleo familiar, por llamarlo de alguna manera. El “yo”, el “sujeto” quedó íntimamente ligado a las personas de alrededor. ¿Podríamos estar ante el fin del individualismo y el sujeto moderno?
Justo antes de la pandemia todo parecía indicar que el ágora había quedado desierta. Lo que Zygmunt Bauman describió en Modernidad Líquida (1999) como el lugar donde se buscan, se dialogan y se negocian soluciones públicas para los problemas privados ha quedado vacío. Es ya nuestro pasado aquella sociedad en la que los ciudadanos hacían parte de una empresa colectiva y se protegían mutuamente. El neoliberalismo ha ido desmantelando las instituciones cívicas que velaban por el bien común. Lo público ha ido languideciendo en beneficio de lo privado.
La nuestra es una época de triunfo del individualismo: los proyectos comunitarios se han extinguido. Nuestras sociedades son un amorfo agregado de proyectos individuales regulados por el derecho. La felicidad es hoy una responsabilidad individual. Cada cual tiene que buscarse la vida y decidir un modelo de existencia que no se interponga en el de los demás; y si no es capaz de construirlo por sí mismo, el mercado ofrece una relativa variedad lista para consumo. «Nuestros problemas» han dejado de ser «nuestros» para convertirse en «tus problemas» y por tanto deben ser resueltos individualmente. Las causas comunes que sumaban a los individuos han muerto. Podemos estar juntos, pero no unidos. El interés general ha quedado reducido a un agregado de egoísmos. El bien común ha sido sustituido por la voluntad de la mayoría (que es tan solo una de la formas que toma la tiranía).
Y de repente, llega un virus de la naturaleza que hace saltar por los aires este individualismo artificioso. El COVID-19 cuestiona la creencia de que nos bastamos a nosotros mismos y de que no necesitamos a los demás para solucionar nuestros problemas. El microorganismo nos desvela la existencia de ese instinto de cooperación social que siempre nos ha ayudado a sobrevivir. Existe una fuerza más poderosa que la vida: el apoyo mutuo. Lo apuntaba Charles Darwin en su obra The Descent of Man: “Una tribu que incluye muchos miembros (…) dispuestos a ayudarse unos a otros, a sacrificarse a sí mismos por el bien común, resultaría victoriosa sobre la mayoría de las demás tribus, y esto sería selección natural”. El altruismo, esa actitud vital de anteponer el bien general a los intereses propios, nos ha sacado de más de un aprieto y es el elemento clave que explica por qué aún no nos hemos extinguido.
Existe una historia sobre un antropólogo occidental que convivía con una tribu africana. Un día, organizó para los niños de la tribu una competición deportiva: marcó una línea de salida y colocó una cesta de fruta a cierta distancia como premio para el ganador de la carrera. Cuando el antropólogo dio la señal de inicio, los niños se cogieron de las manos, corrieron juntos y se repartieron el premio. El científico interrogó a los niños, queriendo entender por qué habían actuado de aquella manera. Uno de ellos le respondió: «¡Ubuntu!», una palabra africana que significa «Yo soy porque nosotros somos» y que expresa la creencia de que uno no puede ser feliz si los demás sufren. Como profesor de filosofía, siempre he intentado trasmitir a mis alumnos la idea de que, después de estudiar (a costa de la sociedad), no debían utilizar lo aprendido como un instrumento de pillaje en beneficio propio, sino usar su inteligencia, sus capacidades y sus conocimientos para ayudar a los más vulnerables y construir una sociedad mejor.
Cuando todo esto pasé será el momento de conservar los gestos de solidaridad y de compromiso con el bien común. Los ciudadanos tendremos que apoyarnos, ayudarnos y resguardarnos mutuamente. Será el momento de echar una mano a nuestros vecinos que tienen un pequeño negocio en el barrio, que se han visto forzados a cerrar y que no saben cómo van a salir adelante. Será el momento de dejar en el pasado la sociedad del «Sálvese quién pueda». Será el momento de reconstruir la comunidad y las instituciones que nos protegen. El universo, a través de un minúsculo patógeno, nos ofrece la oportunidad de reocupar el ágora: ese lugar donde se buscan, se dialogan y se negocian soluciones públicas para los problemas privados.
Entre los monumentos más emblemáticos de la ciudad están el templo de Ba’al, el ágora y el teatro. Fuera del perímetro de la ciudad aún se pueden ver las ruinas del imponente acueducto romano. Foto: AFP - Foto:
Debido al coronavirus, millones de personas están teniendo que enfrentarse a la muerte de seres queridos, y están siendo más conscientes de su propia mortalidad. Digamos que se siente más cerca. ¿Cómo enseña la filosofía a vivir con la muerte y a repensar la vida sabiéndose mortal?
Toda circunstancia vital es una oportunidad para aprender y como en toda oportunidad, algunos saben aprovecharla y otros la desperdician. Por eso, quizás sea bueno que, después de vivir unas circunstancias tan extraordinarias como una pandemia, cada uno examine lo cerca o lo lejos que se encuentra de la estupidez. Lo más alejado de un estúpido es un sabio, y el que se esfuerza cada día por alejarse de la estupidez, un filósofo.
Platón afirmó que la filosofía es un aprender a morir. Es de sabios conocer nuestra condición de seres finitos, precarios, vulnerables e interdependientes. Solo desde esta verdad se puede construir, y gozar, una vida sensata y humana, tanto a nivel personal como comunitario. Pero frente a la lucidez del sabio, el estúpido se vive inmortal, estable, invulnerable e independiente. El insensato entroniza sus deseos y apetitos como gobernadores de la realidad, y así, cuando esta última entra en conflicto con los primeros, se le exige que sea ella la que cambie. La maduración mental del niño sucede cuando éste modifica sus esquemas al entrar en contradicción con la realidad y cuando es capaz de gobernar sus apetitos. A veces, pienso que vivimos en una sociedad de adultos infantilizados que creen que desear algo otorga el derecho de conseguirlo inmediatamente, con escasa tolerancia a la frustración y sin capacidad de empatía y benevolencia.
Desde hace un tiempo se habla de la crisis de la democracia, y con la toma del Congreso de los Estados Unidos el tema adquirió más fuerza. ¿Qué características debe tener una democracia sana, y qué responsabilidad deben tener en ella los ciudadanos?
Lo importante no es Trump sino el trumpismo. Derrotar al tirano no significa ni mucho menos derrotar a la tiranía. Es importante que analicemos detenidamente qué es lo que ofrecía Trump a sus seguidores. Por otro lado, debemos recordarnos la importancia de seguir apostando por la democracia. Después de revisar más de 100 constituciones, Aristóteles concluye que toda forma de gobierno tiende a la degeneración y que la democracia es la menos patológica porque es la única opuesta a cederlo de manera vitalicia.
Lo más terrible de la noticia de la toma del Congreso es que los asaltantes tenían la firme convicción de que se había producido un fraude electoral y de que estaban llevando a cabo un acto de justicia en defensa de la libertad. Este es el peligroso poder del populismo (la idea de que la sociedad está separada en dos grupos enfrentados y uno de ellos representa el verdadero pueblo) que, desde la Atenas clásica, ha sido el mayor enemigo de la democracia. Polarizar la sociedad en bandos irreconciliables incapacita para el diálogo que tiene como objetivo la búsqueda del bien común.
Por la manera como sus estudiantes están filosofando, por las inquietudes que le plantean y los temas por los que se interesan, ¿qué cambios diría que vienen para la sociedad?
Los antiguos griegos y romanos consultaban, especialmente en tiempos de crisis, a oráculos y augures, e intentaban predecir los acontecimientos observando el vuelo de las aves o las vísceras de los animales sacrificados. En Sobre la adivinación, Cicerón nos habla del tripudium, un tipo de auspicio (del latín: “Avís”, ave, y “spicio”, ver, mirar) que se obtenía estudiando la manera de picotear de ciertos pollos sagrados. Los augures era los encargados oficiales de realizar estos auspicios y de leer en las aves la voluntad de los dioses, y un soborno adecuado los encauzaba según conviniera a los intereses políticos o económicos del mejor postor. En más de una ocasión se retrasaron las elecciones por unos malos auspicios un tanto sospechosos.
No parece que nosotros actuemos de una manera muy diferente cuando consultamos a economistas y politólogos sobre lo que nos deparan los dioses. Como advierte Michel de Montaigne, compartimos una desquiciada curiosidad por anticipar las cosas futuras como si no tuviéramos bastante con digerir el presente. Aún desconocemos la magnitud de esta crisis, ya jugamos a adivinar qué ocurrirá. Buscamos cualquier tipo de respuesta porque no somos capaces de vivir con el caos, el absurdo y la incertidumbre: las respuestas funcionan como un narcótico para calmar no solo la ansiedad sino también nuestra responsabilidad.
Quizás lo importante no sea tanto preguntarnos por la sociedad que vendrá tras el coronavirus, intentando ejercer de adivinos, sino más bien preguntarnos por la sociedad que queremos construir, ejerciendo de ciudadanos. La practica de la filosofía puede ayudarnos a formular los problemas adecuados que deberemos resolver si queremos construir un mundo mejor, más justo y solidario: ¿qué valores deberíamos cultivar para generar una sociedad buena? ¿Cómo ha de ser nuestra relación con la naturaleza? ¿Al servicio de qué fines debemos poner la tecno-ciencia? ¿Queremos ser tan solo consumidores o tendremos los arrestos para ejercer de ciudadanos? ¿Quién nos está diciendo la verdad y quién está intentando manipularnos? ¿Cuál es nuestra responsabilidad en la propagación de la mentira?
No existe una mano negra que mueva el destino de la humanidad. Somos nosotros, los ciudadanos, quienes erigimos, por acción o por omisión, los sistemas políticos y económicos que luego nos regulan la vida. ¿En qué queremos invertir nuestro esfuerzo? ¿En conocer el futuro o en construirlo? Que el futuro pueda conocerse, anticiparse, adivinarse, implica que ya está determinado y que, por tanto, los ciudadanos no podemos hacer más que prepararnos psicológicamente para asumirlo. Construir el futuro conlleva la certeza de que somos libres y, precisamente por ello, responsables.
Seré muy breve. Para tratar sobre la mediocridad en un principio escribí varias versiones digamos canónicas, plagadas de referencias a autoridades en la materia, como los filósofosJosé IngenierosyJosé Ortega y Gasset. Además de un cierto perfume elitista, el panorama que presentaba era sin duda bastante deprimente. Lo borré todo.
Así pues, en lugar de la clásica definición de mediocridad formularé unas cuantas preguntas.
Primera cuestión: la atención
¿A qué le dedican ustedes su atención? ¿Han pensado en el empleo que hacen de su tiempo? ¿En qué lo ocupan? ¿Eligen ustedes o se sienten víctimas de quienes seducen su atención?, ¿de quienes nos distraen continuamente?
¿Por qué no dirigir nuestra atención a lo que merezca la pena? En ese caso, ¿sabemos qué es valioso y qué no? ¿Qué es o no mediocre? ¿Qué es o no excelente? ¿Por qué no tomarse un tiempo y escapar al reino de la distracción permanente? ¿Por qué no vivir en los ritmos lentos y pausados de Erik Satie?
Erik Satie – Gymnopédie No.1.
Segunda cuestión: el dilema
¿Por qué regalar nuestro tiempo a quienes no nos ofrecerán más que vulgaridad?, ¿a quienes tratan de moldear nuestro pensamiento y comportamiento con sus retóricas simplistas?, ¿a esos memes y demás jerigonzas virales que no hacen más que embrutecernos?, ¿a esas grotescas soflamas de odio que polarizan y radicalizan nuestra sociedad?
¿Por qué abrir los oídos a charlatanes hábiles en el arte de medrar de la política espectáculo?, ¿a esos comunicadores propagandistas, lisonjeros y serviles que, bajo la pretendida objetividad o el relativismo absoluto que asegura que todo depende del punto de vista, intentan formatear nuestras mentes?
¿No es mejor escuchar a Bob Dylan que el raquítico parloteo de la política reducida a teatro de apariencias?
Bob Dylan, Political World.
Tercera cuestión: La belleza
¿Por qué no admirar la belleza de lo cotidiano en lugar de lo grotesco? ¿Por qué no escuchar música que nos enriquezca en lugar de ruidos que nos envilezcan? ¿Por qué no sentir a George Harrison y su canción Be here now? ¿Por qué no desterrar lo mediocre para aprender a admirar todo lo bello que existe aquí y ahora? ¿Por qué dejarnos engañar con tantas retóricas farfulleras y fascistoides cuando hay tanta belleza a nuestro alrededor?
George Harrison, Be Here Now (subtitulada).
Cuarta cuestión: “Estar junto a quien amo”
¿No han pensado en que hay todo un mundo de libros al alcance de quien quiera ilustrarse con el pensamiento de las mentes más excelsas? ¿Por qué dedicar tiempo a fruslerías mediáticas y demás frivolidades?, ¿a esas series que eternizan artificialmente sus giros dramáticos porque su negocio reside en encadenar permanentemente nuestra atención?, ¿a los llamados streamers que devalúan el lenguaje y se sirven de los lugares comunes y clichés para hipnotizarnos?
¿Por qué no dejarse llevar por la palabra convertida en poesía, en algo fértil? ¿Por qué no rodearse de lo que uno ama? ¿Por qué no alejarse del espejismo de las dañinas trivialidades y leer a Luis Cernuda?
“La poesía para mí es estar junto a quien amo. Bien sé que esto es una limitación. Pero limitación por limitación ésa es después de todo la más aceptable. Lo demás son palabras que sólo valen en tanto expresan aquello que yo no pensaba o no quería decir”.
Quinta cuestión: la revolución silenciosa
¿Por qué no poner en marcha una revolución silenciosa y fría? ¿Por qué no apartarse del flujo incesante de las redes que nos vuelven cautivos? ¿Por qué no hacer que el smartphone deje de ser el centro de nuestras vidas y sólo sea un satélite periférico? ¿Por qué no preferir el silencio? ¿Por qué no aprender a escuchar en lugar de tanta barahúnda y tanto hablar por hablar?
¿Por qué no liberar tiempo, nuestro bien más preciado, para dedicarlo a lo que nos haga vivir mejor y con más sentido? ¿Por qué no hacer oídos sordos al embuste y las viles invectivas? ¿Por qué no concentrarse en los más ínfimos detalles de una simple conversación, de un rostro? ¿Por qué no mirar de vez en cuando lo que nos rodea como si fuese un paisaje artístico? ¿Por qué no fascinarse con la melancolía que supo plasmar la pintora Constance Marie Charpentier?
¿Daremos su lugar a lo que merece en verdad la pena? ¿Sabremos discernir entre lo que empobrece el mundo y aquello que lo enriquece?, ¿entre los mediocres que se precian de ser excelentes y quienes lo son verdaderamente?
¿Por qué no leer a Italo Calvino y sus Ciudades invisibles en lugar de dejar que otros usurpen nuestra atención con sus nimiedades y parafernalias? ¿Por qué no hacer nuestra la tarea fundamental que proponía Calvino?
“Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.
Epílogo
Cada cual, si así lo desea, se refugia en sus santuarios, alejados todo lo posible de supercherías y vulgaridades. Y habrá tantos santuarios y tan variados como gentes ávidas de una vida digna depurada del germen de la mediocridad.
Después de haber escrito a vuelapluma tantas y tantas preguntas, me retiro a escuchar apaciblemente otra canción de George Harrison, La luz que ha iluminado el mundo. Estar junto a lo que amo es poesía, lo opuesto a la mediocridad, y será la única definición que puedan ustedes
George Harrison, The Light That Has Lighted the World.
Un libro fantástico publicado en el año 1510 en Sevilla,Las sergas de Esplandián, narraba las fabulosas aventuras de un caballero cristiano por lugares imaginarios como una tal California, un paraíso terrenal habitado por mujeres guerreras cubiertas de oro. Cuando los conquistadores españoles llegaron a la costa occidental de Norteamérica en el siglo XVI, bautizaron las tierras como California, en recuerdo de aquella leyenda de un libro de caballerías tan popular entonces que incluso aparece en la biblioteca de Don Quijote. La California real, sin embargo, no estaba poblada por amazonas con espadas doradas, sino por grupos indígenas indefensos ante las nuevas enfermedades infecciosas traídas por los recién llegados. Una nueva investigación ha puesto ahora cifras al descenso “catastrófico” de la población original: antes del establecimiento de las misiones españolas, la mitad de los nativos sobrevivía más allá de los 47 años. Tras el asentamiento de los llamados “varones de Dios”, la mitad de los locales llegó a morir antes de cumplir los 22 años.
El actual mapa de California revela su origen: San Francisco, San José, Santa Bárbara, San Luis Obispo. Tras más de dos siglos de escasos avances, el fraile Junípero Serra fundó la primera misión española, la de San Diego, en 1769. Los franciscanos se extendieron por el territorio con el encargo de convertir las comunidades locales de cazadores y recolectores en súbditos productivos del rey católico Carlos III. El nuevo estudio, encabezado por el antropólogo estadounidense Brian Codding, ha analizado los registros de mortalidad de las propias misiones españolas, con datos de más de 23.000 personas, y otros 10.000 fallecimientos de tiempos prehistóricos. Los autores hablan de unos niveles de mortalidad similares a los de una “peste” tras el establecimiento de los españoles a partir de 1769.
Los autores hablan de unos niveles de mortalidad similares a los de una “peste” tras el establecimiento de los misioneros
El trabajo, publicado este lunes en la revista Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de EE UU (PNAS), calcula que la población local de 43.285 personas se redujo a 7.800 individuos tras la llegada de los misioneros a lo que hoy es California central. “El número de muertes tras el establecimiento de las misiones españolas fue, probablemente, mucho mayor, especialmente si la población en el momento del contacto está infraestimada y si los fallecimientos no se registraban”, opina Codding, de la Universidad de Utah, en Salt Lake City. Martha Ortega, historiadora de la Universidad Autónoma Metropolitana (México), aplaude el nuevo estudio, “serio y muy bueno”, en el que no ha participado.
Algunos historiadores españoles, como Salvador Bernabéu, han analizado en los últimos años el sistema de las misiones en California. Los frailes, acompañados por algunos soldados, llegaban con perros, caballos, gallinas, ovejas, semillas y regalos para atraer a los nativos. Los predicadores les enseñaban oraciones cristianas, los bautizaban y los vestían como los españoles: con calzón y camisa, a los hombres, o con vestido, a las mujeres. Bernabéu, director de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos (CSIC), ha constatado en sus obras la “caída drástica” de la población indígena por las enfermedades infecciosas, un problema que se agravó cuando los nativos fueron obligados a convivir en estancias mal ventiladas en las misiones. La viruela, el resfriado común, la gripe, el sarampión, la difteria, la malaria y las enfermedades venéreas arrasaron a los nativos.
Los virus y los microbios, sin embargo, no explican por sí solos la catástrofe vivida alrededor de las misiones españolas, advierten los autores estadounidenses, que apuntan a otros factores añadidos, como la expropiación de tierras, las hambrunas, la esclavitud y los traslados forzosos. “Quizá fue más culpable el caos cultural que se extendió por América tras el contacto con los europeos y que podría haber exacerbado radicalmente la vulnerabilidad de las poblaciones indígenas”, plantean los investigadores en su estudio. Su análisis muestra que en las misiones californianas murió un mayor número de mujeres (unas 13.000) que de hombres (unos 10.000), un fenómeno todavía sin explicación, según admite otro de los firmantes, el prehistoriador Terry Jones, de la Universidad Politécnica Estatal de California, en San Luis Obispo.
“Hubo violencia en las misiones. Hubo intentos de revuelta por parte de los nativos”, señala Jones, que se apoya en el análisis de los restos óseos, con marcas de golpes y de proyectiles. “Y California tampoco era un paraíso libre de violencia antes de la llegada de los españoles. Los relatos históricos describen enfrentamientos a pequeña escala con violencia entre grupos nativos, a menudo causados por el uso sin autorización de los recursos de otro grupo o por la invasión de sus territorios”, subraya Jones.
Los historiadores pensaron durante décadas que, tras la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492, hubo una pandemia continental que aniquiló a la población indígena, con plagas que incluso habrían llegado a California antes que los propios españoles, pero estudios como el de Codding y Jones muestran más bien un mosaico de epidemias regionales surgidas durante siglos y con diferentes intensidades. La peste en California llegó con los misioneros.